Hoy no, Satán Capítulo XXII
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Capítulo XXII

XXII

Me adentro en el bosque sin apenas poder respirar.

—¡Mamááá! ¡Vuelve! ¡Ven!

Nate me agarra de la muñeca, pero consigo soltarme y continúo corriendo.

Sigo el rastro de la sombra que va de un árbol a otro, una especie de borrón entre los troncos y las ramas muertas.

Mi corazón martillea en mi pecho.

«Ha venido para encontrarme».

Seguro. Eso es lo que hacen las madres.

—¡Mamá, mamá! ¡Espera! Ya casi llego a ti. —La persigo sin descanso, a tal ritmo que me duelen las piernas de tanto correr entre el barro.

Pero ¿cómo es posible? ¿Cómo se las ha ingeniado para venir hasta aquí? Es evidente que o está muerta o todo ha sido fruto de mi imaginación. Y ninguna de las dos cosas tendrá un final feliz.

Patino hasta que paro en seco y dejo caer la cabeza sobre el pecho, jadeante.

Otra de las sucias tretas de mi padre. Fijo.

Es como si se me cerrara la garganta mientras las lágrimas me nublan la vista.

Esta parcela te muestra las cosas que más deseas.

Yo deseaba con todas mis fuerzas tener a mi madre a mi lado.

Ansiaba que necesitara tanto verme que fuera capaz de cruzar el inframundo solo por mí.

Pero no ha sido más que una ilusión. Estoy tan sola como Nate.

Siento una horrible taquicardia por la carrera que me he pegado. Me doblo sobre mis piernas para coger aire y frunzo el ceño al ver una rama partida.

Podría tenerla aquí ahora si quisiera. La madre de esta parcela me aceptaría más que la madre que no me está esperando en la Tierra.

Esta parcela me dará lo que yo más quiero: una madre que no solo me quiera, sino que me acepte.

Un progenitor que sienta cariño hacia mí.

Aunque para eso no me importe pasarme el día persiguiendo fantasmas.

Los ojos se me llenan de lágrimas y agito las palmas contra los muslos. Eso significaría quedarme aquí eternamente mientras ella se me mostraría para luego desaparecer una y otra vez. Sin duda, sufriría la tortura que mi padre tuvo en mente al construir este lugar.

No. Por mucho que mi madre huya de mí cuando me vea en persona, prefiero eso mil veces antes que vivir con un fantasma.

—Tú no eres real. —Cierro los ojos y una lágrima resbala por mi mejilla. Cubro la empuñadura de la espada con las manos y siento cómo el metal se me clava en la palma—. Por favor, DÉ-JA-ME. Vete. Quiero estar sola.

El susurro cesa. La brisa me despeina y enseguida para. Cuando abro los ojos, mi madre ya se ha ido. Delante de mí lo único que queda es una madera podrida con las huellas embarradas de los condenados.

Me limpio la cara con el dorso de la mano y me tomo un momento para estabilizar la respiración; luego regreso donde está Nate con las piernas temblándome de agotamiento.

—Vale, ya está —espeto asomando la cabeza entre los árboles—. Ni se te ocurra decirme nada. Ya estoy lo suficientemente abochornada por haber picado como para que tú ahora… ¿Nate?

No está donde lo dejé. En el suelo aún se ven las marcas de nuestras botas, pero sus huellas siguen en dirección contraria.

Gimo.

«Otra vez no, por favor».

—¿Nate? ¿Dónde te has metido? —sigo sus pisadas, y avanzo dejando que mis pequeñas botas sean absorbidas por la forma de las suyas, considerablemente más grandes—.

Vamos, no es momento de jueguecitos. Estoy cansada.

Y llena de porquería. Y ya te he dicho unas cuantas veces lo mucho que odio estar en las parcelas.

Lo veo al borde del bosque, de espaldas a mí, encorvado sobre el tocón de un árbol. Exhalo al descubrir la enorme puerta que hay tras él.

—¡Ah, qué bien! Enhorabuena —le felicito—. Veo que has encontrado la salida. Se te dan bien estas cosas, ¿eh? Al final me vas a ser útil en este viaje.

No responde. Y me resulta rarísimo que no apostille mi comentario como suele hacer siempre. Enarco las cejas y me acerco a él.

Está completamente doblado, vomitando y con la mano en el estómago. Las lágrimas resbalan por su rostro, lleno de mugre y sangre.

«¿Qué mierda…?».

Le acaricio la espalda y pega un bote. Su cuerpo tiembla tantísimo que los dientes le castañetean como cubitos de hielo contra un cristal.

Las palabras se me agolpan en la garganta incapaces de salir.

—Nate, ¿estás bien?

Sacude la cabeza. Su voz suena baja y apática, débil, como si me estuviera contestando desde muy muy lejos.

—Era tan real… que hasta lo olí. El bizcocho de zanahoria que solía preparar mi madre. Una vez que lo sacaba del horno, el apetitoso olor a canela y queso crema lo impregnaba todo un día entero. Y siempre me dejaba rebañar la batidora al terminar.

—¡Oh, no, Nate! —suspiro—. Te lo ruego, dime que no lo has comido.

Se gira hacia mí. Aún tiene en los labios restos del azúcar glaseado, y vomita otra vez.

—Sabía exactamente igual al suyo. ¿Cómo es posible? —gime y se pone en posición fetal para calmar el estómago.

Me pongo de rodillas a su lado y lo zarandeo por los hombros. No se mueve. Me doy golpecitos con los dedos en la rodilla y trato de traer de vuelta a mi mente las clases con el señor B y todo lo que aprendimos sobre esta parcela.

Habíamos visto miles de veces que todos los objetos que los caminantes oscuros ven aquí no son más que meras ilusiones cuyo único objetivo es hacerlos caer en la tentación y luego castigarlos.

Pero recuerdo que hablamos de algo más: de lo lejos que pueden llegar los pecadores para tratar de quedarse con esas cosas.

Son capaces de enterrarlas, de sentarse en ellas y a veces incluso de comérselas.

No me olvidaré nunca de que, cuando le pregunté al señor B qué castigo recibirían por eso, él adquirió un tono verdoso muy similar al que Nate tiene ahora mismo.

—Los envenenan —me dijo como si nada—. El ácido corroe sus entrañas hasta que llegan a marearse por el dolor. Es superdesagradable.

—¡Joder, Nate! ¡Joder! —Me froto las sienes con los dedos sucios—. ¡Pero ¿qué has hecho?!

Hasta nosotros llega un grito ahogado procedente del bosque, seguido por gemidos angustiosos, como si los árboles estuvieran retumbando, desesperados.

Despotrico para mis adentros a medida que el sonido se aproxima, giro a Nate hasta dejarlo tumbado bocarriba y lo zarandeo por los hombros.

—Venga, vamos. Tenemos que salir de aquí como sea.

Abre los ojos, y yo me siento sobre los pies y relajo la mandíbula.

—¿Devica?

Le paso la mano por detrás del hombro y lo ayudo a sentarse.

—¿Crees que aguantarás?

—Sin duda.

Se levanta enérgico, pero al instante cae al suelo como un peso muerto.

—Pues no lo parece.

En ese mismo momento un caminante oscuro emerge del bosque seguido de, como poco, otros veinte más. Nada más vernos, avanzan hacia nosotros con sus cánticos resonando entre los árboles.

Suspiro con exasperación, y con la mirada voy de ellos al muchacho seminconsciente que yace en el suelo.

De verdad, ¿es que en este sitio todo tiene que ser tan complicado?

Gruñendo, paso un brazo por encima del hombro de Nate.

—¡Vamos, arriba, chico bizcocho!

Lo empujo para que se levante hasta que consigo que los dos estemos de pie. Nate se vence sobre mí como una carga pesada y me hunde en el barro.

A duras penas consigo llegar hasta la salida, rogándole que ande y arrastrándolo como puedo.

Cuando por fin llego a la salida, me abrasan todos los músculos.

Para darme una tregua, lo apoyo en la pared antes de agarrar el pomo y abrir.

La puerta rechina a modo de protesta. Se abre una rendija antes de que la madera se atasque en el barro.

Maldigo a diestro y siniestro, y tiro lo más fuerte que puedo.

Tengo la espalda empapada. No tengo ni idea de si es barro, agua del lago o sudor. Podría ser cualquier cosa. Aprieto la mandíbula y sigo tirando.

Desde luego aquí querría ver yo al listillo que sugirió poner barro en la salida.

Es evidente que nadie ha abierto esta puerta en años. A diferencia de la que hay en la entrada, está hecha con el acero más duro que existe y su única función es dejar atrapados a los caminantes oscuros débiles.

Lo que pasa es que yo no soy ningún caminante oscuro. Y ni mucho menos soy débil.

—Échame un cable con esto. —Coloco los pies firmes en el barro para ganar equilibrio, y tiro con ganas. Las bisagras chirrían, pero me da igual, ahora ya tenemos hueco para pasar.

Nate apenas ha recuperado del todo el sentido cuando lo separo de la pared. Se le cae la cabeza sobre mi hombro y su mandíbula se pierde en mi cuello.

—Apóyate así en mí, Nate. Aguanta, ya casi estamos.

Tiro de él para sacarlo por la puerta mientras un caminante oscuro intenta, sin éxito, agarrarme de los pelos.

El puente que parte de esa maldita isla y continúa sobre el agua queda justo por encima de nosotros, con sus deteriorados listones de madera moviéndose y a punto de partirse por la mitad. Parece que no hay nadie vigilándolo.

Ya era hora de que pudiera darme un respiro.

Una escalera altísima conduce hasta el puente. Me muerdo el labio inferior. Bueno, tal vez no vaya a respirar mucho.

—Nate —intento explicarle—, voy a subirte a este puente, pero necesito que colabores un poco.

Muevo las caderas para cambiarlo a él de posición, y pruebo a colocarlo a mi espalda. Para que no se caiga al suelo, entrelazo sus manos alrededor de mi cuello como si fuera la capa que he perdido.

Llevo el flequillo pegado a la frente, pero hago lo posible por apartármelo antes de agarrarme a la escalera de metal con la mano sudorosa.

—Solo necesito que te mantengas en pie. ¿Podrás? —Nate masculla algo contra mi espalda—. Por la cuenta que nos trae, me lo tomaré como un sí.

Comienzo a subir, maldiciendo entre dientes y agarrada a la barandilla de cada lado mientras Nate sigue tirando de mí hacia abajo. Unos goterones de sudor me recorren la frente y van a parar al ojo, pero no es momento de limpiármelos.

—Mmm, hueles a galletas —me suelta Nate desde detrás de mí—. ¡Qué aroma más delicioso!

Arrugo las cejas al oírlo, pero no aminoro la marcha.

—Sí que era potente el veneno, amiguito. Aguanta un poco más, Nate. En cuanto lleguemos al otro lado del puente, buscaremos algún sitio donde puedas esconderte para dormir la mona, ¿trato hecho?

Ni me responde. Nada más poner el pie en el último peldaño de la escalera, dejo escapar un grito débil pero triunfante. Noto todos los músculos del cuerpo destrozados, y las piernas no paran de temblarme. Me apoyo yo también en la barandilla y respiro hondo.

Nate me dice algo, pero las plumas de mis alas amortiguan el sonido. Y tal vez sea lo mejor después del desafortunado comentario de antes sobre las galletas.

Lo izo de nuevo y comenzamos a atravesar el puente con sus pies arrastrándose por el suelo por detrás de los míos.

Las puntas de las botas se le quedan enganchadas entre los listones de madera mientras andamos, y cada poco me tengo que parar para tirar de él.

Entonces vuelven a mí las imágenes de Ferus arrastrándome por un puente parecido para ir a dar a la parcela 11, y abro y cierro los ojos unas cuantas veces para deshacerme de ellas.

Indudablemente, la situación no es la misma.

Ferus solo quería humillarme. Sin embargo, yo lo estoy haciendo para salvar a Nate.

Estamos ya casi al otro lado del puente cuando Nate vuelve a decir algo. Sus palabras resultan confusas, pero su tono de voz suena urgente.

—¿Qué? —le espeto—. Como ves, en este preciso momento estoy bastante ocupada salvándote.

—Sjsfkwopwefkfw. —Es lo único que consigo entenderle.

Dejo escapar un suspiro y me doy media vuelta para que sus brazos continúen alrededor de mi cuello, pero nos quedemos cara a cara.

Nunca antes he visto a alguien jadear de este modo, y en mi rostro siento el aire caliente que sale de sus pulmones.

—La salida, Devica. La puerta no se cerró tras de ti.

Y, nada más decirlo, se desploma encima de mí.