Capítulo XXVI
XXVI
Escondemos el barco detrás de un montículo nevado y nos sacudimos la nieve que llevamos pegada a las suelas.
El blanco se va acumulando en nuestros tobillos a medida que caminamos hacia el interior de la isla, con el crujido de nuestras pisadas y el sonido del viento como la única banda sonora.
Me giro y observo el agua una última vez.
Ningún otro barco ha salido ileso de la tormenta y exhalo un soplido de aire blanco que me nubla la vista antes de flotar sobre nuestras cabezas.
La nieve nos ayudará a pasar desapercibidos hasta que consigamos llegar a un sitio en el que podamos descansar.
Ojalá que lo encontremos.
Nate tirita de frío, sus dientes castañean y se abraza a sí mismo para intentar entrar en calor. De repente me mira y me dice:
—¿Es que tú no estás helada?
Niego con la cabeza y extiendo mi brazo desnudo para que pueda ver cómo los copos de nieve se derriten y desaparecen en cuanto entran en contacto con mi piel.
—Ya sabes quién es mi padre, ¿no? No te olvides de que llevo el fuego en las venas.
—Pues daría lo que fuera por ser también un poco su hijo ahora mismo.
—Se echa el aliento en las manos antes de señalar una puerta resplandeciente de hielo que queda a nuestra izquierda—.
Vale, entonces… en El Infierno de Dante el hielo era lo peor de lo peor.
Sin embargo, aquí lo peor está en mi parcela, ¿no? ¿Qué veremos aquí?
Sigo su mirada y frunzo el ceño al visualizar el mapa del Infierno, colgado de las paredes del Salón de la Justicia. Jamás pensé que llegaríamos tan lejos, por lo que ni había reparado en él.
—Nix alberga a quienes cometieron el pecado de la pereza.
Pone cara de no tener ni idea de qué estoy hablando, y yo resisto mis ganas de poner los ojos en blanco.
—A los vagos, Nate. Mmm, piensa en todos esos holgazanes de espíritu.
Ya sabes, en esa gente que cree en las cosas y sabe lo que tiene que hacer, pero nunca lo hace.
Ahí delante están los ambientalmente vagos, y luego al otro lado se sitúa la ciudad de los apáticos y los hipócritas.
Ninguno de ellos suele causar problemas nunca.
Además, todas las parcelas están separadas y cerradas con llave, por lo que podemos recorrer la ciudad de arriba abajo sin necesidad de entrar en ninguna de ellas.
Lo peor que nos encontraremos aquí será esta tormenta.
Me froto los músculos de los muslos, que aún me duelen, y tuerzo la cara cuando el vestido se me despega de la piel con un sonido como si me estuviera succionando.
Lo más probable es que el intenso frío no afecte a mi temperatura corporal, pero está claro que la tormenta nos dificultará la caminata.
Deberíamos salir de aquí cuanto antes. Por si fuera poco, Nate no puede volver a morirse, pero empezará a parecer más una escultura de hielo que un humano.
Me cubro otra vez los ojos con la mano a modo de parasol y observo la enorme cantidad de nieve que cubre el camino que rodea Nix, el cual queda prácticamente fuera de nuestro campo de visión.
Aparece y desaparece según hacia dónde lleva los copos el gélido viento.
El aire casi ha parado cuando golpeo el hielo con la punta de la bota, y me doy cuenta de que es tan duro y pesado como el lodo que lo llenaba todo en Aquarum.
Me paso los dedos rápido por la melena mojada, y doy un respingo cuando el calor que emana de la palma derrite al instante todo el hielo que se me acumula en el cuero cabelludo.
«Claaaro. Tenía que haber caído en esto antes».
Sería inútil ponerme a conjurar el fuego ahora mismo. Procuro tener las palmas de las manos hacia abajo. Mis venas se calientan cuando yo quiero, y la nieve se derrite y forma charcos a mis pies, y deja al descubierto el camino helado que oculta debajo.
Sigo hacia delante, deshaciendo las nubes blancas a mi paso, y orgullosísima de mi genialidad.
Nate no parece tan impresionado. Va pisándome los talones entre protestas, y su respiración me rodea como si fuera humo.
—Ya podías haber hecho esto todo el tiempo en lugar de tenerme andando hasta que ya casi ni sentía los dedos de los pies.
—No caí en ello —resoplo—. Además, hasta ahora siempre me ha dado miedo usar mis poderes porque era incapaz de controlarlos.
Nate observa cómo la nieve se va desintegrando a medida que nos movemos, y deja escapar ese silbido de elogio que yo tanto había estado esperando.
—Pues nadie diría que no los controlabas.
—Tú me has ayudado a hacerlo. —Lo miro sobre mi hombro y le dedico una sonrisa—. Eres la primera persona que me ha enseñado que lo más importante es creer en mí misma. En mi casa nadie jamás creyó en mí, por lo que yo tampoco aprendí nunca a hacerlo.
Está muy rojo, pero no tengo claro si es por mis palabras o por el frío que está pasando.
—Yo pienso que eres mucho más fuerte de lo que crees, Devica.
Me ruborizo como él, así que llevo la mirada de nuevo al camino para que lo único que me vea sea la nieve que me cubre la parte de atrás de la cabeza.
Me he pasado la vida odiando a los humanos con todas mis fuerzas y diciendo que eran unas criaturas egoístas.
Sin embargo, Nate es la persona más desinteresada que he conocido.
Antes estaba persuadida de que su bondad era su debilidad, pero ahora no puedo evitar pensar que es justo lo que lo hace tan fuerte.
Seguimos caminando en silencio hasta que no puedo más del dolor de pies, y su respiración turbia y el crujido de sus pasos son las únicas pistas de que sigue detrás de mí.
Seguir el camino que yo voy creando es mucho más fácil que abrirse paso entre la nieve, pero usar mis poderes me agota.
Tengo los músculos de los brazos destrozados, y mis pestañas batallan por no cerrarse cuando no estoy con la atención puesta en algo.
De fondo, el castañeteo de los dientes de Nate.
—Como ya estoy muerto, al menos espero librarme de morirme de frío. Este chavalote de California no está hecho para este clima.
Clavo los ojos en él y enarco las cejas. Tiene los labios de un inquietante tono azul, y los párpados y pestañas cubiertos de nieve. Pobre chico. Necesita entrar en calor. Y pronto.
—Cuéntame más cosas de California —lo animo—. Háblame de su playa. Tal vez, al hablar del calor de allí, se te olvide el temporal de aquí.
—Es el lugar más bonito del mundo. —Ahora está más cerca, tanto que su aliento me acaricia el hombro antes de desaparecer—.
En los días despejados, el océano adquiere un color entre turquesa, verde y azul, y luce una espuma blanca que rompe contra la orilla.
Ya sé que odias el agua, pero estoy seguro de que allí te gustaría.
Hace calor, pero no es como aquí. Allí el sol te calienta la piel y penetra en tu alma.
Me estremezco, y no precisamente por frío.
—Me cuesta un poco creer lo que me dices del océano, pero, desde luego, todo lo demás suena fantástico. Continúa.
—Y es todavía más bonita al caer el sol, cuando el cielo parece arder en rosas, rojos y amarillos, y se refleja en el agua.
La imagen te hipnotiza. Cuando estaba triste o sentía miedo, siempre solía ir hasta el muelle de Santa Mónica y me sentaba allí a contemplar la grandeza del océano.
Me gustaba quitarme los zapatos y dejar que la arena se colara entre mis dedos.
Y así cerraba los ojos y respiraba hondo.
Aquello me ayudaba a mantener los pies en la tierra, me dejaba llevar por el olor de los restaurantes de pescado, el aroma a churros y el perfume del agua salada, todo mezclado.
Todo ello me tranquilizaba y me hacía sentir mejor que ninguna otra cosa…
Puede que te rías al oírlo, pero para mí aquello era sinónimo de libertad.
—Libertad —repito la palabra despacio antes de mirarlo a los ojos—. Nunca me reiría de ti por eso. Realmente suena como un sueño hecho realidad.
—Te va a encantar, Dev. Estoy como loco por enseñarte todo eso.
—Me coge las manos, y sus dedos me pinchan la piel como carámbanos de hielo.
Sus palabras me llegan muy adentro. Aunque no lo envíe de vuelta a la parcela 13, tampoco me llevará jamás a esa playa.
En cuanto encuentre a mi madre, tendremos que desaparecer o mi padre me encontrará y se lo llevará a él de vuelta.
Saco las manos de entre las suyas y se las pongo encima para intentar calentárselas.
—Quién sabe, quizá te permita llevarme allí algún día.
—Las palabras salen de mi boca contra mi voluntad sin darme tiempo a detenerlas—.
Quiero decir… Ya sabes, después de que haya encontrado a mi madre.
Y siempre y cuando no te mande de vuelta con mi padre.
Eso de tener los dedos de los pies rebozados en arena de playa me parece cuando menos intrigante.
Se inclina hacia delante, y su cara queda a milímetros de la mía. La nieve de sus pestañas se va derritiendo y gotea por su rostro como si fueran lágrimas, pero en verdad está sonriendo.
—Lo firmo. Además, es como si ahora te resistieras a entregarme a tu padre, y eso es todo un placer para mí. Ya sabía yo que acabarías sucumbiendo a mis encantos.
Le suelto las manos y me sacudo la nieve que me queda en el vestido, aunque no sé para qué, puesto que en cuestión de segundos vuelve a estar teñido de blanco.
—Mejor no respondo a tu comentario de sobrado, puesto que ahora mismo no eres más que un cubito de hielo. Pero, aun así, que sepas que tus encantos no son para tanto.
—Sí que lo son. —Me hace un guiño, y yo pongo los ojos en blanco.
Los humanos son imposibles a veces. Y el que tengo delante el que más.
Me quedo atónita al ver el edificio que llevaba buscando desde que salimos del agua.
Aún sigue allí. No me puedo creer que todavía esté allí.
Nate me sigue la mirada, protegiéndose los ojos de la nieve y dejando escapar un grito ahogado que resuena a nuestro alrededor.
—Me da que acabamos de llegar a la parte de alucinación de nuestro viaje. Juraría que hay un castillo en mitad del Infierno.
Esbozo una sonrisa traviesa.
—Así es. Has visto bien.