Capítulo XXXVII
XXXVII
Mi madre vive en una sencilla casa blanca con tejado rojo de arcilla, no muy lejos del parque en el que me encontró. Caminamos juntas sin hablar, y yo tengo un nudo en el estómago que se me hace cada vez más grande cuando la miro de reojo.
No se la ve enfadada como yo presagiaba.
Al contrario, se echó a llorar cuando me desperté, y me abrazó tan fuerte que temí que mis huesos se rompieran en mil pedazos.
Luego fue cuando insistió en que fuera con ella a su casa para hablar allí tranquilas, sin humanos cotilleando alrededor y sin esos animales raros y peludos que abundaban en el parque al empezar el día.
Tengo la sensación de que me falta el aire cuando abre la puerta y pongo un pie en el interior.
Su casa me envuelve tanto como su abrazo, que me calma y me asfixia al mismo tiempo.
Todas las paredes están pintadas en azul y amarillo pastel, nada que ver con los grises y rojos de Lapis.
Además, el aroma a cítricos y flores impregna el aire de camino al salón, al que mi madre me invita a pasar.
Una vez dentro, me tiende una taza llena de un líquido de color ámbar y se sienta en la silla que está enfrente del sillón que yo ocupo, el cual, por cierto, está almohadillado y es más suave que cualquiera de los asientos tallados en piedra de Dominus.
Entre eso y la taza caliente que sostengo en la mano, tengo la tentación de cerrar los ojos y seguir durmiendo para descansar del viaje.
Pero no puedo parar de mirarla.
Es idéntica a la de la fotografía, solo que el objetivo de la cámara no fue capaz de captar la gracia e intencionalidad de cada uno de sus movimientos, sus ojos de color oro líquido como la miel que me está sirviendo en el té, así como tampoco la luminosidad que irradia su piel, y eso que aquí la única fuente de luz disponible en toda la habitación es la pequeña lámpara de pie de la esquina.
Para ser humana, tiene una belleza impactante.
No he vuelto a pronunciar palabra tras el «mamá» que ha salido de mis labios en el parque.
Todo lo que tenía pensado decirle se marchitó en mi garganta nada más verla aparecer. Me había preparado para su enfado y su rechazo, pero nunca pensé que se alegraría de verme tanto como lo hizo.
Deja el bote de miel sobre la mesa entre las dos sin apartar su mirada de mi cara.
—Aún no me puedo creer que estés aquí. Había soñado miles de veces con este día, pero jamás pensé que fuera a hacerse realidad.
Su voz es más suave que la mía, más melódica y dulce.
En realidad todo en ella es más suave. Desde la manera en que el pelo le cae sobre los hombros hasta la elegancia con que su blusa holgada le cubre las caderas, pasando por la postura informal con que descansa en la silla, con la taza de té sobre la rodilla.
Hasta huele dulce, tanto que, cuando nos abrazamos, enseguida me dejé cautivar por la dulce fragancia a vainilla y almendra que desprendía.
Sin embargo, yo… soy su polo opuesto. Estoy sentada rígida y me apoyo en los cojines, tengo el pelo enredado, el vestido se me ajusta demasiado a la cintura, y los codos y las rodillas los tengo doblados de la manera menos femenina posible mientras me esfuerzo por quedarme quieta.
Y respecto de mi olor…, digamos que es el esperable después de haber pasado un año sorteando todos los obstáculos habidos y por haber en el Infierno.
Pero en otras ocasiones sí he olido mejor.
No estoy nada segura de si su encanto natural es algo que a mí me falta por genética o si fue mi padre el que se encargó de sepultarlo.
—Ya somos dos. —Alzo las cejas—. ¿No estás enfadada por el hecho de que me haya presentado aquí así?
—¡Claro que no, Devica! ¡Para nada! Me quedé devastada cuando tu padre te llevó con él. Pensé que jamás volvería a verte. Estaba convencida de que ni siquiera te hablaría de mí.
—Y no lo hizo, la verdad. —Jugueteo con la etiqueta de Earl Grey que cuelga de un lado de mi taza.
Nunca había oído ese nombre, pero debe de ser un té bueno para tener tan currado el cartoncito—.
Siendo sincera, mi padre solo me dijo que estabas muerta.
Pero encontré fotos tuyas en su habitación, y entonces descubrí que seguías viva y que estabas en la Tierra, pero…
¡Espera un momento! ¿Que me llevó con él?
¿Es lo que has dicho? Entonces ¿eso quiere decir que no fuiste tú la que te deshiciste de mí al enterarte de quién era?
—¿Y quién eres? —Cierra los ojos e intenta controlar la respiración—. Oh, Devica. Cuando naciste, ya sabía quién es tu padre y de dónde venías tú. Y te aseguro que lo que más he deseado en toda mi vida ha sido tenerte aquí conmigo. Siento mucho que pensaras algo diferente.
Trago el nudo que tengo en la garganta y que llevaba allí desde que Nate se marchó. El saloncito en el que estamos se torna borroso en cuanto las lágrimas inundan mis ojos.
Mi madre no me abandonó. Es más, siempre me quiso.
Durante todo este tiempo he pensado que estaba muerta, pero estaba en la Tierra, y ansiaba tenerme a su lado.
Doy un sorbo al té, y me inclino un poco hacia atrás porque está tan caliente que me quema la punta de la lengua.
—No entiendo nada. Mi padre viene a la Tierra a castigar a los humanos. ¿Cómo es posible que se enamorara de uno de ellos?
—Porque yo no era humana cuando nos conocimos.
Asiento con la cabeza y soplo el té cuando el alivio me hunde aún más en el sillón. Con lo preocupada que había estado por ser medio humana, y resulta que ahora mi angustia sale de mi cuerpo como el humo que desprende la taza que sostengo.
—Entonces te había enviado a la Tierra como castigo, ¿no? Mi padre condena a muchos demonios a venir aquí.
Junta los labios.
—No exactamente, Devica. No era humana cuando conocí a tu padre, pero tampoco era demonio. Y yo nunca he estado en el Infierno. —Apoya la taza en la mesa y se pone de pie. A continuación se gira para mostrarme la espalda, se desabrocha la blusa de color melocotón y se la baja.
Suspiro, sin dar crédito, cuando la lámpara que tengo detrás me revela las cicatrices que le bajan desde las escápulas a cada lado de la columna vertebral.
Se ven dentadas y en relieve, y recuerdo que ya he visto algo así antes.
Sí, ya sé, esa vez en que sorprendí a mi padre cambiándose.
Justo antes de que me gritara hecho una furia para que me fuera.
—Alas. —Se me seca la boca y solo siento el dolor de la lengua escaldada por el té hirviendo—. Pero, si nunca has ido al Infierno, eso significa que eres…
—Un ángel. —Vuelve a colocarse la blusa sobre los hombros y a abotonársela antes de dejarse caer de nuevo en la silla—. O lo fui. Perdí las alas cuando me acosté con tu padre. Y no es que me arrepienta de ello. El resultado de esa unión fuiste tú.
Pego la taza a mi sien palpitante. Los pocos sorbos que le he dado al té amenazan con salírseme por la boca. Cierro bien la boca para evitar vomitar en la acogedora alfombra beis sobre la que tengo los pies.
Ya era lo bastante malo pensar que era humana… Pero ¿un ángel? Eso es aún peor.
Millones de veces peor, según mi padre.
Culpa a los ángeles por expulsarlo a él de sus dominios. Dice que son la razón por la que está destinado a una vida de fuego y oscuridad. Insiste en que, si de verdad creen tanto en el bien y el perdón, tendrían que haberlo dejado volver a su sitio después de la guerra.
—Los ángeles son viles y malvados, Devica —solía advertirme de niña—. Jamás te fíes de ellos. Fingen ser amables por delante, y te dan la puñalada trapera cuando menos te lo esperas. No hay ni un ángel bueno.
Nunca le pregunté por qué estaba tan seguro de ello. Simplemente me fie de sus palabas, convencida de que él lo sabía todo cuando, en realidad, lo que sucedía era que yo era demasiado pequeña para comprender lo poco que en verdad mi padre conocía.
Me costaba creer que la mujer que tenía delante pudiera hacerme daño, pero tampoco pensé nunca que Nate pudiera ser tan frío como el chico que me dejó tirada en el parque.
Intento tragar, pero tengo la boca tan seca que lo único que consigo es una tos ahogada.
—Pero sigo sin entender nada —confieso—. ¿Cómo os conocisteis si tú no eres un demonio?
—Fue hace mucho tiempo. Yo bajé a la Tierra para poner a prueba a los humanos y él apareció por allí para hacer lo mismo. Por supuesto, ambos íbamos camuflados para pasar desapercibidos, y eso fue lo que nos engañó a los dos.
Se reclina en su asiento, con los ojos fijos en el bol de plástico que hay sobre la mesa.
—Lo vi en el parque en el que te encontré a ti.
Él al principio no reparó en mí, y menos mal, porque yo no podía dejar de mirarlo.
Era superatractivo, muy moreno de pelo y con las cejas de un marrón oscuro casi negro.
Cuando por fin se fijó en mí y me sonrió, casi me desmayo.
Yo no era más que un ángel joven, de tu edad, y nadie me había preparado para lo seductores que podían llegar a ser los humanos.
Se me presentó como Lucas, y yo le dije mi nombre real sin dudarlo.
Mi única obsesión entonces era llegar a conocerlo mejor.
En ese momento el rostro de Nate se dibuja ante mis ojos, pero parpadeo para apartarlo de mi cabeza.
—Sí, a mi padre a encantador no hay quien lo gane. Por eso los humanos caen rendidos ante sus mentiras con tanta facilidad.
—Hasta yo era impotente frente a él. —Recorre con el dedo el borde de su taza—.
Fuimos a cenar y nos pasamos horas hablando.
A los dos se nos olvidó nuestra misión. Ya no me acuerdo de qué hablamos, pero sí sé que ninguno desveló quién era en realidad.
Pienso que a ambos nos daba miedo espantar al otro, que es lo que posiblemente hubiera pasado.
Desde luego yo habría salido corriendo de allí de haber sabido quién era aquel chico.
Pero me hizo reír. Nunca nadie me había hecho reír de esa manera.
Aunque el Paraíso es un lugar bonito, es bastante sobrio.