Capítulo XVIII
XVIII
A Nate se le corta la respiración y me mira.
—Llévame ante mi padre, Ferus —le repito—. Pero Metus vendrá con nosotros. Me niego a ir sola contigo a ningún sitio.
Ferus considera mi oferta y con un movimiento de hombros me responde que le da igual.
—De acuerdo. Pero aun así yo seré el que me lleve el aplauso. Venga, vamos, rapidito. Ya hemos desperdiciado demasiado tiempo.
Nate y yo encabezamos el descenso por el estrecho sendero, y los soldados nos siguen formando una especie de cuello de botella.
Bajamos por un tramo de escaleras derrumbadas que se curvan alrededor del camino por el que vinimos hasta aquí.
Nate me sostiene cada vez que me tambaleo, pero yo no lo miro.
Lo de las esposas fue cosa mía, pero debo reconocer que se me había olvidado lo mal que se siente uno cuando pierde toda su fuerza.
El aire se torna denso y pesado, y trata de llevarme hacia atrás mientras avanzo.
Ahora mismo bastaría una ráfaga de aire para derribarme.
Nate podría presionar el botón de su cinturón y liberarme, pero, con Ferus y todos los demás soldados detrás, no llegaríamos lejos ni con toda la fuerza del mundo que yo tuviera.
Cuando ya les sacamos un buen trecho y tenemos la certeza de que no podrán oírnos, Nate se acerca aún más a mí y me pregunta:
—¿Cuál es tu plan, Devica? ¿En serio vamos a presentarnos ante tu padre?
Esquivo una roca manchada de sangre y me detengo a mirar por encima del hombro. Al percatarse de mi mirada, Ferus alza la barbilla y sonríe. Saca pecho y tensa los músculos para presumir de pectorales. Si tuviera energía, vomitaría aquí mismo.
—Claro que no —le contesto en susurros—.
El punto débil de Ferus es su ego. Si los espejos de la parcela ١١ me torturaron a mí, imagínate todo lo que podrán hacer sufrir a alguien como él.
Por esa razón los demonios nunca pisan esa zona.
Las imágenes que verían podrían volverlos locos.
La mayoría de los demonios carecen de un lado bueno. Más bien en realidad ninguno lo tiene.
Doblamos la esquina y en la distancia se aprecia el resplandor de las puertas con espejos de la parcela 11. A mi derecha, un laberinto de escaleras sube y desaparece de mi vista.
La altura es de vértigo y, al verla, los pies dejan de responderme y me choco contra Nate con un gruñido.
Enseguida me agarra de los hombros para mantenerme en pie.
—¡Por los pelos! ¿Te encuentras bien?
Ferus esprinta para llegar hasta donde estamos, aparta con violencia a Nate y me agarra de la cintura.
—¿Qué le has hecho, inútil?
Nate levanta los brazos por encima de la cabeza.
—Yo nada, lo juro.
—Son las esposas. —Aunque las palabras salen de mi boca, retumban tanto que parece que vienen desde muy lejos. Forcejeo para tratar de quitármelo de encima, pero no lo consigo—. Sabes de sobra que debilitan a los demonios.
—¿Quieres que te lleve en brazos, princesa? —Ferus presiona su cuerpo contra el mío. Hago todo lo posible por zafarme, pero mis brazos ya no me obedecen—. No me importaría en absoluto.
—No, muchas gracias —mascullo con la boca pastosa. Me va a costar horrores llegar a la parcela 11—. Pero pienso que sería mucho más fácil ir por aquí. Ahora mismo por esas escaleras me podría caer, y apuesto a que mi padre te bajará la nota si llego lesionada.
Ferus escudriña la resplandeciente puerta con los ojos entornados.
—Los demonios no entran ahí. Y tú eres consciente de ello.
—¡Ayyy! ¿Es que te da miedo? —Mis palabras son para él una gran ofensa, un agravio a la altura de cuando los demonios vierten alcohol en su vino de sangre—. Y yo que pensaba que tú eras un demonio grande y fuerte, y resuuulta que no eeeres más que un cobaaarde.
Los soldados que le cubren las espaldas a Ferus se ríen disimuladamente. Las mejillas de mi rival se tornan todavía más rojas que de costumbre mientras las llena de aire. Les lanza una mirada envenenada y todos callan de golpe.
—Yo no soy ningún cobarde, princesa —ruge Ferus—. ¿Hace falta que te lo demuestre? —Me agarra del brazo y tira de mí en dirección al puente.
Hago una mueca cuando el dolor está a punto de reventarme el hombro. Mis botas dejan huella sobre el asfalto mientras lucho contra él, pero no logro debilitarlo.
Nate y los soldados nos siguen. Mis piernas se mueven con torpeza sobre los tablones de madera del puente, me sale sangre de las rodillas y toda la piel me escuece a rabiar por las miles de astillas que tengo clavadas.
Noto la cara descompuesta por el dolor, pero me aparto de ellos.
A sus ojos debo de ser la muñequita de trapo de Ferus, y no pienso permitir que encima me vean llorar.
«Venga, Dev. Vamos. Solo necesitas hacer tres cosas: escapar de Ferus, no perderte y mantenerte lo más lejos posible de esos espejos. Y tienes que aguantar de pie y resistir, claro. Perfecto, sí. ¿Qué podría salir mal?».
Nada más llegar a la altura de la puerta, Ferus me empuja contra Nate y la abre con un bufido. Se vuelve hacia mí en tono burlón.
—Las princesas primero.
Nate pasa su brazo alrededor de mi cintura y yo me refugio en su pecho al entrar en la parcela.
Me duele el hombro izquierdo y las rodillas me abrasan.
Tengo toda la pierna llena de sangre, y el rojo parece haberse instalado en el empeine de mi bota.
Trago con esfuerzo, y abro y cierro los ojos varias veces para eliminar el rastro de mis lágrimas.
Nos adentramos en el laberinto de espejos y suspiro angustiada al ver mi reflejo.
Estoy más pálida de lo que ya de por sí soy, y tengo el vestido sucio y estropeado por abajo.
La raja lateral de mi atuendo deja al descubierto la herida que tengo en la pierna, de la que mana una sangre azul que cae directa al suelo.
La sombra se extiende tras de mí y no puedo evitar ponerme a temblar.
Los brazos de Nate se tensan y me trata de tranquilizar musitándome al oído:
—No mires, Dev. Estás conmigo. Yo te agarro.
Aparto la mirada del espejo y hundo mi cara en su hombro, para dejar que sea él el que me guíe a través de los espejos.
Algo cruje bajo mi bota y me detengo sin previo aviso.
Mi respiración se agita en el momento en que la luz resplandece oscilante sobre nosotros y un objeto centellea a mis pies.
«Cristales». Una montaña entera de cristales.
Claro, dejamos un reguero de ellos cuando escapamos la última vez.
Los espejos de las paredes pueden cambiar, pero los fragmentos rotos no se han movido del sitio.
Si conseguimos despistar a Ferus y su batallón y alejarnos de ellos, podremos seguir el rastro de los cristales para salir de aquí.
—¿Sucede algo, princesa? —Ferus aparece por detrás de mí—. No me digas que has cambiado de opinión... Fue idea tuya lo de venir aquí.
—No... no... Solo es que... no conozco el camino —le miento descaradamente mientras lo miro por debajo de mis pestañas—. Esssta veeez essstá diffferente... Mejor te sigo yo a ti. A fin de cuentas, tú eres el líder del grupo. Guíanos a todos.
—Está bien. —Ferus deja escapar un suspiro antes de asentir con la mirada puesta en Nate—. Y tú, asegúrate de que no se separe ni un centímetro de ti, Metus. Que no se escape.
—Por supuesto. Delo por seguro, señor —le contesta Nate con enorme formalidad. Cuando Ferus lo mira en señal de aprobación, Nate inclina la cabeza como queriendo mostrarle respeto.
¡Una actuación bárbara! Mentalmente le doy una palmadita en la espalda. Ferus sacude la cabeza y murmura entre dientes algo sobre que un buen trabajo siempre es duro, y, sin mayor dilación, se adentra en el laberinto.
Nosotros dos dejamos que el resto de los soldados nos adelanten y los seguimos, mientras nuestros reflejos se ven en el espejo como un borrón negro y rojo.
De nuevo entierro mi cara en el hombro de Nate, y él desliza con suavidad la mano hasta mi cadera para rodearla y sujetarme.
Después de lo que pasó la última vez, entrar aquí es, sin duda alguna, mi peor pesadilla.
Al menos esta vez no estoy yo sola con los espejos. Ni se oyen voces a mi alrededor.
—Agárrate bien a mí, Dev —me arrulla Nate. Y le dedico una tímida sonrisa como agradecimiento.
De súbito se escucha un crujido que llega desde debajo de su bota, y Ferus hinca la rodilla para agacharse a inspeccionar el terreno.
—Pero ¿qué...?
—¡Ahora! —le indico a Nate en un susurro, y mi corazón late tan fuerte que llego a oírlo—. Venga, suelta las esposas.
Nate se lleva la mano a la cintura, y las esposas liberan mis muñecas y caen al suelo con un fuerte ruido.
Me siento menos mareada y por fin puedo coger una buena bocanada de aire.
Todavía noto las piernas débiles, pero, pese a ello, consigo tirar de Nate entre los dos espejos mientras Ferus suelta un bramido.
Tiro del extremo de uno de los espejos y le ordeno a Nate que haga lo mismo con el otro.
—¡Ayúdame a juntarlos! —le pido.
Gotas de sudor caen por mi frente mientras empujo el espejo con todas mis fuerzas.
Parece que voy recuperando mi energía, pero aún todo me supone un esfuerzo ingente.
Al juntarse, los dos espejos emiten un intenso ruido, y enseguida se convierten en una masa sólida que crea una pared entre nosotros y todos esos soldados.
—¿Por dónde habrán ido? —La voz de Ferus resuena por toda la parcela seguida de un gruñido—. No os quedéis ahí plantados. ¡Encontradlos!
Me tapo la boca para impedirle el paso a mi risilla nerviosa.
—¿Y por dónde tiramos ahora? —me pregunta Nate.
Bajo la mirada y analizo el suelo. Algo resplandece al captar la luz procedente de la antorcha que hay sobre nosotros.
—Por allí —señalo—. Sigue los cristales.
—Da igual lo mucho que corras, princesa —me grita Ferus justo cuando nosotros estamos a punto de torcer la esquina.
La furia que encierra su voz me cala hasta los huesos—.
Te encontraré, te lo aseguro. Y cuando lo haga, te...
te... Espera un momento. ¿Qué es eso? Oh, hola, guapo. ¿Qué quieres de mí?
Ferus continúa gritando cuando por fin llegamos a la salida, un sonido más propio de animales que de demonios. Un berrido que me sacude todo el cuerpo.
—No sé por qué me da... que a Fartus no le está gustando nada lo que está viendo —dice Nate.
La puerta se cierra despacio una vez que la hemos traspasado y, menos mal, deja del otro lado los bramidos. Me apoyo contra ella y respiro hondo mientras la fuerza poco a poco regresa del todo a mis extremidades.
—No podemos seguir por el mismo túnel por el que hemos ido antes. —Observo sin pestañear los acantilados que tenemos a nuestra derecha y los cientos de peldaños que llevan a ellos—. Tenemos que subirlos.
—¿Crees que podrás? —duda Nate cuando me agarro a su codo para recuperar el equilibrio—. Si aún no te ves capaz, yo te llevo.
—De eso nada, monada. El día que necesite que un caminante oscuro me lleve a cuestas, te aseguro que me lanzo al río Ignis yo misma.