Hoy no, Satán Capítulo XIX
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Capítulo XIX

XIX

Caminamos durante días y nos escondemos en cuevas cada vez que vemos a las patrullas de soldados. Hacemos turnos para dormir ocultos en las sombras, pegados a las paredes y aferrados a nuestras armas.

Y no lo presiono. Yo también tengo pesadillas y en mis delirios nocturnos veo a Ferus y a mi padre riéndose mientras me lanzan al río Ignis, o revivo la imagen distorsionada de mí misma que me devolvieron aquellos espejos.

Así que, aunque quisiera, no podría cargar con el dolor de Nate, al igual que tampoco esperaría nunca que él cargara con el mío.

El agua que traía desaparece enseguida, y tengo el vestido todo el rato pegado al cuerpo. Me reprendo por no haber sido más previsora y haber cogido algo de ropa de recambio; escondo la bandolera, ya vacía, detrás de una roca.

—Casi estamos a mitad de camino —digo con aplomo y con la punta de los pies asomando por el borde del precipicio y apuntando hacia abajo—.

¿Ves esas islas de ahí delante? Eso es Aquarum, la ciudad del agua.

Y te adelanto que las cosas se pondrán más difíciles a partir de aquí.

Allí ya no habrá tantas cuevas como aquí en Lapis.

—¿Lapis? —Nate frunce el ceño.

—Sí, es donde estamos ahora, la ciudad de piedra. Pero no todo el Infierno es así. Ya sabes que mi padre creó un mundo entero aquí abajo.

Nate se deja caer al suelo y cuelga las piernas por el borde del acantilado. Entrecierra los ojos para tratar de ver la ciudad desde la distancia.

—Es tan… tan… roja.

—Sí. —Me agacho para sentarme a su lado, y mis doloridos pies me agradecen el descanso.

Desde donde estamos se ve cómo brilla Aquarum. Es la primera ciudad por la que pasaremos que no está iluminada por antorchas. En lugar de ello, tres grandes bolas naranjas flameantes llenan el cielo e iluminan las aguas rojo escarlata del lago Sanguis que tenemos debajo.

Al igual que en Lapis, aquí cada una de las parcelas se sitúa en una isla.

Sin embargo, a diferencia de los acantilados negros y las aguas grises que hemos pasado semanas atravesando, en Aquarum solo hay un gigantesco lago de aguas rojas oscuras y orillas embarradas.

Las parcelas están rodeadas por árboles altos y retorcidos cuyas ramas forcejean con el cielo como si también estuvieran gritando junto con los prisioneros.

—Es la playa más horrible en la que he estado nunca —suspira Nate.

—Peor que horrible. —Apoyo las palmas de las manos y enderezo la espalda—.

Y la única forma de transitarla es por los puentes o en barco, porque no podemos caminar por esas orillas desiertas en las que no hay nada para ocultarnos.

La verdad es que preferiría que fuéramos por los puentes siempre que sea posible, porque el camino es más rápido.

Lo malo es que seguro que mi padre tendrá guardias apostados en todos ellos.

Así que tendremos que ir con las orejas bien abiertas y guiarnos por lo que oigamos.

Mis palabras suenan más seguras y confiadas de lo que yo lo estoy.

Dejar Lapis supone abandonar este minúsculo confort que me quedaba.

Crecí con todas estas piedras, así que aprendí a hacerme fuerte para encajar en mi entorno.

El granito nunca podrá cambiar ni sorprenderte.

Sin embargo, el agua es tan difícil de controlar como el fuego.

Está constantemente moviéndose y cambiando, y te arrastra y lleva consigo cuando menos te lo esperas.

—Bueno, hasta ahora se nos ha dado bien —murmura Nate—.Formamos un buen equipo.

No le concedo el gustazo de responderle y darle la razón, pero es cierto que no se equivoca.

Hemos pasado mucho tiempo juntos y en ningún momento me han entrado ganas de dejarlo tirado.

Al contrario: su presencia a mi lado me ha transmitido una tranquilidad que no sabía que me faltaba.

Creo que hasta me sentiré mal cuando pase todo esto y se lo entregue a mi padre.

De pie, me sacudo el polvo del vestido y echo un último vistazo a Lapis antes de descender la rampa. Cuando llegamos abajo y el lago carmesí resplandece ante nosotros, me estremezco y me abrazo a mí misma.

El agua no es algo que me resulte familiar.

Mi experiencia con ella es más bien escasa.

Supongo que en parte es porque solo la he surcado en el carruaje de mi padre, y también por todas las historias que mi progenitor me contó acerca de que lo que nos acecha en estas aguas da mucho más miedo que los monstruos de los muchos libros que he leído.

—Dev, para. —Nate me da un tirón desde detrás de uno de los postes que indican la entrada del puente, y señala—: Mira ahí.

Sigo sus ojos. Dos soldados flanquean la salida del puente, cada uno de ellos apretando una lanza larguísima. A la espalda ambos llevan arcos de hierro y sacos llenos de flechas.

—¡Joder! —maldigo en un susurro—. Los soldados nunca van armados así.

—Eso significa que tu padre tiene miedo, ¿no? —Nate me pregunta directamente al oído, y el contacto de sus labios sobre el lóbulo de mi oreja me produce escalofríos—. No puede ganarnos si no se provee de mejores armas.

Lo miro, manteniendo la boca en una línea firme.

—Mi padre jamás tiene miedo. Para él todo esto forma parte de un juego.

Está jugando con nosotros. Estoy convencida de que esa es la razón por la que hemos tardado tantísimo, porque quiere dejarme ir lo más lejos posible y que crea que lo he vencido para luego contratacar.

—Me dejo caer contra el poste—. Tal vez deberíamos tirar ya la toalla.

—¿Después de todo lo que hemos pasado? ¡Ni hablar!

—Nate coloca sus manos sobre mis hombros y me mira a los ojos, con seguridad.

Su mirada es inquebrantable—. Si hay algo que me ha quedado claro estos últimos días, es que eres más fuerte que el diablo, y esta vez no pretendía hacer ningún juego de palabras.

Creo en ti, Dev. —Sé que me estoy poniendo roja, así que bajo la vista al suelo mientras él continúa—.

Son solo dos. Ya hemos vencido a muchos más antes.

—No son solo dos. —Señalo con el dedo hacia el otro lado del puente, donde puntas de metal resplandecen bajo la luz—. Hay bastantes más allí. Y también van armados con flechas. En cuanto nos movamos, empezarán a dispararnos.

—Tú eres inmortal y yo ya estoy muerto. No pueden hacernos nada.

Analizo las espaldas de los soldados que están en el puente. Las puntas de metal de las flechas resplandecen en rojo y plata cuando toman posición delante de la puerta.

—Esas flechas no son como las que conoces. Están fabricadas con sangre de demonio, como mi espada. No podrán matarnos, pero sí nos debilitarán, y nos arrestarán. Y entonces será mi padre el que se encargue de acabar con nosotros.

—Solo si tú le dejas.

Lo miro con los ojos entrecerrados.

—Odio cuando haces eso.

—¿Cuando hago qué? —Sus labios se curvan en una sonrisa ladina.

—Ya me conoces lo suficiente como para saber que odio perder —rezongo. Suelto una bocanada de aire y me pongo a escrutar la zona con atención—. Vale, te has salido con la tuya. Veamos: entonces el puente es la manera más rápida de cruzar el lago, pero no es la única. Tendremos que subirnos ahí.

Nate sigue mi mirada y enarca una ceja.

—¿Estás segura?

Examino el bote amarrado al puerto con una cuerda. En su día debió de ser de color naranja oscuro, pero el tiempo le ha comido el color y ahora es más bien bronce. Lo mismo se parte en dos en cuanto pongamos un pie dentro.

Pero, aun así, es nuestra mejor opción ahora mismo.

—Tendrá que aguantar. —Calculo mentalmente la distancia que hay entre el vehículo y nosotros, y hago una mueca—. No sé cómo vamos a llegar allí sin que los soldados nos vean. No hay ni un solo lugar para escondernos.

—¿Y si les hacemos creer que estamos en otro sitio?

Arrugo la frente.

—¿Y cómo podríamos hacer eso?

Se lleva la lengua contra el paladar y emite un ruido seco.

—Podemos recurrir al fuego.

Miro a nuestro alrededor. No hay ni una sola antorcha por allí. Aquarum, con sus múltiples soles, no las necesita.

—Supongo que sería buena idea si tuviéramos algún fuego por esta zona.

—Te tenemos a ti. —Nate rompe dos trozos de madera podrida de la parte de atrás del único poste que nos mantiene ocultos de los soldados—.

Y tenemos esto. Puedes prenderlos con ese truco que sabes hacer con el fuego; luego los lanzamos en dirección opuesta a la nuestra y echamos a correr como alma que lleva el diablo.

Y esta vez el juego de palabras sí es intencionado.

Cierro los dedos formando un puño.

—No es tan sencillo, Nate. Mis poderes aún son muy nuevos para mí. No los controlo. Lo más probable es que ardamos nosotros antes de que logre quemar esa madera.

—Pero ¿qué estás diciendo? —Levanta la muñeca, y la cicatriz del rastreador ya no es más que una línea blanca apenas visible sobre su piel—. Te recuerdo que conseguiste cortocircuitar mi rastreador.

—Y casi te quemo vivo en el proceso.

—Pero no lo hiciste. —Tira la madera al suelo y me agarra las muñecas—.

Devica, o acabamos ensartados como un pincho moruno o terminamos con más agujeros que un queso suizo.

Y, si te soy sincero, no me atrae mucho ninguna de las dos opciones.

Y eso que ahora mismo tengo un poco de hambre.

Me parece que tu poder ignífugo va a ser nuestra única salida.

Pego una patada al barro con la bota.

—Lo sé, pero…

Lleva mis manos sobre su pecho, y noto el sosegado latido de su corazón contra mis palmas.

—¿En serio crees que te propondría esto si me preocupara que no fueras a controlarlo? Creo ciegamente en ti, Dev. Y es hora de que tú también creas en ti misma.

—De acuerdo. —Recojo la madera del suelo y mezo los trozos en mis manos, temblorosas—. Pero, si alguno de los dos termina calcinado, la culpa será tuya.

—Lo firmo.

Asiento mirando hacia los soldados que cumplen órdenes en lo alto del acantilado.

—En cuanto haya una chispa, tiraré los trozos en esa dirección. Prepárate para echar a correr. Y espera agachado.

—Sí a todo, jefa. —Me inspira con su media sonrisa—. Puedes hacerlo, Devica.

Sus palabras traspasan mi piel y enderezo la espalda.

Cierro los ojos y me concentro en los trozos de madera rotos, su peso en mis manos, los bordes dentados de los tablones que se me clavan en las palmas.

Los visualizo en llamas mientras les suplico que lo hagan bajo mi respiración ahogada.

Me vengo abajo al abrir los ojos. Nada, ni un triste aro de humo en el aire.

Lanzo la madera al suelo.

—¿Ves? Te he dicho que no podría hacerlo.

—Sí, claro que puedes. —Nate recoge los trozos—. «A una pequeña chispa sigue una gran llama». Hasta el mismísimo Dante creía en ti.

Alzo las cejas al escuchar ese nombre que me resulta tan familiar.

El Infierno fue uno de los primeros libros que mi padre trajo de la Tierra.

Recuerdo que me gritó como un loco cuando se lo robé para leerlo.

A mi padre le fascinaban los libros que hablaban de él.

Los encontraba divertidísimos. Las únicas ocasiones en que lo veía reírse era cuando los leía.

—¿Has tenido el valor de citar a Dante? ¿Aquí, en el Infierno? ¿A la hija del diablo, nada menos? —Me cruzo de brazos—. Ya sabrás que la mayoría de lo que cuenta es mentira, ¿no?

—Sí, lo sospecho. —Una risotada alegre escapa de sus labios antes de que su rostro se vuelva serio—. Pero te aseguro que en esto no se equivoca. Puedes hacerlo, Dev. Inténtalo otra vez.

Me muerdo el labio inferior y le quito de las manos la madera con un suspiro. Pongo los trozos frente a mí y lo intento aún más fuerte con la mente. Imagino las llamas correr por mis venas; empiezan en mi corazón, siguen por mis brazos, por el dorso de mis manos, y se concentran en mis palmas.

Pongo toda mi atención en la calidez del cuerpo de Nate, muy próximo al mío. Veo la fe brillar en sus ojos, me fijo en cómo se niega a apartar la mirada aun cuando el enemigo está, literalmente, a su espalda.

¿O tal vez su enemiga es la que tiene enfrente? Ya no estoy segura de nada.

Esa manera de confiar en mí sin cuestionarme; está tan seguro de que lo ayudaré a regresar a casa. Sin embargo, lo cierto es que voy a usarlo y a herirlo más de lo que ningún demonio lo hirió en la parcela ١٣.

Yo soy la auténtica villana de esta historia, y él ni siquiera lo sospecha.

De pronto, de la madera saltan chispas; a continuación emerge una llamarada, y noto que las palmas se me doran y parece que se separan del resto de mi piel.

Suspiro, pero mantengo un agarre firme. No es como en mis clases ni como me pasa cuando me prendo fuego a mí misma.

Ahora soy yo la que controla las llamas y no al revés.

—¡Lo lograste! —me felicita Nate—. Sabía que lo harías.

—¡Corre, Nate, corre! —Lanzo hacia el puente las bolas de fuego en que se ha convertido la madera. Enseguida iluminan el cielo y caen al lago con un chisporroteo. Los soldados gritan y cientos de flechas van hacia la tabla.

Continúan disparando a la nada mientras echo a correr en dirección al muelle, apagando con los dedos cualquier resto de llama que resplandece en mis manos. Una gran sonrisa se dibuja en mi rostro. El señor B estaría muy orgulloso de mí.

Nate ya está en el pequeño bote cuando llego, soltando la cuerda que lo mantiene atado al muelle.

Las aguas granates chocan contra la orilla y me salpican la falda. Siento frío cuando las gotas se cuelan por un enganchón del vestido y me mojan la pierna desnuda.

Vaya, esto ha sido mala idea.

—¡Devica! —Nate me tiende un par de remos—. Vamos, tenemos que marcharnos de aquí.

Sacudo la cabeza. Ese bote es más pequeño de lo que parecía al otro lado de la orilla y está todo resquebrajado por los laterales. Se hará pedazos en cuanto ponga un pie dentro, y me iré al agua, y los horribles monstruos del agua me devorarán.

—No puedo—digo en un murmullo.

Nate arruga la nariz.

—¡Pero si fue idea tuya! No sé qué te pasa, pero no tenemos más tiempo. Sube o los soldados de tu padre te arrestarán. Tú decides.

Apenas ha terminado de pronunciar las últimas palabras cuando un soldado vocifera desde arriba:

—¡Están aquí!

Su grito me saca del bloqueo y agarro los remos. Siento las pulsaciones en los oídos mientras Nate suelta la cuerda del muelle.

Respiro hondo y subo al bote.