Hoy no, Satán Capítulo XXIX
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Capítulo XXIX

XXIX

Unos ronquidos rítmicos que hacen vibrar las paredes me sacan del sueño en el que estoy inmersa, y me estiro y bostezo para desperezarme.

Nate está despatarrado en el sofá, con la cabeza colgando por un lado y la boca abierta.

Entre resuello y resuello murmura algo incoherente antes de moverse y cerrar la boca, con lo que consigue aplacar los ronquidos.

La voraz e imponente llamarada de antes ha dado lugar a una modesta candela, por lo que le pongo la manta por encima para que no tenga frío.

Camino de puntillas por la habitación, y compruebo la hinchazón del tobillo tocando con cuidado y a la espera de un dolor que ya no siento.

«Bueno, por lo menos ya no tendré que depender más de que Nate me lleve en brazos».

Aunque tampoco se estaba tan mal.

Me detengo ante el armario, y me tenso al ver los vestidos que cuelgan de las perchas de metal. Mi padre los compró para mi madre, pero ninguno tiene los sutiles tonos beis y marfil de las prendas con que aparece en las fotos.

Puede ser que ella pusiera fin a la relación porque él jamás se molestara en conocerla.

Un vestido de color rojo sangre pende de la parte trasera del armario.

Lo descuelgo y me lo pongo por encima para mirarme en el espejo de cuerpo entero.

Me queda como un guante, ya que se ajusta a mis curvas antes de caer al suelo en una falda larga.

Los tirantes van cruzados a la espalda formando una X entre mis alas.

Mis alas. Ya son lo suficientemente grandes como para dejarme sin aliento. No me las había vuelto a ver desde que salí de Dominus. Noto cómo crecen, me tiran de los hombros al andar y me molestan cada vez que no me siento bien. Pero nunca he dedicado tiempo a examinarlas como estoy haciendo ahora.

Enmarcan con precisión mi figura, circundándome en negro y dorado, subiendo sobre mis hombros y estrechándome los antebrazos.

La luz del sol entra por la ventana e ilumina toda la habitación.

El oro de las plumas brilla cuando me muevo.

Nate no mentía cuando decía que eran bonitas. Nunca antes he visto nada igual.

Respiro hondo. Creo que preferiría que se parecieran a las alas de mi padre. Al menos sabría qué esperar de ellas. Las mías están rodeadas de un misterio que no sé si estoy preparada para descubrir.

Cuando abro la puerta de lo que doy por sentado que es un segundo armario, me río en silencio al darme de bruces con un pequeño cuarto de baño en el que no hay más que un lavabo y un par de toallas de felpa azul bebé.

Pongo una de ellas bajo el agua y me sobresalto cuando el líquido toca mi piel.

Está tan congelada como el hielo de fuera.

De hecho, probablemente sea el mismo hielo de fuera.

Por lo que sé, las parcelas en Nix no cuentan con sistema de canalizaciones, por lo que aquí no saben lo que es una tubería.

Me froto a conciencia la piel y el pelo hasta que la toalla está más marrón que azul, y luego la tiro a un lado, para humedecer la otra aún limpia y volver a la habitación.

Nate murmura algo bajito mientras yo me siento en el borde de la cama junto a su sillón, pero él apenas se mueve.

Su rostro transmite todavía más calma cuando está dormido, con los labios más carnosos y fruncidos, y los pómulos menos pronunciados.

El pelo le cae sobre un ojo y le hace cosquillas en la nariz.

Le despejo la cara para limpiarle la frente y las mejillas con la toalla humedecida.

Ahora me parece aún más atractivo, sin toda esa suciedad que me impedía verlo en condiciones. Me tenso cuando se mueve.

Tiene la piel lisa y suave, sin un atisbo de barba incipiente en la barbilla, ya que los caminantes oscuros ni crecen ni envejecen aquí abajo.

Carece de las escamas que cubren el cuerpo de la mayoría de los demonios en su verdadera forma y todo él tiene un tono rosado por el frío.

Una vez que le quito todos los rastros de lodo, suelto la toalla y me afano en calentarlo con las puntas de mis dedos, mientras mi corazón late descontrolado en mi caja torácica.

—¿Cómo puede haber un humano tan perfecto? Tan cariñoso y generoso, tan divertido y, al mismo tiempo, tan atento y pensativo. Y encima es tremendamente guapo, y eso que lleva meses sin ducharse y caminando entre lodo y nieve.

No puede ser real.

Recorro su nariz y su boca, le sostengo el mentón, y sigo bajando la mano por el cuello.

De ahí paso al hombro y llego hasta el bíceps, y me quedo impresionada al ver cómo sus músculos perfectamente esculpidos son capaces de rellenar por completo la curva que dibujan mis palmas.

Mis dedos se entretienen en su pecho antes de emprender el camino de vuelta a sus sensuales labios.

Me he pasado toda mi vida evitando el contacto con los caminantes oscuros.

Mi padre me insistió mil veces en que eran malvados, y muchos de ellos deben de serlo, porque, si no, no estarían aquí.

Sin embargo, Nate es diferente. En ningún momento ha tratado de hacer nada con la intención de herirme.

Incluso cuando se enteró de que tenía planeado traicionarlo, permaneció conmigo. A mi lado.

He vivido siempre en los lugares más tórridos del universo, pero ahora junto a Nate es la primera vez que siento calor, calidez. Incluso en mitad de una tormenta de hielo y atrapados en un castillo de hielo.

Abre los ojos de golpe y me agarra la muñeca. De pronto es como si fuera incapaz de coger y soltar el aire. Intento zafarme, pero me agarra con fuerza, y veo la confusión que hay en sus ojos.

—¿Devica?

Con el corazón desbocado y a punto de explotar, me inclino hacia delante y pongo mis labios sobre los suyos.

Suspira sorprendido, pero no se echa para atrás ni un milímetro. Cierro los ojos y aprieto aún más fuerte mi boca contra la suya. Nate me suelta delicadamente la mano y lleva la suya hasta la parte de atrás de mi cuello, que sus dedos recorren hasta enredarse en mi pelo.

Yo nunca había besado a nadie, pero, por cómo Nate me devuelve el beso, apuesto a que él sí lo ha hecho más de una vez. Al contrario que yo, se muestra muy seguro, y me acaricia la mejilla cuando me ve dudar. Poco a poco me coloca sobre su regazo y separa mis labios con su lengua.

Sigue oliendo a hielo y a nieve, y en la chimenea no queda más que el rescoldo, pero ninguno de los dos sentimos el frío ahora mismo.

Cierro las manos por detrás de su cabeza para no provocar un incendio accidentalmente teniendo en cuenta que, en estos momentos, la temperatura de mi cuerpo no hace más que subir.

Ya entiendo por qué a toda esa gente de los libros de mi padre le gustaba tantísimo lo de besarse. Yo solía saltarme esas partes, me parecían ridículas y pura ficción, pero ahora por fin lo entiendo.

Un destello me ciega y, de repente, todo un conjunto de visiones se suceden ante mis ojos. En todas ellas sale Nate, y las veo tan claras que me parecen recuerdos de verdad:

Nate de niño ayudando a otra niña que se ha caído de la bici.

Nate un poquito mayor ayudando a cruzar a una mujer de mediana edad en una rotonda demasiado concurrida.

Nate consolando a otro huérfano en una casa repleta de niños aterrorizados.

Y Nate llevándome en brazos por la nieve mientras los caminantes oscuros nos persiguen.

«¿Qué está pasando aquí?».

Le arreo un empujón en el pecho que hace saltar por los aires el momento beso y me bajo de sus piernas.

Mi espada aún sigue en la mesilla de noche, por lo que voy a por ella y se la pongo en la garganta.

Es evidente que me tiembla el pulso, por lo que utilizo la otra mano para agarrarla con más fuerza.

—No me mientas. ¿Qué eres tú? —le pregunto con tono amenazador.

Abre los ojos y levanta las manos, aún llenas de barro.

—Soy Nate. Ya sabes, el tipo al que estás ayudando a salir de aquí. ¿Lo recuerdas? Que conste en acta que fuiste tú la que me besaste a mí, no al revés.

Doy un paso vacilante, le clavo la punta de la espada en la piel y le suelto con los dientes apretados:

—No, contéstame. ¿ Qué eres tú? Sé que no eres un humano.

—¿Qué? —Se le ve contrariado y hace fuerza con la espalda contra el sillón en el que sigue sentado—. Dev, no sé de qué me estás hablando. Pero, por favor, para. Me estás asustando y me ha-

ces daño. Baja la espada y hablemos.

Relajo ligeramente el agarre de la espada y poco a poco voy ejerciendo menos presión sobre su garganta.

Lo miro a la cara tratando de leer su expresión.

Parece sincero, el mismo Nate que ha estado apoyándome y a mi lado durante todo este tiempo que llevamos de viaje.

Pero es que nada de todo esto tiene sen­­tido.

—Vi tu vida —le susurro—. Partes de ella. Todas las cosas buenas que has hecho se proyectaron ante mis ojos a modo de película. Tan real como si yo misma estuviera allí. Se supone que yo no puedo ver esas cosas, Nate. ¿Cómo lo hiciste?

—Yo no hice nada, te lo juro. Tal vez sea otro de tus poderes.

Si te das cuenta, se han ido haciendo más fuertes desde que partimos.

Tus alas han crecido e incluso ahora lanzas bolas de fuego como una campeona.

La noche que estuve contigo en tu habitación, me dijiste que a ti aún no se te daba bien eso de ver. Tal vez hayas mejorado en eso también.

—Tal vez. —Me doy ligeros golpes rítmicos con la yema de los dedos sobre los muslos mientras sigo respirando agitada. Es verdad lo que dice. Hay cosas que ahora hago como si nada y que hace un mes eran imposibles para mí.

Nate junta las palmas de las manos dejando en medio la hoja de mi espada y me mira a los ojos.

—Dev, no sé por qué te está pasando eso, pero te prometo que yo no tengo nada especial. No soy más que un chaval de acogida que ha pasado por muchas casas y que ha acabado en el Infierno por un crimen que no cometió.

No tiene ningún motivo para mentirme, y parece que está tan sorprendido como yo. Hasta ahora he confiado en él, y no tiene ningún motivo para engañarme.

Bajo la espada.

—Me siento muy confundida —confieso, y me dejo caer en el borde de la cama—. Jamás imaginé estar aquí contigo, y mucho menos besarte. Nada está saliendo como lo planeé.

Nate se pone de pie, desliza con suavidad la espada entre mis dedos y la devuelve a la mesilla antes de sentarse a mi lado en la cama.

—Créeme cuando te digo que cero de todo esto es lo que yo había pensado para mi vida, o para mi muerte. Pero, aun así, por mucho que se escape de tus planes, tienes que admitir que las cosas no han ido ni medio mal.

Enarco las cejas y siento un sofocón que me entra por la parte de atrás del cuello.

—¿Medio mal? Sé que no estoy muy puesta en el tema del besuqueo humano, bueno, del besuqueo en general mejor dicho, pero personalmente pienso que nuestro beso ha sido bastante decente.

Pone una mano sobre mi rodilla y me dedica una pequeña sonrisa.

—No estaba hablando de eso. Los besos estuvieron bien. Fueron impresionantes, de hecho. Por ponerles un pero… solo me sobraron el susto y el intento de apuñalamiento.

—¡Ayyy! —Le levanto la mandíbula y arrugo el entrecejo al ver la gota de sangre que desciende por su cuello. Con la toalla del suelo, le presiono la herida hasta cortar la hemorragia, incapaz de mirarlo a los ojos. Quizá los espejos tenían razón. Quizá estoy destinada a hacerle daño.

—Lo siento, Nate. Todo esto es tan nuevo para mí que estoy aterrada. Pero te prometo que no fue el beso. Fueron las imágenes que trajo consigo.

—Tal vez eso signifique que tenemos que probar a ver si vuelve a pasar. —Me quita la toalla de entre las manos y la deja en el suelo antes de acariciarme las mejillas—. Ya sabes, por rigor científico.

Me aparto un poco y me quedo mirándolo, completamente desconcertada.

—¿Cómo vas a querer intentarlo de nuevo? Te recuerdo que la última vez acabaste con un agujero en el cuerpo.

Pone cara de «me da igual».

—A lo mejor soy un apasionado de los castigos. A ver, no de los que reparten en la parcela 13. Pero… si el castigo es un beso tuyo… ¡Sí, claro que quiero intentarlo de nuevo!

Sé que me estoy sonrojando, e intento disimular tirando de una pelusilla invisible de mi vestido.

Pensándolo fríamente, tiene toda la razón.

Debería saber si esto es algo que va a repetirse cada vez que bese a alguien.

Que tampoco es que tenga pensado ir por ahí besándome con todo el mundo en el futuro, pero, quién sabe, podría pasar alguna vez.

Cierro los ojos y suspiro.

—¿Estás seguro?

—Del todo.

Esta vez, cuando nuestros labios se encuentran, tenso los hombros como para bloquear mis visiones, pero lo único que siento son miles de mariposas en el estómago. Y cuanto más se acerca él a mí, más revolotean.

Me deja con el beso a medias y clava sus ojos en los míos.

—¿Algo?

Estoy preparada para que las imágenes vuelvan a mí, pero mi cabeza permanece quieta y a mis oídos solo llega el latido de mi propia sangre. Lo observo bajo mis pestañas.

—Nada. Vamos a probar otra vez. Esta vez más largo, a ver. Como bien decías, por rigor científico.

—Por supuesto, que todo sea por la ciencia.

Esboza una sonrisa seductora, y acto seguido me besa, lenta y suavemente.

Todo mi cuerpo vibra cuando me pega a él y me envuelve con sus brazos, que no se apartan de mi cintura.

Doy rienda suelta a mis dedos para que se enreden entre su pelo, y juego a arañarle la nuca con las uñas.

Me vuelvo loca al escucharlo gemir en mi boca embriagado de placer.

Cuanto más nos besamos, más relajada me siento. Sus manos pasean de arriba abajo por encima de mi vestido primero y luego por debajo, pero las imágenes no vuelven. En algún momento del beso, nuestra ropa se une a la toalla en el suelo.

Cuando nos tumbamos en la cama uno sobre el otro, ya me he olvidado por completo de la existencia de esas visiones.