Hoy no, Satán Capítulo XLIII
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Capítulo XLIII

XLIII

Alex baja la mano y ladea la cabeza como si, en vez de llamarlo asesino, le hubiera dicho que el cielo es azul.

—Interesante. ¿Y qué te lleva a decir eso?

Me tiemblan los brazos mientras me rodeo con ellos y doy un paso atrás para aumentar la distancia entre los dos.

—Tú mataste a Gabe y cargaste a Nate con ello. Nate murió por tu culpa.

Me agarra por los hombros y me atrae hacia él clavándome las uñas en la piel.

—¿Quién te ha dicho eso?

Escapo de sus manos y me froto los brazos, que me ha dejado marcados.

—Nadie. Lo he averiguado yo sola.

Suelta una risotada.

—Vaya, estoy impresionado. Ni siquiera los agentes que se presentaron en mi casa sospecharon de mí.

Fíjate, debo de ser buen actor. Todo el mundo se ha tragado mi papel de víctima inocente.

—Alza la voz y finge un gemido—: «¡Oh, no, no, mi padre no!

Nate, ¿cómo has podido?». Puedo asegurarte que los polis ni se sorprendieron cuando les dije que había visto a ese niño de acogida tan problemático pegarle un tiro, y que yo me había escondido aquí para salvarme.

Al momento se personó la policía, y lo único que oí fue un disparo.

Ya ves, yo que rezaba para que lo encerraran de por vida…

Eso de matarlo fue para mí como un regalo caído del cielo.

Siento una enorme presión por detrás de los ojos. Tengo delante al culpable de que Nate fuera al Infierno. Y la razón por la que está a punto de volver.

—¿Por qué lo hiciste?

Alex se encoge de hombros sin saber qué contestar.

—Mi padre me quería hasta que Nate vino a vivir con nosotros. Entonces, de repente, fue como si yo me hubiera vuelto invisible. De un día para otro, ese donnadie de acogida que ni siquiera llevaba nuestra sangre se convirtió en su hijo favorito. Era injusto.

Abro los ojos atónita y un suspiro se ahoga en mi pecho.

—Entonces ¿mataste a tu padre porque se llevaba bien con Nate?

Se apoya en la pared y mira por la ventana a un pájaro que vuela descendiendo en picado.

—La verdad es que no lo había planeado así. Hice todo lo posible para que Nate se largara de nuestra casa. Ya sabes, le rompí sus cosas, le destrocé su ropa, lo amenazaba un día sí y otro también… Pero no debió de pillar nunca mis indirectas.

—Es que es una persona demasiado buena —le digo—. Lo más probable es que Nate pensara que podría ganarse tu cariño.

Y lo sabía a ciencia cierta… porque había pensado lo mismo respecto a mí. Y claro que había terminado ganándose mi cariño. Y ahora estaba pagando un precio muy alto por ello.

Alex ni siquiera parece escucharme. No para de ir de la ventana a la puerta y de la puerta a la ventana. Como tiene las piernas tan largas, cruza la habitación en tres zancadas.

—Cuando mi padre se perdió mi primer partido de béisbol con el equipo de la universidad porque Nate estaba enfermo, sentí que me había roto el corazón.

Hice dos home runs espectaculares y logré la victoria de los míos, y él no estuvo allí para verlo.

—Yo no había oído en mi vida eso del home runs , así que simplemente me quedé mirándolo sin abrir la boca—.

Me enfrenté a mi padre en su despacho, y encima me dijo que no entendía por qué estaba tan enfadado.

Le tuve que recordar que Nate no era nada nuestro, que ni siquiera era de nuestra familia, y le pedí que lo echara de casa.

Y en vez de pedirme perdón, lo que me dijo fue que ojalá Nate fuera su hijo biológico y no yo.

—Ya. Eso debió de dolerte —le regalo los oídos con las palabras exactas que sé que aplacarán a Alex, pero lo cierto es que no estoy tan segura de poder culpar a Gabe por pensar así teniendo en cuenta todo lo que he visto en el alma de ese muchacho.

Para el pobre Gabe debió de ser durísimo asumir que su hijo fuera tan despiadado.

Era evidente que los modales burdos y las facciones afiladas de Alex no podían compararse con la bondad y el enorme corazón de Nate.

Supongo que Gabe vería enseguida la diferencia…

¿y cómo no se le iba a pasar eso por la cabeza?

Sé lo que se siente.

—Exacto. —Alex alza los brazos—. ¿Cómo le puedes decir algo así a tu hijo? Si yo lo único que hacía era estar todo el rato tratando de demostrarle que era el mejor.

Seguro. ¿Qué padre no se quedaría impresionado con ese historial de acoso y tortura animal?

Bueno, sí, mi padre estaría orgullosísimo, pero es que lo suyo es lo anormal.

—No recuerdo el momento en que cogí la pistola y disparé —continúa, con la mirada perdida a lo lejos—.

Es como si se hubiera borrado de mi mente.

Lo siguiente que recuerdo es que me quedé encima de mi padre, con el arma del crimen en la mano.

Nate gritó para preguntar qué estaba pasando, y en ese instante pensé en cargarle a él con el marrón.

Así mataba dos pájaros de un tiro, era genial.

La expresión apenas le cambia cuando habla, ni siquiera mínimamente. Tanto es así que se me pone la piel de los brazos de gallina, no soy capaz de comprender su frialdad, capaz incluso de volver el aire gélido.

Sin duda, si alguien pertenece a la parcela 13, es Alex. Y ahí es justo donde va a ir a parar.

Pero primero debo librar a Nate de ella.

—Eres un auténtico monstruo —le espeto tensando la mandíbula y mirándolo con los ojos entrecerrados—. Y vas a venir conmigo. Tú y yo vamos a tener una breve charla con mi padre y limpiarás el nombre de Nate.

Frunce el ceño.

—¿Es que tu padre es policía?

—Si eso ayuda, sí, lo es. Desde luego, digamos que desempeña un papel clave en eso de encerrar a la gente… para siempre.

—Entiendo… entonces ahora ya me cuadra tu instinto detectivesco —se cachondea—. Pero yo no pienso ir a ningún lado contigo, bonita de cara. Pírate a tu casa.

En sus ojos veo el reflejo de todas esas veces en que Ferus se burló de mí de mala manera, y no puedo evitar que la rabia hierva en mi interior y recorra desde mi pecho hasta las palmas de las manos.

Antes de darme cuenta de lo que está sucediendo, una chispa salta a las cajas que hay a mi alrededor y estas prenden.

Con todo el polvo y el papel que hay en ese salón, el fuego se propaga en cuestión de segundos.

Alex abre los ojos anonadado y da un paso atrás, presa del terror.

—¿Quién diablos eres?

—La diablesa que te va a llevar al Infierno.

Trato de echarle el guante, pero me esquiva y escapa, escaleras arriba.

Lo persigo a tientas por la casa, en la que no hay más luz que la del fuego que me pisa los talones.

Unos goterones de sudor me caen por el cuello, y toso por culpa del humo que ya invade todo el primer piso.

Las llamas nos siguen. Desde luego, quien construyera esta casa no se preocupó mucho por la calidad.

Una sombra se desliza enfrente de mí y grito al verla:

—¡Alex! ¡Alex, para!

Debemos salir de aquí. La estructura no parece que vaya a durar mucho.

Un crujido perfora el aire, y, tras él, un grito sonoro. Corro hacia el lugar de donde creo que procede el ruido y me freno en seco al llegar al borde de un agujero abierto en el suelo. Alex gime desde abajo al verse rodeado de llamas, como atrapado en el interior de un anillo de fuego.

Me doy media vuelta. Allá se las apañe. Alex se calcinará a la vez que toda su casa e irá él solo a cantar ante mi padre. Qué detalle por su parte lo de ahorrarme el viaje.

—¡Ayudaaa! —Alex grita y araña las paredes con las uñas. La agonía de su voz es tal que me hace detenerme justo cuando iba a saltar por una ventana que estaba abierta. Tose y lloriquea—. Por favoooor.

Alzo las cejas justo cuando tengo ya una pierna colgando por el alféizar.

Nate adoraba a Gabe. Y trató una y mil veces de querer a Alex, pese a todas las ofensas y jugarretas de su hermano de acogida.

Por eso Alex no logró apartarlo de su vida por muy vilmente que lo intentara, y por eso mismo también Nate nunca me habló de la maldad que le había demostrado Alex.

En la cabeza de Nate, Alex aún podía redimirse.

Nate odiaba con todas sus fuerzas estar en el Infierno, pero jamás habría cambiado su suerte por la de Alex, simplemente porque él no es así. Prefería sufrir él. Y yo quiero que Nate esté conmigo para siempre, pero no a costa de su dolor y su culpabilidad.

Mierda, joder.

Vuelvo a meter la pierna en el salón.

Nate ni siquiera está aquí conmigo, pero su mentalidad de ser buena persona y hacer siempre las cosas bien continúa influyendo en todas mis decisiones.

Alex tose de nuevo cuando pego un salto y me agacho a su lado.

Con los dientes apretados, me lo cargo al hombro ignorando sus gritos de dolor y echamos a volar por la ventana.

Empiezan a oírse muchas sirenas que parecen venir en esta dirección y su estruendo me recuerda a las alarmas que saltaban donde había crecido siempre que algún fugitivo trataba de huir.

Dejo a Alex en el suelo en el jardín de delante de la casa y lo escucho quejarse y soltar chillidos ahogados cuando la hierba roza su cuerpo magullado. Está ya casi inconsciente, y abre y cierra los ojos muy rápido, pero, aun así, me inclino hacia él y le susurro al oído:

—Recuérdame bien, Alex. Recuerda que te salvé cuando debería haberte dejado morir. Me debes una confesión. No lo olvides. Mi padre estará allí esperándote para oírla.

Justo cuando los vehículos de emergencia se detienen enfrente de la vivienda, yo ya estoy en el cielo, volando a toda velocidad para llegar al lado de Nate.

A mi vuelta sigue en la cama, con una camiseta gris que le queda muy ajustada con las letras UCLA en amarillo.

Mi madre debe de haberlo cambiado de ropa. Pero ya está otra vez chorreando de sudor. No paran de darle escalofríos, y tiembla y aparta con los pies las mantas que habíamos dejado en el extremo de la cama para taparlo.

Oh, Nate.

Este no es el chico que estaba todo el tiempo contando chistes mientras aguardaba su turno en mi fila para el registro. Ni tampoco el que me sacó el cristal de la espalda y me llamó guapa. Ni el que no paró de besarme en el castillo de hielo.

Y ahora que he dejado a Alex con vida, no estoy segura de si volveré a verlo de nuevo.

Me duele la garganta y siento una enorme presión en el pecho cuando le tomo la mano:

—¿Nate? ¿Nate? ¿Puedes oírme? —No me contesta, pero yo sigo hablándole—: Lo he encontrado. He dado con la persona que mató a Gabe. Fue Alex, tu hermano de acogida. Le vi el alma, y te aseguro que es horrible… Ni siquiera se arrepiente de nada de lo que hizo. No tiene ningún remordimiento.

Mi madre se queda en la puerta, pero no dice nada. Yo sigo al lado de Nate, le aparto de la cara un mechón de pelo y le acaricio las mejillas como hice la primera vez que lo besé.

—Tenía que haberlo matado, Nate. Alex pertenece al Infierno, ese es su sitio.

Y estuve a punto de hacerlo, porque pienso que eso podría haberte salvado a ti, y yo lo único que quiero es tenerte aquí a mi lado para siempre.

Pero fui incapaz, no pude matarlo. Solo veía tu cara y sabía lo mucho que tú querrías que hiciera las cosas bien.

Los ojos se me llenan de lágrimas y me nublan la vista hasta que me caen por las mejillas y me mojan la camiseta. Me tiembla todo el cuerpo por el esfuerzo que hago para mantenerlo pegado a mí.

Aunque ya no está del todo aquí, me niego a venirme abajo mientras algo de él siga a mi lado. Ya tendré todo el tiempo del mundo para derrumbarme una vez que se haya ido del todo.

Por ahora, necesita entera a la chica que lo llevó a cuestas inconsciente por el puente.

—La cosa es que —continúo— no tengo del todo claro si salvarlo a él y perderte a ti es lo correcto.

Pero sí que conseguí que confesara, así que ahora mismo estará en el universo y quiero pensar que eso será suficiente.

—Sostengo entre mis manos la de Nate, para transmitirle mi calor—.

Ojalá pudieras decirme que todo irá bien.

Por mucho que estuviéramos atrapados en miles de parcelas o que tuviéramos que huir de los soldados o que nos tocara volver a llevar un barco por un río de sangre, yo siempre sabría que todo iría bien porque tú estarías conmigo, y para mí eso es lo único que importa.

Me inclino y lo beso antes de deslizarme a su lado en la cama y apoyar mi cabeza en su pecho.

El corazón le late demasiado rápido directamente en mi oído, y una lágrima me resbala por el rostro y va a caer sobre la L de su camiseta.

—Gracias. Gracias por creer en mí cuando nadie más lo hacía —le digo en un susurro—.

Viste algo bueno en mí cuando ni siquiera yo era capaz de verlo.

Y también me enseñaste a ver todo lo bueno que hay en los demás.

Siempre te estaré agradecida por ello. Ahora resulta que lanzarme al vacío tras de ti no fue hundirme como entonces me temía.

Fue volar. Te quiero, Nate. No sabes cuánto siento haber tardado tantísimo en darme cuenta.

No quiero perder ni un solo momento a su lado, pero no he pegado ojo desde que mi madre me encontró en el banco, por lo que, pese a mis intentos por mantenerme despierta, doy cabezadas.

Mi madre va y viene, entra y sale de la habitación, y el único sonido que anuncia su llegada es el chirrido de la puerta y sus pisadas sobre la alfombra.

En un momento dado, la respiración de Nate se vuelve progresivamente más lenta, y levanto la cabeza.

—¿Nate?

Emite un gemido ahogado y sacude el cuerpo. Ufff, menos mal, sigue aquí. Sin embargo, de pronto, como tengo la mano sobre su corazón, no tardo en notar que deja de latir del todo.

No. No, no, por favor. Todavía no. Aún no estoy preparada.

—¿Nate? —susurro de nuevo.

En un parpadeo, su cuerpo desaparece de entre mis brazos, y mis lágrimas mojan el colchón vacío en el que hasta hace un momento había estado descansando.

Pero ¿qué…?

Lo busco, lo siento, pero allí no hay más que aire.

No se ha ido, no se ha ido. No puede haberse ido.

Lloro y grito desconsolada, agitando las sábanas fuera de mí hasta que mi madre me agarra entre sus brazos.

Chillo e intento soltarme, pero tiene mejores reflejos que yo y consigue retenerme hasta que me rindo y me rompo sobre su hombro.

Me abraza hasta que al otro lado de la ventana cae la noche. El dormitorio se oscurece, pero no le dejo encender la lámpara de la mesilla de noche. Prefiero las sombras. Me recuerdan a mi hogar.

En la habitación de al lado, un reloj da las doce. Ya es medianoche. Y entonces recuerdo que es mi cumpleaños.

Acabo de cumplir dieciocho.

Logré llegar a la Tierra a tiempo para escapar de mi destino en el Infierno.

Pero ahora ya todo me da igual, porque Nate no ha conseguido escapar conmigo.