Hoy no, Satán Capítulo XXXVIII
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Capítulo XXXVIII

XXXVIII

M itad ángel.

Pero eso explica el motivo por el que mi padre me rechaza.

Por el que mis alas no se parecen a las otras que he visto.

Por el que siento el dolor de la gente que me rodea, incluso de los caminantes oscuros.

La empatía es la característica más definitoria de un ángel.

Mi padre y los demás demonios perdieron la suya en la caída.

Sí, aún queda algún soldado como Diripo y Attero, pero son una minoría.

—Tu padre se fue poniendo más y más furioso a cada minuto —continúa mi madre—.

Me amenazó con llevarte con él. Estaba acostumbrado a salirse siempre con la suya, y mi desafío lo enfureció.

Su glamur terrestre comenzó a desaparecer.

Por primera vez, vi el monstruo que era y me sentí aterrada.

Le pedí que se marchara y que no volviera jamás.

Y entonces empezaron las contracciones. —Se lleva las manos al vientre, y lo acaricia despacio—.

Empecé a sangrar de tal manera que supuse que algo no iba bien.

Tenía mucho miedo de perderte. De pronto me mareé y quedé inconsciente a los pies de tu padre.

Cuando desperté, estaba en un hospital, y tu padre y tú habíais desaparecido.

Con cada revelación se me iban contrayendo con fuerza todos y cada uno de los músculos de mi cuerpo. O sea que me secuestró. Y mientras mi madre estaba inconsciente, nada menos.

A partir de ese momento decidió criar mi mitad demonio y me enseñó a odiar el resto de mí. Él sabía exactamente lo que estaba haciendo.

Me tiemblan tanto las piernas que, porque estoy sentada, si no, me caería al suelo. El salón se desfigura ante mis ojos mientras sus palabras me impregnan la piel.

Se seca la cara dándose unos toquecitos suaves con un trozo de papel.

—Me dijeron que naciste muerta, pero no los creí.

Sé que, si hubieras muerto, yo lo habría sentido, pues tu pérdida se me antojaba insoportable.

Sabía de sobra que te había secuestrado y que había manipulado los recuerdos de los médicos.

Durante un tiempo esperé que cambiara de opinión, recé para que te trajera de vuelta, pero no lo hizo.

Fui cada día a ese parque en el que nos hemos conocido con la esperanza de que apareciera.

Algunas veces juraría haberlo visto allí, pero, en cuanto levantaba la cabeza para mirar, ya no estaba.

Cinco años después de que nacieras, me encontré esto en el banco.

Abre un cajón de la mesa y saca una fotografía.

Mis pulmones son incapaces de seguir respirando cuando me la enseña.

Soy yo de niña, sentada en el trono de mi padre.

Salgo riéndome con algo que está fuera del objetivo de la cámara —imagino que sería Attero—, y parezco del tamaño de una muñeca en ese sillón tan inmenso.

Al darle la vuelta a la foto, me topo con esa letra de mi padre que me resulta tan familiar: «Devica, cinco años».

—Me dijo tu nombre —continúa—, y para mí en ese momento eso fue todo un mundo. Y te veía feliz, lo cual era lo más importante. Incluso llegué a pensar que quizá al final estabas mejor allí con él.

Llevo el mentón a uno y otro lado mientras trato de buscar las palabras sepultadas por la furia que recorre todo mi cuerpo.

Los odio a los dos con todas mis fuerzas. A él, por llevarme de esa manera, y a ella, por permitírselo. Y, lo que es peor, me odio a mí misma por sentirme como me siento. «Maldita sangre de ángel».

De la palma de una de mis manos sale una columna de humo, y la cierro con fuerza. Con lo enfadada que estoy, no me extrañaría nada prender fuego a la casa de mi madre.

En cuanto tengo la certeza de que mi fuego se ha enfriado, agarro la foto que sostiene con dedos temblorosos.

—Era feliz. Entonces no conocía nada mejor. No sabía que existía algo más allá de Dominus y tampoco tenía ni idea de lo que mi padre hacía desde ese trono. No era consciente de mi papel allí.

Mi madre cierra el cajón de golpe y nuestras tazas tintinean al rozarse en la mesa.

—Lo que quiere decir que ahora ya no eres feliz.

No sé cómo, pero lo presentía. Por eso empecé a venir al parque otra vez todos los días.

Esperaba que se hubiera dado cuenta de su error y que te enviara de vuelta conmigo.

—Toma una taza en cada mano y se dirige con ellas hacia la cocina—.

Cuando te encontré en ese banco, sentí un alivio enorme al comprobar que tu padre había hecho lo correcto.

La sigo y me apoyo en la encimera.

—Él no me trajo aquí. Fui yo la que escapé de allí.

—¿Que te escapaste? ¿Del Infierno? —Se queda petrificada, con la puerta de la nevera un poco abierta.

El aire frío sacude mis piernas desnudas—.

Oh, Devica. Tu padre se pondrá furioso con las dos.

—Mira en el frigorífico, y parpadea antes de sacar algo del estante del medio—.

Bueno, lo hecho, hecho está. Quiero que me sigas contando todo, ya sabes, tu vida con él, cómo supiste de mí, cómo fue tu viaje hasta aquí, pero ahora mismo me muero de hambre.

Y, no te ofendas, pero tú deberías darte una buena ducha.

¿Qué te parece si preparo el desayuno mientras tú te adecentas un poco?

—Hace una pausa mientras se dispone a dejar un cartón de huevos sobre la encimera—. Sí comes huevos, ¿no?

Mi estómago ruge a modo de respuesta, y me limito a llevarme la mano a él como si así fuera a calmarlo.

—Yo nunca he sentido hambre en el inframundo. Comíamos porque a mi padre le fascinaba la comida humana. Pero, en cuanto has mencionado el desayuno, mi estómago se ha vuelto loco.

—En la Tierra es así, a mí también me pasó.

Freiré beicon y unos huevos. Llevamos casi toda la mañana hablando, ni siquiera te he dejado acomodarte.

Corre, ve a asearte un poco mientras yo me ocupo de esto.

—Saca de la nevera un paquete de beicon—.

Supongo que preferirás cambiarte, ¿no? Así a ojo, creo que tenemos las dos más o menos la misma talla.

Rebusca en mi armario con toda confianza y coge lo que quieras.

El baño está al fondo a la izquierda, y mi habitación es la siguiente puerta.

Tienes toallas limpias en el armario de la ropa de cama que hay en medio.

Asiento con la cabeza. Apenas me he enterado de la mitad de lo que me ha dicho, y avanzo por el pasillo, aturdida.

Todo lo que me ha contado parece sacado de una de las novelas de mi padre. No me puedo creer que sea mi vida.

Hace un año fui marginada como la demonio Devica en ese camino a ocupar el lugar de mi padre. Y ahora mismo soy un maldito ángel, un destino infinitamente peor que la muerte según mi padre.

¿Qué coño hago yo ahora con todo esto?

Encuentro el baño y me quito la ropa antes de meterme en la ducha. El agua caliente se clava en mi piel como agujas y devuelve a la vida a mis músculos entumecidos. Me lavo el pelo con champú y arrugo la nariz ante el fortísimo aroma floral que desprende.

El lodo y la suciedad caen por mi cuerpo a modo de río, y dan vueltas en torno al desagüe antes de desaparecer. Alcanzo el jabón y me froto la piel hasta dejármela al rojo vivo. Aprieto fuerte los dientes. Me clavo de tal manera las uñas en la piel que me queda llena de marcas.

La suciedad visible ya ha desaparecido, pero no consigo quitarme toda la que queda en mi interior.

Sangre de ángel. Un padre que, pensando solo en su beneficio, me robó y me apartó de una madre que me quería.

El dolor que se apoderó de los ojos de Nate cuando le solté todas esas cosas horribles en el puente.

Ese malestar que se instaló en mi pecho cuando se marchó y que no me abandona desde entonces.

La pastilla de jabón se me escurre de las manos y cae al suelo de baldosas. Me cubro la boca y suelto un grito, el sabor amargo del jabón burbujea sobre mi lengua. Me dejo deslizar apoyada en la pared hasta sentarme en el suelo alicatado de la ducha y rompo a llorar.

Permanezco allí hasta que toda la piel se me arruga y el agua empieza a salir helada. Hasta que la más mínima mota de polvo que había sobre mi piel se cuela por el desagüe y no me quedan lágrimas.