Capítulo XLV
XLV
A lo lejos vislumbro la famosa noria del muelle de Santa Mónica, y respiro aliviada cuando consigo aparcar el coche, aunque torcido, entre dos líneas en el aparcamiento.
He logrado llegar hasta aquí después de estar a punto de colisionar unas cuantas veces y tener un puñado de conductores maldiciéndome.
No obstante, apenas consigo oírlos entre todas las imágenes y voces que se me agolpan en la cabeza, y no puedo parar de revivir el instante en que arrojé a mi madre contra el espejo y de recordar la tristeza que había en su voz cuando me pidió que me marchara.
Al menos debo sentirme afortunada por haber conseguido llegar.
Bajo andando hacia el muelle con la cabeza gacha, tratando por todos los medios de hacer oídos sordos a los comentarios y las risitas que me rodean.
A todos estos humanos de aquí se les ve superfelices, ajenos a todo lo que se han perdido con la muerte de Nate, a lo que yo he perdido.
Ninguno de ellos es consciente de que voy caminando con el corazón roto y una herida enorme que jamás sanará porque me falta un trozo de mí.
Sin duda, los odio más ahora que en el Infierno.
Cuando me acerco al borde del muelle, me detengo y me inclino, con los codos apoyados en la barandilla.
Las olas se agitan bajo mis pies y golpean con fuerza los postes que hay debajo del muelle. Cierro los ojos, y mi cuerpo se balancea cuando la fuerza del agua hace vibrar los tablones que estoy pisando y ahoga las voces del resto de la gente.
El aire salado hace que el pelo me golpee la cara y respiro entrecortadamente. Todavía sigo enfundada en el vestido negro que me puse antes de atacar a mi madre, y el sudor hace que el tejido se me pegue a la espalda. Me cubro los ojos con la mano y contemplo el agua a lo lejos.
Nate tenía razón en lo que me dijo sobre el océano.
Es sobrecogedor.
Pequeñas olas envueltas en burbujas blancas llegan hasta la orilla y se alejan de ella una y otra vez.
El sol se refleja en la superficie y emite una luz amarillenta que ilumina a los pocos nadadores que se aventuran a meterse en el agua.
Un velero de velas blancas se desliza como un ángel por el horizonte, y entorno los ojos para enfocarlo mejor.
Al final Nate tenía razón en muchas cosas. Incluso en lo que me dijo justo antes de marcharse en el parque.
Que por mucho que yo intentara impedirlo, siempre habría una oscuridad en mí, y que, si no le plantaba cara, seguiría apartando de mí a toda la gente que de verdad me importara.
Los rayos de sol se concentran en el anillo que llevo en el dedo y lo vuelven rojo. Se ha ido tornando más y más pesado desde mi cumpleaños, y no deja de tirar de mí hacia casa como un imán. Me lo tapo con la otra mano.
Es mi único camino de vuelta. Sin él, me quedaré atrapada en la Tierra para siempre. Pero, mientras lo lleve puesto, mi padre será quien controle esa parte de mi historia. Al igual que mis alas son una parte de mi madre, este anillo siempre me mantendrá conectada a él.
Se me resbala del dedo con un chasquido, pues el sudor lo vuelve resbaladizo por debajo.
Me lo pongo en la palma de la mano y lo froto.
El rubí apenas pesa y, sin embargo, soporta todo el peso del inframundo.
Lo rodeo con los dedos como hace la venus atrapamoscas, que es la planta favorita de mi padre, cuando se enrolla alrededor de su presa.
Hago rodar el anillo por mi palma, y vuelvo a cerrar la mano.
Ahí está, el último trozo de él que aún poseo. Si lo destruyo, puedo volver a casa de mi madre y decirle que en mí ya no hay nada de él, que se ha ido todo, que ya no tiene que temerme. Tal vez así consiga que me perdone, y podamos vivir como madre e hija para siempre.
Tampoco me costaría mucho. El océano es inmenso. El anillo desaparecerá y nadie volverá a verlo, a excepción de algún submarinista curioso que ni se imaginará su importancia.
Pero, si lo tiro, se habrá ido y no habrá vuelta atrás. Ni para Nate ni para el trono. Y encima nada me garantiza que mi madre vaya a quererme a su lado. Ha sido ella quien me ha dicho que me marchara. Al final terminaré convertida en una sintecho. En una huérfana como Nate.
Se me clava en la palma hasta que me hace sangrar, y unos destellos azules me recorren la muñeca. Inspiro el aire fresco del océano. Es un riesgo que tendré que correr.
Levanto la mano y la llevo hacia atrás, preparándome para liberarme del anillo, y de mi casa, para siempre.
—¡No, no lo hagas!
Detengo el brazo a mitad de camino con el anillo aún en la mano. Podría reconocer esa voz en cualquier sitio. Me he pasado todo un año recorriendo el Infierno con ella. Y la he echado infinitamente de menos todos y cada uno de los segundos de la semana pasada.
Pero no puede ser. Él ya no está. Estoy teniendo alucinaciones otra vez. Igual que me pasó con los espejos de la parcela ١١. Ya hice pedazos uno de casa de mi madre. Tal vez los espejos de la Tierra estén también trucados.
Una mano me rodea el puño y, de pronto, lo veo ahí, justo detrás de mí, envolviéndome con su aroma, tan sutil que casi se funde con el océano, con la arena y con el mismo sol.
Su nombre sale de mi boca en un susurro:
—¿Nate?