Hoy no, Satán Capítulo XXXVI
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Capítulo XXXVI

XXXVI

Me quedo sin aire al ver un cartel en el que pone plummer park .

En todo este tiempo he deseado con todas mis fuerzas llegar aquí, pero nunca pensé que lo conseguiríamos. Las letras giran y giran en mi cabeza, y parpadeo hasta que por fin lo veo bien.

Avanzamos por un camino de cemento flanqueado por hileras de árboles de un color verde esmeralda y edificios en tonos beis.

Ya no tengo conmigo físicamente la fotografía, pero la imagen está grabada en mi memoria.

Recorro con la mirada todo el jardín hasta ver unos bancos formando un cuadrado justo enfrente de nosotros.

Mi corazón se acelera al reconocer los arbustos de detrás y el cartel de salón de fiestas .

—Hemos llegado al sitio exacto —anuncio en un susurro—. Aquí es donde mi padre le hizo la foto. Año tras año la misma foto. —Se me caen los hombros al analizar una por una a todas las personas que nos rodean—. Pero ella no está.

Nate va a consolarme, pero rectifica y baja la mano enseguida para dejarla colgando a un lado del cuerpo.

—Lo siento, Devica.

Ahora mismo doy gracias por llevar puestas las gafas de sol, ya que me permiten ocultar las lágrimas que amenazan con nublar mi visión. Muevo la cabeza a un lado y a otro.

—Estoy bien, da igual. Ya sabíamos que esto podría pasar, ¿no?

Que mi madre estuviera aquí sería un auténtico milagro.

—Me siento en su banco y pliego las alas detrás de mí.

Noto agujetas en las piernas; sin duda, el largo trayecto me está pasando factura en los músculos—.

No tienes que quedarte aquí conmigo. Me dijiste que me traerías al parque y ya lo has hecho.

Los dos hemos cumplido con nuestra parte del trato.

Nate me mira sin decir ni una palabra. Ya no consigo leerle la mente.

Lo que una vez vi tan claro se ha vuelto tan extraño para mí como el parque en el que estoy sentada.

Me cuesta horrores no tocarlo ni besarlo.

Cada centímetro de mi cuerpo añora el confort y el bienestar que compartimos en el castillo de hielo.

Ese calor que paradójicamente hallamos en el lugar más frío del universo.

Pero es mejor así, me recuerdo a mí misma. Lo estoy haciendo por él. Como en el puente. Él ahora no lo ve, pero lo verá.

Nate se pasa la mano por el pelo y me da la razón despacio con la cabeza.

—Sí, me voy. Suerte con tu madre. Deseo de corazón que venga por aquí. Ojalá la veas, de verdad.

—Gracias. —Se me quiebra la voz y respiro hondo para tratar de controlarla—. Por todo.

—Gracias a ti también. —Me dedica una sonrisa que se parece más bien a un ceño fruncido levantado a la fuerza—. Adiós, Devica.

Intento devolverle la sonrisa, pero me duelen las mejillas y mis labios no consiguen dibujar una línea curva.

—Adiós, Nathan Reynolds.

No puedo verlo marcharse.

Me pongo las gafas de sol y me concentro en la hierba que hay junto a mí; hasta me obceco en contar las briznas mientras sus pasos se alejan.

Cuando levanto la vista, ya no está. Me llevo la mano al pecho y me agarro el cuello del vestido con los dedos en pinza.

Una parte de mí desearía que se quedara pese al peligro que eso entrañaría para los dos.

Solo espero que a él se le haga tan duro marcharse como a mí verlo partir.

Pero no puedo culparlo por ello. Para él fue fácil quedarse a mi lado en un mundo atestado de monstruos.

En el Infierno, yo le recordaba todo lo que le faltaba aquí arriba.

Sin embargo, en la Tierra, para él no soy más que el recordatorio de lo que perdió allí abajo.

Me llevo las piernas al pecho, me las abrazo, apoyo en ellas la cabeza y cierro los ojos.

Echo de menos todo lo que he abandonado para estar aquí.

Mi casa, a mi padre, a Attero y ahora a Nate.

Me he pasado la vida impidiéndome sentir.

Jamás derramé una lágrima por mi madre. Nunca me disgustaba cuando mi padre me ignoraba o me criticaba.

E incluso el día de mi cumpleaños accedí a ocupar su sitio porque sabía que era lo que se esperaba de mí.

Después conocí a Nate, y la coraza que con tanto cuidado me había ido fabricando para tener mi corazón a salvo poco a poco empezó a resquebrajarse.

Entonces arremetí contra mi lado humano.

Pero, en realidad, la razón era él. Su manera de mirarme, de tocarme y de escucharme.

Su modo de permitirme ser yo sin tener que pedir perdón.

Y ahora se ha ido, y tengo el corazón roto y no hay nadie conmigo que pueda enseñarme a unir las piezas. Me entra el hipo y moqueo contra mis rodillas.

Mi vida habría sido infinitamente más fácil si él no se hubiera puesto en mi fila de registros.

Ahora mismo yo seguiría en Dominus, desperdiciando mi tiempo en unas clases que aborrezco y pasándome las noches sola en mi habitación.

Sí, claro que sería infeliz, pero no estaría sola sentada en un banco en un mundo que no conozco de nada y perseguida por demonios que en su día fueron mis amigos.

Cuando levanto la cabeza, ya casi ha caído la noche y el cielo se extiende sobre mí en tonos amarillos y rosas.

Me bajo las gafas y suspiro. Puedo asegurar que me leído docenas de libros que hacen lo que pueden para describir atardeceres, pero ninguno de ellos es capaz de hacer justicia a los matices dorados que se funden con los rosas.

Me quedo tan prendida de lo que veo que hasta se me olvida respirar.

Cuando el sol se pone, llegan unos extraños que, tras merodear a mi alrededor, acaban compartiendo asiento conmigo.

No puedo evitar fijarme en ellos con detenimiento. Están tan vivos. Los veo tan distintos a como se presentan ante mí en el Infierno. En la Tierra parecen más despreocupados.

Y, de alguna manera, andan también más ligeros.

Están solos, en parejas o en grupos, cada uno tiene un color de piel y habla un idioma diferente, pero todos parecen ir equipados con esas extrañas cajitas rectangulares que bañan sus rostros en luz a medida que la noche se va oscureciendo.

La gran mayoría me ignora.

Hay quienes tratan de entablar conversaciones hablando del tiempo, pero yo finjo no entender ninguna de sus lenguas pese a dominarlas todas. Y es que en el Infierno no me queda otra.

El agotamiento me vence cuando el cielo oscurece del todo y se instala la noche cerrada.

Por fin tengo todo el banco para mí, por lo que me tumbo a lo largo y me tapo con las alas como si fueran una manta.

La luna sustituye al sol, y las estrellas inundan el cielo con su luz.

No hay tantísimas como en el techo de mi habitación, pero, aun así, aquí también hay unas cuantas.

Inspiro profundamente una vez más mientras una lágrima me cae por el rabillo del ojo.

A diferencia del dibujo de mi habitación, el cielo de aquí es infinito.

No hay ni una sola pared que limite su belleza y tampoco se oyen los gritos que allí me taladran los oídos.

Los únicos sonidos que hay a mi alrededor son los que emiten unos insectos cantarines y el vaivén de los árboles en la suave brisa que me despeina las plumas.

Aquí no hay nada entre la inmensidad y yo.

Mis pulmones se llenan de aire cuando inhalo de nuevo, y el dulce aroma del césped y de los árboles me hace cosquillas en la nariz.

«Lo conseguí».

Estoy bajo el cielo abierto tal y como siempre soñé. Cierro los ojos y me acomodo aún más en el banco.

Soy consciente de que me he quedado dormida cuando una mano me toca el hombro y me saca de una pesadilla en la que volvía a estar sobre el puente junto a Ferus, y este me agarraba y me impedía que saltara detrás de Nate.

—No —murmuro—. Tengo que salvarlo.

—¿Devica? —Una voz femenina irrumpe en mi sueño y Ferus se desvanece en una nube de humo rojo—. Es hora de despertarse, Devica.

Bostezo y abro los ojos, y poco a poco enfoco la forma que se cierne sobre mí. Mientras me quito las gafas de sol, me siento y estudio la figura que tengo delante. Se me cierra la garganta y dejo de sentir el cuerpo.

Nunca la he visto, pero la reconocería donde fuera, aunque jamás hubiera visto su foto.

Tiene mi nariz. Mis labios. Mi pelo.

O, bueno, mejor dicho, yo tengo los suyos.

Me froto los ojos para cerciorarme de que no sigo soñando. Me sonríe, y su sonrisa tiene tanta luz que podría alumbrar en la noche más oscura.

Es tal la quemazón que tengo en la garganta que apenas me sale un hilillo de voz.

—¿Mamá?