Capítulo XXXVII #2
La voz de Nate resuena en mis oídos. Sus chistes tontos. Su risa reverbera en la piedra y desata la mía. Bebo un buen sorbo de té y siento una especie de bocanada de fuego en el pecho a medida que baja.
—Luego fuimos a bailar a una discoteca y nos quedamos sentados en el suelo hasta que nos echaron de allí a patadas —continúa—.
Así que salimos y seguimos bailando en la calle hasta que la luna se fue y apareció el sol.
Encontramos una habitación de hotel y nos pasamos semanas allí.
—Mamá agacha la cabeza, con las mejillas tan sonrosadas como las rosas del parque—.
Una mañana, al despertarme, vi que se había ido, y mis alas también habían desaparecido.
Fueron sustituidas por el bebé que llevaba en mi vientre. Por ti.
Dejo la taza con un golpe seco en el trozo de mesa que hay entre las dos y entorno los ojos:
—¿Pasó de ti después de dejarte embarazada? Típico.
—Él no sabía nada de tu existencia. Y yo tampoco.
Desconocía lo que era normal en un cuerpo humano.
Pensaba que a lo mejor eso de vomitar seis veces al día era algo habitual para las personas de carne y hueso.
Hasta que mi barriga empezó a crecer y crecer no tuve ni idea de lo que me estaba pasando.
Se acaba el poco té que le queda y apoya su taza junto a la mía.
—De pronto ahí estaba yo. Humana, abandonada por el hombre del que me había enamorado, repudiada por los míos y embarazada.
Jamás me había sentido tan perdida. Recé a todos mis amigos del Paraíso, les rogué que me dijeran por qué me había tenido que pasar a mí todo eso, por qué había tenido que perder mis alas.
Pero la respuesta no llegó. Habían pasado casi nueve meses cuando, un buen día, tu padre volvió.
Me siento y me agarro las rodillas con los puños apretados. Ese no es mi padre. Mi padre es más un tipo de esos que se olvidan de que alguien existe en cuanto sale de la habitación. O tal vez solo sea así conmigo.
—¿Volvió a por ti?
—Así es —contesta antes de que se le quiebre la voz—.
Pero me miró la barriga y cayó de rodillas al suelo.
Entonces me confesó quién era y me contó que, en nuestra última noche juntos, se despertó de madrugada y vio mis alas.
Supongo que al estar dormida me relajé con el camuflaje.
Me admitió que no pudo evitar entrar en pánico al descubrir quién era yo.
Y que se fue a casa, pero que no logró dejar de pensar en mí.
No sabía nada de que tú estabas creciendo en mi interior.
Las lágrimas se acumulan en las comisuras de sus ojos hasta que, al final, no logra retenerlas más y comienzan a caer por sus pestañas. El dolor aún brota de todos los poros de su piel. Me llevo la mano al pecho mientras la sigo escuchando.
Se aclara la garganta y se limpia las mejillas humedecidas.
—Cuando me dijo quién era, pensé que me rompería en dos. Yo pensando que estaba prendada de un humano, lo cual para un ángel ya era bastante ofensivo, y resulta que todo era mucho peor de lo que había imaginado. Y encima llevaba un hijo suyo dentro de mí. ¿Cómo iba a conservar mis alas?
—¿Había pasado algo así alguna vez antes? —le pregunto—. Me refiero a lo de que un ángel se encariñara de un demonio.
—Que yo sepa no. He leído muchas historias similares, pero todas eran de ficción.
Por naturaleza, los ángeles y los demonios se repelen tanto como el aceite y el agua.
Jamás deberíamos habernos mezclado como lo hicimos.
Tu padre me suplicó que me fuera con él, pero yo no podía soportar la idea de vivir en la más absoluta oscuridad.
Yo, que había nacido en un mundo repleto de luz.
Por eso me quedé aquí en California. Me negaba a permitir que mi bebé creciera allí abajo.
A mí me daba igual que en ti hubiera una parte de él.
Y ahora me sigue dando lo mismo. Yo quería criarte aquí, y le advertí de que no cambiaría de opinión.
Mi corazón se acelera mientras sus palabras calan muy hondo en mí.
Inspecciono la habitación. Las plantas de la esquina, disfrutando de la luz del sol que entra por la ventana al amanecer.
Los dibujos enmarcados de la pared, en los que se ve a ángeles bailando por los cielos.
Ese podría haber sido mi hogar en lugar de la piedra, el acero y la sangre.
Ya entiendo por qué jamás me sentí a gusto en Dominus.
—Tu padre se puso furioso —prosigue—. Se dio cuenta de que eras más que su primogénita.
Serías su vía de escape. Un ser que llevaría su sangre y que heredaría el trono que él había llegado a odiar.
No paraba de insistir en que le pertenecías.
Pero era yo quien te había llevado en mi interior durante nueve meses, y sabía que estabas destinada a quedarte aquí conmigo.
Me pegabas patadas cuando nos bañábamos en el océano.
Y te dabas la vuelta dentro de mí cuando me sentaba al sol.
Tu sangre no era de su mundo. Estabas destinada al mío.
Y por mucho que yo hubiera perdido mis alas, sabía que tú eras un regalo.
Los ángeles son estériles, es decir, se supone que no pueden engendrar.
Tú fuiste un verdadero milagro, fuiste concebida por alguna razón. Estaba persuadida de ello.
Sus palabras me atraviesan como una corriente eléctrica a medida que voy asimilando lo que me está diciendo. Mi estómago vuelve a amenazarme con vomitar sobre la alfombra.
Estudio cada uno de sus gestos buscando una señal de traición, y siento el latido de la sangre en los oídos. Si me está diciendo la verdad, soy peor que un demonio. Soy peor que un humano incluso.
Soy un ángel.