Hoy no, Satán Capítulo XXXI
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Capítulo XXXI

XXXI

No se mueve nada cuando salimos del castillo, y lo único que se oye es el silbido del viento y el crujido de nuestras botas al pisar sobre la nieve que acaba de caer.

Desenvaino la espada y la blando por delante de mí.

«¿Dónde está todo el mundo?».

—Casi que prefería cuando intentaban matarnos —murmura Nate—. ¿Qué piensas tú de esto?

Recorro el terreno con los ojos entornados.

—Tal vez han vuelto todos en manada a sus parcelas mientras nosotros estábamos aquí… —la vergüenza me sube por el cuello— «calentándonos».

Me da la espalda, y está demasiado distraído contemplando la nieve que nos rodea como para escuchar mis últimas palabras.

—Entonces ¿dónde están los soldados? ¿Y por qué han dejado de perseguirnos?

Aprieto los labios y suspiro.

—No lo sé. Pero debemos seguir adelante. No bajes la guardia.

Llegamos a la frontera de Nix al anochecer, después de habernos parado a descansar unas cuantas veces. No nos cruzamos con un alma y nuestras huellas son las únicas en la nieve. A mitad de camino enfundamos las armas de nuevo, pero yo en ningún momento quito los dedos de la empuñadura de mi espada.

Exhalo una bocanada de aire cargada de humo cuando aminoramos la marcha enfrente de una pared de ladrillos rojos.

Es nuestra última línea de defensa y se alza hacia el cielo.

Es más, se ve tan alta que es imposible escalarla, con y sin alas.

Solo hay una forma de atravesarla, y para ello hace falta un ingrediente único.

Estoy a miles de pulsaciones por minuto, y me froto los muslos, que aún siguen doloridos. Ahí está: la salida de las ciudades del pecado. Nuestra próxima parada será el río Ignis, y, después, por fin, llegaremos a la Tierra.

No puedo creer que lo hayamos conseguido.

Y encima aquí no hay nadie para detenernos.

—¿Dónde están los soldados? —pregunto con extrañeza—. Aquí siempre hay alguien.

—¿Y si están en una reunión? —interroga Nate, con la mirada absorta por encima del hombro—. Porque, no sé, digo yo que aquí abajo aún no estaréis puestos en las reuniones por Zoom y modernidades de esas.

Me froto el estómago, que noto muy agitado.

—No lo sé. Quizá mi padre ha tirado la toalla y los ha mandado regresar a todos.

—No me pega de alguien como él.

—No, la verdad es que a mí tampoco.

Agarro la espada, hago una pausa y pongo la hoja unos centímetros por encima de mi mano. Una vez que estemos fuera de aquí, yo tendré la libertad que ansío, y Nate disfrutará también de la suya, pero dejaremos de tenernos el uno al otro.

El darme cuenta de ello me duele más que el corte que me hago en la mano temblorosa al pasar el filo de la espada por ella.

Apoyo los dedos contra la pared y las gotas de sangre discurren por las grietas y las tiñen de azul.

En este instante los ladrillos se separan y crean un hueco lo suficientemente grande como para permitirnos pasar por él.

—¿Cómo has hecho eso? —quiere saber Nate, que no da crédito.

—Se abre con sangre de demonio.

—Espera un momento —suelta mientras pone los brazos en jarra—. Eso quiere decir que, si yo hubiera logrado recorrer todo este camino solo, una vez aquí, no habría sido capaz de salir, ¿no?

Me limpio la mano sanguinolenta en la capa y me encojo de hombros.

—Pues no, salvo que hubieras herido a un demonio y le hubieras robado la sangre. Además, luego necesitarías esto para llegar a la Tierra. —Levanto el dedo anular y el rubí brilla con fuerza—. Digamos que es como una llave. O al menos eso es lo que mi padre me dijo cuando me lo dio.

Siempre he hecho todo lo que mi padre me decía, por lo que estoy completamente segura de que jamás se esperaría que fuera a usarlo antes de que él se jubilara.

Y mucho menos podría imaginarse que me había dado mi libertad para que yo pudiera arrebatarle a él la suya.

—¿Todo este tiempo has sabido que yo nunca podría salir de aquí solo? —Nate enarca una ceja.

Llevo la cabeza hacia delante y arrastro el pie por la nieve.

—Todos los soldados llevan sus propios rubíes implantados bajo la piel una vez que han prestado juramento. Así que supongo que también podrías haber secuestrado a un demonio y traerlo a rastras hasta aquí. O incluso a mí. De todos modos, ¿qué más da eso ahora?

Arruga los labios.

—Tienes razón, ya da lo mismo.

—Menos mal.

Respiro hondo y voy directa hacia el hueco, pero Nate me agarra la mano y me da la vuelta para dejarme enclavada en su pecho. El fuerte y rápido latido de su corazón penetra en mi oído como si fueran las olas del mar rompiendo en la orilla.

—¿Qué estás haciendo? —susurro.

Me levanta el mentón para hacer que nuestras miradas se encuentren. Siento de qué manera sus ojos estudian mi rostro como si estuvieran leyendo un libro, moviéndose muy muy despacio para memorizar todos los detalles de cada personaje.

Se inclina y me besa. Pego un bote porque sus labios parecen cubitos de hielo después de haber pasado todo el día en la nieve, aunque, cuanto más se pegan a los míos, más calor desprenden.

Me besa con pasión, pero, nada más poner mis manos en sus mejillas, me doy cuenta de que tiene la barbilla muy tensa.

Este es su adiós.

No soporto que lo nuestro se termine, por lo que lo rodeo con los brazos y tiro de él más y más hacia mí hasta tal punto que no estoy segura de dónde termina mi cuerpo y comienza el suyo.

Rompe el beso con un suspiro, y recorre mi frente con sus labios.

—Eres una buena persona, Devica. Siempre te estaré agradecido por salvarme, y no solo del Infierno.

—Nate…

Pero se da la vuelta y se adentra a través de la pared antes de que yo pueda terminar de decirle lo que pienso. Cierro los ojos y cojo mucho aire varias veces seguidas. Me duele el pecho, y en los labios aún siento el cosquilleo que me ha dejado su beso.

Apartar a Nate de mí será lo más duro que haya hecho nunca. Pero, si algo he aprendido estos últimos meses, es que puedo hacer cosas difíciles. Y me lo ha enseñado él.

Y que haré lo que sea por terminar este viaje y dejarlo en libertad. Es lo mínimo que se merece.

Porque, en realidad, se merece mucho más.

Noto que la respiración se me corta al poner un pie fuera de la pared e ir a parar a un largo puente colgante de madera.

Sin duda, el «río de Fuego» hace honor a su nombre. Fogatas de llamas verdes se extienden miles de kilómetros por debajo de nosotros y el aire brilla como un espejismo. El calor me nace en la nuca y desciende por la parte de atrás de mi cuello y por la clavícula.

Al otro lado del puente, arriba en el cielo azul aterciopelado que nos envuelve, el portal a la Tierra resplandece como el sol más brillante que pueda existir.

Nate ya está sobre el puente y contempla todo con la boca abierta.

Yo aún permanezco unos pasos por detrás de él sin dejar de mirar por la barandilla. Nunca antes había estado en esta parte del Infierno, y se me eriza la piel pese al calor abrasador que desprenden las llamas que tengo debajo.

Es posible que mi madre no muriera aquí, pero he conocido a otros que sí lo hicieron. Su recuerdo me clava las garras en la piel como si fuera un fantasma, y me estremezco al imaginar lo mucho que gritarían antes de sucumbir a las llamas. Si es que pudieron gritar.

Me alejo y trago la bilis que me sube por la garganta. Jamás entenderé cómo puede existir un sitio así.

—Si esto es capaz de matar a un demonio, ¿qué le haría a alguien como yo? —se pregunta Nate.

—Tú dejarías de existir del todo. —Se me quiebra la voz y carraspeo para recuperarla—. Tu alma se quemaría, así que ya no habría vuelta atrás. Por eso… ya sabes, vete con cuidado de no

caerte.

Intento sonreírle, pero mis labios flaquean, y opto por mirar para otro lado. Con ese don que tiene para sacar un chiste de las situaciones más peliagudas, siempre hace que todo parezca más fácil de lo que en realidad es.

Nate se limpia la ceja con el dorso de la mano.

—Pillado.

Busco su mano y cruzamos el puente juntos. Las planchas de madera se balancean bajo nuestros pies, y tengo que agarrarme a la baranda y avanzar así, por mucho que la palma de la mano se queme con las cuerdas.

Estamos más o menos por la mitad cuando una voz familiar corta el aire por detrás de nosotros.

—Me temo que esto es lo más lejos que podrás llegar, princesa.

La sangre gotea sobre mis pies y el cuerpo se me entumece, pero, aun así, continúo caminando sobre el puente sin mirar atrás.

—Llegas demasiado tarde, Ferus. Vamos a salir de aquí, quieras o no.

—En eso te equivocas, princesa.

El puente se agita con fuerza bajo nosotros y, de pronto, varias siluetas negras emergen de la oscuridad que tenemos ante nosotros.

No. Otra vez no.

«Soldados».

Descienden en tropel por el puente con las armas levantadas bloqueándonos el camino. Nos giramos, y Ferus sigue gruñendo con otro ejército tras él.

¿Cómo he podido caer en esta estúpida trampa dos veces?

—Ya decía yo que todo estaba siendo demasiado sencillo en Nix —me digo mientras miles de puntos bailotean en mis ojos y me nublan la visión—. Tú querías que llegáramos hasta aquí.

—¡Bingo! —se ríe Ferus maliciosamente, dejando ver unos dientes más blancos que la nieve que se deshace y va cayendo de nuestros hombros—.

Abrimos todas las parcelas con la esperanza de que los caminantes oscuros os hicieran desistir.

Tal vez esas criaturas hayan sido las más vagas en la Tierra, pero, con tal de encontrar una fuente de calor, hacen lo que haga falta.

El estómago me ruge con fuerza mientras el sonido de huesos fracturándose y cuerpos dando golpetazos llena todos los rincones de mi cabeza.

—Ya me di cuenta de ello.

Ferus continúa:

—Cuando fracasaron en su tarea, decidimos darte vía libre. Después de todo, no hay un sitio mejor que este para arrestarte por traición, ¿no crees? Es el mismo lugar en el que tu madre fue asesinada por el mismo motivo. Tu muerte tendrá lugar en el sitio y en el momento más oportunos posible.

El calor recorre mi cuerpo y entorno los ojos.

—No te atreverás.

—Oh, ¿de verdad lo dudas? —Ferus levanta la espada, otra del gran arsenal de mi padre, como la mía—. ¿Quieres que lo intente ya, princesa?

—No me das ningún miedo, Ferus. —Trato de controlar mi voz para que no refleje la agitación que domina el resto de mi cuerpo—. He de confesar que me sorprende que hayas sido capaz de salir de la parcela 11. Pensé que te quedarías allí eternamente contemplando tu sobrecogedor reflejo.

—Serás zorra. —Ferus avanza con ímpetu haciendo alarde de su carácter violento, pero en ese momento un soldado lo agarra por detrás. Ruge y se abre camino entre sus armas.

Alzando la palma de la mano, lanzo una bola de fuego contra su pecho. La esquiva, y el pobre soldado que había tratado de contenerlo se desploma en el suelo con un chillido.

Ooops. Mala puntería.

Ferus se ríe a carcajada limpia. Apretando los dientes, me empino y disparo otra vez. Una chispa salta de mis dedos, pero enseguida se desvanece en una nube de humo.

¿En serio? ¿Todo un día de descanso y consigo una triste bola de fuego? Hay que ver lo que consumen estos poderes.

Aunque intuyo que a eso tampoco se le puede llamar descanso… Siento un latigazo en la nuca y Nate me aprieta la mano como si me estuviera leyendo la mente. Presión es justo lo que necesito para extender la mano una última vez con un grito de determinación.

Sin embargo, en esta ocasión no consigo ni una sola chispa.

—Bueno, bueno, bueno. Qué espectáculo más bochornoso. —Ferus se troncha de risa a mi costa.

Cómo se atreve a reírse de mí.

Arremeto contra él, pero Nate me agarra más fuerte y me dice bajito:

—No merece la pena.

Ferus se limpia los ojos antes de que su expresión se congele y la oscuridad borre sus rasgos.

—Esto me facilitará muchísimo el matarte. Ha sido un placer haberte conocido, princesa.

Alza la espada.

—¡Ya basta!

Un soldado da un paso al frente desde detrás del batallón y se levanta el visor.

«Atty».

Relajo la mandíbula y bajo la mano, con los dedos aún arqueados y preparados para arañar los ojos de Ferus.

—Attero, deja de molestar —le vocifera Ferus—. ¿Es que no estás viendo que odia a los tipos como nosotros? Mírala. Ahí la tienes, agarradita de un caminante oscuro. Ha llegado el momento de que alguien acabe con este vomitivo festival del amor.

Nuestros dedos se ven obligados a separarse cuando agarra a Nate por el pecho y lo amenaza con una espada en la garganta.

Como en un acto reflejo, me llevo las manos al corazón.

Esto no formaba parte de mi plan. Se suponía que yo iba a ser la única que haría daño a Nate, pero Ferus ha metido a todo el mundo en el fregado.

Doy un paso adelante y envuelvo con mis dedos la empuñadura de mi espada.

—Déjalo en paz ahora mismo, Ferus.

—¿Qué tienes tú con este tipo, princesa?

—Ferus atraviesa a Nate con la mirada mientras este se retuerce en sus brazos—.

¿Acaso es este ese cachorrillo herido? ¿Te enamoró con sus ojitos de «Te juro que soy buena persona aunque en realidad sea un asesino»?

Sea lo que sea lo que haya entre vosotros, vuestra historia no es más que una de esas de los libros de tu padre que a ti tanto te gustan.

Qué bien suena: la hija del diablo perdidamente enamorada de un pecador.

Pero no olvides que aquí tú y yo conocemos el final de esta historia, ¿no?

Y los dos sabemos que nunca acaba bien para los amantes.

Y que uno de ellos tiene que morir. —Presiona el filo de su espada contra la garganta de Nate, y una gota de sangre resbala por su cuello—.

Y tú tienes la oportunidad de decidir quién de los dos muere.

Las palabras de Ferus perforan mi pecho como un cuchillo y me dan donde sabe que más me duele. La sangre de Nate me recuerda a ese instante en el castillo de hielo en el que casi lo mato después de nuestro primer beso.

Y ni siquiera esa fue la primera vez que intenté herirlo.

Y aun así, por la razón que fuera, siguió a mi lado.

No aprendió la lección, y ahora los dos estamos pagando un alto precio por ello.

Un soldado me pisa la parte de atrás de la capa, me tira del cuello y hace que me entren ganas de vomitar. Nate se esfuerza en vano por salir de entre los fornidos brazos de Ferus mientras las palabras que más he temido durante todo este tiempo cuelgan en el aire como una amenaza.

No hay un final feliz para nosotros. En realidad nunca lo hubo.

Pero, aun así, podría haber uno para mí.

Plummer Park, me ha dicho Nate. Ahí es donde encontraré a mi madre. Me ha dado todo lo que necesitaba para conseguirlo sin él.

Nate grita mientras Ferus le clava la espada cada vez más dentro, con su dolor atenazándome a mí bajo mi piel al igual que sentí con aquel trozo de cristal de los espejos.

Y aunque Nate consiguió sacármelo, en realidad nunca se fue de mí. Siguió, sigue y seguirá siempre ahí. Esa chica del espejo siempre formará parte de mí, me guste o no. Ya es hora de dejar de engañarme.

Cierro los ojos y me esfuerzo en mantener firme mi respiración.

Y entonces sí, tomo una decisión.