Hoy no, Satán Capítulo XXV
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Capítulo XXV

XXV

Nate estudia con detenimiento la foto con las cejas muy juntas.

—¿Qué es esto?

—Lo encontré en los aposentos de mi padre. Tenía un álbum lleno.

Me araño los muslos con las uñas y jugueteo con un agujero de mi vestido.

El barco se bambolea con suavidad, y Nate se acerca más la foto a la cara.

—¿Es tu madre?

—Eso creo.

—Es muy guapa. Os parecéis. —Se pone rojo, pero sigue con los ojos fijos en la imagen sin pestañear—. ¿Está sacada en la Tierra?

Siento que me pongo roja al contemplarlo por encima de su hombro.

—Me parece que sí. Pero tú lo sabrás mejor que yo. Hay un nombre detrás.

Le da la vuelta y asiente con la cabeza.

—Los Ángeles. Ya decía yo que esas palmeras me resultaban familiares.

Detiene el brazo a medio camino cuando va a darme de nuevo la foto y se la lleva rápido a los ojos otra vez.

—Espera un momento. Es de este año. ¡Pero si me acabas de decir que tu madre está muerta!

Le arrebato la imagen y me la vuelvo a guardar en el corpiño sin mirarlo.

—Es que yo pensaba que estaba muerta. Eso es lo que todo el mundo me ha dicho toda mi vida.

Pero justo entonces encontré esto y me enteré no solo de que está viva, sino también de que es humana.

Y esa es la razón por la que voy a la Tierra.

Para encontrarla. Necesito saber por qué yo estoy aquí y ella no.

Necesito saber si… si… si alguna vez me quiso.

La saliva se agolpa en mi garganta con las últimas palabras y a duras penas consigo tragarla, y mis ojos siguen ausentes, como atrapados en una de las manchas de barro que tengo en el vestido.

Nate suelta un sonoro suspiro.

—Pufff. ¿Y no le has preguntado a tu padre sobre todo esto?

Una carcajada se me escapa de los labios y niego con la cabeza.

—Me matará si se entera de que encontré esto. Además, es que encima accidentalmente prendí fuego al resto del álbum. Mi padre no es de los que se sientan a hablar de sentimientos. Ni lo ha hecho ni lo hará jamás.

Nate se gira y permanece sentado con las piernas cruzadas, de tal manera que sus rodillas se clavan en mis muslos.

—Así que tu plan es salir de aquí al precio que sea y luego buscarla. Sabes que la Tierra es gigante, ¿no? Por favor, dime que al menos conoces su nombre.

—Dina. Su nombre de pila y esta fotografía son lo único que tengo de ella para buscarla. —Cojo aire y lo suelto muy poco a poco—. Yo… pensé que podrías ayudarme, puesto que tú también eres de Los Ángeles. A lo mejor a ti se te ocurre por dónde puedo empezar.

En ese instante se echa para atrás y la oscuridad nubla sus ojos.

—Ajá. O sea que era eso. —Un escalofrío me recorre la espalda, y no solo porque ahora hace más fresco, sino porque presiento un cambio en su actitud—.

Así que era por eso, ¿no? —Apoyado contra la pared, fija la vista en el horizonte—.

Ya sabía yo que tenía que haber algún motivo por el que tú quisieras sacarme de aquí.

Jamás creíste en mi inocencia. ¿Cuál era tu plan, Devica?

¿Que te ayudara a encontrar a tu madre, y luego enviarle un mensaje a tu papaíto para que viniera a por mí y, de paso, te perdonara?

Un calor extremo se apodera de mi cuerpo y se me seca la boca.

«Menuda cagada la mía». Lo de enseñarle esa foto ha sido un error garrafal.

—No, yo… —Abro la boca y la cierro de nuevo. Se me caen los hombros—. A ver, sí, esa era mi idea al principio. Pero… ya sabes, yo no te conocía todavía. Para mí no eras más que un pecador lo bastante ingenuo como para creer que yo quisiera liberarte.

Veo el dolor en sus facciones y tenso la mandíbula.

—¿Y ahora?

—Ahora… ahora no estoy segura de nada. —Mis palabras me pillan por sorpresa incluso a mí.

Nunca se me había pasado por la cabeza dejarlo libre al llegar a la Tierra.

Pero tampoco estaba cien por cien segura de que fuera inocente…

hasta ahora. Me vuelvo hacia él, también con las piernas cruzadas y mis rodillas rozando sus muslos, como imitando su postura de antes—.

No vi tu pecado cuando te toqué aquella noche en mi habitación.

Y pareces sincero al hablar sobre Gabe. Y me has salvado unas cuantas veces ya. Honestamente, ya no sé qué plan tengo.

Los únicos sonidos que nos llegan son el del motor del barco y el del agua chocando contra los costados del casco. O quizá el chapoteo es el de mi contenido estomacal, recorriendo arriba y abajo mis intestinos a la espera de una respuesta por su parte.

Si me dijera que preferiría volver a su parcela en el Infierno antes que ayudarme, por supuesto que no podría culparlo de nada.

Ahora mismo sabe dos cosas peligrosas y horrendas sobre mí: la ristra de mentiras que le he contado, y que mi padre es el rey de las mentiras.

Es evidente que eso no me convierte en una persona en la que sea fácil confiar.

Respira hondo unas cuantas veces, y luego me mira, con el mentón relajado.

—Aunque tu «podría mandarte de vuelta al Infierno, pero aún no estoy segura de ello» no es precisamente lo que a un hombre más le guste escuchar, valoro mucho tu honestidad. Y con independencia de lo que al final decidas hacer, te ayudaré a encontrar a tu madre.

Levanto las cejas, sorprendida.

—¿En serio? ¿Y por qué ibas a hacer eso cuando te acabo de admitir que podría traicionarte?

—Por dos razones. —Me agarra la mano y siento la extrema suavidad de sus dedos cuando se curvan con delicadeza sobre los míos—.

La primera, porque sé bien lo que es estar sin tu familia.

Te mereces encontrar a tu madre. Y la segunda es porque, cuando dijiste que sientes que este no es tu sitio, que tú no perteneces aquí, estoy completamente de acuerdo.

La persona que entró en pánico al ver su reflejo en la parcela 11 estaba luchando contra el monstruo en el que temía convertirse.

Y lo mismo la chica que me sacó a cuestas por el puente.

He visto tu dolor al oír esos gritos agónicos.

Te dolía porque sabías que a ellos les estaba doliendo.

Me cuesta creer que tú vayas a ser capaz de hacer daño a una persona inocente.

Y yo sé que soy inocente. Y cuando hayamos encontrado a tu madre, tú también lo sabrás.

Aparto mi mano de la suya y la dejo caer sobre mi regazo mientras examino el suelo. Esa persona a la que está describiendo no puedo ser yo. Ella es justo todo eso que mi padre me entrenó para que no fuera. ¿Cómo puede haber bondad en mí cuando me he pasado la vida rodeada de la maldad más absoluta?

Las lágrimas brotan de mis ojos y trato de limpiármelas.

—No puedo prometerte nada.

—No te estoy pidiendo que lo hagas. —Me acaricia la rodilla—. Y creo que puedo ayudarte. Mejor dicho, sé que puedo ayudarte. ¿No dijiste que todas las fotos que tenía tu padre las habían tomado en el mismo lugar?

—Sí. —Saco la fotografía y se la tiendo de nuevo, aún incapaz de encontrarme con sus ojos—. En todas aparece sentada en ese mismo banco.

—Probablemente viva cerca de allí —comenta—. Conozco bien este parque. Lo frecuenta mucho la gente de allí.

Mi corazón se acelera y levanto la cabeza. Me arrastro de tal manera que mis rodillas quedan por debajo de las suyas, y observo otra vez más la imagen.

—¿De veras lo conoces?

—Sí, está un poco más abajo de la casa de una de mis familias de acogida, justo en la misma calle.

He vivido en todos los barrios de Los Ángeles, así que puedes tener la tranquilidad de que me sé todas las calles de memoria.

¿Ves ese edificio que está detrás de ella, el que pone salón de fiestas ?

Es un local de eventos donde se celebran un montón de bodas.

Trabajé allí un verano. Puedo llevarte un día por allí si te apetece.

Escudriño su rostro en busca de algún rasgo traicionero oculto bajo su piel bronceada y sus ojos brillantes.

—¿En serio harás todo eso por mí?

—Sí, Devica. —Me devuelve la foto y me la guardo en el corpiño—.

Además, yo no tengo unos padres a los que buscar.

En la Tierra, probablemente acabaría de vuelta bajo la tutela de las instituciones.

Y allí todo el mundo piensa que estoy muerto.

—Se levanta del suelo y se dirige hacia la parte delantera del barco, con la vista puesta en el horizonte—.

Maldita sea, no había pensado en eso hasta ahora mismo.

¿Qué voy a hacer yo? Allí no me queda nadie.

No sé por qué narices estoy luchando tanto para regresar.

Mi corazón se parte en dos al escucharlo. Cuando comenzamos este viaje, estaba convencida de que los dos queríamos acabar el juego de la misma manera: saliendo de aquí. Eso era lo único que teníamos en común.

Y resulta que ahora descubro que los dos deseamos lo mismo, y no es libertad. Ansiamos conexión. Contar con alguien que nos quiera y se preocupe por nosotros incondicionalmente. Y eso es algo que ninguno de nosotros sabe si acabará encontrando allí a donde vamos.

Lo único que sabemos es que aquí jamás lo conseguiremos.

Me valgo de la pared para levantarme del suelo y quedarme de pie a su lado junto al timón, con nuestros hombros rozándose.

Ambos miramos al agua y respiramos al compás, y nuestras yemas de los dedos también se tocan.

Una especie de descarga eléctrica me recorre el cuerpo cada vez que siento su contacto sobre mi piel.

Su mano baja y se desliza entre la mía, y mis dedos se cierran sobre ella para impedir que se aleje de mí. Por un momento estamos solos, pero juntos, y ya no me importa nada lo lejos que tengamos que ir.

Un grito rompe la calma del cielo. Parece venir de una de las parcelas, y le suelto la mano.

Cierro los ojos y aprieto los puños en actitud defensiva.

No podemos seguir aquí. Mi padre acabará encontrándonos.

Y a mí no me tirará al río Ignis porque, pese a todo, soy su hija, pero Nate no correrá la misma suerte ni lo tratarán con la misma benevolencia.

—Hagamos una cosa. —Intento disimular el dolor que azota mi pecho—.

No sabes cuánto te agradezco que me ayudes a buscar a mi madre.

Si al final no te delato, tienes que prometerme que desaparecerás.

Yo seré quien te saque de aquí, y punto.

Se acabó. Nada más. Todo será más seguro si nos separamos una vez que la encuentre.

Ahora que la luz ya ha caído, me vuelve a resultar imposible intuir su expresión. Es más difícil de descifrar que la letra del señor B, y ya es decir.

—Entendido, Virgilio.

—¿Eso te convierte a ti en Dante?

Mira hacia arriba y sus ojos se pierden a lo lejos.

—Quizá.

Me centro en el agua y me entra un escalofrío. La mirada que albergan sus ojos refleja su interior más profundo. Aparentemente calma en la superficie, pero bajo ella hay una oscuridad que pretende hundirlo.

La misma oscuridad que me acecha a mí.

Y eso significa que, si nos aferramos el uno al otro, nos hundiremos los dos.

—Oye, Dev —me dice, con la mirada perdida todavía más allá de las olas.

—¿Qué?

—Si yo en la Tierra estoy muerto, y al final conseguimos salir de aquí, ¿qué será de mí? Me refiero a si volveré a habitar mi cuerpo y a salir como pueda de mi propia tumba. ¿O acaso andaré por ahí como un zombi tratando de adentrarme en el cerebro de todo aquel con el que me encuentre?

Inclino la cabeza mientras pienso:

—No tengo ni idea. A decir verdad, jamás nadie ha logrado escapar de aquí antes.

Pero entiendo que tu otra vida será tan real como el cuerpo que tuviste en la Tierra.

Está diseñado para que seas capaz de sentir el dolor o el placer, en función de dónde termines.

Pero ninguno de mis libros de texto explicaba cómo enviar a la gente de vuelta.

En ellos solo se habla de los castigos que debían recibir en el Infierno.

—Ufff. —Aprieta los labios y se encoge de hombros—. Supongo que no estará tan mal lo de ser un zombi. Sigue pareciéndome mejor que volver a la parcela 13.

Lo analizo brevemente y sacudo la cabeza. No sé lo que es un zombi, pero, si a él le parece bien, a mí también.

Una masa de tierra aparece ante nosotros y reduzco la velocidad. Ahora las orillas que nos rodean están cubiertas de unas bolas blancas y radiantes.

Nate se echa el aliento en las manos y las frota.

—Si llego a saber que en el Infierno uno pasa este frío, habría parado en el puesto de souvenirs para cogerme un pañuelo o algo así.

Aparto la mirada del agua y hago una mueca de asombro.

—¿Puesto de souvenirs?

—Es donde se compran las baratijas de recuerdo de los sitios que uno visita. Ya sabes, la típica camiseta que lleva estampado: estuve en el infierno y lo único que compré fue esta mierda de camiseta o pegatinas para el parachoques con un me encanta el infierno .

Arrugo la nariz.

—Aquí no tenemos nada de eso.

—Ya me he percatado de ello. —Suspira, y unos cuantos copos de nieve le caen del pelo a los hombros, y se deshacen en su camisa como las piedras en lava.

Chocamos con la orilla y nos inclinamos hacia delante. Suelto unos cuantos tacos al clavarme el timón de acero en el estómago. Cuando llega el momento de parar, tiro de la palanca hacia arriba hasta que la embarcación se detiene del todo.

—Ya estamos aquí —anuncio entre una nube de aliento blanco, y me froto el estómago justo donde he recibido el impacto. Toso unas cuantas veces y extiendo los brazos en un gesto teatral:

—Bienvenido a Nix, la ciudad de hielo.