Hoy no, Satán Capítulo XXX
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Capítulo XXX

XXX

Nos quedamos en la cama hasta que el sol se pone y sale otra vez, explorándonos mutuamente con las manos y la boca, y parando solo para contarnos cosas, tanto importantes como insignificantes.

Le hablo de cómo es lo de crecer en Dominus, y él me cuenta todo lo que recuerda de California y de esos humanos a los que una vez llamó familia.

—Ojalá pudiéramos quedarnos aquí —dice Nate mientras yo sigo apoyada en su pecho desnudo, envueltos por mis alas como si de una manta se tratara y conteniendo la respiración.

El fuego se extinguió hace mucho, pero ninguno de los dos nos molestamos en movernos para reavivarlo.

Nos basta con el calor de nuestros cuerpos fundidos el uno en el otro y nuestros brazos rodeándonos—.

Este se ha convertido en mi sitio favorito del Infierno, y también de la Tierra.

Voy a armarme de valor para salir ahí fuera y proclamar a los cuatro vientos que supera con creces a todo el universo.

Hundo la cabeza en su pecho y me acurruco para que no vea las lágrimas que inundan mis ojos.

Mi corazón se hace añicos solo de pensar en el momento de abrir las puertas del castillo y poner un pie fuera.

Es la primera vez en mi vida que estoy con alguien sin ningún tipo de protección.

Y él no solo me ha aceptado como soy, sino que me ha celebrado, y lo ha hecho de esa forma en que he leído en los libros que se celebra a las mujeres.

Precisamente en esos libros que encontré escondidos en la biblioteca de mi padre.

Me levanto de la cama y me siento dándole la espalda. Me meto el vestido por la cabeza para que vaya cubriendo poco a poco mis curvas y trago saliva, para ver si consigo pasar el nudo que tengo en la garganta.

—No podemos. Mi padre nos acabaría encontrando. Tenemos que salir de aquí antes de que eso suceda. Debo ponerte a salvo, y necesito encontrar a mi madre.

Refunfuña y se incorpora para sentarse.

—Odio cuando tienes razón. Quiero decir, que tienes razón muchas veces, pero en esta ocasión no soporto que la tengas.

Le lanzo su camisa, me encamino al armario y busco algo interesante con manos temblorosas.

No debería habernos permitido llegar tan lejos. No debería haberme enamorado de él y —todavía peor— él no debería haberse enamorado de mí. No hay un final para nosotros. No si mi padre nos localiza.

Encuentro una capa y al ponérmela me proporciona el calor y el cariño que sus brazos ya no pueden darme.

Me cubro con ella como si fuera la manta que tiramos al suelo.

Aún llevo la foto de mi madre en el corpiño de mi viejo vestido, así que me la guardo en el bolsillo antes de atarme el cinturón de la espada.

Nate me pasa el arma y la deslizo suavemente en su funda exhalando el aire al volver a sentir su peso, que me es tan familiar.

Nate rezonga porque en el armario no hay nada que le valga, así que, resignado, se conforma con su camisa y la abotona con un suspiro.

—Entonces ¿cuál es el plan? ¿Crees que esa gente seguirá ahí fuera?

De puntillas, miro por la ventana. Nate se pone detrás de mí y coloca su mano en mi cintura. Voy a apartarlo, pero, en vez de ello, entrelazo mis dedos con los suyos. El contacto con su piel me calma más que mi capa y mi espada juntos.

—No veo a nadie. Y ha dejado de nevar. Necesitamos llegar a ese camino de allí.

Derretiré la puerta otra vez, correremos en esa dirección y seguiremos por el camino hasta llegar a la puerta.

Noto el tobillo mejor y vuelvo a tener las pilas a tope, por lo que podemos enfrentarnos a todos los caminantes oscuros que se nos pongan por delante.

Nate apoya su otra mano en mi cadera, y sus manos la recorren arriba y abajo. Se inclina y me besa el cuello. Siento un escalofrío con cada uno de sus movimientos, y cierro los ojos y suspiro recostada sobre él.

—O podríamos quedarnos aquí —me susurra con sus labios sobre mi melena—. Por mí sería genial.

Lo miro y llevo la palma de mi mano a la parte de atrás de su cuello. Las lágrimas se me agolpan en la garganta y me impiden hablar.

—Sabes de sobra que no podemos. Venga, acabemos con esto de una vez.

Tras parpadear unas cuantas veces muy rápido, bajo las escaleras, pero me detengo cuando sus pasos dejan de seguir los míos. Se queda absorto mirando a través del cristal, con los ojos puestos en algo que ve más allá.

Algo va mal. La última vez que lo vi tan serio, se me había olvidado cerrar la puerta de la parcela 8.

Doy un paso hacia él con los puños apretados a cada lado de mi cuerpo.

—¿Nate?

—Plummer Park —dice.

—¿Qué? —Contraigo las cejas y me acerco un paso más—. ¿De qué me estás hablando?

Me mira y traga saliva.

—Si me pasa algo, necesito que encuentres a tu madre. El parque de la fotografía se llama Plummer Park. Tendría que salir en cualquier mapa de West Hollywood. Los bancos en los que está sentada están por la mitad del parque. Sigue las señales que llevan al local salón de fiestas . No tiene pérdida.

Me limpio la lágrima que me resbala por la mejilla.

—No te pasará nada, Nate. No dejaré que te pase nada.

Me mira, y mira también a través de mí, como si yo fuera el panel de cristal que se levanta a su lado.

—He pensado que deberías saberlo. Por si acaso.

—De acuerdo. —Me seco la cara con la manga y le agarro la mano.

Sigue despacio, como si estuviera absorbiendo toda la energía posible de este sitio. Nos detenemos frente a la puerta y él coge aire con fuerza.

—Derrite la puerta, corre lo más rápido que puedas y no pares hasta alcanzar la salida.

Le digo que sí con la cabeza, porque me falta la confianza necesaria para responder.

En cuanto abra la boca, sé que empezaré a llorar, y no las tengo todas conmigo de que vaya a ser capaz de parar.

Tiro de la capa para taparme la cabeza, pongo la mano sobre la puerta e inspiro profundamente antes de mirarlo.

—¿Preparado? —le susurro.

—No.

—Yo tampoco.

La puerta se disuelve entre mis dedos.