Hoy no, Satán Capítulo XXXIV
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Capítulo XXXIV

XXXIV

Estamos en un hueco junto a un contenedor de metal al que Nate se refiere como «basura». Arrugo la nariz por el p enetrante pestazo a comida podrida (y quién sabe a qué más) que rezuma por un lado.

Nate echa un vistazo a uno y otro lado de la esquina, mientras yo me valgo del contenedor para levantarme del suelo y luego me limpio las manos en la falda del vestido. Hasta el momento la Tierra huele peor que el Infierno. Y ya es decir. Me da que los demonios no se bañan con demasiada frecuencia.

—Conozco este sitio —me dice—. Luces brillantes, aceras abarrotadas, el teatro chino con sus huellas de manos. Estamos en Hollywood.

Tengo una hoja de papel doblada y pegada a la bota. Es el anuncio de no sé qué tipo de carruaje motorizado que te lleva a «ver las casas de las estrellas de cine».

Me lo despego arrastrando la bota contra el suelo con un gruñido molesto y me arrimo a Nate.

—Aaah, vale. Deja que me aclare. —Nate me mira—. La entrada al Infierno está en Los Ángeles. La ciudad de los ángeles .

—Sí —le contesto, y frunzo el ceño—. ¿No te lo dije?

—Pues no. Creo que te convino más omitir esa parte. Mejor dicho, creo que omitiste bastantes partes, Devica.

Su mirada inquisitiva me agujerea el estómago, así que me muerdo el interior de la mejilla y me centro en el mapa que aparece en el suelo, en el cual se indican las instrucciones para encontrar a una tal Taylor Swift.

Si es así de fácil encontrar a esa que no sé quién es, a lo mejor lo de dar con mi madre no me resulta tan difícil como había pensado.

Nate suspira.

—Entonces ¿dónde está la entrada al Cielo?

—En Nueva Jersey.

—Yo habría pensado que sería al revés. —Coge del suelo un trozo de papel arrugado con letras negras escritas en él, y de repente pone cara de estar desubicado—. A ver, un momento. ¿Estamos en septiembre?

Me asomo por encima de su hombro. El papel parece relatar los asuntos y las cuestiones políticas actuales que interesan a los humanos, con titulares estridentes y fotografías brillantes.

—No sabría decirte. En el Infierno no tenemos estaciones como tal.

—Morí en octubre. —Palidece y deja caer el papel—. En octubre del año pasado. Sabía que habíamos pasado ahí abajo unos cuantos meses, pero no pensé que hubiéramos estado un año entero.

Empieza a temblar y levanto la mano para calmarlo, pero enseguida la bajo y la dejo a un lado.

Tiene marcas de quemaduras en la ropa, lleva la cara cubierta de hollín y se le ven salpicaduras de sangre seca por toda la garganta.

Y la única culpable de todo eso soy yo. Lo he hecho para salvarlo, pero, aun así, eso no borra los amargos recuerdos de lo que ha sucedido.

—Lo siento mucho, Nate —murmuro, parpadeando para limpiarme las lágrimas—. Por todo.

Parece no oírme. Está absorto con la mirada perdida en la pared.

—He desperdiciado todo un año de mi vida. Cumplí los dieciocho hace un mes y ni siquiera me he enterado.

—¿Feliz cumpleaños con retraso? —Me esfuerzo en esbozar una sonrisa, pero, al darme cuenta de que mi cumpleaños será también pronto, mis labios se niegan a arquearse.

Ya me explico por qué Ferus tenía tanta prisa por demostrarle su hazaña a mi padre.

Estoy a punto de heredar ese trono que él ansía tan desesperadamente.

Miro al portal. Es invisible desde aquí, pero la energía que lo rodea es tal que me eriza los pelillos de los antebrazos. Ahora mismo se ve tranquilo, pero no permanecerá así mucho tiempo. Seguro que Ferus y mi padre estarán tramando algo para encontrarme.

—Vamos, deberíamos seguir nuestro camino —le digo en tono suave—. Cuanto más rápido nos alejemos de aquí, mejor.

Nate parpadea y se frota los ojos, y después me mira de la cabeza a los pies.

—¿No deberías hacer algo con…? —Apunta a mis alas y mi espada—. Para ser sincero, no tienen un aspecto muy humano. Van a cantar un poco… Quiero decir que parecerás un medio demonio con alas.

Me cruzo los brazos sobre el pecho y arrugo la frente.

—¿Y qué quieres que haga? La capa se me cayó cuando salté por el puente, y no puedo hacerlas desaparecer.

—Me meto las plumas todo lo que puedo en la espalda y enseguida coloco una mano sobre la empuñadura de mi espada—.

De todos modos, tú tampoco eres el mejor ejemplo para el anonimato.

Por si ya no te acuerdas, el outfit que llevas pertenece a un soldado demonio del Infierno.

—Tienes toda la razón. —Vuelve a asomarse a la esquina mientras se frota las manchas rojas secas del cuello de la camisa—. A ver, este es el Boulevard de Hollywood. Aquí todo el mundo va disfrazado. Tú sígueme la corriente. Sé que tal vez sea un poco difícil para ti.

Baja la calle dando grandes zancadas sin pararse a comprobar que sigo tras él. Miles de personas pululan por esta zona y yo sigo con la mano bien agarrada a la empuñadura de la espada.

Es la primera vez que estoy entre humanos vivos. Abajo, en el Infierno, yo siempre juego con ventaja. Son ellos los que están en mi casa. Sin embargo, ahora, yo soy la que se ha metido en su sitio, y, por muchos libros que haya leído sobre la Tierra, ellos saben muchísimo más de este lugar que yo.

Cierro los ojos, respiro hondo e intento decirle a mi cuerpo que se calme.

«Son humanos, Devica. Tú eres más amenaza para ellos que ellos para ti».

—¿Nate? —Me abro camino a empujones entre la multitud y echo a correr para alcanzarlo.

Se aparta bruscamente cuando voy a agarrarle la mano, y hago una mueca de disgusto.

Se comporta de un modo muy diferente conmigo desde que escapamos de allí. Todavía no ha llegado a ignorarme del todo, pero tiene una frialdad en su mirada que no reconozco.

¿Sabrá que todo eso que me inventé y solté en el puente era solo para salvarlo? Imagino que no se habrá tragado que yo sintiera todo eso. Y menos después de que me lancé al vacío tras él y hasta me chamusqué mis botas favoritas en el proceso.

Tal vez este sea el Nate de la Tierra. Tan duro como el cemento que tenemos bajo nuestros pies para así poder sobrevivir a tantos cambios de un sitio a otro. Quizá yo también tenga que volverme así para salir viva de este sitio.

Enderezo los hombros y le sigo el ritmo.

Zigzagueamos por una acera repleta de estrellas rosas con nombres grabados en letras de oro sobre ellas.

¡No me suena ni uno! Nuestro camino está abarrotado de humanos de todas las formas y tamaños.

Su vestuario es de lo más variopinto: desde los shorts más cortos del mundo y las minicamisetas más minis posibles que dejan tantísima carne al descubierto que siento que me quemo solo de mirar, hasta faldas largas y negras y hiyabs que protegen todo el cuerpo menos la cara de la luz castigadora que viene de arriba.

Casi todos insisten en detener el paso de repente para apuntar a algún edificio, para mirar desde muy cerca unos dispositivos rectangulares que llevan con ellos o para fijarse en las estrellas que adornan el suelo.

Cada vez que alguien roza mi piel desnuda, conecto sin previo aviso con su alma, y sus pecados me dejan sin aliento con la fuerza de un maremoto apagando una llama.

«Fue infiel a su esposa. Engañó en el pago de los impuestos. Trató a sus mascotas fatal. Se comportó con sus hijos aún peor».

Y junto con sus pecados, me llegan imágenes de otros aspectos de sus vidas. Como de las cosas buenas que han hecho.

«Donó dinero a una organización benéfica. Hizo voluntariado en un centro de personas sintecho. Lanzó un programa de reciclaje en el colegio. Ayudó a un extraño en medio de una multitud».

Esto último hace que mi cabeza no pare de dar vueltas. Así que no era solo con Nate. Y tampoco fue por besarlo. Algo raro me pasa. El problema está en mí.

Nate sigue unos cuantos metros por delante, y en ningún momento se le ocurre ir más despacio o darse la vuelta para ver si sigo ahí. Ni siquiera se entera de que paro un momento para coger aire y tratar de encontrar respuesta a las muchas preguntas que me tienen aturullada.

En ese momento se acerca a mí un hombre corpulento con los músculos bien definidos bajo su camiseta.

Voy por la calle, así que yo no tengo que lidiar con los pecados que el susodicho en cuestión haya cometido.

De pronto me provoca una sacudida el sonido a todo volumen del claxon de uno de los muchos vehículos metálicos que hay por todas partes.

Me quedo petrificada, con los ojos fijos en los faros.

Tiran de mí hacia la acera y en ese instante Nate me gira para que lo mire, con los ojos abiertos como platos.

—Devica, no puedes ir andando por mitad de la calle. Te van a atropellar.

—Perdona. —Él baja el brazo y yo me protejo los ojos con las manos—. Me cuesta ver bien. Las luces me hacen daño. Por mucho que en Aquarum haya tres soles, la luminosidad no es como aquí.

Los rasgos serios que se han adueñado de su rostro desde que salimos del portal parece que se han suavizado.

—No había caído en lo difícil que puede llegar a ser todo para ti aquí. Debemos ir a comprarte unas gafas de sol. Aunque supongo que no tendrás dinero encima, ¿no? —Niego con la cabeza y suspira—. Pues entonces lo siento, Dev. Sin dinero, no hay gafas de sol. Intenta no mirarlo directamente.

Poco después pasamos al lado de una mujer de piel morena con un collar de perlas que lleva al hombro una bolsa con un pequeño animal peludo en su interior y, colgando de la correa, hay unas gafas oscuras.

No se entera de que se las quito. El peculiar animal me suelta un gruñido, pero la mujer lo calla con un par de caricias antes de desaparecer entre la multitud.

Me plantifico las gafas en la cara y el dolor que tengo por detrás de los ojos empieza a remitir.

—Mucho mejor así.

Nate se da la vuelta y frena en seco, tan en seco que casi me estampo contra él.

—¿De dónde las has sacado?

Estiro los brazos como si nada.

—Se las he cogido del bolso a una mujer.

—Eso es robar, Devica. —Nate se frota la frente—. ¿No tenéis ahí abajo una parcela entera solo para la gente que se dedica a hacer eso mismo?