Hoy no, Satán Capítulo XXVII
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Capítulo XXVII

XXVII

Exhalamos a la par al constatar que lo que vemos es real, y Nate acompaña su asombro de un silbido suave.

La construcción es impresionantemente enorme y está hecha por completo de hielo.

Y lo más llamativo es que, pese a la brutal tormenta, se mantiene en pie.

Tiene al menos dos pisos de altura y consta de múltiples torres y parapetos que se alzan sobre el tejado y brillan como un cristal azul bajo el cielo.

Al frente tiene esculpida una puerta inmensa flanqueada por ventanas arqueadas. La luz rebota en los paneles y dibuja esferas de colores sobre la nieve. Un polvo blanquecino cubre el tejado y las torres, y brilla como purpurina en mitad del temporal.

—Diripo me contó que mi padre lo mandó construir para mi madre.

—Trato de deshacer el nudo que se me ha formado en la garganta—.

Al parecer, quería regalarle algo bonito aquí abajo.

Supuestamente iba a ser su nidito de amor para las vacaciones.

Pero mi madre no llegó a verlo. Me dijeron que murió antes de que se lo diera, aunque ahora sé que esa historia no es más que una patraña.

—Debió de estar muy enamorado de ella, ¿no? —El aliento de Nate y el mío se mezclan en el aire, ya que no paramos de respirar al mismo tiempo—. Parece sacado de una película de Disney. De hecho, no me extrañaría nada ver salir a Elsa por esa puerta cantándonos a voz en grito «Suéltalo».

Me lamo los labios y suelto una bocanada de aire blanquecino.

—La primera vez que lo vi fue de niña cuando mi padre me hizo una visita por todo el reino.

Por aquel entonces ya le supliqué que me dejara vivir aquí, pero me dijo que jamás nadie habitaría entre estas paredes.

Y me miró con esa cara extraña que ponía y me sacó de aquí a toda prisa.

—Le pego una patada al suelo, y mis botas son tan fuertes que hacen mella en el hielo—.

Me sorprende que siga existiendo. Pensaba que lo habría destruido.

¿Por qué dejar en pie algo que le enfurece tanto?

Nate se refriega los antebrazos.

—Es posible que tampoco soporte la idea de derribarlo. De hecho, me dijiste que también tenía un álbum de fotos lleno de retratos de tu madre. Es como si nunca se la hubiera sacado de la cabeza.

—Puede ser. —Fuerzo la vista para no perderme detalle del castillo, como si los secretos que con tanto celo atesora mi padre estuvieran allí grabados en el hielo—.

Me habría encantado que me contara cualquier detalle sobre ella, pero esas cosas no van con mi padre.

Creo que tendría más suerte intentando que tú aguantaras cinco minutos sin soltar un chiste horrible de esos tuyos. —Le sonrío, socarrona.

Me guiña un ojo con sus pestañas cubiertas de nieve.

—Dejando bien claro de antemano que ninguno de mis chistes es horrible, diría que sí, que conmigo lo has logrado.

Niego con la cabeza y, acto seguido, aprieto los labios y estudio bien estudiada la puerta del castillo.

—Nunca he entrado. Espero que ahora podamos hacerlo.

—¿Sabes si está cerrada con llave?

Me encojo de hombros.

—Ni idea. Vamos a tener que adivinarlo los dos juntos.

A medida que nos aproximamos al castillo, la tormenta amaina, y la nieve que cae deja de formar una cortina opaca y da paso a un velo traslúcido.

El fuego que me sale de la mano ya solo chisporrotea, como si se estuviera quejando por el uso excesivo que he hecho de mis poderes. Sacudo los dedos y suelto varios improperios.

Habría estado bien que el señor B me hubiera advertido de que mis poderes iban por pilas… y se agotaban.

Menos mal que ahora la nieve solo nos llega hasta los tobillos, así que caminamos uno al lado del otro, con mi corazón a mil por hora según nos aproximamos a la puerta.

Desconozco por completo lo que hay dentro…

, no sé si mi padre habrá escondido allí más pistas sobre mi madre o si todo el castillo estará tan vacío como su dormitorio.

Lo que sí sé es que podría haber metido allí todo un batallón de soldados para anticiparse a nuestra visita.

—¿Tu padre no te contó nunca qué hizo tu madre para traicionarlo? —se interesa Nate—. No sé, decirte algo aunque te mintiera.

Respondo negativamente con la cabeza.

—Cada vez que la mentaba, me mandaba callar. Pensaba que era porque le daba pena. Pero ahora supongo que lo que le pasaba en realidad era que no tenía agallas para mentirme a la cara sobre ella.

—Ya… —Se mete las manos en los bolsillos de la chaqueta y eleva los hombros hasta las orejas—. Me imagino al Príncipe de las Mentiras mintiendo terriblemente mal.

Doy vueltas al anillo que llevo en el dedo y, mientras me fijo en cómo el rubí capta el resplandor blanco de la nieve, murmuro:

—Mintió lo bastante bien como para tenerme diecisiete años convencida de que no estaba viva.

—Sí. Eso es muy feo. —Nate se detiene y escucha. Sus ojos se abren como platos cuando se gira muy despacio para ver lo que hay detrás de nosotros.

—Eeeh… ¿Dev?

—¿Qué? —No bajo el ritmo. Ya estamos tan cerca del castillo que me imagino relajándome en uno de los sofás que haya ahí dentro, disfrutando del placer de volver a tener el vestido y el pelo secos.

—¿Te acuerdas de que dijiste algo así como que no teníamos que preocuparnos por los pecadores porque estaban encerrados bajo llave?

—Sí, claro que me acuerdo.

Me agarra del brazo y hace que me gire.

—Pues… me da que aquí las reglas del juego han cambiado.

Inspiro profundamente el aire frío y toso porque me quema los pulmones.

Los caminantes oscuros vienen desde todos los sitios dando traspiés en dirección a nosotros.

De su cuerpo cuelgan jirones de tela de un color rojo escarlata, que es lo único que les queda de los monos que les dieron al entrar, los cuales, de lo rotos que están, dejan al descubierto trozos de piel azul y violácea.

Los hay que cojean apoyándose solo en una pierna, y otros tienen un solo brazo, pues es habitual que pierdan extremidades por el estado de congelación en que se encuentran.

Todos ellos tienen los ojos tan en blanco como la nieve que cruje como si fuera un hueso bajo nuestras pisadas.

—¿Cómo habrán logrado abrir las puertas? —susurro. Mis dedos vuelan hasta la punta afilada de mi espada, y me estremezco cuando el metal helado me punza la piel—. No son lo bastante fuertes. Solo los demonios son capaces de ello.

Analizo la nieve a nuestro alrededor, con la mano agarrando con fuerza la hoja de mi arma mientras aguanto la respiración como si me estuviera anticipando a la aparición de Ferus o, todavía peor, de mi padre.

—En mi opinión, este no es nuestro mayor problema ahora mismo —murmura Nate—. Fíjate allí.

Sigo su mirada por encima de mi hombro, y con lo que se topan mis ojos es con otro gran grupo de caminantes oscuros que salen tambaleándose de sus parcelas en mitad de una enorme algarabía mientras no dejan de espiarnos.

En cuestión de segundos estaremos rodeados.

Y nosotros solo somos dos, con una espada, una daga empuñada por un chico que no puede dejar de tiritar, y mi poder del fuego, cuyas pilas todavía no se han cargado del todo.

En resumen, no contamos precisamente con una plétora de armamento para enfrentarnos a ese ejército que se nos avecina.

—¡Corre, corre, Nate! Ve hacia el castillo.

Me abro paso entre la nieve sin detenerme a comprobar que sigue detrás de mí.

La capa de nieve no es demasiado gruesa ahora, pero me pesa demasiado la ropa helada que llevo puesta.

Me agarro el dobladillo del vestido y tiro de él a la altura de las piernas hasta que consigo arrancármelo de la piel con un crujido.

Estoy a mitad de camino del castillo cuando el pie se me queda atrapado en un trozo de hielo. Siento tal dolor que me tiro al suelo con un sollozo. La nieve me cubre la nariz y la boca, impidiéndome respirar. Toso y escupo mientras me limpio la cara.

—¡Devica! —Nate se agacha a mi lado—. ¿Te encuentras bien?

—Eso creo. —Me saco otro poco de nieve de la boca, y pongo la mano en su hombro para que me ayude a levantarme. Nada más apoyar el pie, siento un horrible latigazo de dolor en la pantorrilla, por lo que suelto un grito y me dejo caer sobre él.

—¡Ay, mi tobillo! Debo de haberme hecho un esguince. Dame un minuto, estaré bien enseguida.

—No tenemos un minuto —me apremia Nate—. Son demasiado rápidos para estar criogenizados.

Como una señal, una mano a la que le faltan dos dedos toma posición en mi hombro y suelto un alarido en cuanto ese apéndice helado me pellizca la piel.

Nate saca la espada de mi cinturón y le asesta un golpe seco.

En ese momento la cabeza del caminante oscuro cae a la nieve, con los ojos abiertos como platos y aún parpadeando.

Lo observo anonadada.

—¡Guau! No sabía que tenías ese dominio.

—Ni yo. ¡Madre mía! —Nate examina la hoja de la espada—. Está más afilada de lo que pensaba. Yo solo quería herirlo, no decapitarlo. Pero pronto estará bien, ¿no?

—Sí, sí, estará bien, tranquilo. —Los caminantes oscuros con su carne putrefacta siguen arrastrándose como pueden hacia nosotros, y están cada vez más cerca. Aprieto los dientes—. Los que no estaremos nada bien seremos nosotros si no vamos dentro y les impedimos el paso.

Detiene los ojos en mi pie.

—¿Crees que puedes andar?

—Por supuesto. —Doy un paso, pero el tobillo me falla y tropiezo.

Nate me agarra para que no vuelva a irme de bruces contra el suelo y me coma la nieve.

Me llevo la mano al mentón y con los dedos me tapo con fuerza la boca para impedir que salga de ella un grito de frustración—. No pasa nada, iré a la pata coja.

—Entonces sí que nos pillarán seguro. —Nate vuelve a enfundar la espada y a guardármela en mi cinturón—.

Sé que me dejaste muy clarito que me tirarías al río Igloo ese por hacer lo que voy a hacer, pero, aun así, tengo que arriesgarme.

—Me saca de la nieve, me alza y me coloca entre sus brazos en esa postura en que los humanos acunan a sus bebés.

El tobillo me duele horrores por el movimiento, y estoy a punto de protestar por lo que ha hecho cuando, de pronto, en cuanto me acomodo en sus fornidos brazos, el dolor cesa.

Paso mis brazos alrededor de su cuello y le hablo al pecho:

—Te aseguro que, como le cuentes esto a alguien, te tiraré al río Ignis sin pensármelo dos veces, ¿lo has entendido?

—¡Lo he entendido perfectamente!

Nate se abre paso corriendo entre la nieve, concentrando parte de la fuerza en el mentón mientras se las apaña para sortear un trozo enorme de hielo.

Me agarra con seguridad, como si a sus músculos no les costara ningún esfuerzo cargar conmigo por la nieve.

Yo me abandono en sus brazos y entierro la cara en su cuello cuando la tormenta se intensifica y nos azota el cuerpo.

Nos persigue el sonido de unos dientes repiqueteando y el chasquido de un hueso tras otro, y no puedo evitar sentirme conmovida ante el dantesco panorama que nos rodea.

No me hace falta verlos para sentir su dolor.

Ya me atenaza tanto como el de mi tobillo.

Aggg, ese estúpido lado humano que aflora en mí y me hace sentir.

Nate bufa con cada paso que da, y en ningún momento aparta la mirada del castillo, tan solo se limita a parpadear de vez en cuando para quitarse la nieve de los ojos.

Esta es la vez que más vulnerable me he sentido con un humano.

Incluso más que cuando el mismo Nate tuvo que rebuscar y sacarme un cristalito de la espalda.

En cualquier momento se dará cuenta de que yo soy la responsable de todo esto y me manda­rá a freír espárragos.

Si se llevara consigo mi espada y fuera lo suficientemente rápido, podría estar fuera de Nix antes de que a mí se me curara el esguince.

Y todo ello siempre y cuando yo sea capaz de defendernos de los caminantes oscuros que vienen vociferando y clamando por detrás de nosotros.

Pero, a pesar de todo, Nate no me suelta. Muy al contrario, me agarra aún más fuerte contra su pecho para protegerme del viento y de las miles de bolas de nieve que los caminantes oscuros no se cansan de lanzarnos.

No necesito su protección, y los dos lo sabemos de sobra. Sin embargo, una sensación de calidez crece en mi pecho al darme cuenta de que no me importa tenerla.

Llegamos a la puerta, y Nate se detiene con la respiración entrecortada.

Me asomo por encima de su hombro y veo cómo las bolas de nieve impactan contra la pared justo al lado de mi cabeza.

Los caminantes oscuros ya están solo a unos pocos pasos de nosotros, y van armados no solo con nieve, sino también con trozos irregulares de hielo.

—Nate, date prisa —le digo en un susurro tan débil que es como si me faltara el aire, y eso que ha sido él el único que ha estado corriendo—. Abre la puerta.

Cambia el brazo con el que me agarra, y aprieto los dientes cuando el dolor vuelve a apoderarse de mi pierna.

Entonces coloca la mano sobre la manija de la puerta, la baja y tira de ella, pero no se mueve ni un milímetro.

Coge aire y esta vez empuja la puerta hacia dentro, gruñendo y apretando los dientes. Pero otra vez nada.

—Por un casual tú no tendrás una llave, ¿no? Está cerrado a cal y canto.

Trago una bocanada de aire helado y levanto las cejas.

—Lógicamente no. Supongo que mi padre es el único que tiene llave de aquí.

—Ya… Pues eso me temo que no nos vale de nada.

Los caminantes oscuros dejan escapar un sonido inquietante similar a una risa, y se ve cómo los dientes les tiemblan en el interior de la boca.

Nate empuja y tira de la puerta sin éxito mientras los gritos van in crescendo , y un trozo de hielo se desliza por mi brazo antes de llegar a romperse a sus pies.

Mi cuerpo se pone rígido cuando Nate parece rendirse, deja de intentar abrir la puerta y se queda mirando a los caminantes oscuros.

Y entonces ellos descienden.