Hoy no, Satán Capítulo XLI
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Capítulo XLI

XLI

Echo a correr hacia él, pero mis botas se hunden en la arena y caigo de bruces sobre esa suave tierra de la playa. La boca se me llena de arena, tanta que casi me ahogo. Mi madre me agarra de la muñeca y me levanta mientras yo no paro de toser y escupir diminutos guijarros arenosos.

—¿Te encuentras bien? —me pregunta.

—Sí, sí. —Me limpio la lengua con la manga—. Vamos.

La arena me obliga a caminar despacio, y siento que tardo una eternidad en llegar hasta la multitud. Está claro que Nate sobrevaloró mucho esto de la arena. No solo resulta imposible caminar por ella, sino que encima sabe fatal.

Me abro paso entre el gentío, haciendo caso omiso de sus protestas. Nate está tumbado de espaldas, con los ojos cerrados y apenas se mueve.

Se me doblan las piernas y caigo de rodillas a su lado.

«No. No puede ser tan tarde. Por favor, que aún no sea demasiado tarde».

¡Joder con esa asquerosa arena!

Él gime y yo suspiro. Siento que el corazón se me va a salir del pecho.

Está bien, está bien. Mi madre se equivocaba. No se va a ir a ningún sitio.

Ya sabía yo que me estaba mintiendo. Me quería toda para ella.

Le acaricio la mejilla con la mano, y me sobrecojo al notar que está ardiendo. Está mucho más caliente que yo. Esto no puede ser normal.

—¿Nate? —Mi voz se rompe al pronunciar su nombre—. Nate, ¿puedes oírme?

Abre los ojos y me mira a través del sol que me da en la nuca.

—¿Estoy en el Cielo?

El sonido de su voz es como si aligerara la presión que siento en el pecho. Ese tono familiar con un toque de humor que se entremezcla con los matices oscuros. Antes solía pedirle que se callara. Ahora no quiero que lo haga nunca.

—No, Nathan Reynolds —me río despacio—. No estás en el Cielo. ¿Cómo iba a estar yo allí contigo si no? Estás en la playa de Satán Monico.

Cierra los ojos, y el cuerpo le vibra por la risotada que no puede evitar y cuyo sonido me quema el pecho.

—Santa Mónica.

—Como se llame. —Le guiño un ojo y paso su brazo alrededor de mi hombro para ayudarlo a sentarse poco a poco.

Mi madre lo agarra del otro brazo y tira de él sin mucha dificultad hasta que entre las dos conseguimos ponerlo de pie.

—Deberíamos irnos, Devica. Necesita descansar.

Está empapado en sudor y tiene las mejillas rojas y la mirada ausente.

—¿A dónde vamos? —Las palabras le salen atropelladamente de la boca y se traba al hablar como si hubiera bebido demasiado.

La sonrisa que me fuerzo a esbozar muere en mis labios.

Esto es mucho peor que cuando tuvo aquel incidente con el pastel de zanahoria.

Al menos aquella vez yo tenía la tranquilidad de que el efecto del veneno iría pasando y Nate volvería en sí.

Sin embargo, ahora, lo que sea que tenga me lo arrebatará para siempre.

Intento tragar el nudo que tengo en la garganta.

—A casa de mi madre.

Nate se gira y por fin cae en la cuenta de quién es la persona que nos está ayudando.

—Así que la encontraste.

—Más bien me encontró ella a mí —le contesto.

Le fallan las piernas, se tambalea y, en consecuencia, yo pierdo el equilibrio, pero mi madre nos agarra a los dos como si juntos no pesáramos más que una de mis plumas. La miro con los ojos como platos sobre la cabeza de Nate.

Mi madre sigue.

—¿Dev? —murmura Nate—. Gracias por encontrarme. Me has salvado. Una vez más.

Mamá enarca las cejas, y yo me muerdo el labio pero no digo nada. No tengo el coraje de confesarle a Nate que, en realidad, yo no lo he salvado de nada. Al contrario, lo he condenado a volver a pasar por lo mismo.

La vuelta en coche se me hace más rápida que la ida, pero, cuando llegamos a casa de mi madre, casi no me quedan uñas por todo lo que me las he mordido y me duele muchísimo el cuello de tanto girarme para ver qué tal estaba Nate, que iba tumbado en el asiento de atrás.

Lo llevamos entre las dos a una habitación vacía y lo tumbamos en una cama decorada con una colcha de flores.

Le desato las botas, y le quito el chaleco y la camisa, lo que le hace gimotear porque el tejido se le pega a la piel sudada. Bromea con algo sobre lo de que le esté desnudando, pero no tengo fuerzas para reírme.

Si me lo arrebatan, no estoy segura de si alguna vez recuperaré la sonrisa.

Mi madre regresa con un paño húmedo y se lo pone en la frente antes de taparlo con una sábana. Murmura algo que solo él puede ver.

Me siento al borde de la cama y con el pulgar le acaricio arriba y abajo la palma de la mano hasta que sus gemidos dan paso a unos tímidos ronquidos

«Nate, quédate conmigo, te lo suplico. No hemos sobrevivido al Infierno juntos para que ahora tú mueras en la Tierra». Al menos todavía no. Nos merecemos más tiempo.

Una lágrima se desliza por mi mejilla y me giro para decirle a mi madre:

—¿Qué más puedo hacer?

Ella me pone la mano en el hombro y me aprieta con calidez.

—Nada. Su vida es necesaria para restaurar el equilibrio. Simplemente quédate con él para que no esté solo.

Los dedos de mi madre se clavan como alfileres sobre la piel y la aparto de mí.

No puedo quedarme ahí sentada sin más. Eso no es lo que Nate haría.

Él cargó conmigo en mitad de una terrible tormenta de nieve mientras caminantes oscuros congelados lo perseguían.

En ningún momento se le pasó por la cabeza abandonarme.

Moqueo y me limpio las lágrimas que bañan mis mejillas.

—¿Y si volviera al Infierno y le dijera a mi padre que ocuparé su lugar? Una vez que yo esté en el trono, podré perdonar a Nate.

—Devica, sé cuánto te importa este chico, pero esa no es la solución. Tu padre no te ascenderá, tu padre te encerrará allí abajo. —Alza mi rostro asiéndome por el mentón—. No puedo perderte otra vez. Por fin te tengo a mi lado.

Bajo la cabeza. Tiene razón. La principal prioridad de mi padre es su propio ego, y es evidente que se lo he herido con mi engaño.

El dormitorio se oscurece cuando las nubes cubren el sol por fuera de la ventana. Mi madre se acerca al escritorio y enciende una pequeña lámpara, cuya luz ilumina la pila de libros que hay a su lado.

Cruzo de una zancada la habitación y cojo uno de los libros de arriba del montón, con el corazón a punto de salírseme del pecho. Lo conozco. En la cubierta aparece un hombre enfundado en una gabardina con una pipa y una lupa. Las aventuras de Sherlock Holmes , se lee a sus pies.

Mi padre tenía ese libro. Yo misma leí unas cuantas historias antes de que, de la noche a la mañana, un buen día desapareciera de la estantería.

Recuerdo que incluso marqué por dónde iba con un bolígrafo negro.

Paso rápido las páginas, y casi se me salen los ojos de las órbitas al ver esa estrellita en tinta negra que aparecía en la esquina superior izquierda del comienzo de la quinta historia.

—¿De dónde lo has sacado? —le pregunto en un susurro.

Mira por encima de mi hombro.

—Lo tengo desde que conocí a tu padre. Me lo regaló él.

Lo compró en una de las librerías a las que lo llevé en nuestra primera cita.

Pensaba que lo había perdido, pero un buen día volvió a aparecer aquí, en el mismo lugar.

De hecho, es algo que me pasa con muchos libros.

Digamos que no se me da muy bien eso de guardar las cosas en su sitio.

Parpadeo. El texto se emborrona y enseguida vuelvo a enfocarlo bien. «Así que era suyo. Todos los libros eran suyos».

Durante todo este tiempo yo pensaba que había estado ahí abajo sin tener nada de mi madre conmigo. Sí, estoy segura de que mi padre se llevó esos libros para él, pero, sin ser consciente de ello, también fue acercándome a mí retazos de ella.

Mientras miro entre todas esas obras literarias, una pequeña caja de madera cae a mis pies con un ruido sordo. Me agacho y la recojo de la alfombra.

—¿Qué es esto?

—Joyas. —Me quita la caja y la mete a toda prisa en uno de los estantes de un armario—. Tu padre siempre me compraba baratijas durante el tiempo que estuvimos saliendo. Y, pese a todo lo que pasó, nunca he sido capaz de desprenderme de ellas.

Nate se queja, así que dejo el libro y regreso corriendo a su lado para refrescarle de nuevo la frente con el paño húmedo.

«Este no es el momento, Devica. Por muchas cosas que quieras averiguar de tu madre, ahora no. Y leer cómo Sherlock resuelve los crímenes te aseguro que tampoco va a arreglar nada».

Dejo caer la mandíbula. A menos que…

Mis ojos recorren a toda prisa la alfombra color melocotón que está al lado de la cama, y suelto sin pensar lo que me viene a la cabeza de repente.

—¿Y si mi padre no se puede volver a llevar a Nate al Infierno porque yo demuestro que es inocente? Si alguna otra persona admite haber cometido el asesinato, ya no podrá castigar a Nate por él, ¿no? Eso tiene que ir contra algún tipo de regla.

—Querida hija —dice mientras dobla y desdobla el trapo sobre su regazo—, es un razonamiento sin duda fantástico, pero te recuerdo que solo tienes diecisiete años. Y que eres nueva en la Tierra. Con esto quiero decir que, ya sabes, no estás muy entrenada que digamos para resolver homicidios.

Nate tose, y una gota de sangre asoma por la comisura de su boca. Se la limpia con el paño.

Me agarro el estómago y miro al suelo. Jamás me acostumbraré a ver su sangre.

—No puedo quedarme aquí sentada sin hacer nada. No puedo quedarme mirándolo mientras se muere sin ni tan siquiera intentarlo.

—No hay duda de que tienes la cabezonería de tu padre.

—Mi madre vuelve a apoyar el trapo sobre la frente de Nate y tira de mí para sacarme de la habitación.

Una vez fuera, cierra la puerta con cuidado de no hacer ruido—.

Vale, imaginemos que haces lo que me estás diciendo.

¿Podrías decirme por dónde empezarías? Dudo mucho que la Policía vaya a darte sus expedientes, la verdad, por mucho que te plantes allí y se los pidas.

Apoyo los dedos en la pared. No pude terminar el libro de Sherlock, pero todas las historias seguían el mismo patrón. Y resolver un asesinato no puede ser tan complicado si un personaje de ficción ha sido capaz de resolver tantos.

—Empezaré en el escenario del crimen. Hablaré con quien quede de la familia de acogida de Nate. En una ocasión mencionó a un hermano. Tal vez pueda tener una idea de quién apretó el gatillo.

Nate deja escapar otro quejido y mi madre echa un vistazo a la habitación antes de volver a clavar su mirada en mí.

—¿Acaso sabes dónde vive? Ahora mismo dudo que Nate esté en condiciones de decírtelo.

—Salía en su expediente.

—Dime la dirección. —Coge sus llaves de la encimera de la cocina—. Venga, vamos, te llevaré hasta allí.

—No —rechazo la oferta, y apoyo mi mano sobre la suya—. Necesito que alguien se quede aquí con él. No podría soportar que muriera solo… otra vez. Iré yo.

—¿Y cómo piensas llegar hasta allí? No tienes carnet de conducir.

Me concentro tal y como ella misma me enseñó a hacer antes, y mis alas aparecen en mi visión periférica.

—Iré volando. —Frunce el ceño, pero, consciente del gesto, la agarro aún más fuerte—. No te preocupes, volaré muy alto para que nadie pueda verme.

—Devica, podría ser muy peligroso. Si tienes razón en lo que dices, podría haber un asesino suelto ahí fuera.

Me esfuerzo en restarle importancia.

—¿Y qué va a hacerme a mí? Soy inmortal. Y ya me he visto en otras peores. —Aún llevo la espada a la cintura y pongo la mano sobre la empuñadura—. Además, tengo esto conmigo. Estaré bien.

Mamá se apoya en la encimera y suspira.

—No voy a conseguir hacerte cambiar de opinión, ¿verdad? —Suelta las llaves y se saca del bolsillo uno de esos dispositivos rectangulares que aquí todo el mundo lleva encima—. Te mostraré cómo llegar allí en mi teléfono. Dime la dirección, ¿te la sabes?

Le digo de carrerilla el número y el nombre de la calle. Lo escribe en la pantalla y me enseña el destino antes de alejar la imagen para permitirme ver la ciudad como si estuviera sobrevolándola. Trazamos muchas veces mi trayectoria desde su casa hasta donde vivía Nate, y me la aprendo de memoria.

Ese dispositivo podría ser útil en el Infierno. Es mil veces más fácil diseñar un recorrido sobre esto que hacerlo sobre el mapa desgastado que cuelga del Salón de la Justicia.

Cuando ya estoy segura de por dónde debo ir, regreso junto a Nate. Se me encoge el corazón al verlo.

«Oh, Nate. Lo siento. Todo esto te ha pasado por mi culpa. Pero voy a salvarte. Te lo prometo».

La sábana que lo cubre está bañada en sudor, y el paño se calienta bajo mis dedos. Ni siquiera reacciona cuando le agarro la mano.

—Aguanta, Nate. Voy a arreglarlo. Pero necesito que te agarres a la vida un poquito más. ¿Podrás hacerlo?

El silencio es su única respuesta.

Respiro agitada antes de soltarle la mano y salir de la habitación, y solo me detengo para mirarlo una vez más. Por si acaso es la última vez que vuelvo a verlo.