Hoy no, Satán Capítulo XL
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Capítulo XL

XL

Su voz se apaga, y la habitación empieza a girar como un caleidoscopio de azules y blancos. Trato de echar mano a mi taza a ciegas, y me tiembla tanto la mano que se me cae.

—¿Qué? —pregunto en un susurro.

—Que morirá otra vez. —Deja su taza y se sienta a mi lado—. E irá al Infierno de nuevo.

«Me está mintiendo».

Eso es lo que los ángeles hacen. Yo no lo saqué de ahí y le hice atravesar lo peor del Infierno para que tenga que volver allí.

—P-p-pero… —tartamudeo—, si es así, es como si nunca lo hubiera salvado. Bah, todo esto es una treta tuya. Estás intentando hacerme daño. Mi padre ya me avisó de que los de tu especie soléis hacer estas cosas.

Me alejo de la mesa tirando la silla al suelo, y voy a toda prisa hacia la puerta principal. El aroma a cítrico que, al llegar, me resultó acogedor ahora me ahoga. Abro la puerta y me trago el aire fresco californiano.

—¿Devica? —Mi madre coloca una mano sobre mi hombro, y la deja caer cuando la miro—.

No es ninguna treta mía. Prefiero no saber todas las mentiras que tu padre te ha metido en la cabeza sobre los ángeles, pero te recuerdo que tú eres mi hija.

Jamás haría nada para hacerte daño. El cuerpo que este chico tenía en el más allá no le vale para estar en la Tierra.

Por eso será enviado muy pronto de vuelta al Infierno.

Un animal peludo de color marrón cava en el jardín y luego trepa a un árbol. Noto el cuerpo tan entumecido que me aferro al marco de la puerta y clavo las uñas en la madera hasta que el dolor se apodera de mis dedos.

—Entonces, si de verdad no me estás mintiendo, todo lo que he hecho no ha valido para nada. He traicionado a todo el mundo: a mi padre, a Attero, a los soldados que se habían pasado su vida protegiendo la mía… Me he desterrado a mí misma, y ahora Nate volverá allí de cualquier modo.

—Lo siento muchísimo, cariño. Ojalá pudiera hacer algo.

—No. —Contengo las lágrimas que funden el cielo azul con la hierba verde que tengo ante mí, como en un cuadro—. No puedo dejar que vuelva a caer en manos de mi padre. Tenemos que evitarlo como sea.

Se muerde los labios, pensativa.

—Creo que deberíamos empezar por encontrarlo. Tal vez aún esté a salvo. Llevo casi dos décadas sin ser ángel y puedo equivocarme. ¿Estás segura de que no sabes dónde está?

Se me escapa una lágrima y me la limpio con el dorso de la mano.

—Sus padres fallecieron cuando él era un niño, y ahora todo el mundo piensa que mató a su padre de acogida. No tiene ningún sitio al que ir. Podría estar en cualquier parte.

Coge aire.

—No me dijiste que este chico acabó en el Infierno por un asesinato. Devica, ¿estás segura de que aun así quieres salvarlo?

—Él no lo hizo. —Abro los ojos y le sostengo la mirada—. Me salvó la vida en múltiples ocasiones. Un asesino nunca haría eso.

Me aprieta el hombro.

—Tal vez sabía que tú eras su única salida.

Frunzo el ceño. ¿Me vería así, como su única salida? Cuando estuvimos en el puente, dije que yo estaba jugando con él, pero también podría haber sido al revés.

Veo su sonrisa, el recuerdo de estar tumbada a su lado mientras él calienta lo más hondo de mí y la luz del sol baña mi piel. La suavidad de sus labios contra los míos, el modo en que se tensaron cuando me dijo el nombre del parque, convencido de que aquel era un adiós.

Sacudo la cabeza.

—Conozco su corazón mejor que el mío. Cuando atravesamos la parcela 11, que es esa que te muestra la peor parte de ti mismo, fui yo quien vio al demonio que llevo dentro, no él.

Y cuando me lesioné, podría haberme dejado por ahí tirada, pero prefirió cargar conmigo para sacarme de allí.

—Tras cerrar la puerta, me dejo caer en la silla de la cocina y entierro la cara entre las manos—.

Él me necesitaba a mí para salir de allí, pero yo lo necesitaba a él. Y todavía lo necesito.

—De acuerdo. —Suelta un suspiro y se guarda el manojo de llaves que hay sobre la encimera—. Entonces primero vamos a encontrarlo y luego ya pensaremos lo que hacemos. Si no tiene a nadie aquí, ¿dónde podría haber ido?

—Ya te he dicho que no lo sé. —Me tiro de los pelos hasta que el dolor del cuero cabelludo me obliga a parar—. La Tierra es tu territorio, no el mío.

—Tuvo que decirte algo en algún momento.

—Me dijo muchas cosas. Ese chico era incapaz de cerrar el pico. —Frotándome las sienes, doy un repaso a nuestras conversaciones para tratar de separar la información valiosa de sus horribles chistes.

De pronto enderezo la espalda y se me escapa un grito:

—Espera un momento. ¿Sabes dónde está el muelle de Satán Monico?

Me mira parpadeando unas cuantas veces y luego estalla en carcajadas.

—El muelle de Santa Mónica está a una media hora de aquí en coche. Pero me extraña que haya llegado andando hasta allí desde el parque, la verdad. Tardaría horas.

Tamborileo con los dedos sobre la mesa y sacudo la cabeza.

—En el Infierno anduvimos mucho más. Y ese sitio es importante para él. Me contó que solía ir allí a encontrar paz.

—Sí, vale, un sitio como cualquier otro por el que empezar a buscar.

Recojo el cinturón y la espada que dejé tirados en la esquina y me dispongo a colocármelos alrededor de la cintura.

Mi madre me mira con cara de «pero ¿qué haces?».

—Aquí no te va a hacer falta nada de eso, Devica. Donde vamos no es más que una playa.

Tenso la mandíbula y aprieto los labios con fuerza.

—Estoy en un mundo que no conozco con un ángel al que acabo de conocer. Esto va conmigo a donde yo vaya.

—Si es lo que necesitas… —Se encoge de hombros—. Pero no te lleves por delante a nadie con eso sin pensar bien antes, ¿de acuerdo?

—Tendré en cuenta tu consejo. —Me pongo de puntillas enfrente de la puerta—. ¿Podemos irnos ya? Ya hemos perdido suficiente tiempo.

La teórica media hora en coche se convierte en una hora de reloj.

Cuando no voy concentrada mirando por la ventanilla en busca de Nate, estoy con la mirada fija en el reloj iluminado de dentro del coche, deseosa de que el tiempo avance más despacio.

Por favor, que no lleguemos demasiado tarde.

En cuanto veo la curvada señal en color blanco y azul que anuncia muelle de santa mónica , llevo la mano a la manija de la puerta, pero mi madre se apresura a agarrarme las rodillas.

—Devica, primero tenemos que aparcar. Nunca te puedes bajar de un coche en marcha.

—Entendido. —Suelto un soplo de aire que me despeina el flequillo—. Malditas normas de la Tierra.

Aunque el reloj del coche marca las nueve y media de la mañana, la playa se ve abarrotada.

Avanzamos sobre unos listones de madera a los que mi madre se refiere como «pasarela» y que cubren la arena, y vamos esquivando a decenas de humanos casi sin ropa que pasean a unos animales emocionados atados con correas o conversan sentados cada uno en un rectángulo.

Recorro la playa con la mirada, cubriéndome los ojos con la mano mientras mi respiración se acelera.

El agua es tan azul como Nate me había asegurado, y tan ominosa como yo había temido.

Llega hasta el horizonte y más allá, toda una superficie formada por un mosaico de azules y blancos que se balancea a merced de la brisa.

La arena brilla como si en ella hubiera gemas.

Sin duda, es al mismo tiempo la cosa más bonita y más aterradora que he visto nunca.

Como la primera vez que vi a Nate.

Tengo el corazón en un puño. Él debería estar aquí.

No debí dejarlo marchar en el parque. Estaba persuadida de que le estaba haciendo un favor, pero lo único que hice fue condenarlo a morir solo. Otra vez.

Mi madre me pasa un brazo por el hombro. Me muevo con intención de apartarla, pero, en lugar de ello, acorto la distancia que hay entre nosotras. Su roce es nuevo para mí, pero de algún modo me resulta tan acogedor como mi capa favorita, esa de la que tuve que prescindir en el lago.

—Devica, lo lamento muchísimo. Ya imaginaba que esto sería como buscar una aguja en un pajar. Esta playa es inmensa. Podría estar en cualquier lado.

Pego una patada a la arena, que sale desperdigada por el aire antes de volver a caer a mis pies.

—Todo esto es culpa mía. Fui yo la que lo dejé marchar.

—No. Tú solo tratabas de protegerlo, y tu padre nunca te contó lo que sucede cuando alguien escapa del Infierno.

—Sí, lo sé. Ojalá lo hubiera hecho. —Me detengo cuando mis ojos aterrizan en un grupo de gente que rodea algo tirado en la arena a nuestra izquierda. Un hombre me embiste por detrás, murmurando algo entre dientes a su paso.

Me quedo sin aire cuando la gente rompe el corrillo en que se congrega.

Reconocería ese uniforme en cualquier sitio. Siempre estuve rodeada de él. Y salí de mi casa con él entre mis brazos.

Nate .