Hoy no, Satán Capítulo XXIV
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Capítulo XXIV

XXIV

Tiro de la palanca hacia delante y salimos disparados sobre el agua. Me caigo para atrás, pero me agarro con fuerza al timón y no lo suelto.

—¿Devica? —murmura Nate desde el suelo. Ahora está tumbado bocarriba, con el ceño fruncido.

Exhalo un largo soplo de aire al oír su voz.

—Eh, menos mal, te has despertado ya.

Quejicoso, se lleva una mano a la frente y sisea:

—¿Qué ha pasado?

—Te comiste un bizcocho envenenado. He tenido que cargar contigo para sacarte de la parcela 8.

Reprimo las ganas de reprenderlo por su imprudencia. A fin de cuentas, no ha sido el único que ha caído en la tentación allí detrás. Aunque sí el único que se ha tragado su tentación.

Por suerte ya ha recuperado la conciencia. Por lo que tengo entendido, el efecto del veneno podría haber durado días. Me siento extrañamente reconfortada por el sonido de su voz, aunque no puedo permitir que se entere.

Con bastante esfuerzo, Nate logra sentarse. Se agarra el estómago y vuelve a gimotear por el dolor.

—Ya, de ahí mi necesidad de echar la pota.

—Pues, en cuanto te entren ganas de devolver, saca la cabeza por la borda y apunta bien al agua.

El viento me alborota el pelo y me lo coloco detrás de la oreja. Al menos en este barco no vamos dando tumbos como en el bote. Si consiguiera no mirar al lago, ni siquiera me daría cuenta de que vamos por el agua.

—Tranquila, estoy mejor. Y parece que mi estómago se va asentando. —Se rasca la frente—. ¿Cómo has conseguido este barco?

—Se lo he robado a los soldados. Es mucho más rápido que el bote. De hecho, ya debemos de estar saliendo de Aquarum.

Nate me mira y parpadea, y yo me encojo de hombros.

—¿Qué?

—Nada, nada —contesta—. Simplemente… que no te pareces en nada a lo que yo pensaba.

Seguimos surcando el agua con el piloto automático encendido; las parcelas se difuminan a nuestra derecha, y la orilla se atisba a nuestra izquierda. Nix debería de estar en línea recta desde aquí.

Me agacho a su lado para estar a su altura, y dejo la espalda contra la pared. Mis músculos han perdido fuerza y me froto las pantorrillas, que las tengo doloridas.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Cuando nos conocimos, eras muy fría. Esa chica de entonces jamás habría estado dispuesta a salvarme la vida.

No soy capaz de mirarlo a los ojos, así que me centro en mis dedos mientras me masajeo la pierna.

—Tú también me salvaste a mí en la parcela 11. Te debía una.

—Yo diría que es más bien al revés. Yo te debo a ti una por sacarme de este sitio.

—Lleva la cabeza hacia atrás y baja los párpados—.

Y aún no logro entender por qué estás haciendo esto.

Insistes en que piensas que soy inocente, y, al mismo tiempo, sigues diciendo que todos los humanos somos unos burros asquerosos y repugnantes. ¿Cómo se come eso?

Escudriño el suelo, tratando de determinar el grado de honestidad que puedo permitirme tener.

¿En qué momento verá más allá de mis actos y se enterará de que no lo estoy sacando de este sitio porque sí?

En cuanto lo sepa, dejará de ayudarme y todo esto que estamos pasando no habrá servido para nada.

—Digamos que no vas muy desencaminado… —le digo despacio, sopesando cada una de mis palabras—. Yo también tengo mis razones para querer ir a la Tierra. Pero son personales.

—Desembucha, venga. —Apoya la cabeza en la pared y me mira, con los ojos ensombrecidos por el techo que nos cubre—.

Tú lo sabes todo sobre mí. ¿O es que ya te has olvidado de esa carpeta gigante que descansaba en tu escritorio?

Apuesto a que ahí dentro estaba recogido cada detalle ínfimo e insignificante de mi vida.

Las mejillas me arden. Sí, había pasado noches y noches acurrucada en la cama con su expediente, obsesionada con resolver el misterio que rodea a este extraño humano, y frustrada por la falta de respuestas en esas páginas.

—Sinceramente, no me la leí entera —le miento—. Solo ojeé las páginas relativas a tu castigo. Y he de decir que sigo sin entender cómo es posible que acabaras con la pistola que mató a tu padre en la mano si tú no lo mataste.

—A mi padre de acogida. Se llama, se llamaba, Gabe.

Y yo no tengo más que un vago recuerdo de lo que vi.

—Se pasa los dedos por el pelo y entrecierra los ojos como si así fuera a acordarse de más cosas—.

Ese día me había quedado en casa porque estaba enfermo, con un gripazo de aúpa.

Yo pensaba que todo el mundo se había ido a ver el partido de béisbol de mi hermano de acogida, pero, cuando me desperté, oí como una especie de estallidos.

Corrí hacia la parte de la casa de la que parecía venir el ruido, y me encontré a Gabe tirado en el suelo de su dormitorio cubierto de sangre.

Y vi un arma a su lado. —Se humedece los labios secos y traga saliva—.

La cogí sin pensar. No sé el motivo. Supongo que tenía la cabeza aturullada por la fiebre, estaba como confundido, llevaba días sin comer y…

no sé, no pensé. Y entonces fue cuando la pasma echó la puerta abajo.

Recuerdo que me dijeron que tirara el arma.

Pero yo pensaba que estaba teniendo una pesadilla por culpa de la fiebre, así que simplemente los miré sin soltar el arma.

Entonces hubo un disparo, y ya lo siguiente que recuerdo es estar haciendo cola en una fila de gente tan perdida como yo a la espera de verte a ti.

Sus palabras me sobrecogen y lo examino de arriba abajo. Parece sincero. Pese a su tono desenfadado, es evidente que el dolor invade cada resquicio de su boca.

—Entonces, si no fuiste tú, ¿quién lo mató?

—No tengo ni idea. Solo puedo decir que Gabe era un buen tipo.

A lo largo de mi vida tuve algunos padres de acogida terribles y otros geniales, y, sin lugar a dudas, Gabe fue el mejor de todos con diferencia.

Me trataba como a un hijo, como si yo le importara.

Yo lo quería muchísimo, y lo echo mucho de menos.

Decenas de gotitas saladas se acumulan en su lagrimal, pero enseguida se las limpia con la mano, y la única prueba de su debilidad es la línea de barro que surca su mejilla.

Trato de ocupar mis dedos sobre mi muslo para reprimir el instinto de tocarlo. No estoy muy segura de por qué quiero consolarlo. Desde luego que consolar a humanos es lo contrario de lo que nosotros tenemos que hacer aquí abajo.

—Debe de haber sido duro —no puedo evitar decir—. Lo de crecer con padres diferentes todo el tiempo, digo. Yo no soporto a mi padre la mayoría de los días, pero al menos ya sé lo que puedo esperar de él.

Se estira contra la pared y deja la mirada perdida en algún punto del barco.

—Mi vida fue diferente. Yo jamás sentí pertenecer a ningún sitio, ¿entiendes a lo que me refiero?

Noto una punzada en el corazón; sus palabras se clavan en mi pecho como una garra afilada.

Me chupo el labio inferior.

—Conozco esa sensación.

De repente fija sus ojos en mí sin disimular la sorpresa.

—¿En serio la conoces? Yo pensaba que tú tenías la vida resuelta. Ya sabes, al ser tu padre quien es…

—Precisamente por eso. —Con el pulgar, me quito el barro que se me ha acumulado debajo de la uña del dedo anular y lo tiro al suelo—. Mi padre está empeñado en que yo sea quien ocupe su lugar. Pero eso no puede ser. Es decir, yo no estoy destinada a convertirme en quien él quiere.

—¿Y en quién estás destinada a convertirte si puede saberse?

Alzo la cabeza y frunzo el ceño. Hasta ahora nunca nadie me había preguntado algo así.

He soñado miles de veces con todos los lugares que me gustaría visitar, pero jamás he imaginado cómo sería la vida más allá de los muros de piedra de Dominus. Y cuando mi padre anunció que yo lo sucedería en el trono, nadie me preguntó si eso era lo que yo quería. Y mucho menos mi padre.

Trago saliva y doy vueltas al rubí que adorna mi dedo.

—Pues no lo sé, pero, a diferencia de lo que todo el mundo piensa, a mí eso no me atrae.

Mi padre es uno de los seres más poderosos del universo, pero también es el más solitario que conozco.

Nunca ha querido contacto con nadie. Ni siquiera conmigo.

Y yo no quiero convertirme en él, y temo que eso sea lo que pase cuando tenga que ocupar su sitio.

Y las cosas ya han empezado a ser así. Por ejemplo, el único amigo de verdad que tenía aquí abajo ahora me evita tanto como vosotros evitáis las plagas.

Nate me mira con semblante serio.

—¿Y qué hay de tu madre? ¿Es que ella es tan terrible como tu padre?

Siento como un latigazo en la garganta y me concentro en el horizonte de color marrón siena que se desdibuja a uno y otro lado de nosotros.

—No la he visto nunca. Mi padre se niega a hablar de ella, pero otros demonios me han contado cosas. Me han hablado de cómo se conocieron y se enamoraron. Y de que mi padre la arrojó al río Ignis por traicionarlo.

—¿Al sitio ese en el que se mata a los demonios?

Asiento con la cabeza, con los ojos fijos en el suelo, que parece recién pulido.

Nate coge aire.

—Entonces ¿tu padre acabó con la vida de tu madre?

—Eso es lo que me ha llegado.

—Vaya, y yo que pensaba que mi vida era un desastre.

Nate me pone la mano sobre la rodilla.

Ahora mismo estamos hombro con hombro, y no tengo intención de apartarme. Su mera presencia me relaja, sus ojos impregnados de tristeza y algo que yo diría que es bondad. Aún no estoy segura. Nadie me ha mirado nunca así.

Inspiro lentamente al tiempo que saco la foto de mi madre del corpiño del vestido.

Aparte de mi padre y de mí, nadie más sabe nada de ella, ni siquiera Atty. Y al hablar de ello con Nate, sé que me estoy arriesgando a que descubra que lo estoy usando en vez de rescatarlo.

O tal vez ahora estará dispuesto a ayudarme porque sí, porque quiera. Porque él mejor que nadie sabe lo que es perder a un padre.

Temblando, le muestro la fotografía que sostengo entre los dedos.