Hoy no, Satán Capítulo XVII
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Capítulo XVII

XVII

No puedo moverme.

La cueva gira a mi alrededor y el suelo trata de absorberme como arenas movedizas.

Ya no hay nada que hacer.

Nate me toca el brazo y cruzamos una mirada. Sus ojos me aportan calma, me liberan del barro que queda a mis pies. Apunta con la cabeza en dirección contraria a las voces, y le digo que sí con un movimiento del cuello.

Cojo la espada del suelo mientras él se coloca mi bolso en el hombro y nos escabullimos en las profundidades de la cueva.

—Tenemos órdenes directas de llevarla de vuelta ante el jefe.

—La potente voz de Ferus suena con fuerza a través de las paredes que tenemos detrás.

Tengo la piel de gallina—. Está furioso.

Le da exactamente igual lo que hagamos con el caminante oscuro.

Lo único que quiere es tener a su hija de vuelta en casa ya, cuanto antes.

Sus palabras golpean con fuerza mi cuerpo y me tenso. Es demasiado tarde para declararme inocente. Pero no puede ser que, de todos los demonios que hay por aquí, tenga que ser precisamente Ferus el que me entregue.

—¿Por qué lo habrá hecho? —cuestiona una segunda voz que no reconozco—. ¿Por qué iba a ayudar a escapar a un asqueroso caminante oscuro?

¿ Asqueroso ? Nate me mira con aire insolente.

Me encojo de hombros y lo empujo hacia delante, y avanzo arrancando las antorchas a mi paso y apagándolas contra la piedra. La oscuridad debería darnos tiempo.

—¿Qué más da eso? —replica Ferus, cada vez más y más cerca—. A mí lo único que me importa es que el demonio que la lleve ante el jefe obtendrá un importante ascenso a cambio… Y, como supondrás, yo tengo que ser ese demonio.

No si yo puedo evitarlo.

Le doy otro empujón a Nate para indicarle que acelere, porque voy pisándole los talones. Si logramos perderlos de vista en el siguiente túnel, pensarán que hemos tomado un camino diferente y se darán la vuelta.

Por fin se atisba la luz de la salida, y levanto los hombros. Venga, ya casi hemos llegado. Hay una sombra en el hueco, y abro los ojos como platos al verla. Otro soldado. Vaya, estamos rodeados.

«Joderjoderjoder».

Tiro de la parte de atrás del chaleco de Nate y lo obligo a pegarse a la pared.

Y entonces arrimo mi cuerpo al suyo y presiono con fuerza para ganar espacio.

Respira fuerte, y el aire que sale de sus pulmones me despeina el pelo que me cae sobre los hombros.

Me llevo el dedo índice a la boca y él asiente, y después descansa su mentón en mi sien.

Estamos tan tan cerca que su corazón parece chocar con el mío, y el ritmo acompasado de ambos me aparta de mis pensamientos.

Ay, maldito sea mi padre por darles aliento y latidos a los caminantes oscuros cuando decidió que los castigos serían más tortuosos si aquí abajo los humanos estaban tan vivos como en la Tierra.

No podemos continuar aquí. Ferus terminará alcanzándonos, pero, si tomamos la salida que tenemos justo delante, esos soldados nos arrestarán también. «Venga, venga, Dev. Piensa algo». Me obligo a concentrarme en cualquier cosa que no sea en lo bien que el cuerpo de Nate encaja en el mío.

Algo duro me presiona el muslo.

«El casco de Diripo. Claaaro».

Se me ocurre una idea. No es que sea soberbia, pero, bueno, podría funcionar.

—Nate —le digo por lo bajini—. Necesito que confíes en mí.

Está muy oscuro y soy incapaz de adivinar la expresión de su rostro, pero asiente con la cabeza.

Lo rodeo para llegar al bolso que está contra la pared. Debe de estarse dando cuenta de que la situación es seria, porque por primera vez no hace una bromita de las suyas. Bueno, menos mal que las esposas que le arrebaté a Diripo siguen todavía ahí.

Se las pongo delante de las narices para que pueda ver bien la plata que sostengo en la mano.

—Ahora pónmelas.

—¿Las esposas? —pregunta.

Se las doy sin responderle. La placa con el nombre de Diripo sigue aún prendida de su pecho. Se la arranco de un tirón y la escondo en el bolso. A continuación le tiendo las muñecas.

—Venga, rápido, Nate. Necesito que las cierres hasta que se iluminen.

Levanta una ceja.

—Pero no me has dado ninguna llave.

—El botón verde que tienes en el cinturón es el que las abre. Y ponte el casco. Debes llevarlo puesto y con el visor bajado todo el tiempo. Pase lo que pase, mantente firme en tu papel. A partir de ahora serás un soldado. Un demonio. Y tendrás que dejarte guiar por tus impulsos más oscuros.

Se torna una especie de sombra ante mí cuando se coloca el casco y me esposa. Su respiración es tan superficial como la mía, si bien la suya es amplificada por el visor que le cubre el rostro.

Su miedo debería ponerme aún más nerviosa, pero admito que me siento extrañamente reconfortada al saber que no estoy sola.

Una vez que me ha colocado las esposas en las muñecas, Nate presiona el botón para cerrarlas.

Suena un pitido cuando la cerradura encaja en su sitio y, al instante, en las esposas se ilumina una luz verde. El dolor se propaga por mis muñecas y un repentino agotamiento me deja fuera de juego. Me tambaleo y voy directa a frenar en su pecho, y me pongo roja al sentir que me agarra.

—Este tipo de esposas se crearon para apresar tanto a caminantes oscuros como a demonios —le explico—.

Por eso, mientras las lleve puestas, perderé toda la fuerza.

Y cuanto más las lleve, más me debilitaré.

Así que… eso quiere decir que tenemos que tratar de salir de aquí muy rápido.

Y en cuanto estemos fuera, tienes que quitármelas, ¿vale?

Asiente de nuevo, y su corazón vuelve a hacer un ruido sordo contra mi mejilla. Cierro los ojos y respiro entrecortadamente antes de ponerme de pie. Ahora mismo todo depende de él. Mi destino está en manos de un caminante oscuro.

«No la cagues», le ruego en silencio mientras avanzamos a zancadas hacia la salida, con mis rodillas amenazándome a cada paso con no sujetarme más.

En cuanto nos hacemos visibles, los soldados vienen a toda velocidad hacia nosotros, con sus cuchillos y porras alzados.

Pero frenan en cuanto les enseño mis muñecas esposadas y les pongo cara de pena por la derrota.

Unas botas golpean el suelo tras nosotros causando un gran estruendo, y, de improviso, Ferus sale de la cueva, con soldados flanqueándolo a uno y otro lado.

Como es la mano derecha de mi padre, Ferus no está obligado a llevar casco ni el uniforme de soldado que sí luce el resto.

Mas incluso sin esos formalismos, tiene una pose desconcertante, ahí vestido todo de negro, con su piel de un rojo intenso brillando bajo la tenue luz del lugar y la boca curvada como rasgo fundamental de su cara de desprecio.

Tenso la mandíbula y noto el sudor cayéndome por detrás del cuello. Los dedos de Nate siguen rodeando mi antebrazo y se acerca aún más a mí. Su roce me infunde valentía y, determinada a plantarle cara a Ferus, aprieto los puños.

Si ya lo gané una vez, puedo volver a hacerlo. Y aunque ahora no logre derrotarlo, siempre tendré conmigo la satisfacción de haberlo golpeado donde le dolía.

—Bueno, bueno… ¿Qué tenemos por aquí? —Ferus chasca la lengua mientras sus ojos recorren mi cuerpo. Me entra un escalofrío, pero aun así no reculo—. Hola, princesa. Cuánto tiempo sin disfrutar de tu presencia.

—No tanto. —Alzo el mentón y entorno los ojos en actitud desafiante—.

Y no vuelvas a llamarme «princesa», pedazo de imbécil.

Haz el favor de explicarle a Metus que ha cometido un grave error —pronuncio el primer nombre que se me ocurre, y cruzo los dedos para que el soldado al que estoy mentando no se encuentre entre ese grupo.

Normalmente Metus trabaja solo en Dominus, pero soy consciente de que ahora mismo mi padre tiene a todos sus hombres buscándome—.

Por algún extraño motivo me ha detenido, y llevo un buen rato tratándole de explicar quién soy, pero ni me escucha ni atiende a razones.

—Nate ni se inmuta, así que con disimulo le doy un codazo en las costillas—. ¿Es así o no es así, Metus?

—Oh, sí, sí. Así es. —Nate trata de bajar tanto la voz que le sale una especie de bramido ronco que me cuesta creer que provenga de alguien como él. De una sacudida, me arrastra hacia sí—. ¡Ni te muevas, prisionera! ¡Ya eres mía!

Me encojo y tiemblo de miedo, pero los soldados no reaccionan. ¿Se lo estarán tragando?

Ferus se frota las manos.

—Lo que sucede, princesa, es que tenemos órdenes tajantes de llevarte con tu papaíto.

Por lo que parece, has ayudado a fugarse a un pecador de la parcela 13 y habéis tratado de esfumaros juntos.

Tu venerable padre no está muy contento contigo, yo diría.

Incluso lo he oído hablar de darte un chapuzón en el río Ignis si no vas con una buena explicación de lo sucedido.

Por tu bien deseo de corazón que cambie de opinión…

Sus últimas palabras las acompaña de una amplia sonrisa.

Ferus nunca desea nada así.

Al contrario: me arrojaría al río él mismo si pudiera sacar cualquier mínima cosa de ello.

Me mordisqueo la parte interior de la mejilla para ver si de este modo consigo contener las lágrimas que amenazan con brotar de mis ojos. Es imposible, Ferus no nos perderá de vista a Nate y a mí.

—Ferus, tú ya me conoces. Y me conoces demasiado bien.

—Pestañeo coquetamente y lo miro con los mismos ojos inocentes con que miré a Diripo en aquel saliente, por mucho que por dentro sienta que me estoy rompiendo por momentos.

Apoyo con suavidad las manos en su pecho y le pongo carita de no haber roto un plato—.

Odio a los caminantes oscuros. Los detesto.

Son perversos, asquerosos e impíos. —Le recorro el pecho con el dedo, y respiro como tratando de contener la bilis que ya me quema la garganta—.

Además, dime, ¿acaso ves a algún caminante oscuro por aquí?

Yo también me enteré de que uno se escapó de su parcela, así que fui tras él para tratar de encontrarlo y cepillármelo.

—Nate casi se atraganta bajo el casco—. Para castigarlo, quiero decir.

Ferus me mira con un fingido interés y se quita mis manos de encima.

—Buen intento, princesa. Pero tú sabes tan bien como yo que estás mintiendo. Tu padre llamó a Attero para interrogarlo.

En ese instante me desmorono.

«Pobrecito Atty».

Mi padre no es muy venerado precisamente por sus amables técnicas de interrogatorio. Y Atty ha sido víctima de ellas por mi culpa. Entiendo que mi padre pensara que él tendría que saber dónde estaba yo. Hasta donde sabe (o hasta donde le interesa saber), Atty y yo seguimos siendo uña y carne.

Ferus prosigue.

—Tu amiguito admitió que habías dudado de tu padre en lo referente a su sentencia para este caminante oscuro.

Y también le contó que pilló al caminante oscuro en cuestión encima de ti en la cama.

—Se inclina hacia mí y me susurra algo al oído.

Su vomitivo aliento impregna todo el aire a mi alrededor—.

Honestamente, princesa, si no me diera tanto asco, diría que estoy impresionado.

Lo fulmino con la mirada. Puedo llegar a perdonar a Atty por su traición, porque sé bien que nadie puede escapar a la manipulación psicológica de mi padre, pero lo que no tiene un pase es que el demonio más asqueroso, nauseabundo y ruin del Infierno me hable de ese modo. Y no lo permitiré.

—Para empezar —le espeto con las mandíbulas apretadas—, yo a ti no tengo que darte explicaciones.

Pero, aun así, si te empeñas en meter tus sucias narices en mis asuntos, te diré que el caminante oscuro irrumpió en mi habitación.

Y terminamos… como terminamos porque los inútiles soldados de mi padre no están entrenados para llamar a las puertas.

¡Las tiran abajo directamente! —Doy una patada al suelo—.

Por eso salí en su busca. Para que le quedara claro cuál es su lugar aquí abajo.

Tú y yo queremos lo mismo, Ferus. Déjame libre, y podremos dividirnos y encontrarlo antes.

Ferus se pasa la lengua por los dientes.

—Me encantaría, princesa, pero tu padre prometió un muy buen ascenso a quien te llevara ante él.

—Me acaricia el cuello, y la punta de sus dedos me quema sobre la piel como el hierro candente—.

Y ambos sabemos que yo solo aspiro a lo mejor.

Mi oferta de unir nuestra existencia sigue en pie.

Si la aceptas, estoy convencido de que podré hablar con tu padre respecto de este pequeño desliz que has tenido.

Lo aparto de un empujón mientras Nate tose repetidamente con intención para terminar hablando en un tono tan bajo y controlado que llego a dudar de que sea él el que está bajo el casco.

—Yo soy quien la ha capturado. Y eso significa que seré yo quien la entregue.

Me pasa el brazo por los hombros y me acerca todavía más a él.

Debería estar atemorizado. Ferus sería capaz de cortarle de cuajo las cuatro extremidades con un solo movimiento de espada, y encima disfrutaría haciéndolo.

Por suerte, Nate tiene el cuerpo más duro que el de una estatua.

Me inclino sobre él, apenas siento las piernas y parece que me voy a caer, ya que las esposas me roban toda la energía.

Nate me agarra con más fuerza. Percibo sobre mí sus dedos tiernos y protectores, y me dejo caer sobre él, con la certeza de que me agarrará.

Ferus suelta una risotada.

—No digas estupideces, Metus. El jefe jamás ascenderá a un tipejo como tú. Dámela y ya me encargaré yo de que recibas tu recompensa.

Doy un paso tembloroso hacia Ferus, y me tambaleo cada vez más, pues mis piernas no pueden seguir soportando mi peso.

—Yo no me pienso ir con nadie. Yo soy tu princesa. No me creo que te hayas olvidado de ello si te pasas el rato llamándome así. Y no solo eso. No solo soy tu princesa, soy ya casi tu reina. Y dentro de poco seré yo quien te dé órdenes.

—Un casi no significa nada, Deeeviiicaaa.

—Ferus pronuncia mi nombre alargando cada sílaba como si estuviera tratando de masticar un trozo de carne demasiado hecho—.

El casi nunca es garantía de nada. Es más, después de la idiotez que has hecho, yo que tú me iría despidiendo del trono.

Ahora mismo te llevaré ante tu papá y me aseguraré de que me dé lo que es mío.

Créeme que te entregaré a él por las buenas o por las malas.

Las pocas esperanzas que albergaba cuando salí de Dominus de pronto se han desvanecido. Nada ha salido como lo había planeado.

Agacho la cabeza y la derrota pesa sobre mis hombros. Nadie habla mientras yo visualizo mi destino. Nuestra banda sonora son los gritos que llegan de las parcelas que están bajo nosotros. Una puerta que me resulta familiar brilla a la luz del fuego y, sin pretenderlo, mis labios se curvan.

Por supuesto, Ferus tendrá que conseguir llevarnos de vuelta a casa primero.

No hay ni un solo vehículo a nuestro alrededor, lo que significa que los soldados irán a pie. Eso me dará margen para pensar cómo volver a ser libres.

Respiro hondo y miro fijamente los ojos negros del demonio rojo.

—Tú ganas, Ferus. Llévame ante mi padre.