Hoy no, Satán Capítulo XLIV
79%

Capítulo XLIV

XLIV

Ya han cavado un agujero en la hierba para introducir la urna vacía de Nate. Me arrodillo junto a él, sin importarme el rocío que humedece mi falda.

Le he dicho a mi madre que me parece absurdo enterrar una urna que no contiene nada y fingir que ahí dentro está Nate. Pero ella se ha empeñado en que lo hiciéramos porque, dice, es más la importancia del cierre que conlleva el gesto que del enterramiento en sí.

Como si una simple tradición terrenal pudiera aliviarme ni siquiera una pizca del enorme dolor que me ha roto el corazón en dos.

Mamá me aprieta el hombro con cariño:

—Date tiempo, querida.

—Es que no sé para qué estamos haciendo esto —me digo más a mí misma que a ella—.

Ambas sabemos dónde está ahora mismo, y no es aquí.

Gracias a mí, probablemente en este instante estará de vuelta en la parcela 13.

Y apuesto a que será mi padre el que se esté encargando de torturarlo como solo él sabe hacerlo.

La voz se me quiebra y me vengo abajo al pronunciar las últimas palabras. Tengo los ojos llenos de lágrimas que resbalan por mis mejillas con la fuerza de un torrente de agua hasta formar charcos en el suelo junto a mis rodillas.

—Devica… —Mi madre se agacha a mi lado y me agarra la mano—. Tú no has tenido la culpa de nada de lo que ha pasado. Tú no has enviado a Nate de vuelta al Infierno.

—Bueno, pero tampoco lo salvé de él. —Me zafo de ella y apoyo la palma en el lateral de la urna—. Si hubiera sido lo bastante fuerte como para matar a Alex, Nate ahora seguiría aquí.

Me he pasado estos últimos días reviviendo las horas que estuve en casa de Alex, cerrando los ojos y tomando una decisión diferente.

Si hubiera hecho eso entonces, en este momento Nate estaría en mis brazos y no de vuelta en el Infierno.

—No sabes si eso hubiera servido para arreglar las cosas —trata de consolarme mi madre—.

Tal vez matar a Alex no habría servido para nada, y, de haberlo hecho, probablemente ahora seguirías sin Nate y encima te sentirías culpable por haber acabado con la vida de Alex.

Incluso tú misma admites que Nate nunca habría querido que acabaras con su hermano de acogida por salvarlo a él.

Me siento sobre mis talones y me recojo la falda con la mano.

—¿Y si estoy equivocada? ¿Y si Nate hubiera estado encantado de renunciar a la vida de su hermano Alex para evitar ir al Infierno?

Mi madre se sacude la hierba que se le ha quedado pegada a los pantalones negros.

—Las dos sabemos que nunca se habría escogido a él. Eso sería imposible si se parecía en algo a ese chico del que no has dejado de hablarme toda la semana. Hiciste lo correcto, Devica, por mucho que ahora te duela.

Asiento con la cabeza, pero me aferro a la urna aún más fuerte si cabe.

Nada de todo esto es lo correcto.

Me revuelvo por dentro mientras introduzco la urna en el agujero.

Mi madre me tiende una rosa del ramo que lleva y por gestos me dice que la coloque encima.

A continuación me sigue y ella hace lo mismo con una flor de un color rojo tan vivo como la sangre, y después coloca lo que queda del ramo junto a la tumba.

Mi madre se pone lentamente de pie y me aprieta una vez más el hombro.

—Te dejaré a solas con él. Tómate el tiempo que necesites.

Escucho las pisadas de sus chanclas de dedo en dirección al aparcamiento y el sonido se va disipando hasta que solo quedamos yo y el fallecido.

Supongo que debería estar acostumbrada a este sentimiento, pero reconozco que la quietud de este espacio grita más alto que los caminantes oscuros a su llegada al Salón de la Justicia.

Escaneo con la vista el cementerio, y hablo con la brisa que mueve los árboles a su paso.

—No acabo de entender por qué los humanos insisten tanto en este tipo de cosas.

Es una estupidez. Tú no puedes oírme desde donde estás, Nate, pero mamá me juró y me perjuró que esto haría que yo me sintiera mejor.

—Me tiembla la voz y me limpio la lágrima que rueda mejilla abajo—.

Desde luego, hasta ahora se ha equivocado.

No hay nada que consiga llenar el enorme agujero que has dejado en mí.

Cojo impulso para levantarme y me quito la hierba que tengo en la falda antes de dar unos pasos junto a la tumba.

Nunca había estado en este lado de la muerte. Aunque siempre me dijeron que mi madre había fallecido, yo no había llegado a conocerla, por lo que nunca pude llorar por la persona que era. Tan solo lloraba y añoraba la ausencia de esa persona a la que yo necesitaba.

Sin embargo, en esta ocasión es diferente. Ahora mismo echo de menos todo lo que tiene que ver con Nate. Su risa, la tranquilidad y la paz que sentía cuando me tocaba, incluso sus chistes a veces sin gracia.

Todo me duele y se me hace imposible sin él. Me cuesta hasta levantarme de la cama cada mañana. Era la única persona que he conocido capaz de hacerme sentir mejor. Y ha dejado de estar aquí para hacerlo, y no puedo soportar ese dolor.

Sin duda, es mucho más sencillo convivir con la muerte en el Infierno.

—Debería sentirme feliz —continúo—. Mi madre es todo lo que mi padre jamás ha sido ni será. Es dulce, cariñosa, cálida y amable. Pero, yo, en vez de refugiarme en ella, lo único que hago es apartarla. Supongo que no quiero estar con ella si no puedo tenerte a ti conmigo.

Me limpio las lágrimas con un clínex que mi madre me ha dado en el coche antes de bajarnos. Un calor abrasador me nace en el pecho y recorre mis brazos mientras el enfado me hace hervir la sangre que corre por mis venas.

Se me escapa un suspiro al ver que el pañuelo de papel prende y lo tiro al suelo enseguida para pisotearlo y apagar la llama.

Los sollozos me sacuden el pecho con tal violencia que soy incapaz de controlarlos.

Aplasto una y mil veces el papel quemado que tengo bajo la bota.

Ojalá hubiera sido capaz de hacer esto mismo con Alex. En cuanto lo pienso, me sale un gemido.

No es justo. Tráelo de vuelta, universo. Tráelo de vuelta.

Cuando más hundida me siento, noto unos brazos a mi alrededor. Es mamá, que me abraza y me besa y trata de calmarme.

—Tranquila, cielo, tranquila. Suéltalo todo. Yo estoy aquí contigo.

Forcejeo en sus brazos, y, cuanto más lo hago, más fuerte me agarra. Tras un bramido que se ahoga en su hombro, me rindo ante ella y me sumerjo en su abrazo. Y mi madre me acaricia el pelo mientras yo solo cierro los ojos y lloro sin parar.

—Me duele —balbuceo con la cabeza acomodada en su pecho—. Es un dolor tan inmenso que no puedo soportarlo.

—Lo sé —me peina con los dedos y me pasa la mano por la espalda en un intento de desacelerar los latidos de mi corazón—. La pena es una cosa muy extraña. Es normal volverse loco, es normal estar triste, y todo lo que hay entre medias. Cualquier reacción tiene cabida.

Hundo la cara en su hombro y mis lágrimas calan su blusa gris.

—Odio todo esto. Necesito que pare ya.

—Te sentirás horriblemente mal durante un tiempo.

Pero te aseguro que la única forma de aliviar tu dolor será transitándolo y siguiendo adelante.

Sé que ahora te parecerá imposible, pero, créeme, hay vida más allá de la pena, y Nate querría que tú la vivieras.

Por supuesto, será una vida diferente, porque él no estará en ella.

Mamá saca otro clínex de su bolso y me lo da.

—Vámonos a casa. Te prepararé algo de comer y podrás cambiarte de ropa, que esta está húmeda. No arreglará nada, pero al menos te sentirás un poco mejor. Te lo prometo.

Muevo afirmativamente la cabeza y la sigo hasta el coche, mirando cada poco hacia atrás hasta ver que Nate desaparece de mi vista por última vez.

No consigo despedirme de él. No me sale el «adiós». La palabra se atora en mi garganta y me bloquea la lengua.

Tampoco importa. A fin de cuentas, ya no puede oírlo.

Nada más llegar a casa, hago mi llamada diaria al hospital en que está ingresado Alex fingiendo ser su «hermana». Aún no ha despertado del coma en que está desde que lo ingresaron. La enfermera me informa de que sus constantes vitales no son las mejores hoy, pero por ahora sigue estable.

Me tiro en la cama, me tapo la cabeza con la almohada y grito al maldito ser que considera que merece la pena mantener a Alex con vida mientras que a Nate lo estarán castigando brutalmente, de nuevo, por unos crímenes que nunca cometió.

Trato de distraerme quitándome la ropa lúgubre que llevaba para el funeral, pero me miro en el espejo y compruebo que mi glamur ha desaparecido y que vuelvo a tener unas alas negras y doradas que me nacen en las escápulas.

Se mueven arriba y abajo a uno y otro lado de mi cuerpo, me despeinan y consiguen que ese enfado que ya me es familiar vuelva a tensarme el mentón.

Sí, todo esto es por su culpa. Mi madre y su sangre de ángel.

Si yo no fuera mitad ángel, nunca me habría importado salvar a Alex.

Lo habría enviado convencidísima al Infierno, que es adonde pertenece.

Estas alas me recuerdan esas partes de mí que yo jamás pedí tener. Todas esas cosas que no quiero.

Mi padre es más fuerte sin sus alas.

Tal vez yo también lo sea.

Salgo corriendo en dirección a la entrada y echo mano de mi espada, que dejé colgada por detrás de la puerta principal. El corazón me va a mil por hora.

—¿Devica? —me llama mi madre desde la cocina, pero la ignoro y vuelvo a mi habitación. No tarda en seguirme—. Pero ¿qué pretendes ha…?

Le doy con la puerta en las narices y la dejo fuera, preocupada, mientras yo aprovecho para ponerme ante el espejo y levantar la espada por detrás de mi espalda. Con los dientes apretados, cierro los ojos y me preparo para el dolor que doy por sentado que sufriré.

«Hazlo, Devica, hazlo. Te dolerá solo un momento, y ese dolor no será peor que el que sientes ahora mismo por dentro».

La puerta se abre de par en par y mi madre entra con el corazón en un puño:

—¡Devica, nooo!

—¡Estas alas tienen que desaparecer ya! —chillo—. Cuando me libre de ellas, tendré el coraje que necesito para acabar con Alex de una vez, que es lo que tenía que haber hecho desde el principio.

Mi madre da un paso al frente para interponerse entre el espejo y yo, y le veo los ojos brillantes mientras reprime las ganas de llorar.

—Devica, esas alas no te hacen quien eres. Es tu corazón el que escogió ayudar a Nate y permitió a Alex seguir con vida. Y el corazón no puedes cortártelo.

Ladeo la cabeza y frunzo el ceño.

—No, párate a pensarlo bien. Mi padre cayó cuando perdió sus alas y tú perdiste las tuyas cuando me tuviste.

Eso significa que, si me libro de ellas, dejaré de ser mitad ángel, y por fin me convertiré en el demonio que Nate necesita que sea para salvarlo.

Y ahora, apártate, necesito ver bien lo que estoy haciendo.

Abre los ojos todo lo que puede.

—No lo hagas, Devica. Por favor, no lo hagas. Esas alas son parte de ti.

—Pero ¿y si yo ya no quiero ser yo nunca más?

—Miro mi reflejo por encima de sus hombros.

La chica con el ceño fruncido de ahí es idéntica a la que vi en los espejos de la parcela 11.

Se la ve dura, fría y fuera de sí. No me extraña que Nate se aterrara al verla en el puente.

Yo también me habría asustado al descubrirla.

Pero es más fuerte que yo, y es capaz de hacer todo eso que yo no puedo.

—Hablemos de ello —me anima mi madre—. Tal vez logremos dar con algo que no implique desfigurarte.

—Es lo único que hacemos. Nos pasamos el día hablando. —Me tiemblan las piernas, y noto los músculos abdominales tan tensos como mi barbilla—. Y, ya ves, no hemos logrado nada.

Levanto la espada y empiezo a bajarla. Mi madre me agarra del brazo y consigue detenerme justo antes de que el filo roce las plumas.

Entre gritos, le doy un empujón para apartarla de mi camino.

En ese momento, sale despedida hacia el espejo con un chillido, y al instante miles de cristales caen sobre ella, que impacta contra el suelo.

El estallido y posterior tintineo de los fragmentos de cristal es lo que me devuelve al presente. Suelto la espada y me arrodillo a su lado, con el corazón casi fuera del pecho.

—¡Mamá! ¡Mamá, ¿estás bien?!

Lloriquea y se lleva las manos a la cara.

Se ha hecho un corte en la frente del que le brota aparatosamente sangre, que encuentra su camino por entre sus dedos y sus mejillas.

Tiene el mismo azul brillante que la mía.

Sangre de ángel. Intento ayudarla, pero se va hacia atrás en dirección al espejo, e intuyo el miedo en su mirada.

Marca la distancia entre las dos con la mano salpicada de sangre.

—¡Largo! ¡Aléjate de mí! Ya has hecho suficiente.

—Lo siento —me disculpo con un nudo en la garganta—. En ningún momento quise hacerte daño. No sé qué me ha pasado.

—Yo sí sé qué te ha pasado. —Se toca la mejilla—. Tienes miedo de tu lado de ángel, pero han sido los genes de tu padre los que han provocado todo esto. No te hace falta cortarte las alas para convertirte en un demonio. Ya lo eres, Devica: lo llevas dentro.

Sus palabras son para mi corazón como un látigo para su carne humana.

No, no soy como él. De hecho, no tengo nada que ver con él. Él escoge hacer daño. Esto no ha sido más que un accidente.

—No, no digas eso —le imploro en un susurro.

Retrocede aún más hacia el espejo evitando que sus ojos se encuentren con los míos.

—Sé que sientes dolor, pero yo he procurado hacer todo lo que está en mi mano para ayudarte.

Y, en vez de agradecérmelo, me haces daño.

Sabía que estaba metiendo en mi vida a una adolescente cuando te dejé vivir conmigo, pero se me había olvidado lo mucho que hay en ti de él.

Es evidente que tuviste un buen maestro, Devica.

Los dos sabéis bien cómo herir a la gente de la manera más cruel.

El enfado y el miedo que percibo en ella me hacen más daño que los miles de trozos de cristales que se me clavan en las rodillas. Apesadumbrada, cierro la mano y me la llevo al pecho.

—Si de verdad es lo que sientes, tal vez lo mejor sea que regrese a casa.

Mamá alza la cabeza. Sobre ese corte que le sigue sangrando, veo el intenso tono ámbar de sus ojos, de una oscuridad inquietante sobre su piel radiante.

—Sí, quizá sea lo más conveniente.

La garganta se me cierra, y me alejo de ella balanceándome a uno y otro lado mientras los trozos de cristal crujen bajo mis botas.

Ella tampoco me quiere.

Yo siempre había estado convencida de que me había abandonado porque le daba miedo quién soy ahora. Sin embargo, ahora resulta que no tenía ningún miedo… hasta que me conoció.

Mi cuerpo se desinfla contra la pared del pasillo y me trago las lágrimas. Ahora por fin comprendo lo perdido que debió de sentirse Nate al darse cuenta de para qué lo había traído a casa.

Ni me puedo quedar aquí, ni puedo regresar con mi padre. No pertenezco a ningún sitio.

La luz del sol hace brillar las llaves del coche de mamá que descansan en la mesa de la cocina, y me quedo mirándolas antes de agarrarlas y salir corriendo por la puerta.

No tengo ni idea de adónde iré.

A cualquier sitio menos aquí.