Hoy no, Satán Capítulo XXXIX
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Capítulo XXXIX

XXXIX

El olor a carne mechada y café me abre aún más el apetito cuando me siento a la mesa redonda de la cocina.

Noto los hombros más relajados desde la llorera bajo la ducha, como si las lágrimas que había estado reprimiendo bajo la piel durante todo el trayecto por fin hubieran logrado abrir mis venas para escapar.

La luz del sol calienta mi cabellera húmeda a través de la ventana y cierro los ojos cuando la luz penetra en mi piel.

Nate tenía razón. El calor de aquí es distinto al de Dominus. Allí abajo, el aire era asfixiante. Aquí, sin embargo, el sol roza mi cuerpo con la suavidad del terciopelo, y calienta todo lo que toca sin quemarlo.

Mamá me pone delante un plato de comida y una taza de café.

—No estaba muy segura de si lo tomas. Si no, puedo preparar más té. Sé que a tu padre le encantaba. Podía beberse diez tazas al día.

Afirmo con la cabeza.

—Sí, en casa tenemos café. Mi padre usa abanicos para propagar el olor por las parcelas muchas veces. Es otra de sus formas de tortura. Tienta a los caminantes oscuros con el olor de algo que ni les acerca.

Suspira.

—Aún no entiendo cómo pude enamorarme de un hombre así.

—Yo tampoco. —Me llevo un trozo de beicon a la boca y mastico, con la cabeza a mil revoluciones—. Entonces ¿yo soy mitad ángel? Porque, si tú eras un ángel cuando te quedaste embarazada…

—Posiblemente. —Se asoma por encima de mis hombros—. Desde luego, tus alas indican que eres una mezcla. Los ángeles suelen tener un intrincado de oro entre su plumaje. Pero nuestras alas suelen presentar distintos tonos de blanco. Sin embargo, nunca he visto nada parecido a lo que tú tienes.

—Me hacen muy complicado caminar por la Tierra. Algún gracioso incluso me ha arrancado una pluma.

Bebe un sorbo de café y alza una ceja.

—¿Tu padre nunca te enseñó a camuflarte? Así es como él visita la Tierra y como yo me mimetizaba aquí abajo hasta que te tuve.

—No, para nada. —Pongo los ojos en blanco y clavo el tenedor en el centro del huevo.

La yema se rompe y se esparce sobre la clara como la lava sobre las rocas—.

Me enseñó a hacer fuego, a ver, a luchar…

Pero no aprendí nada que me fuera a ser útil aquí abajo.

De hecho, hasta me prohibió visitar este sitio, y ahora ya entiendo por qué. Lo avergonzaba.

«Lo avergonzaba yo».

He ahí el motivo por el que tiene tantas ganas de abandonarme en el Infierno. Para que nada le recuerde la abominación que creó.

Aplasto el huevo hasta dejarlo irreconocible. Mi madre pone cara seria.

—Yo no sé nada sobre fuego, pero sí puedo enseñarte a pasar desapercibida. De hecho, es lo a lo que me dedico. Soy profesora.

—¿Te dedicas a enseñar a humanos? —Levanto la cabeza sorprendida, y la yema salta desde mi tenedor y salpica la mesa blanca.

—Es algo que me sale natural. Una especie de don.

—Me guiña un ojo y limpia con su servilleta los restos de huevo esparcidos sobre la mesa—.

Supongo que tu padre no te enseñó mucho sobre los ángeles, pero todos tenemos nuestra pequeña virtud.

Yo soy, bueno, era, el ángel del aprendizaje.

Así que evidentemente estoy más que capacitada para enseñar a mi hija a hacer desaparecer sus alas.

—El color dorado de sus ojos titila cuando se levanta de un salto de su silla y mueve la mano invitándome a seguirla—. Ven, acompáñame.

En ese instante noto el estómago del revés. Para mí esto es nuevo, nunca he tenido un progenitor que quisiera enseñarme algo.

Aparto el plato a un lado, me levanto de la silla y me quedo de pie detrás de mi madre. Ahora que me he quitado las botas, veo que somos de la misma altura.

—Lo de camuflarte es muy sencillo —dice—.

Solo tienes que visualizarte a ti misma de una manera distinta.

Por ejemplo, a ver, sin tus alas. Si quieres que desaparezcan, desaparecerán.

Eso sí, recuerda que es algo temporal y que solo funcionará mientras tú conscientemente trates de esconderlas.

Te darás cuenta de que luego se vuelve algo natural. Prueba, ya verás.

Cierro los ojos y sigo sus instrucciones. Noto una especie de revoloteo y los hombros poco a poco se van volviendo más ligeros. Cuando me miro por detrás, las alas ya no están.

Maldiciendo en silencio, me llevo las manos a las caderas.

—¿En serio? ¿De verdad que podía haber caminado sin ese estorbo todos estos últimos meses? ¿Sabes lo horrible que es ir con este par de alas por todo el Infierno?

—Imagino que por eso es por lo que tu padre no te quiso enseñar. El hecho de ser capaz de cambiar tu apariencia ante los humanos te otorga un gran poder sobre ellos.

—No te imaginas lo que me alegra no tener que preocuparme ya de que esa mierda de plumas se me vayan quedando por ahí atascadas todo el tiempo.

—Hace una mueca al escuchar el taco, pero me hundo en mi silla y cojo el último trozo de beicon que me queda en el plato—.

En serio, ahora todo empieza a cobrar sentido.

Ya entiendo por qué no encajaba en casa, por qué tenía esas plumas y por qué me abrumaban todas esas visiones extrañas que me venían a la cabeza.

Solo una mitad de mí pertenecía a ese sitio.

Mamá envuelve la taza de café con sus manos.

—¿Has tenido visiones?

—No sé cómo llamarlas exactamente. —Ladeo la cabeza—. El señor B dice que es mi visión. Se supone que puedo ver los pecados de la gente. Sin embargo, muchas veces veo también sus buenas obras. Sobre todo cuando…

Carraspeo para despejarme la garganta. A ver, no tengo intención de hacer partícipe a mi madre de mi pasión desenfrenada por Nate.

Y no solo porque ese tiempo que pasamos juntos forma parte de nuestra privacidad, sino porque, cada vez que lo recuerdo marchándose como lo hizo, me entran ganas de encerrarme en una habitación oscura, esconderme bajo la cama y no volver a salir de ella.

Se ríe con timidez y se echa para atrás en su asiento.

—¿Cuándo empezaste a tenerlas?

—Hace poco.

Me mira, y yo me remuevo en la silla.

Solo espero que su otro don angelical no sea el de leer mentes.

Tamborilea con las uñas sobre la taza, con la sonrisa todavía dibujada en sus labios.

—¿Quién es el afortunado?

—¿Quién es quién?

—Perdona, perdona —se disculpa—. No debería dar por sentadas este tipo de cosas. ¿Es afortunada? ¿O tal vez hay más de un afortunado?

Mi cuchillo chirría contra el plato mientras raspo un trozo de yema dura con el entrecejo contraído.

—¿De qué estás hablando?

El sol hace brillar mi cuchillo e ilumina los ojos de mi madre. Sus iris dorados centellean divertidos.

—Tus habilidades propias de ángel, como eso de ver lo bueno de una persona para poder juzgarla, no son algo innato. Al contrario, tienes que ganártelas.

Frunzo aún más el ceño.

—¿Cómo?

—Solo desarrollamos todo nuestro potencial como ángeles cuando logramos experimentar la forma más pura de amor.

Como es obvio, el Paraíso está lleno de amor por todas las esquinas, por lo que allí arriba es fácil enamorarse.

Pero supongo que en donde tú vivías las opciones serían infinitamente más reducidas.

De hecho, tu padre, aunque estoy segura de que llegó a amarme, no era ni de lejos la persona más romántica del globo.

—Eso es ridículo. Yo jamás he estado enamorada.

Mueve la cabeza a uno y otro lado y me mira, sin pestañear.

Dejo caer el cuchillo con un ruido metálico.

—A ver, estuvo ese caminante oscuro que se escapó del Infierno conmigo, Nate. No me resultó tan insoportable como pensé que me resultaría, pero eso no es amor. Eso es… tolerancia. Lo toleré, sin más.

Otra sonrisa pícara se dibuja en su rostro.

—Oh, oh…

Volteo los ojos y siento el estómago casi en la boca.

—Yo no me enamoré de Nate. Sí, era divertido, y valiente, y atractivo…, y besaba de maravilla, pero también me sacaba de quicio.

—Suele ser así, querida. Te sacan de quicio pero…, aun así, quieres tenerlos contigo. En ese momento es cuando te das cuenta de que estás enamorada.

Me cubro las mejillas con las palmas de las manos y recuerdo el tiempo que compartimos en el castillo.

La manera en que me hacía reír. Sus besos, y cómo el besarlo me hacía sentir en casa por primera vez en mi vida.

El dolor que sentí cuando se marchó. Mi autoconvencimiento de que era por su bien porque jamás me perdonaría que le pasara algo.

—¡Oh, no! —susurro, y me tapo la cara—. Me he enamorado de ese tío que me saca de quicio.

—Te lo dije. —Mamá da un sorbo al café, satisfecha con mis palabras, y luego se queda inmóvil. Se inclina hacia delante y apoya con fuerza la taza sobre la mesa—. Espera un momento. ¿Has dicho que lo ayudaste a escapar del Infierno? Dime que no te lo trajiste contigo a la Tierra. ¿O sí?

—Sí. Sí, claro —respondo—. Pero es que él no pertenecía a ese mundo de ahí abajo. Es inocente.

—Esa no es la cuestión. Por el amor de Dios, ¿es que tu padre no te enseñó nada de nada? ¿Acaso no sabes lo que les pasa a las almas cuando intentan escapar?

—Lo único que me enseñó es que los humanos dan asco. —La observo por encima de mi taza vacía—. Casi tanto como los ángeles.

Se pasa los dedos por el pelo.

—Mejor voy a olvidar eso último que has dicho por ahora, porque en este instante tenemos algo más importante entre manos, pero volveré a ello en cuanto podamos. Verás, Devica, tú no puedes sacar a alguien del más allá. Hay unas reglas.

Me encojo de hombros.

—Cualquier regla que castigue a Nate por un crimen que no ha cometido es errónea.

—Sí, estoy de acuerdo contigo. Pero, aun así, eso no cambia el hecho de que te has cargado el equilibrio al traerlo de vuelta a la Tierra. —Recoge los platos en que hemos comido y los lleva a la cocina—. ¿Dónde está él ahora?

Jugueteo con el dobladillo de mi, su, vestido con estampado de limones. La gravedad que destila su voz me pone los pelos de punta.

—Pues no lo sé. Nos despedimos en el parque. Pensé que eso sería lo mejor por si acaso mi padre nos encontraba. No quería que Nate fuera castigado por mi incumplimiento de las normas. Él ya ha pasado suficientes penurias. ¿Por qué? ¿Qué va a pasar?

—Cuando sacas a alguien del más allá, siempre sucede algo que lo lleva de vuelta. —Deja los platos en el fregadero y me mira con las cejas levantadas—. Devica, el chico al que amas va a morir otra vez.