Hoy no, Satán Capítulo XXIII
43%

Capítulo XXIII

XXIII

Me doy la vuelta y abro los ojos de par en par, aterrada.

Los avariciosos asoman por la puerta, profiriendo gritos de sorpresa que escapan de sus agrietados labios.

A ellos el lodo no los detiene. Cuando consigo arrastrar a Nate hasta el final del puente, ya están en lo más alto de la escalera.

Utilizan las barandillas para impulsarse y trepan por el puente hacia mí.

Podría intentar adelantarlos y dejarlos atrás, pero Nate es, literalmente, un peso muerto que llevo a la espalda y me dificulta el avance. Los músculos me palpitan y siento que me falta el aire por la subida. Tiene que haber alguna forma de detenerlos.

Me las ingenio para recostar a Nate sobre la barandilla, y me pongo de rodillas dispuesta a inspeccionar el puente. Los listones van unidos unos con otros con el mismo hilo amarillento que las barandillas, el cual se enrosca y ata en los postes de madera de los dos extremos del puente.

Por debajo de nosotros, en el lago Sanguis, el agua dibuja remolinos entre los que se vislumbran cientos de aletas que cortan el agua arriba y abajo.

Me estremezco, y doy gracias por haberme obcecado tanto en llevar a Nate hasta un lugar seguro desde el que ahora tomo conciencia de nuestra precaria posición.

De rodillas en el embarrado terraplén, tiro de una de las cuerdas y el puente comienza a balancearse.

Un caminante oscuro se va de cabeza al agua de un rojo intenso con un notable chapoteo.

El líquido cede su sitio a las burbujas mientras todas las criaturas se congregan en torno al recién lanzado y silencian sus gritos.

Me entra una arcada tal que me veo obligada a girar la cabeza. Mejor ellos que yo. Además, todas esas criaturas acabarán volviendo a la parcela 8 cuando se aburran de jugar.

De pie, agarro a Nate y me lo vuelvo a colocar a la espalda antes de respirar hondo y sacar la espada.

«A la de tres».

Piso el barro y pierdo el equilibrio. La primera cuerda es tan fina como el pelo del señor Bellum, por lo que el filo de la hoja de mi acero no tarda en acabar con ella. Sigo dando tajos a la cuerda que está más abajo del segundo poste hasta que también consigo finiquitarla.

Los caminantes oscuros flaquean al pasar, pero no se caen. Se me acercan cada vez más tambaleándose, mientras yo sigo apartándome el flequillo de la frente y limpiándome la ceja.

Nate gime y lloriquea contra mi espalda. Lo hago callar y lo subo otro poco más antes de cortar sin ningún escrúpulo la tercera cuerda.

Ya solo quedan dos. Una vez que las corte, los caminantes oscuros serán problema de esas criaturas y no mío.

El caminante oscuro que encabeza el grupo profiere un grito de sorpresa y trata de hacerse con el rubí que luzco en el dedo.

—De eso nada. Ni se te ocurra.

Estiro la mano para darle un empujón y apartarlo de mí, y, en ese momento, una bola de fuego sale de mi palma y da al caminante oscuro en el pecho. Todos los demás chillan, chocan entre sí y caen al suelo desnudos como las fichas de un dominó humano.

Me miro la palma de la mano con los ojos como platos. «Bolas de fuego. Vaya, eso es nuevo».

La cuerda superior se mueve y cede al filo de la hoja de mi espada.

Los caminantes oscuros avanzan dando traspiés por los tablones irregulares con el cuerpo resbaladizo por la suciedad.

Dos caen de espaldas antes de deslizarse por las tablas y precipitarse al agua.

Los demás miran, petrificados por el miedo.

Algunos se agarran con fuerza a la barandilla y aúllan, con ojos suplicantes.

Siento que me quema la parte de atrás de la garganta y cierro los ojos ante su lastimosa mirada.

—Lo siento —susurro—. Vosotros ahora ya pertenecéis a esas criaturas.

Justo entonces blando la espada y hago saltar por los aires la única cuerda que queda.

El puente se viene abajo con un ruido seco, y los caminantes oscuros desaparecen debajo sin hacer el más mínimo ruido. En un instante están rodeados de aletas.

Pesarosa, me cargo otra vez a Nate a la espalda y comienzo a bajar la escalera para llegar a la orilla que tenemos debajo.

Me tomo mi tiempo, ya que tengo las suelas de las botas tan llenas de barro que me resbalo sobre el metal.

Cuando por fin logro llegar abajo, me duelen los dedos de agarrarme tan fuerte a la baran­dilla.

Mientras me masajeo la mano, observo los alrededores.

Nos urge encontrar un sitio en el que escondernos para que Nate pueda recuperarse, y preferiblemente uno que quede lejos de aquí.

Los rastreadores de los caminantes oscuros avariciosos alertarán a los soldados, y estos, nada más enterarse de su huida, vendrán directos a por nosotros.

Necesitamos salir de aquí antes de que lleguen.

Un fuerte estruendo capta mi atención por la derecha, y se me hace un nudo en el estómago.

Sospecho que ya han llegado.

El navío de los soldados es mucho más impresionante que ese bote que Nate y yo cogimos prestado para venir a la isla.

Tiene un techo rígido de metal y es lo suficientemente grande como para transportar, como poco, a diez soldados.

Se trata de uno de los barcos más nuevos de la flota de mi padre.

Es más rápido que el bote de madera propulsado por carbón, y, además, el casco es a prueba de manchas e impenetrable, por lo que, pese a sus dientes afilados, las criaturas del lago Sanguis no tienen nada que hacer con él.

«Nos servirá».

El barco lleva a los soldados hasta la orilla, que pisan de un salto de dos en dos, y echan a correr tras los caminantes oscuros pringosos que emergen del agua.

Los avariciosos gimen y se esfuerzan por hacerse con las armas de los soldados.

Uno de ellos consigue la bota de un soldado y la levanta en el aire como si fuera un trofeo.

Aprovechando la distracción de los soldados, acelero la marcha en dirección al barco todo lo que el peso del cuerpo de Nate me permite. No han dejado a nadie haciendo guardia. «De maravilla».

Respiro hondo y subo la pasarela de embarque que lleva hasta el barco. Este es lo bastante grande como para que los dos nos tumbemos en el suelo y ni nos toquemos. Las paredes son muy altas, y el metal está a prueba no solo de las criaturas del agua, sino también de las flechas de los soldados.

En cuanto a nuestro vehículo de fuga, nos podría haber ido peor. De hecho, en otra ocasión ya nos fue infinitamente peor.

Dejo caer a Nate sobre el suelo vacío y voy a toda prisa a los mandos de control. Solo hay un timón y una palanca, así que, al menos, la embarcación no parece complicada de manejar. Aunque, bien pensado, aquí nunca hay nada fácil.

Llevo la palanca hacia delante y no pasa nada. Noto cómo el sudor me baña la nuca. Inspecciono atentamente el resto de la proa, y suspiro al descubrir las puertas metálicas que hay bajo el timón de acero.

«Bien». Lo primero es arrancar la cosa esta.

Abro el compartimento en el que se almacena el carbón y arrugo la frente.

No hay cebador. Busco un cebador o una antorcha encendida, pero no hay nada ni entre la hulla ni junto al timón de acero.

Ya lo entiendo: por eso los soldados no se han molestado en dejar a nadie aquí. Se han llevado el cebador con ellos.

O al menos uno de los cebadores.

Bajo la vista a las palmas de mis manos.

Me ha funcionado antes en el puente. Venga, consíguelo otra vez, por favor.

Con los ojos cerrados, extiendo el brazo e imagino unas brasas ardiendo.

Las dibujo en mi mente con todo lujo de detalles, y entonces el calor me empieza a recorrer todo el brazo y me atraviesa la palma de la mano.

Las brasas sueltan chispas, sale un resplandor naranja y el motor ruge al arrancar.

Una sonrisa de oreja a oreja se instala en mi rostro. Nos va a venir de perlas.

—¡Oye, oye! —vocifera un soldado desde la orilla—. ¡Fuera de ahí ahora mismo!

Levanto la cabeza de golpe, doy un rodillazo a la puerta para cerrarla y echo mano a la palanca antes de respirar hondo.

Allá vamos.