Hoy no, Satán Capítulo XXVIII
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Capítulo XXVIII

XXVIII

El viento arrastra la nieve de la parte más alta del castillo y me impide ver.

Un caminante oscuro grita despavorido cuando la pierna se le parte en dos con un ruido seco y un trozo de su extremidad cae al suelo.

Se queda mirando el muñón, confundido, antes de que otro caminante oscuro lo saque de la nieve y lo lance hacia donde nosotros estamos.

Cae justo a los pies de Nate, aunque ni lo roza.

—Acércame a la entrada —susurro a Nate directamente al oído—. Intentaré derretirlo.

Cuando ya estoy lo bastante próxima, coloco la palma de la mano en el punto exacto en el que la cerradura se une al marco de la puerta, y cojo aire.

«Que funcione, que funcione, por favor».

El calor brota de mi mano y al instante el hielo se transforma en agua bajo mis dedos. Suelto todo el aire mientras el candado cae al suelo y forma un charco a mis pies. Gracias a quien sea por hacerme estos pequeños favores.

Un caminante oscuro sigue gritando detrás de nosotros, y Nate se apresura a bajar la manija. La puerta chirría contra la nieve al abrirse, un sonido áspero que recorre mi espalda.

Nos deslizamos por el hueco que se forma, y Nate avanza contorsionándose lo que puede para evitar golpearme el tobillo con el marco. Una vez dentro, pega un portazo.

Cierro los ojos para disfrutar del momento: aquí dentro las paredes atenúan los gritos y mi cabeza recupera claridad.

—¿No puedes hacer algo para encerrarnos aquí? —me pregunta Nate casi sin aire.

—Creo que sí. —Sitúo la palma de la mano sobre el hueco que queda entre la puerta y el marco, y en cuestión de segundos fundo los dos para dar lugar a una sólida pared de hielo. Nate prueba a bajar la manija de nuevo, pero no se mueve. Apoyo la cabeza en su pecho y vuelvo a cerrar los ojos.

—Con esto deberíamos estar a salvo por ahora.

Pego un bote cuando algo golpea la puerta, y Nate y yo cruzamos las miradas. Nos observamos el uno al otro horrorizados cuando oímos un segundo ruido tan sordo como el anterior, esta vez como si algo impactara tanto contra la puerta como contra la ventana. A continuación, otro golpe, y otro.

¿Qué está pasando?

—Es como si estuvieran arrojando sus cuerpos contra el castillo —murmura Nate.

—Es que es lo que están haciendo.

Entrecierro los ojos cada vez que los huesos impactan al unísono y los alaridos de dolor penetran las paredes. Nate pega mi cuerpo aún más al suyo, y yo hundo el rostro en su pecho hasta que el sonido va aflojando y, finalmente, desaparece.

—Se han ido —confirma.

Levanto la cabeza y aguzo el oído. Lo único que se oye ya es la respiración profunda de Nate y el suave golpeteo de la nieve contra las paredes. Trato de relajarme en sus brazos y digo que sí con la cabeza sobre su hombro, que está tan helado como el hielo que nos rodea.

—Hemos salido indemnes de esta. Pero tenemos que encontrar algún sitio en el que tú puedas entrar en calor y yo sanar este tobillo.

Emite un chasquido con la lengua para decirme que está de acuerdo, y nos adentramos en las entrañas del castillo, acompañados del eco de sus palabras.

—Este sitio es una pasada.

Abro los ojos todo lo que puedo y analizo de arriba abajo la estancia.

—No sabía que mi padre tenía tan buen gusto.

Llegamos a un enorme recibidor hecho de hielo hasta el último detalle. De allí parte una escalera de caracol que conduce al piso de arriba, flanqueada a cada lado por altos pilares y bancos.

Las paredes son opacas y aquí abajo no hay ni una sola ventana, toda la luz que hay viene de una lámpara de araña que cuelga sobre nuestras cabezas y dibuja círculos de colores en el suelo.

—¿Cómo es posible que no se deshaga nada? —siente curiosidad Nate, y estira el cuello para estudiar la luz que entra.

—Pues de la misma manera que tenemos un lago de sangre y un río de fuego —le respondo—. Cuestión de magia.

—¿Te parece si subimos? Tal vez haya una cama allí arriba. —Se aclara la garganta y mira al suelo—. Bueno, o dos.

Ahora que los caminantes oscuros ya no nos atacan, parece que por fin estamos solos.

No hay señal alguna de soldados ni de trampas.

Probablemente mi padre piense que ya me he olvidado de este sitio, puesto que, cuando me trajo aquí, yo era todavía muy pequeña.

Sin embargo, nunca he podido dejar de pensar en este castillo y en el motivo de su existencia.

—Sí, claro. —Ladeo la cabeza para rozarle el hombro, y dejo pasar el comentario de la cama—. Aunque debemos estar un poco al quite por si acaso.

Sube las escaleras despacio, con mucho cuidado para que mi tobillo no se dé con la barandilla.

Agacho la cabeza al recordar lo superdescuidada que yo fui con él cuando lo saqué a cuestas por el puente.

Cargué con él como si fuera una muñeca de trapo; mi única preocupación era escapar de allí, y me daba igual si se golpeaba o no la pierna.

No sé, rompiendo una lanza a mi favor, he de decir que él estaba inconsciente, y me estaban persiguiendo. Aun así, se merecía un trato mejor.

Al llegar al rellano, levanto la cabeza y resoplo.

Como era de esperar, hay una sola cama. Está en el centro de una habitación, que tiene dos veces el tamaño de la mía.

El canapé está hecho de hielo, y el cabecero está adornado con unos copos de nieve cuidadosamente labrados.

Está decorada con cojines en un tono verde azulado y una manta gruesa de color aguamarina con hilos de plata que brillan cuando le da la luz.

Una chimenea integrada ocupa toda la otra pared, y, frente a ella, en una esquina, hay un sillón esculpido.

Al otro lado de la habitación hay un tocador, con frascos vacíos aquí y allá en los que, imagino, mi padre vislumbraba que estarían los perfumes de mi madre.

Un gran armario está repleto de vestidos en todos los colores del inframundo, desde rojos escarlata hasta negros azabache, pasando por grises ahumados.

A diferencia de la planta baja, aquí sí que hay ventanas, unos arcos de hielo grabados en las paredes que son lo suficientemente finos como para permitir el paso de la luz, pero dejar la tormenta fuera.

Un escalofrío recorre el cuerpo de Nate con tanta violencia que también me sacude a mí.

Algo no va bien.

Examino la chimenea, y siento alivio al ver que en ella hay tres troncos sin usar. Lanzo una bola de fuego a la madera. Primero salta una chispa y enseguida los troncos prenden con tanta fuerza que las llamas iluminan la estancia en un naranja brillante.

—Si no estuviera tan agotado, me habría quedado impresionado —confiesa Nate.

—Deberías estar impresionado igualmente. ¿Imaginas cuántos años tendrán esos troncos? No las tenía todas conmigo de que fueran a prender.

—En todo lo que tiene que ver contigo, siempre acabo impresionado.

Siento un calor abrasador en las mejillas cuando se dobla para tumbarme en la cama. De rodillas, me deshace el nudo de las botas y me las quita una a una con delicadeza, pidiéndome perdón cuando dejo escapar un silbido de dolor. Coloca mi calzado a los pies de la cama antes de inclinarse sobre mí.

Me examina con atención el tobillo y lo palpa haciendo círculos en la zona de la hinchazón fijándose en mi cara para ver la reacción.

Su manera de tocarme es suave pero segura.

Un cosquilleo se apodera de todo mi cuerpo cuando sus dedos siguen el recorrido del músculo hasta llegar a la pierna y detenerse en el gemelo.

Abre la mano, la apoya entera y empieza a masajearme la pantorrilla como dibujando pequeñas circunferencias sobre la piel.

Reprimo un gemido de placer cuando mi cuerpo se relaja ante el contacto de sus manos.

—¿Qué me estás haciendo? —le susurro.

—Ahora mismo estoy tratando de estimular el flujo sanguíneo. Te ayudará a que el tobillo se cure más rápido.

Lo miro por encima de mi estómago con las cejas tirando de mi frente hacia arriba.

—¿Dónde has aprendido a hacer esto?

—En las películas.

—Aaah, claro. —Dejo caer el cuello hacia atrás y mi cabeza se hunde en el colchón.

Incrementa la presión sobre la parte baja de mi pierna y me dejo llevar con los ojos cerrados. Sea lo que sea lo que me esté haciendo, está funcionando. Noto los músculos de la pierna descontracturados, y están provocando una reacción en cadena en el resto de mi cuerpo, porque me siento relajada.

—Además, mi hermano de acogida era un apasionado del deporte —continúa contándome—.

Y se hacía un montón de lesiones. Yo no le caía muy bien, así que me pasaba el día intentando demostrarle que podía ser un buen hermano.

Aprendí a tratar lesiones deportivas solo para aplicarlo con él.

Pensaba que, si lograba aliviar su dolor, acabaría siendo amable conmigo.

Nunca llegó a serlo, pero yo no me cansé de intentarlo.

Me siento apoyándome en mis codos, y lo contemplo con los ojos entornados.

Sigue concentrado en mi gemelo con el ceño fruncido y el mentón tenso, pero no logra ocultar el dolor que se instala en sus ojos.

En este instante me duele mucho más el pecho que el pie solo de pensar en que alguien hubiera podido tratarlo tan mal.

—Lo siento en el alma, Nate —lo consuelo—.

Sé bien lo que es tener a alguien en tu vida a quien no logras complacer hagas lo que hagas.

Yo también siempre he hecho todo lo que mi padre ha querido, y aun así jamás ha mostrado interés por saber nada de mí.

Si te sirve de algo, me cuesta creer que haya alguien a quien no le caigas bien.

Si hasta has conseguido caerme bien a mí, y eso que me criaron para odiar a los humanos.

Me sonríe y le devuelvo el gesto amable.

Nuestras miradas se encuentran y sus dedos siguen perdiéndose en la parte de atrás de mi pierna.

Tengo la piel de gallina por todo el cuerpo, no solo en los sitios en que me está tocando.

Haciendo fuerza con los codos, me incorporo un poco más para verlo mejor.

Todavía tiene el pelo mojado por la nieve, y una gota de agua baja desde su frente y se desliza por su mejilla.

Me estiro hacia delante para limpiársela.

El fuego crepita y ambos nos sobresaltamos.

Me caigo hacia atrás en la cama, y Nate está también dando cabezazos. Carraspea y me suelta la pierna.

—Deberías descansar un poco.

—Sí. —Aún siento cosquillas por el contacto con su piel, pero del dolor en el tobillo casi ni me acuerdo—. Los dos deberíamos descansar un rato.

Nate se deja caer en el sillón y se acurruca en un cojín que va a juego con la colcha de la cama.

—Qué maravilla, es sorprendentemente cómodo.

Apoyo la espada en la mesita de noche y me escurro bajo la manta, apretando los dientes cuando el malestar regresa a mi tobillo con el roce de las sábanas y me recuerda que Nate no es ningún curandero milagroso.

De hecho, me atrevería a decir que lo único que ha hecho ha sido distraerme del dolor. Y lo ha hecho muy bien.

La almohada se hunde con el peso de mi cabeza y murmuro algo en tono feliz.

—Sí, lo es. A lo mejor es porque he estado meses durmiendo en el suelo, pero para mí esta es la cama más cómoda en la que he dormido nunca.

—Me alegro —añade—. Venga, duerme algo. Yo me quedaré vigilando por si acaso.

Apoyo la cabeza sobre la mano y le digo con cara de sargento embravecido:

—Tú también necesitas dormir.

—Yo estoy bien. Me echaré una siestecilla luego cuando tú te despiertes.

Suspiro antes de girarme y darle la espalda, y me subo la manta hasta la barbilla.

—Si te empeñas…

Los botes que hay sobre el tocador resplandecen bajo el haz de luz y siento una fuerte presión en el pecho.

—¿Nate?

—¿Qué pasa?

—Oye, tú eres un tío, ¿no?

Se ríe socarronamente.

—La última vez que lo comprobé sí.

—¿Por qué alguien construiría un lugar como este para la persona a la que ama aun sabiendo que nunca vivirá en él? Mi padre debió de pensar que su amor era lo bastante fuerte como para retenerla aquí abajo. No alcanzo a comprender cómo pudo ser tan iluso.

Se produce una pausa tan larga que estoy segura de que se ha quedado dormido. Entonces tose.

—No lo sé. Yo no tengo ninguna experiencia en estas cosas, pero en todas las películas se ve que el amor es complicado. No siempre es algo tan sencillo como cuidar de alguien y terminar siendo los más felices del mundo pase lo que pase.

—Supongo que tienes razón. —Arranco una pelusa que cuelga de la manta—. ¿Y si ella también es horrible? ¿Y si es incluso peor que él? ¿Y si se enfada conmigo por haberla buscado cuando ella tal vez no quiera saber nada de mí?

—Bueno, por lo menos la conocerás. —Le quita hierro al asunto—. De todos modos, no creo que pase eso. Estoy convencido de que será una buena persona. Y sucediera lo que sucediera cuando tú naciste, dudo mucho que tu madre te conociera y no quisiera tener en su vida a alguien como tú.

Me doy la vuelta y lo miro, abrumada por su elogio.

—¿Qué te hace estar tan seguro de ello?

Nate cambia de posición y el asiento suena con su peso.

—Por lo que he visto, te has pasado todo este tiempo tratando de demostrarte a ti misma que no te pareces en nada a tu padre. Hay mucha bondad en ti, Dev. Suerte que no te pareces a él. Supongo que la personalidad la has sacado de tu madre.

Le guiño un ojo y tiro todavía más de la manta para taparme la cara y que no vea lo roja que debo de estar ahora mismo.

—¿Lo dices de verdad?

—Bueno, esa es mi teoría, pero puedo estar equivocado. Aunque no creo estarlo. De todos modos, ya lo averiguaremos. —Baja la mirada—. O ya lo averiguarás tú sin mí. Desde luego, estoy convencido de que te sorprenderá para bien, incluso siendo humana. Todo irá sobre ruedas, ¿vale?

Me regala una sonrisa agotada y se la devuelvo. Tiene el impresionante poder de hacerme creer que todo saldrá bien, incluso estando aquí escondida en el castillo secreto de mi padre en busca de una madre que ni siquiera me espera.

—Es mi mayor deseo —admito—. Gracias, Nate.

—No hay de qué. Venga, durmamos algo. Recuerda: irá bien, Dev. Te lo prometo.

Sus palabras me hacen sentirme aún más a gusto si cabe en el colchón, y libero la tensión que me tenía el cuello y los hombros agarrotados.

La figura oscura de Nate se desdibuja a medida que cierro los ojos y me quedo dormida prácticamente al instante. Su voz consigue envolverme más que la manta que mi padre creó para la única persona a la que fue capaz de amar.