Capítulo XXI
XXI
Entramos a la parcela de una zancada y las puertas se cierran a nuestro paso.
«Allá vamos de nuevo».
—¿Avaricia? —pregunta Nate, curioso—. ¿En plan multimillonarios y todas esas cosas? Bueno, entonces aquí la cosa será fácil. Esa gente no es conocida precisamente por ser violenta. Son más bien ricachones que pagan al primero que pasa por delante para que haga el trabajo sucio.
—Los humanos desean más cosas que dinero, Nate.
—Los dedos de los pies chapotean en el interior de mis botas cuando nos alejamos de la puerta, y bajo la mirada para detenerme en las manchas rojas que me cubren las piernas de arriba abajo.
Pufff, menuda pinta. Alzo los brazos para echar mano a mi capa y cubrir con ella el desastre de modelito que llevo puesto, pero solo palpo mis hombros desnudos.
¡Es verdad! Mi capa favorita está ahora mismo en el fondo del lago Sanguis.
«Maravilloso todo».
Me rodeo con los brazos y me aprieto la cintura, imitando el modo en que el tejido me arropaba como en un abrazo de terciopelo.
La parcela queda oculta a las miradas, y se llega a ella por un túnel de árboles oscuros que se curvan sobre nuestras cabezas e impiden el paso de la luz de los soles.
Se agradece la sombra después de tanto calor.
Ladeo la mandíbula y cierro los ojos ante una oscuridad que me resulta tan familiar antes de estirar los hombros y mirar al frente.
Nate pasa el pie por el barro sobre el que pisamos.
—Entonces dime, ¿qué clase de gente hay aquí?
Nos adentramos en el túnel, y miro a uno y otro lado en busca de señales de vida, bueno, más bien de muerte.
Me agarro fuerte a mí misma. Esforzándome por ser optimista, me consuela el hecho de que al menos aquí no habrá espejos.
Solo nos toparemos con caminantes oscuros voraces y famélicos que llevan siglos en soledad.
—La avaricia va de desear más de lo que ya tienes —le explico—. Es no tener nunca suficiente.
—¿Acaso eso no le pasa a todo el mundo? —me pregunta—. No se me ocurre ni una sola persona que no quisiera tener más de lo que ya tiene.
—Sí, tienes razón. Pero, a ver, el hecho de querer más no es motivo suficiente para que te envíen aquí.
Aquí vienen quienes hacen cosas malvadas para conseguir lo que quieren.
Es decir, quienes mienten, roban… En definitiva, quienes dañan intencionadamente al resto para salirse con la suya.
—Bajo la mano hasta la empuñadura de la espada mientras continuamos por el túnel, con los músculos tensos—.
Vete con ojo. En el Infierno, los caminantes oscuros no tienen nada.
Están tan privados de todo que querrán lo que sea que vean que tenemos.
Echa un vistazo a su cinturón y hace un gesto con las manos.
—Yo lo único que tengo son un par de cuchillos y este uniforme.
Me toco el muslo con la mano que me queda libre, y abro bien las orejas para escuchar el más mínimo movimiento.
—Eso es más que suficiente. Te aviso: veas lo que veas, no lo toques ni lo cojas, por muy atractivo que te parezca. Nos tentarán con todo tipo de cosas, te lo advierto.
Nos agachamos para pasar entre los árboles y vamos a salir a una playa. Nate silba por la sorpresa sin querer. Mientras que la parcela 11 era un sitio angosto repleto de recovecos, la parcela 8 cuenta con un territorio amplísimo.
La arena cristalizada aquí ha sido reemplazada por un barro que nos pringa las botas.
Y hasta la orilla llega la misma agua sanguinolenta en la que casi nos ahogamos antes.
Me doy la vuelta, quejosa. El bosque tampoco es mucho más confortable.
En lugar de ver palmeras de esas cuyas hojas llegan al cielo, la isla está repleta de tocones de madera podrida y de moscas revoloteando alrededor de las raíces.
—Me resulta increíble lo distintas que son las parcelas. No hay ninguna similar a la mía. —Nate mueve la nariz—. ¿Qué es ese olor?
—Un poco se debe a este lodo, y otro viene de allí. —Apunto a los miles de caminantes oscuros que yacen en el suelo entre gemidos. Podría decirse que muchos de los cuerpos están literalmente enterrados en la mugre. El barro es una mezcolanza de partes del cuerpo.
—Esto parece sacado de una peli de zombis. —Abre los ojos de par en par para examinar la playa—. Y… y… ¿están, ya sabes, desnudos?
Los ojos se me llenan de lágrimas cuando el hedor de la carne en descomposición se instala en mis fosas nasales. Cojo aire y, como puedo, reprimo las ganas de vomitar.
—Ya te dije que aquí les quitan todo. Y todo… es todo.
Nate coloca la mano ahuecada sobre las cejas para ver mejor:
—Yo no veo soldados por aquí. Déjame adivinar. Estamos en otra de esas parcelas que a los demonios no les gustan nada.
Me encojo de hombros.
—Mi padre sabía que solo podría emplear a unos cuantos demonios.
Por eso hay bastantes parcelas que son autosuficientes.
Y, al igual que antes, a nosotros ahora mismo eso nos beneficia.
Hay un puente elevado en el otro lado de la parcela que nos llevará a la orilla. Solo necesitamos pasar… desapercibidos.
Un caminante oscuro alza la mirada desde su agujero en el barro cuando señalo en su dirección. Sus ojos multiplican su tamaño al vernos, y deja escapar un gemido antes de ser arrastrado por los brazos.
Me entra un escalofrío y a Nate le viene una arcada.
—Vale, eso es asqueroso —dice—. Creo que prefería los espejos.
—Para ti es fácil decirlo —le espeto con la nariz tapada—. Tú solo viste tu propio reflejo.
—Oye, oye, y también tuve que abrirte y sacarte el cristal ese malévolo.
—Eso es cierto —mascullo—. Y encima me da que fue mucho más desagradable para ti que para mí.
—Pues agradable no fue, no—. Le siguen viniendo arcadas mientras continuamos abriéndonos paso entre los cuerpos—. Pero, aun así, me quedo con aquello antes que con esto.
Los caminantes oscuros lloriquean y se retuercen a nuestro paso. Sus manos cubiertas de mugre se agarran al dobladillo de mi vestido, tiran de los cordones de mis botas y rozan mi espada.
Pego un brinco justo cuando uno se me agarra al tobillo e instintivamente le doy una patada en la cara.
—¡Suéltame!
Chilla, pero mantiene el agarre. Noto que la bota se me sale del pie.
—Te he dicho que me sueltes. —Desenfundo la espada y la bajo. El caminante oscuro agarra el filo y tira de él. Los ojos se le salen de las órbitas al ver la empuñadura de plata.
Un segundo caminante oscuro grita y me roba el arma, seguido por un tercero que me salta sobre la espalda. Me sacudo tratando de tirarlos al suelo y deshacerme de ellos, pero me clavan sus afiladísimas uñas. Grito con todas mis fuerzas.
Nate está de rodillas, detrás de mí, cavando sin parar entre el barro.
«¿Qué hay ahí más fascinante que el cruel ataque del que estoy siendo víctima?».
Le lanzo barro con el pie para llamar su atención, pero ni caso. Me pongo furiosa, mas, pese a ello, ahogo un grito cuando las uñas del caminante oscuro reabren el corte ya casi curado que tengo en el hombro.
—¡Nate! —vocifero—. ¡Ayúdame!
Aprieto los dientes y hundo los tacones en la mierda; las palmas me sudan y amenazan con dejar escapar la espada.
Grito, lloro y retuerzo todo el cuerpo para tratar de quitarme de encima a esa gente que tengo colgada. El peso que aguanto sobre el tobillo por fin disminuye cuando uno de los caminantes oscuros se escurre y cae inmóvil al suelo. Nate está justo detrás del cuerpo, con la porra en el aire.
—¿Con que querías asustarme? —Me enzarzo en una pelea con el segundo caminante oscuro—. Quita tus sucias manos de mí.
Nate baja la mirada para contemplar a uno de los caminantes a los que él ha golpeado y empuja su cuerpo inerte con el pie.
—Espero no haberlo matado.
—Ya está muerto, ¿te acuerdas? —espeto entre dientes mientras mis botas resbalan en el barro—. Vamos, Nate, acelera.
Da con la porra al individuo que llevo a cuestas y, como consecuencia del impacto en la cabeza, este cae al suelo.
Salgo disparada cuando el peso desaparece y paso el filo de la espada por las manos del último caminante oscuro.
Este suelta su espada con un lamento y se agarra la palma con gesto de dolor justo antes de desplomarse tras el tocón de un árbol.
El barro me salpica el vestido y me cabreo.
«Perfecto».
Trato de tirar de mí misma, pero resbalo y caigo de espaldas sobre toda esa mugre con un sonido repugnante.
—¿Necesitas ayuda? —Nate me tiende la mano.
Aprieto los dientes y, muy a mi pesar, la acepto y me agarro de él, que tira de mí para ponerme de pie intentando disimular una sonrisilla.
Las mejillas se me ponen rojas a más no poder, y siento el calor subiéndome por el cuello.
—¿De qué narices te ríes?
—No me río. Simplemente… el barro te favorece mucho, Dev. Tienes un poco… Espera… —Se apresura a limpiarme la mejilla con la manga antes de que lo aparte de un empujón.
—Esto no debería hacerte tanta gracia. —Doy un pisotón y golpeo a los caminantes oscuros que osan ponerse en mi camino—. Esta gentuza casi me quita la espada.
—No te pongas así—. Nate se apresura para llegar a mi lado—.En la Tierra la gente paga dinerales por los tratamientos con barro. Mira, te doy esto para que te pagues uno cuando lleguemos.
Lanza algo dorado al aire y lo cojo. Es una moneda, resplandeciente, con una calavera sonriente y dos tibias cruzadas en la parte de delante. Aprieto el puño con ella dentro y la arrojo a la playa. Explota en una bocanada de humo antes de rozar el suelo. Nate carraspea.
—¿Era esto lo que estabas tan entretenido buscando bajo tierra mientras a mí me atacaban vilmente? Ya te dije que debías tener cuidado en este sitio. Que tratarán de tentarte con lo que sea. Pero, como pasaba en los espejos, aquí todo es una ilusión.
Contempla el espacio y deja la mirada perdida donde la moneda se ha desintegrado hace apenas un momento, y asiente con la cabeza.
—Ya lo entiendo. Tal vez este sitio me afecte a mí pero a ti no. Ya sabes, al revés de lo que pasó en los espejos. Tú sabías que esa moneda era falsa, pero para mí era real.
Abro la boca para contestar, pero la cierro cuando un susurro que parece venir desde detrás de él atrapa todos mis sentidos. Mis dedos bañados en barro rodean la punta de mi espada.
—¿Qué ha sido eso?
—Yo no he oído nada.
—Sí, viene de allí. —Hay un destello negro y algo que se mueve a toda velocidad detrás de un árbol. Solo lo vislumbro una milésima de segundo, pero lo que veo es suficiente para dejarme sin aliento.
Conozco ese pelo y esa piel. Los llevo viendo en el espejo toda mi vida. Y, hace poco, los vi también en las fotografías que reduje a cenizas.
Doy un paso tembloroso hacia la figura.
—¿Mamá?