Hoy no, Satán Epílogo
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Epílogo

Tardo meses en arreglar el desastre provocado por Ferus. Y en todo ese tiempo casi no pego ojo, porque mi día se divide en corregir juicios mal hechos y visitar Los Ángeles.

Según mi madre, a Nate le está yendo muy bien en el grado de cine que está estudiando en la universidad.

Se la ve tan entusias­mada con ello que insiste una y mil veces en darme unos libros de texto de su colegio que nunca llegaré ni a leer.

Aquí abajo, solo los uso para encender el fuego cuando estoy ahí fuera, reconstruyendo sin descanso el castillo de hielo de mi padre.

Ya he terminado mi último juicio del día y tengo todo a punto para regresar a mis aposentos a disfrutar de una copa de vino de sangre y de otro libro de Sherlock Holmes que mi madre me regaló, cuando Attero entra sin avisar.

—Disculpa, Devica —dice, haciendo una reverencia muy pronunciada antes de verme con las cejas enarcadas y cuadrarse ante mí—. Sé que has terminado, pero tienes un último visitante y parece desesperado. Casi se choca con uno de tus carruajes al venir aquí.

Me pongo de pie y estiro las alas tras de mí. Bueno, mejor dicho, un ala y un muñón del que sale un puñado de plumas que acaban de empezar a crecerme.

—Atty, estoy agotada. ¿No podría ese conductor imprudente esperar hasta mañana?

—Me da que no.

—Vale. Pues dile que entre. Pero adviértelo de que sea rápido. —Me acomodo en la silla, sin poder parar de calcular el número de páginas que podría estar leyendo ahora mismo.

Me yergo cuando Nate entra presuroso en mi habitación.

—¿Qué estás haciendo aquí? —le pregunto mientras echo un vistazo al hueco que acaba de quedar en mi silla y a la cicatriz que tengo en la mano, donde me hice un corte para manchar el rubí de sangre—. Te dije que ese anillo era solo para emergencias. No me hagas arrepentirme de habértelo dado.

Echa a correr por el pasillo hacia mí, entre jadeos.

—Esto es una emergencia, Dev. Es… No es nada bueno.

Me pongo de pie y bajo las escaleras antes de sostener sus manos entre las mías. Se me acelera el corazón al ver la preocupación que reflejan sus ojos. Nate no es alguien que se preocupe fácilmente.

—¿Qué ha pasado?

—Tu madre. —Tiene los iris más oscuros que de costumbre, y se atisba un remolino de problemas en la profundidad de su océano. Le tiembla todo el cuerpo, y sus manos sudan entre las mías.

Respiro, agitada.

—¿Está bien?

—No. —Traga, y tiembla cada vez más—. Ha desaparecido.

Toda la habitación me da vueltas, y siento que las rodillas me fallan. Me dejo caer en una de las sillas, y Nate hace lo mismo a mi lado. Mi voz suena como si viniera de alguien que estuviera muy muy lejos.

—¿Que ha desaparecido? Nate, cuéntamelo todo.

—Yo estaba dormido y escuché un ruido. Como un disparo en el pasillo.

Entonces oí a tu madre gritar. Corrí hacia su habitación y vi a un hombre de pie al lado de su cama.

Me estaba dando la espalda, por lo que no pude ver cómo era.

Solo sé que era alto y grande. Y que iba vestido todo de negro.

Entonces habló y su voz… Devica, fue como si mis venas se congelaran al escucharlo. De pronto me quedé inmóvil.

Noto el cuerpo entumecido, y enseguida me doy cuenta de quién es la persona a la que está describiendo. Solo conozco a un ser capaz de hacerles eso a los humanos:

—Mi padre.

Nate asiente.

—Traté de moverme. Intenté ayudarla. Te lo juro. Pero fue como si el miedo me anclara los pies al suelo.

—Esa es una de las formas en que ejerce su poder —susurro. La sangre me golpea los oídos, los latidos son tan altos que bloquean el paso de mi propia voz—. Para que la gente se entere. Tal vez por eso mi madre tampoco echó a correr. —Me humedezco los labios—. ¿Y entonces qué pasó?

—Satán, tu padre, dijo algo sobre ir a casa. Algo de que ella ahora sería su llave para entrar en París o algo así. Entonces la cogió y saltó con ella por la ventana. No pude detenerlo.

Toma aire y respira.

—Tal vez no sea nada. Tal vez el demonio simplemente tenga el antojo de comerse un cruasán y quiera que tu madre vaya con él. ¿Tú qué crees? ¿Habrán retomado su romance?

—Eso no tiene ningún sentido. Espera. ¿París? —Frunzo el ceño antes de que me puedan las ganas de vomitar. Me vienen a la cabeza miles de imágenes sobre baños y vinos de sangre—. Nate, un momento. ¿Te suena que dijera algo de Paraíso ?

Nate mira al suelo.

—Pues puede. Desde luego eso tendría mucho más sentido que mi teoría del cruasán. ¿Qué te parece que podría significar?

La sangre no me llega a los pies y se me congelan los dedos.

Me levanto de un salto y camino hacia el otro extremo de la habitación, con la cabeza a mil por hora.

Desde que lo conozco, mi padre siempre ha tenido un único objetivo en su vida.

Sí, nada más empezar a gobernar este sitio ya lo decía.

Pero ahora mismo no me resulta solo improbable, sino del todo imposible.

Una misión suicida para cualquiera, excepto para un demonio que no tiene nada que perder.

Sabía que lo había oído gritar cuando sus alas tocaron el fuego. No fueron imaginaciones mías. Lo sintió. Sabía que las había perdido para siempre.

—¿Devica? —Nate alza la cabeza para mirarme—. Estás más pálida que habitualmente. ¿Qué está sucediendo?

—No puedo creer que vaya a hacerlo —murmuro—. Pero sí. Está claro que lo va a hacer. Mi padre utilizará a mi madre para regresar al Paraíso. Le cabreó muchísimo que lo expulsaran de allí, pero juró que algún día volvería. Y necesita a un ángel que lo ayude a entrar allí de nuevo.

Nate frunce el ceño.

—Pero tu madre ya no es un ángel, ¿no? Perdió las alas.

—Sí, las perdió. —Me rodeo a mí misma con los brazos mientras me empeño en reconstruir las pocas historias que mi madre me contó sobre su primer hogar—. Pero por sus venas aún corre sangre de ángel, lo que hace que pueda pasar desapercibida. Y ella conoce el camino y se maneja por allí.

—¡Joooder! —Nate se inclina hacia delante en su silla—. Te juro que intenté detenerlo, Dev. Pero pasó como una media hora larga hasta que pude volver a moverme. Entonces corrí a por el anillo de emergencia y me vine aquí directo.

Me arrodillo frente a él y le agarro la mano. Tiene los dedos tan blanquecinos como los míos.

—Hiciste lo correcto —le insisto—. Quedaste atrapado bajo el poder de mi padre. No fue culpa tuya. Pero ahora no podemos dejarla con él. Tenemos que encontrar la manera de ayudarla.

Se pone de pie y tira de mí para que me levante con él. Una vez arriba, busca mi rostro.

—Sí, por supuesto. Pero ¿cómo?

Recorro con la mirada el Salón del Trono. Por fin me he adaptado lo suficiente aquí como para sentirme como en casa. Cómo no iba a aparecer por ahí mi padre para arruinarlo todo… Muy típico de él.

—Iré tras mi padre.

Llamo a Attero, quien, como siempre, espera al otro lado del umbral de la puerta, y le pido que pase.

—Soy todo oídos, Devica.

Suelto a Nate y me froto las manos para ver si me entran en calor. Ahora mismo no es la mejor ocasión para dejar que el miedo me paralice.

—Necesito que me sustituyas un rato. Debo ir a un sitio.

—Sí, por supuesto. —Me hace una reverencia, pero, en cuanto me ve la cara, enarca las cejas—. ¿Va todo bien, Dev?

—No. La verdad es que no. —Subo las escaleras para acercarme al trono y recojo la espada que guardo al lado—.

Por lo que parece, mi padre debió de pensar que sería buena idea secuestrar a mi madre para intentar regresar al Paraíso.

¿Es que mi familia no puede ser normal aunque sea por una vez en su vida?

—¿Quééé? —Attero palidece por momentos—. No puede hacer eso.

—Lo sé. —Meto la espada en la funda—. Por eso me voy, para detenerlo y que no se salga con la suya.

Atty echa a correr hacia mí y me agarra la mano.

—No, Dev, no lo conseguirás. No se trata solo de tu madre. Los diablos y demonios… Nosotros no podemos estar en el Cielo. Si tu padre de verdad trata de regresar allí, todo el universo se desmoronará.

—¿Qué quieres decir?

—Todo esto. Absolutamente todo… —Atty gesticula apuntando hacia la habitación—. Nosotros, la Tierra, el Paraíso… Todo colapsará. El demonio no puede estar en el Paraíso. Al universo no le gustará.

Como si fuera una señal, de pronto se escucha un crujido que retumba por el Salón del Trono y uno de los muros de cristal implosiona y nos arroja miles de pequeños fragmentos de vidrio por encima.

Salto para situarme enfrente de Nate y de Atty, pero pego un respingo cuando siento que un pequeño cristal se me clava en la piel. Me sacudo los que tengo entre el pelo y examino concienzudamente a mis dos acompañantes en busca de cortes, pero, por suerte, no tienen ni un rasguño.

—No puedo esperar más —les urjo—. Tengo que irme ahora.

—¡Devica! —Nate me agarra de la muñeca—. Sea cual sea tu plan, iré contigo. Y no aceptaré un no por respuesta. Tu madre ha sido la primera madre real que he tenido desde que perdí a la mía, y me está matando por dentro el no haber podido hacer nada para impedir que se la llevara.

Considero su oferta. Nate se ha convertido en un luchador de pies a cabeza desde que se apuntó a la escuela de kárate en la que yo había entrenado alguna vez. Y lo cierto es que tampoco me importaría tener su compañía.

—Acepto. —Cojo otra espada de detrás de mi silla y se la tiendo—. Pero no será nada fácil. Ya te resultó duro escapar del Infierno. Y eso que no se estaba desmoronando nada mientras lo hacíamos.

Se le tensa la mandíbula y me quita el arma de entre las manos.

—¿Y qué se supone que vamos a hacer exactamente?

Me encojo de hombros y me llevo las manos a las caderas.

—Nos vamos a Nueva Jersey.

—¿Qué? ¿Por qué quieres ir al Estado Jardín?

Echo mano de la capa nueva que mi madre me cosió y que tengo colgada del respaldo del trono. Me la pongo sobre los hombros y me la ato al cuello.

—¿Te acuerdas de cuando me preguntaste dónde estaba la entrada al Paraíso?

—Sí. Y tú me dijiste que en Nueva Jersey y… —Se frena en seco, con los ojos abiertos como platos—. Oooh, ¿entonces me estás diciendo que vamos a…?

Cubro la empuñadura de la espada con las manos y muevo afirmativamente la cabeza.

—Sí, Nate. Vamos a entrar en el Cielo.