Capítulo XLII
XLII
El sol está en lo más alto cuando despego del patio de la casa de mi madre y me elevo a toda velocidad hacia las pocas nubes que pueblan el cielo.
Aunque en ese dispositivo diminuto la casa de Nate no parecía quedar muy lejos de la de mamá, lo cierto es que pasa una barbaridad de tiempo hasta que consigo ver el conjunto de edificios que ha rodeado en la pantalla con el dedo índice.
La casa en la que vivió, y murió, es más alta que la vivienda de un solo piso de mi madre; sin embargo, a diferencia de esta última, que se ve muy cuidada, con una pintura prístina y un jardín perfectamente podado y atendido, la de Nate parece abandonada.
Es evidente que nadie ha cortado en mucho tiempo toda esa hierba que me voy sacudiendo del vestido.
Es tan alta que me pincha los pies, pues se cuela por el calzado con los dedos al aire que mi madre ha insistido en que me pusiera mientras ella aprovecha para limpiarme mis botas.
Un cartel oxidado de se vende cruje al ser mecido por el viento. Las ventanas están cerradas y todo se ve a oscuras, y nadie responde pese a la insistencia con la que aporreo la gruesa puerta de roble de la entrada.
Encorvo los hombros y dejo caer las manos a los lados.
Y todo esto solo por tratar de interrogar a la familia de Nate.
Me doy la vuelta para marcharme, pero algo me hace detenerme.
Sherlock no se rendiría con tanta facilidad. Examinaría la casa en busca de pistas. Incluso aunque para ello tuviera que romper la puerta y entrar. Además, ¿acaso sería delito teniendo en cuenta que ahí no vive nadie?
Estoy totalmente perdida en lo que a las leyes de la Tierra se refiere, pero, si Sherlock puede hacerlo, yo también puedo.
La puerta principal está cerrada con llave, por lo que rodeo la casa y voy probando cada ventana hasta que por fin una se abre con un chirrido con solo tocarla.
Me impulso por encima del saliente, metiendo la barriga y contoneando las caderas para pasar.
Salto al suelo y caigo hecha un ovillo antes de quedar tumbada bocarriba en mitad de la habitación, jadeando.
Cojo aire y espero, pero el único sonido que se oye a mi alrededor es el de los latidos acelerados de mi corazón.
Me apoyo en el suelo para levantarme y miro a mi alrededor.
La estancia está a oscuras a excepción del rectángulo de luz que entra por la ventana por la que he saltado.
Huele a humedad, es el mismo olor que el de las cuevas de Lapis.
Me muevo palpando la pared hasta que mis dedos localizan un interruptor y lo enciendo.
Una única lámpara situada sobre mi cabeza baña toda la sala con una luz amarilla.
Si alguien ha decidido abandonar este sitio, parece haber olvidado gran parte de sus pertenencias aquí.
Por todos los lados hay cajas apiladas contra las paredes y debajo de unas escaleras; las primeras sobresalen despachurradas por el peso de las de encima.
Cada una de ellas lleva pegada una etiqueta con letras escritas en un rotulador permanente negro: claras y cuidadas, todas en mayúsculas.
Palabras como halloween , navidad y juegos de mesa están pegadas a las cajas.
Una de ellas llama especialmente mi atención.
Es más pequeña que el resto, y está escondida al fondo, como si albergara un secreto.
Las letras de su pegatina tampoco se parecen en nada a las de las otras cajas: los bordes se ven desiguales y la mayoría de las veces no terminan donde deberían.
Además, es evidente que quien sea ha apretado tanto al escribir que ha quedado la marca en el cartón.
Se me eriza la piel mientras recorro con los dedos el nombre que conforman las letras negras: nate .
«Al menos no ha caído en el olvido».
Me arrodillo ante la caja y la abro para fisgonear en su interior.
Una cara que me resulta demasiado familiar me sonríe desde lo alto de una pila de fotos, y siento cómo la sangre me bulle en la cabeza.
Es esa sonrisa con la que he convivido este último año de mi vida y la cual me muero por volver a ver.
Nate aparece pasando el brazo por encima de otro humano entrado en años, con el pelo cano y un bigote frondoso.
Ambos miran a la cámara; el flash los baña con una luz blanquecina.
Justo enfrente de ellos se ve un suculento pastel de chocolate decorado con un glaseado azul en el que se lee: feliz cumpleaños, nate .
Aunque Nate jamás me describió a Gabe, nada más ver al hombre de la imagen sé que tenía que ser él. Tiene un brillo especial en la mirada, ladea la cabeza hacia Nate y el amor se ve tan marcado en sus facciones como las letras lo están en la caja.
Una punzada de celos me oprime el pecho. Daría lo que fuera por tener a alguien que me mirara de ese modo.
Entorno los ojos para estudiar la foto con detalle. Se tomó el mismo año en que murió Nate. Y ahí estaba, con el brazo sobre los hombros de aquel hombre mayor, con los dedos bien apretados sobre su piel. Era como si tuviera miedo de dejarlo ir.
Estoy a punto de soltar la imagen cuando, de pronto, algo al fondo capta mi atención. Miro con detenimiento y la acerco a la luz para verla aún mejor.
Atrás, en la sombra, de pie entre los dos, se ve a un chico un poco mayor que Nate.
Tiene cara de malas pulgas, lo que me hace pensar que quizá no sea consciente de que la cámara está captando su malestar.
O tal vez ni siquiera le importa que lo haga.
Incluso en la semioscuridad de la foto, puede apreciarse que sus rasgos son claramente una versión atenuada del rostro arrugado de Gabe.
Su cabellera rubia reluce a la luz de la lámpara que está tras él, y sus ojos se clavan en los míos.
Ese debe de ser el hermano de acogida de Nate. Ya en una ocasión me confesó que nunca había sido muy amable con él, pero Nate no mencionó ni una palabra de las malas vibraciones que desprendía solo con verlo.
O quizá es solo cosa mía.
Dejo la fotografía tras de mí y busco en el fondo de la caja.
Casi todo lo que hay son prendas de ropa y libros, todo desgastado por el uso.
Pese a la tristeza que me invade, no puedo evitar una sonrisa al sacar de entre esos cartones La Divina comedia de Dante.
Paso rápido todas las páginas referentes al Infierno y voy a parar a la parte del Paraíso , donde alguien ha subrayado varios pasajes.
Una línea destacada en amarillo me obliga a detenerme en ella: «A una pequeña chispa sigue una gran llama».
Nate me recitó esa misma frase en el Infierno, cuando yo, desesperada, trataba de prender los listones de madera en la zona próxima al río.
Me río entre dientes.
Muy típico de alguien como él citar algo del Paraíso en mitad del Infierno .
—¿Qué se supone que estás haciendo?
Levanto la cabeza, sobresaltada, y el libro se me escurre entre las manos y va a parar al suelo.
No he oído a nadie entrar en la casa, y mucho menos me he enterado de que ha ido a parar hasta el salón en el que yo estoy.
Es el muchacho de la foto de cumpleaños.
Se apoya contra el marco de la puerta, con los brazos cruzados y la diversión revoloteando por su rostro.
Lo que tengo ante mí no es exactamente la silueta de alguien que se acaba de encontrar a un extraño en su casa husmeando entre todas sus cosas.
Y no es que lo culpe por no preocuparse. Presenta dos veces mi tamaño, es alto y fornido, tiene el mentón y la nariz afilados como navajas, y las mejillas se le curvan hacia arriba al sonreír.
Vistos los estándares que imperan aquí en la Tierra, podría decirse que es atractivo, pero lo cierto es que, para mí, tiene una frialdad en los ojos que me atenaza por dentro. No sé, como esa indiferencia e insensibilidad que veo en Ferus a diario.
Me pongo de pie, me sacudo el polvo del vestido y lo contemplo con los ojos abiertos de par en par, con ese «Soy inocente» en la mirada con el que los caminantes oscuros me suplican a mí en el Salón de la Justicia.
—Me llamo Devica. Soy una amiga de Nate. ¿Y tú eres…? —Extiendo la mano para estrechársela de acuerdo con el saludo humano tradicional, y me doy cuenta de que mi palma rezuma sudor.
El chico me mira de tal manera que parece que me perfora la cara con los ojos. No hace el más mínimo ademán de agarrarme la mano, por lo que la dejo caer a un lado del cuerpo.
—Alex —espeta.
Es una frase seca y cortante con la que trata de dejarme claro que no hay cabida para nada más, pero aun así lo intento.
—Encantada de conocerte, Alex. —Fuerzo los labios para que se curven y den paso a lo que espero que sea una sonrisa, y miento con el descaro que me ha enseñado mi padre—. Nate me habló mucho de ti.
Los ojos de Alex radiografían todo mi cuerpo, y se detienen en exceso en algunas partes concretas.
Me trago las ganas de envolverme con los brazos para que me deje de mirar tan obscenamente.
Así, aguanto el tirón y trato de mantener la sonrisa falsa que he conseguido instalar en mis mejillas.
Le veo relamerse los labios y llevo la mano a la empuñadura de mi espada.
—¿Así que eres amiga de Nate? —quiere saber.
—Podríamos llamarlo así.
—Nate es un asesino. —La voz de Alex suena tan plana como la baldosa que estamos pisando—.
Mató a mi padre. —Como no respondo, baja los ojos a la caja que hay a mis pies—.
Debí tirarla cuando enterramos a mi padre.
No sé para qué sigo guardando sus mierdas.
Quién sabe, quizá mi mente era capaz de prever que un buen día entraría por la ventana a por ella una preciosidad como tú.
Da un paso hacia mí y, por instinto, yo doy otro hacia atrás.
Los humanos no deberían ponerme tan nerviosa. Yo soy más fuerte que él. Si hasta podría lanzarle una bola de fuego contra su pecho hinchado.
«Pero imagino que debería intentar dialogar con él primero».
—Nate no mató a tu padre —le escupo a la cara—. De hecho, he venido aquí para eso, para limpiar su nombre.
Alex alza las cejas y avanza enervado hacia mí.
—¿De veras? A ver, ¿acaso has encontrado algo aquí que lo demuestre?
Frunzo el ceño.
Esa caja repleta de tonterías de Nate no contiene nada que lo exculpe.
Mi padre jamás aceptará las citas subrayadas de Dante y su ropa usada como prueba de su inocencia.
Y a Alex no se le ve muy por la labor de ayudar.
Medio cierra los ojos a la espera de mi respuesta, y su gesto es más que suficiente para dejarme un mal sabor de boca.
«Lo siento mucho, Nate». Hasta el mismísimo Sherlock Holmes habría estallado aquí.
—No. —Levanto la caja de Nate del suelo y la aprieto fuerte contra mi pecho. Al menos le llevaré alguno de sus recuerdos antes de que se marche de esta vida para siempre—. Lamento mucho haberte molestado. Si me disculpas, cogeré esto y me voy.
—Tú no vas a irte a ningún sitio. —Alex me agarra con fuerza del brazo y la caja se desparrama a mis pies mientras yo me introduzco en su alma.
Los recuerdos de Alex no tienen nada que ver con los de Nate.
Mientras que, en el caso de Nate, pude ver todas sus buenas obras a través de una neblina blanca, la mente de Alex es oscura, tanto que me da la sensación de que estoy atrapada en un túnel.
Ni siquiera de niño fue bueno.
Apaleaba a otros menores antes de hacerse experto en maltrato animal.
Se me revuelve el estómago al verlo de adolescente acosando a las chicas por la calle, y sus miserables y lúgubres pensamientos se me meten en la cabeza con una virulencia tal que necesito taparme los oídos para protegerme.
He visto muchas cosas malas de donde vengo, pero reconozco que sigo sin estar preparada para enfrentarme a una mente tan perversa.
Alex no es que sea solo malo. Es un auténtico demonio.
Retrocedo en el tiempo hasta llegar a un estudio en el que me veo de pie y rodeada de libros encuadernados a mano.
Yo soy Alex y levanto una pistola con la que amenazo al hombre de la foto del cumpleaños de Nate.
Mientras Gabe, con el rostro desencajado y con lágrimas resbalándole por las mejillas, implora a su hijo que baje el arma.
Me esfuerzo por escuchar lo que está diciendo, pero sus súplicas son interrumpidas por dos disparos. De repente de su cuerpo brota un río de sangre que mancha por completo su camisa de cuadros. Gabe cae al suelo cubriéndose el pecho con las manos, y yo tiro la pistola y echo a correr, despavorido.
Regreso a la realidad con un grito y me suelto del gélido agarre de Alex.
El señor Bellum trató de explicarme lo que vería una vez que alcanzara la visión que perseguía; sabía que los pecados del resto se volverían tan explícitos y nítidos para mí como mis propios recuerdos.
Y me había advertido de que, si tocaba a la persona, lo que vería sería aún más intenso.
Ya lo había experimentado ligeramente con Nate y por la calle nada más llegar a Los Ángeles, pero hasta ahora no había sido nada comparable a esto.
Estoy temblando y siento ganas de vomitar de los horrores que he vivido siendo Alex.
Si esto es lo que mi padre siente cada vez que juzga, ya entiendo su deseo de castigar.
—Fuiste tú —lo acuso con la garganta casi cerrada—. Tú mataste a tu padre.