Capítulo XX
XX
El bote se tambalea nada más pisarlo, pero Nate lo sujeta contra el muelle para estabilizarlo. Una vez dentro, me desplomo en la bancada con las piernas aún temblando.
El eco de otro grito llega a nosotros desde los acantilados, y una flecha silba a su paso por mi oreja y me fuerza a prestarle atención.
—¡Vamos! —Meto las palas en el agua y remo, sin perder de vista a los soldados en lugar de prestar atención al líquido que se arremolina debajo del barco.
El ejército desplegado por mi padre se divide en dos grupos, y uno de los batallones baja corriendo la rampa para llegar a la orilla.
Los demás se disponen en una fila perfecta en lo alto del acantilado y cargan flechas de las aljabas que llevan a la espalda.
Alzo la cabeza para mirar el muelle, y veo que sigue despejado, pues los soldados aún están dispersos por la orilla.
No conseguimos avanzar lo suficientemente rápido.
—¡Nate! —Con los pies le acerco el segundo par de remos que hay en la cubierta del barco—. ¿Me echas una mano?
—Por supuesto. —Pestañea y agarra los remos. Sincronizamos nuestras brazadas, y por fin el bote coge velocidad, pero no logramos el ritmo rápido que necesitamos. Una flecha apunta directa a la cara de Nate.
—¡Nate! ¡Agáchate!
Suelto los remos, pego un salto y me lanzo sobre él hasta que queda tendido debajo de mí. La flecha nos pasa al lado, tanto que me roza el pelo.
Se me revuelve el estómago con el bamboleo del barco, y me coloco para apoyar los codos a cada lado de Nate.
Nuestros cuerpos yacen completamente alineados. Seguimos sin aliento por la carrera hacia el barco, y jadeamos a la par, tan sincronizados que nuestro pecho sube y baja a la vez, acompasado. De hecho, ya no sé si lo que da contra mi caja torácica es mi corazón o el suyo.
Me regala una de sus sonrisas socarronas.
—Me siento acosado. Si querías intimar tanto conmigo, me podías haber preguntado antes.
Lo miro furiosa, y voy a abrir la boca para replicarle cuando una ola viene directa hacia nosotros y nos golpea con violencia.
Dejo escapar un grito, me agarro sin pensarlo a los antebrazos de Nate y escondo la cara en su pecho. Me abraza, y seguimos así hasta que el barco deja de moverse y yo consigo relajarme agarrada a él.
—Ahora lo entiendo —dice—. Ya sé qué te pasó ahí arriba en la orilla. Tienes miedo al agua.
Levanto la cabeza y lo miro a través del pelo que tengo pegado a la cara.
—Yo no tengo miedo. Simplemente es que… no estoy acostumbrada al agua. En Dominus, la única agua que tenemos es la de los ríos que conducen a la ciudad del pecado, y nunca he tenido que sumergirme en ellos.
Me coloca el pelo detrás de la oreja, y noto ese cosquilleo que me invade cada vez que me roza.
—Tranquila, no quería ofenderte. Mucha gente tiene miedo al agua.
Ruedo hacia un lado para apartarme de él y me quedo tumbada boca arriba mirando absorta las bolas naranjas que giran sobre nuestras cabezas.
—De todos modos… tú también deberías tener miedo de este lago.
—No, yo no. A mí me apasiona el agua. Me paso, o me pasé, casi toda mi vida en la playa mirando el océano. Para mí, su grandeza es sinónimo de libertad. Esa imagen es lo único que me aporta paz.
Un sentimiento de afecto sacude mi pecho como si de un calambrazo se tratara.
—Yo tengo estrellas pintadas sobre mi cama exactamente por el mismo motivo.
Siempre he querido saber cómo será eso de mirar al cielo de la Tierra por la noche y perderte observando estrellas.
Conocer esa sensación de… infinito. Porque apuesto a que no es un infinito triste como el vacío negro de Dominus, imagino más bien un infinito… libre.
Giro la cabeza a la vez que él gira la suya y nos quedamos mirándonos. Nos comprendemos tan bien que es como si estuviéramos conectados por un hilo invisible. Inclina la cabeza para acercarla más a la mía. En sus ojos ahora mismo no hay ni un ápice de diversión.
—Devica —susurra a solo unos centímetros de mí.
Me aparto un poco y miro la pared del barco, fingiendo concentración, mientras mis dedos tamborilean nerviosos sobre mi estómago.
Creo que es mi lado humano el que se está relacionando con él de este modo ahora mismo.
Desaparecerá cuando Nate también lo haga, igual que se irá mi deseo de juntar mi cuerpo al suyo hasta casi fundirnos en uno solo y no dejar nunca la paz de este barco, aun cuando eso implique quedarnos en mitad del agua.
Otra tanda de flechas pasa sobre nosotros con un chirrido que me saca de mis pensamientos. Impactan contra el agua con un pequeño chapoteo.
«Perfecto». Ahora nos atacan.
—Bueno… —Me aclaro la garganta—. Si de verdad quieres volver a ver los océanos de la Tierra, creo que es mejor que nos movamos.
—Ya… —Y noto un deje de tristeza en su voz.
Me apoyo en los codos para hacerme una idea de nuestra posición, y en ese instante veo una flecha que viene directamente hacia mi cara. Me tumbo enseguida y cojo aire mientras la veo pasarnos por encima y caer justo por delante del bote.
—Pues… me da que debemos remar en esa dirección.
Voy a echar mano de mis remos y suelto un improperio al constatar que ahí no hay nada más que aire.
—Ups, Nate. Me parece que se me han caído los remos. ¿Crees que avanzaremos solo con los tuyos?
—Digo yo —afirma—. Pero sospecho que nos resultará más sencillo si cada uno rema por un lado.
Me tiende un remo. Meto la pala en el agua, agarrándola muy fuerte para que no se me caiga. Si perdemos otro remo, estamos muertos. Condenados a dar vueltas en círculo hasta que los soldados nos alcancen… O hasta que lo que sea que viva en este lago nos atrape.
—Vale. —Aprieto la mandíbula—. Es importante que rememos a la vez. A la de tres. Una… dos… tres… ¡a remar! —El agua chapotea a nuestro alrededor y el barco es empujado hacia delante. Respiro despacio mientras ejecuto el movimiento y vuelvo a colocar el remo en su posición—. Venga, otra vez.
Otro juego de flechas atraviesa el cielo.
En esta ocasión van demasiado alto y caen sobre nosotros, unas zambulléndose directamente en el agua y otras pasando por el hueco que dejan nuestras piernas.
Una de las flechas agujerea el casco del barco justo detrás de mí; su punta corta la madera como si fueran dientes.
Silbo al sentir que me raspa el hombro y percibo la sangre.
—¿Estás bien? —se interesa Nate, que sigue remando, jadeante.
—Sí, sí. —Ignoro la quemazón que noto en el brazo y me esfuerzo por mantener la velocidad con mi remo—. Ha sido solo un raspón. Venga, más rápido.
Lo hace, y yo lo secundo. Cogemos el ritmo rápidamente, y nuestros remos no dejan de cortar el agua a la par. Cada poco alzo la cabeza para asegurarme de que vamos bien, y vuelvo a bajarla para centrarme en el bote.
Las flechas cada vez caen más cerca y nos mojan. Cuando los gritos de los soldados por fin se convierten en un eco distante, me incorporo.
Lapis ha quedado atrás en la lontananza. Desde donde estamos ahora, las paredes de piedra y las antorchas se ven como edificios en la distancia.
Justo por delante de nosotros emerge la parcela 8. Su tamaño es sobrecogedor. Ocupa casi todo el horizonte, y está rodeada de árboles que dibujan una silueta espeluznante contra los soles del cielo.
Siento un escalofrío por la espalda y me ajusto bien la capa. Tendremos que rodear el terreno y encontrar una orilla en la que no haya soldados. Si no, no hay otra manera de llegar a la siguiente parcela.
Nate se acomoda en su asiento frente a mí, con la cara contraída mientras sostiene el remo mojado por encima del agua:
—Parece sangre.
—Lo es. —Giro el hombro en un intento de volver a sentir el brazo—. Como ves, mi padre es muy macabro.
—Sí… se ha ganado bien la reputación que tiene en la Tierra. —Nate baja la mirada a la cubierta del barco. Se inclina hacia delante y dice en un tono casi inaudible—: Oh, ¿Devica?
—¿Sí? —Dejo el remo entre mis piernas y me levanto el pelo que me cae sobre el cuello. Y yo que pensaba que en Dominus hacía calor… Al menos allí no tenemos que sufrir esos tres soles espantosos.
—¿Crees que esto podría ser un problema? —Nate sostiene una flecha de cuya punta caen gotas rojas.
—¿De dónde has cogido eso?
—De aquí, de la parte baja del barco. Ha hecho un agujero en la quilla. No entendía por qué tenía el pie mojado, y… ya ves. Me temo que no es la única flecha que nos ha dado.
—¿Qué? —Me levanto el dobladillo del vestido y suelto un suspiro. Como mis botas son de piel, no he notado la sustancia esa viscosa y roja que rodea mis pies. Y que ahora mismo ya me llega a las pantorrillas.
Saco todo el aire de golpe de mis pulmones, y me abrazo y me balanceo en mi sitio.
«No nos puede estar pasando esto».
—Devica. —Nate da una palmada justo delante de mi cara y me sobresalto—. Sé que estás muy asustada, pero, salvo que estés dispuesta a aprender a nadar superrápido, tenemos que encontrar algo con lo que tapar estos agujeros.
Asiento aturdida, y me afano en buscar algo en el bote vacío. No hay nada más que un par de remos y nosotros. Con dedos trémulos, me desato las cuerdas de la capa y la dejo deslizarse por mis hombros.
—¿Esto vale?
—Podemos probar.
La agarra, y me entran ganas de vomitar cuando empezamos a movernos a un lado y a otro mientras extiende el tejido por la cubierta y lo introduce en los pequeños agujeros. Inspiro con resignación mientras veo cómo mi apreciada capa desaparece bajo el mar rojizo.
«Hala, que te jodan».
—El bote está muy dañado, las flechas han sabido dónde dar. —Nate se asoma para mirar el lateral del barco—. Tal vez haya llegado el momento de que aprendas a nadar.
—Aunque supiera, no me metería ni loca en estas aguas.
—Señalo las oscuras formas que se distinguen bajo la superficie y las aletas que, desde la distancia, se ven avanzar hacia nosotros.
Un par de dientes blancos brillantes rechinan al ver mis dedos frente a ellos, por lo que quito la mano sin dudarlo.
—Son los protegidos de los demonios del agua de mi padre.
—Tienen toda la pinta. —Nate entorna los ojos y gruñe—. Pues nada, venga, vamos a tierra. Y rápido.
Remamos como si la vida nos fuera en ello, y es que nos va. Avanzamos en dirección a la parcela que tenemos delante, y el agua se va volviendo más espesa a medida que nos aproximamos a la isla.
A mis pies hay charcos de un líquido caliente, y arrugo la nariz cuando lo que sea eso se filtra por mi falda y se arremolina entre mis piernas. Deja mancha seguro.
Las criaturas se congregan a nuestro alrededor, rechinando los dientes y subiendo la intensidad de su gruñido con cada centímetro que nos aproximamos a ellas.
Nate grita cuando una de ellas sale del agua y casi le muerde la nariz.
Recuerdo que mi padre una vez me dijo que había dado forma a esas criaturas inspirándose en los tiburones de la Tierra, con la salvedad de que aquí estos especímenes son negros y tienen el cuerpo cubierto de cicatrices.
Sus ojos brillan en un tono amarillo, tan intenso que les ayuda a surcar las aguas con facilidad.
A sus espaldas, unas aletas mutiladas rompen la superficie y se dejan ver ya encogidas por la edad.
Alcanzamos la orilla con una sacudida del agua, y saltamos del bote justo cuando se parte en dos. Las criaturas agarran los trozos y tiran de ellos hacia abajo, gruñendo y chillando hasta que de pronto todo desaparece de nuestra vista.
Nate se frota la ceja con la mano ensangrentada, que va dejando un reguero escarlata por su frente.
—¡Por los pelos! Siento lo de tu bote.
—No es mío. —Me olvido de su disculpa y me centro en la puerta que se ve justo enfrente de nosotros.
Tiene pinta de ser de oro macizo, con un intrincado diseño labrado en oro (muchos de los símbolos se corresponden con la moneda que se usa en todo el mundo).
El metal resplandece bajo el brillo de los globos que dan vueltas sobre nuestras cabezas.
Las entrañas se me retuercen como los árboles en la distancia.
Solo hay tres vías para salir de esta isla: el puente que está encima de nosotros y que nos lleva directamente a los soldados de los que hemos escapado, el segundo puente que está al otro lado de la parcela y el agua repleta de criaturas muertas de hambre.
Y solo una opción es la respuesta obvia.
Trato de llegar al pomo, pero me detengo cuando Nate me roza la muñeca.
Fija la mirada en mi hombro.
—Estás sangrando. ¿Te encuentras bien?
Bajo la vista hasta el punto de mi cuerpo en el que la flecha me rebanó la piel y, como en modo automático, abro la puerta, que emite un sonoro crujido.
—Estoy bien. Venga, acabemos con esto de una vez. Nathan Reynolds, bienvenido a la parcela 8: Avaricia.