Hoy no, Satán Capítulo XXXIII
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Capítulo XXXIII

XXXIII

Mi corazón aporrea mi caja torácica y cierro los ojos mientras cuento mentalmente.

—Bien hecho, princesa. —Ferus chasquea la lengua—. No pensé que fueras a hacerlo. Eres más valiente de lo que pensaba.

Doy un manotazo a la espada de detrás y bramo fuera de mí:

—Ferus, diles a todos estos que bajen sus armas. Ya lo he hecho. Ahora lo único que quiero es volver a casa.

Ferus me radiografía con la mirada antes de hacer un gesto a los hombres que siguen formados detrás de mí, y por fin desaparece la presión que tenía en la espalda.

En cuanto los veo emprender el camino de regreso, me desato las cuerdas por las que la capa se engancha a mi cuello y la dejo caer al suelo. Oigo a mi alrededor gemidos de sorpresa cuando despliego las alas.

Y salto desde el puente.

Distingo a Attero gritar mi nombre al caer, pero no me detengo. El calor y el humo del fuego aumentan a medida que desciendo, asfixiando mis pulmones y llenándome los ojos de lágrimas. Parpadeo para limpiármelas mientras busco a Nate en el verde intermitente de abajo.

«Por favor, haz que no llegue demasiado tarde».

Siento un enorme alivio al divisarlo a lo lejos.

Sigue cayendo, pero aún no roza el fuego.

Planeo hacia él y estiro mi cuerpo como si fuera una flecha.

El calor atiza mi vestido y hace pequeños agujeros en la tela.

Las chispas me queman la piel, pero no reduzco la velocidad del descenso hasta llegar a Nate.

Lo agarro con un resoplido justo en el momento en que va a tocar las llamas y tiro de él hacia mi cuerpo. Entonces extiendo las alas.

«Solo espero que funcionen».

Me quedo sin aliento al ser empujada hacia atrás, la misma sensación que si estuviera siendo absorbida por un aspirador gigante.

Lo aprieto menos contra mí, pero él me rodea el cuello con los brazos y se agarra a mí igual que yo me agarré a él en mitad de la nieve.

Surcamos el aire y siento que me voy acostumbrando a usar mis alas: bajo tan cerca de las llamas que me quemo la punta de las botas, pero al instante nos alejamos volando más allá del puente, lo suficientemente arriba como para que se me taponen los oídos.

—¿Devica? —clama con fuerza la voz de Nate contra mi hombro.

—Chis. Necesito concentrarme. Es la primera vez que vuelo, y la verdad es que no me gustaría dejarte caer.

Nate se agarra con más fuerza a mi cuello y yo consigo nivelar la velocidad al pasar por los bordes irregulares de las paredes.

Mis alas son fuertes, pues soportan el peso de los dos sin ningún esfuerzo. Aunque no las he usado nunca, las plumas son tan parte de mí como mis brazos y mis piernas. Hacen lo que les digo que hagan y nos llevan por encima del cauce del río como si lo hubieran hecho millones de veces antes.

Ahora entiendo por qué mi padre añora tanto las suyas. Como él, yo nací para volar. Pero, a diferencia de él, yo me niego a caerme.

Y menos ahora.

Las flechas atraviesan el cielo mientras pasamos volando el puente a toda velocidad, pero las sorteo con soltura y me río de los soldados.

Van de un lado a otro como hormigas, y Ferus no deja de darles órdenes a gritos y golpetazos cada vez que nos pierden de vista.

Me río con la misma grandilocuencia que se rio él cuando de mis manos no salieron más que unas chispas de nada. ¿Quién debe de sentir el bochorno ahora?

—¿Es que ya has quemado todos tus cartuchos? —le grito desde arriba una última vez para divertirme.

Ferus grita y lanza su espada. Le doy una patada con la bota y se va directa al vacío.

Maldice y blasfema contra mí, y juraría que está mucho más rojo si cabe que normalmente.

Casi que desearía haber contado con más tiempo para rodearlos y seguir tomándole el pelo, pero, sin duda, ya deben de haber llamado a los carruajes.

Attero no se mueve. Nos observa, encorvado, con la tristeza dominando todas y cada una de sus facciones.

Siento que me atraganto de la pena. Jamás volveré a ver a mi mejor amigo.

«No puedo volver aquí nunca más».

He iniciado una guerra entre mi padre y yo. Y es una guerra que no ganaré jamás.

Sigo por el puente hacia la salida, con mi cuerpo vibrando. Los soldados se vuelven como insectos en la distancia y sus gritos se convierten en un mero zumbido que llega a mis oídos.

El portal resplandece ante mí, y me detengo ante él, caminando sobre el aire con las alas.

Portales. Otra cuestión de la que el señor B olvidó hablarme.

¿Cómo entraremos?

No hay pomo, ni manija ni palanca ni nada. No hay ningún cartel de salida. No hay ni una sola luz mágica que indique: este es un portal místico para salir del infierno.

Me muerdo el labio. En los libros los portales no suelen ser sólidos. Los personajes los atraviesan como atraviesan cualquier otra puerta. Es fácil.

Seguro. Será superfácil para mí volar fuera del Infierno a un lugar donde no he estado nunca.

Me tiemblan los brazos, y Nate se me escurre, pero logro cogerlo al vuelo otra vez antes de que caiga.

Bueno, no podemos seguir aquí para siempre.

Allá vamos.

Cierro los ojos y me abro paso en un círculo brillante.

Mierda.

Nos separamos y pierdo el control de las alas. Me empujan por detrás como si fuera un imán. Para lo que veo delante, bien podría tener los ojos cerrados. Todo está completamente a oscuras.

Grito al ser lanzada contra un suelo duro que me raspa las piernas desnudas.

¡Y una mierda que esto era fácil!

La luz me ciega. Me quejo y me tapo la cara, pero ni así es suficiente. Todos mis sentidos están gritando.

Unas bocinas a todo volumen y unos motores rugientes me taladran los oídos mientras un hedor a rancio se adueña de mi nariz.

El suelo me quema la piel. Me hago un ovillo y me envuelvo con mis alas para protegerme.

¿Será que morí en ese río y este es mi Infierno particular?

—Oh, Dios mío. —La voz de Nate es lo primero que reconozco entre el ruido—. Sí, lo has conseguido.

No me muevo. Si abro las alas, tendré que verle la cara, e, incluso con los ojos cerrados, es todo lo que puedo ver. El dolor en sus ojos cuando le he soltado toda esa sarta de barbaridades en el puente. Todo era mentira, pero a él lo herí igualmente.

Si este es mi Infierno, me lo merezco.

Me da en el hombro con delicadeza.

—Mira, Devica. Tienes que ver esto.

Quejumbrosa, abro las alas despacio y parpadeo ante la luz.

Tardo un poco en acostumbrarme a ese brillo, pero doy un grito ahogado de asombro al ver lo que nos rodea.

Cosas que solo he visto en fotografías o sobre las que únicamente he leído en los libros.

Una acera. Un pájaro. El cielo. Un único sol.

—Lo hemos conseguido —susurro—. Estamos en la Tierra.