Hoy no, Satán Capítulo XXXV
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Capítulo XXXV

XXXV

Me subo las gafas de sol, me limpio la lágrima que asoma por debajo de la montura y dejo escapar un largo suspiro antes de seguir a Nate.

—Bien —le digo cuando lo alcanzo—. Si es lo que quieres, no hay más que hablar.

Está tan tenso y tiene el mentón tan contraído que su rostro se llena de líneas muy marcadas y ángulos pronunciados.

Cierro las manos con fuerza y me contraigo de dolor cuando las uñas se me clavan en las palmas.

—¿A qué distancia de aquí está el parque?

—A unos veinte minutos a pie más o menos. Llegaremos enseguida.

Sigue sin mirarme, y yo me muerdo el labio para ahogar la tristeza. Si he estado un año caminando a su lado, puedo soportar veinte minutos más. Aun cuando me cueste reconocer al Nate que está ahora a mi lado.

Me rodeo con los brazos y alzo la cabeza para mirar al frente.

Aunque él esté junto a mí, lo cierto es que vuelvo a estar tan sola como estaba en Dominus.

Tal vez debería haberme quedado allí. Sí, es evidente que estaba sola, pero aquí también lo estoy.

Y ni siquiera sé qué haré en el caso de que mi madre me rechace.

Me siento observada por algunos de los transeúntes, aunque no por tantos como Nate había predicho. Y es que tampoco soy el ser más extraño que pasea por estas aceras.

En dos manzanas nos encontramos con una especie de payaso demonio con un globo rojo, un personaje raro de color rojizo y nariz naranja, y a un tipejo con un ratón en el hombro que no para de exhalar un humo acre de un palito blanco que me hace toser cuando me envuelve.

—¿Y tú qué se supone que eres?

Un chaval se detiene frente a mí. Le echo unos pocos años más que Nate, y tiene los ojos de un tono marrón oscuro similar al del lodo de la parcela 8.

—¿Qué chorradas estás diciendo? —Lo miro cabreada y tenso los brazos sobre mi pecho—. Yo soy una humana normal y corriente, como tú.

Me mira de arriba abajo y sonríe de repente:

—¡Oooh, ya caigo! ¡Claaaro! Eres Ella. ¡Cómo te has currado el disfraz! Pareces Ella de verdad.

—Yo no conozco a ninguna Ella. —Miro a Nate en busca de ayuda, pero va una manzana por delante y no se detiene.

—¡Ella! De El heredero del diablo . —El extraño da unas vueltas a mi alrededor y me mira con tal intensidad que me hace sentir incómoda—. Te ha quedado superlogrado. Aunque se te han olvidado los cuernos.

Saco cadera sin dejar de observarlo.

—No llevo puesto ningún disfraz. Y lo último que necesito o quiero son unos cuernos. ¡Vete por ahí!

—Tengo que sacarme una foto contigo para mi página. ¿Cuánto me cobras?

Me pasa un brazo por encima del hombro y saca uno de esos dispositivos rectangulares que aquí parece que tiene todo el mundo. Salimos los dos en la pantalla; él, radiante, y yo, con cara enfurruñada e intentando que me suelte.

—¡Quítame las manos de encima! —le ladro.

—¡Venga, preciosa! —Levanta aún más la caja esa rara y me pega más a él mientras me clava los dedos en los hombros—. Ríete, por favor. Te pagaré más si quieres. Imagino que ya te he pillado al final del día, que todo el mundo te ha estado dando el coñazo y por eso estás ahora con esa cara de seta.

—No pienso sonreírte. —Aparto su mano de mi cara y le doy un empujón.

Empiezo a notar el calor por mi cuerpo e incluso de las puntas de mis dedos comienza a salir un humo ondulante.

Tiene suerte de que aún no esté con las pilas a tope, porque, si no, me habría asegurado de fundir ese cacharrito sacafotos—.

Que te largues. Te lo estoy advirtiendo. El que juega con fuego…

Pero el tío no pilla la indirecta. En vez de apartarse, apoya una mano sobre mis plumas.

—¿Cómo has conseguido que te queden tan realistas? ¡Parecen de verdad!

Entonces me arranca una de las plumas del ala y siento un dolor en la espalda que me atraviesa.

Pero ¿a este imbécil qué le pasa?

Le pasa como a Ferus: alguien les tiene que explicar alguna vez qué significa el no.

Llevo la mano hacia atrás, la cierro y se la estampo en toda la cara. Se tambalea y cae al suelo al tiempo que se agarra la nariz, de la que empieza a salir sangre a chorro. Justo en ese instante de debilidad, levanto el pie para darle una patada en el mismo sitio que se la di a Ferus.

—¡Devica! —Nate me agarra por los hombros y tira de mí para apartarme. La gente se está congregando a nuestro alrededor y él me saca de la escena mientras el hombre no deja de increparme y soltarme obscenidades sin apartar las manos de su nariz llena de sangre.

Dejo que Nate me lleve hasta la esquina, con el rostro en ebullición y los brazos temblorosos. Me ha impedido darle a ese idiota lo que se merece, pero al menos se ha acordado de que existo. No estoy muy segura de si debería estar agradecida o enfadada, o ambas cosas a la vez.

Cuando conseguimos quitarnos del medio a los mirones, se detiene y me sacude con brusquedad.

—¿Qué carajo haces, Devica? No puedes ir por ahí soltándole a la gente puñetazos en la cara.

Me clava los dedos en la piel hasta que me retuerzo de dolor. Pero enseguida me suelta y me pide perdón tan bajo que cuesta oírlo.

—Me agarró sin mi consentimiento —le digo—. Primero me dijo que sonriera, y después me arrancó una pluma.

—¿Y? —Nate alza los brazos—. No puedes ir por ahí liándote a golpes con todo el que te moleste. Aquí las cosas no funcionan así.

Me estiro el vestido quemado, con el cuerpo en tensión bajo el tejido.

—Tú y tus estúpidas reglas de la Tierra. Puedo entender que no deba quitarle las gafas a nadie, pero ¿en serio quieres que me quede impasible cuando un tío me agarre sin mi permiso? Pues te diré que en el Infierno tenemos castigos más duros para la gente como él.

Nate se muerde el labio y, a continuación, suspira.

—¿Sabes qué? Que tienes razón. En caso de que vuelvas a toparte con un idiota baboso como el de antes, haz lo que tengas que hacer. Y perdona por haberte gritado. He entrado en pánico.

—Gracias. —Le dedico una tímida sonrisa—. Y disculpas aceptadas.

—Sigamos.

Me voy frotando los nudillos, aún inflamados, mientras seguimos calle abajo, y la multitud se va dispersando a medida que los edificios van dando lugar a zonas verdes. El corazón casi se me sale del pecho cuando veo la misma clase de árboles que aparecían en las fotografías de mi madre.

Ahora que el sol ya no me destroza las córneas, aprovecho para estudiar en detalle los árboles.

Se elevan sobre nosotros con sus troncos resplandecientes.

Además, sus ramas desprenden una fragancia dulce que enmascara el asfixiante olor a combustible quemado y los gases de escape de los miles de coches que abarrotan la calle.

—¿Has pensado qué harás si tu madre no está en el parque? —se interesa Nate—. O sea…, quiero decir que las posibilidades de que coincidamos en el mismo sitio a la misma hora son muy reducidas.

Bajo la mirada y me mordisqueo una y otra vez el interior de la mejilla, todavía dolorida por habérmela mordido hasta hacerme sangre mientras sobrevolaba el río Ignis.

Lo cierto es que aún no he pensado en ello.

Hay infinidad de razones por las que no vendrá.

Puede que se haya mudado. Quizá solo visite el parque una vez al año, a lo mejor en las fechas que aparecen en las fotos.

O tal vez me vea desde lejos aquí esperándola, y prefiera darse la vuelta y no regresar a este sitio jamás.

Se me revuelve el estómago y un sabor ácido me recorre la garganta.

—Pues esperaré aquí. No tengo mucha elección. Este es el único lugar que sé a ciencia cierta que visita. Hemos sobrevivido un año en las peores condiciones que uno puede imaginar. Por eso no tengo ninguna duda de que seré capaz de esperar en un banco de este parque hasta que mi madre aparezca.

—¿Y si es tu padre el que aparece por aquí en vez de ella?

Agarro la empuñadura de mi espada mientras el nerviosismo se apodera de todo mi cuerpo.

—Me preocuparé de ello cuando llegue el momento. Si es que llega. ¿Y tú? ¿A dónde irás?

Le pega una patada a una piedra, que sale disparada rodando por el pavimento hasta llegar a pararse detrás del bolso de una mujer que está sentada en un banco.

—No lo sé. Antes solo quería salir de aquel sitio. Pero no me paré a pensar en que, al llegar aquí, ya no tendría nada. Pero es igual, no pasa nada. Ya estamos aquí. Este es el parque de tu foto.