Capítulo XXXII
XXXII
— Estás muy pero que muy equivocado, Ferus. —Alzo la cabeza y lo observo fijamente—. Jamás podría enamorarme de un caminante oscuro.
Ferus entorna los ojos con sospecha. Por su parte, Nate pone una mueca de dolor, pero no dice nada.
Tiro de la capa para sacarla de debajo de la bota del soldado y doy un paso para acercarme más a Nate.
—Fíjate en él, triste y malherido. Los caminantes oscuros son débiles, es demasiado fácil jugar con ellos a tu antojo.
Ahora ya entiendo por qué mi padre construyó este lugar.
Por qué visitaba la Tierra para engañarlos sin piedad.
Sin duda, castigar humanos es pura adrenalina para mí.
Es como si hubiera sido criada para ello. Oh, espera. Es que lo fui.
Ferus arruga más y más las cejas, y su espada presiona tanto el cuello de Nate que otra gota de sangre viaja hacia su camisa.
—No te creo. ¿Por qué ibas a soportar todo esto de no haber sido por él?
—Oh, ahí está tu error. Es que no fue por él.
—Deslizo un dedo por el pecho de Nate hasta llegar a apoyar toda la mano sobre su corazón—.
Tú mismo me lo has repetido millones de veces, Ferus.
Dentro de muy poco ocuparé el lugar de mi padre, pero absolutamente nadie cree en mí.
Por eso mismo, ¿qué mejor manera de demostrarle a todo el mundo quién soy que castigando al humano imbécil que se coló en mi habitación?
No podía dejarlo irse de rositas después de haber hecho eso.
Attero abre los ojos tanto como puede.
—¿Fue todo una farsa?
—Por supuesto. —Mantengo los ojos fijos en Nate.
Me cuestiona con su mirada, pero solo le sonrío—.
Incluso permití que se enamorara ciegamente de mí.
Todo fue muy sencillo. Lo único que tuve que hacer fue fingir un momento de debilidad, y él enseguida se lanzó en picado a rescatarme.
Demasiado predecible. Lo más complicado fue simular que me gustaba besarlo cuando en realidad solo quería vomitar.
Nate sisea como si la espada de Ferus se le estuviera clavando en el corazón en lugar de en la garganta.
—En eso no se puede mentir, Devica. Me habría dado cuenta.
Me muestro indiferente.
—Mi padre es el Príncipe de las Mentiras. Lo llevo en la sangre.
—Entonces ¿cuál es tu objetivo, princesa? —Ferus me observa, con la fascinación iluminando su rostro con la misma fuerza que el fuego que tenemos debajo. Afloja el agarre sobre Nate.
—Déjalo salir de aquí, déjalo creer que voy a devolverle su libertad.
Luego ya me encargaré de llamar a mi padre.
He tomado conciencia de algo: los castigos que aplicamos aquí abajo están desfasados.
Llevamos milenios siguiendo las mismas rutinas.
Una cosa es hacer daño a los humanos físicamente, y otra traerlos hasta aquí —clavo mi uña en la piel que recubre el pecho de Nate—, esto les duele muchísimo más.
Y me resultó aún más fácil hacerlo porque este humano no tenía a nadie en su vida.
Por eso se entregó a mí tan rápido. A fin de cuentas, fui la única que se quedó a su lado en esta patética parodia de la vida.
Y ahora también estoy llevándome esa parte de él.
Es como ese dolor que se siente al arrancar de cuajo una tirita y que dura una eternidad.
—Maldita sea, princesa. —Ferus tose unas cuantas veces para aclararse la garganta—. Impactante. Estoy impresionado. Bueno, ya sabes, lo estaría si algo de todo eso fuera cierto.
Los ojos de Nate centellean. Una lágrima surca su mejilla, e intenta limpiársela con el hombro, pero Ferus aún lo tiene agarrado.
—¿Qué hay de tu madre? —masculla Nate—. ¿Y de la foto que me enseñaste?
—Todo eso formaba parte de la mentira que ideé.
La foto… es la primera que pillé en un libro de un humano.
—Para acompañar mis palabras, me saco la fotografía del bolsillo del vestido y la tiro por uno de los laterales del puente.
Revolotea hacia abajo y enseguida desaparece entre las llamas verdes—.
Mi madre está muerta. Pero tuve que hacer que confiaras en mí como fuera.
Imaginé que un pobre huerfanito salivaría en una misión para encontrar a un progenitor perdido.
Oh, Nathan Reynolds, es que me lo pusiste todo muy muy fácil.
El cuerpo de Nate se desinfla como un globo recién explotado. La espada que tiene apostada en su garganta sigue haciendo brotar más sangre, pero no parece darse cuenta. Habla con una voz monótona y casi inaudible por encima de las crepitantes llamas que nos amenazan desde abajo.
—Te mentí cuando me preguntaste si yo también veía el monstruo que tú viste cuando te miraste en ese espejo. Sí lo vi. Pero me convencí a mí mismo de que eso sería parte de la farsa. Y ahora resulta que era la única verdad sobre ti.
Sus palabras me hieren en lo más profundo, pero levanto la barbilla y lo miro por encima de mi nariz, respirando hondo para soportar el dolor.
—Intenté decírtelo.
Se lo advertí un sinfín de veces. No es culpa mía que no me escuchara.
Ferus baja la espada.
—Suenas sincera, princesa, pero necesito tu demostración final. Un acto de prueba. —Empuja a Nate contra mi pecho y, entre improperios, me tambaleo sobre el soldado que aguarda tras de mí—. Arrójalo al río.
Con los ojos como platos, aprieto a Nate a la altura de las caderas.
—No hace falta algo así. Déjame que lo devuelva a su parcela y allí se pudrirá para siempre.
Ferus esboza una sonrisa malvada que deja al descubierto sus dientes de un blanco fluorescente.
—Tíralo, princesa, u os tiraremos a los dos.
Y para hacer más creíble su amenaza, el soldado que tengo detrás me clava su espada en la espalda.
Me muerdo el interior de la mejilla y el sabor salado de la sangre me impregna toda la lengua.
Esto no estaba para nada en mis planes. Sí sabía que haría daño a Nate, pero no puedo matarlo.
No puedo, soy incapaz de ello. Ni siquiera soy capaz de soportar el dolor que veo marcado en cada una de las líneas de su cara.
Yo soy la razón por la que él está aquí.
El fuego restalla bajo nosotros, y Nate se agita en mis brazos. Echo una mirada por encima de la baranda del puente. La caída es muy pronunciada, y solo está iluminada por el verde que parpadea al fondo.
—Hazlo, hazlo ya —me susurra Nate. Se relaja apoyado sobre mí, tan exhausto como después de devorar aquel bizcocho de zanahoria—. Prefiero dejar de existir antes que recordar nada de esto. Antes que recordarte a ti .
Sus palabras me hacen envalentonarme y lo agarro por el cinturón.
«Lo siento muchísimo, Nate. Por favor, perdóname».
Lo levanto del suelo y lo lanzo sobre las cuerdas.
Y ni siquiera grita.