Hoy no, Satán Capítulo XVI
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Capítulo XVI

XVI

El dolor que sentía antes no es nada en comparación con la agonía que desgarra mi piel cuando me hace el primer corte.

Cierro los dedos formando un puño y aprieto con todas mis fuerzas la mandíbula para no gritar.

La cueva gira a mi alrededor y nuestras sombras se derriten y caen pared abajo como la cera de las velas cuando el sudor y las lágrimas me ciegan.

Nate suelta un gruñido y el dolor se vuelve caritativo conmigo y desaparece. Los músculos se me desentumecen y me dejo caer al suelo.

Lo veo sostener un trocito de vidrio de un tamaño no mayor al de un guijarro. Centellea en naranja y rojo a la luz de la antorcha.

—Diría que ya lo tengo.

Le cojo el diminuto fragmento de cristal y lo coloco en el centro de la palma de mi mano, con cuidado de no cortarme de nuevo. No siento vibrar ninguna voz mágica a través de él. Se ve minúsculo, pero sonaba altísimo.

Pongo cara de sorpresa.

—¿Esto fue capaz de provocar todo eso?

«Devica…», balbucea contra mi piel.

No, salta a la vista.

Miro por la cueva, no hay nadie excepto nosotros y las llamas y las luces que van y vienen de las antorchas que cuelgan de las paredes.

Las antorchas. Me cierro el corpiño y corro hacia una de ellas para lanzar el cristal a las llamas.

La voz se extingue con un silbido, y yo vuelvo a hundirme en el suelo, exhausta.

Nate se arrastra hacia mí y agarra mi mano.

—¿Devica?

—¡Chisss! —El único sonido es el crepitar del fuego rebotando en las paredes. Tomo una bocanada grande de aire por primera vez desde que salimos de la parcela 11 y vuelvo a apoyarme contra la pared—. Por fin. Se ha ido.

Me tiemblan las manos, así que las oculto bajo las piernas para que Nate no se entere.

Teóricamente era yo la que tenía que ingeniárselas para sacarnos a los dos de aquí, y resulta que casi soy engullida por uno de los castigos de mi padre.

Vamos, que no he tenido un gran momento de lucidez por el que enorgullecerme.

Nate carraspea y baja los ojos.

—Creo que… debería desinfectarte la herida y… no sé… tal vez… abrocharte el vestido.

Siguiendo su mirada, abro mucho los ojos mientras echo mano a mi vestido desabrochado, el cual empieza a caer por mi pecho. Consigo agarrarlo antes de que deje al descubierto más de lo que debe, y noto que las mejillas me arden. A continuación me giro para darle la espalda.

—Sí, gracias. Tengo agua y un pequeño botiquín de primeros auxilios en la bolsa.

Va veloz a por mi bandolera y se sitúa detrás de mí. El agua está más bien tibia (es difícil conservar el frío aquí), pero aun así doy un respingo cuando cae sobre mi piel caliente.

Las manos de Nate pierden el contacto con mi espalda.

—¿Te encuentras bien?

Asiento con la cabeza.

—Sí, sigue.

Me limpia la herida con suavidad, dibujando pequeños círculos con los dedos sobre mi espalda.

Cierro los ojos y relajo los hombros. Ya casi no me duele la herida del cristal, y el corte sé que sanará solo, pero en ningún momento le digo que pare.

Debería apartarme, pero me gusta la sensación de tener a alguien cuidándome.

—No hay duda de que eres una caja de sorpresas —murmura Nate.

Giro el cuello, y lo contemplo asomando la cabeza por encima del hombro.

—¿Qué quieres decir?

Nate me da golpecitos en la espalda con un trozo seco de gasa, y lo hace con tanta delicadeza que es como si el tejido le estuviera susurrando algo a mi piel. Y yo me estremezco al sentirlo. De pronto me enseña el apósito.

—Mira tu sangre, Devica. Es azul… Y… brilla.

Por eso no vomité al ver tu corte antes, porque…

porque, fíjate, tu sangre es bonita. Como tú.

—Entonces es como que se da cuenta de lo que me está diciendo y empieza a farfullar, bajando la gasa y los ojos al mismo tiempo.

No estoy segura al cien por cien porque estamos medio a oscuras, pero juraría estar viendo una especie de explosión en rojo escarlata sobre sus mejillas.

Sus palabras envían un hormigueo a mi estómago, similar al del primer sorbo de vino de sangre después de un largo día. Nunca antes nadie me había llamado guapa. Bueno, Ferus me dijo que era increíble, pero ese ser no cuenta. De la boca de Ferus no puede salir nada sincero.

Lo miro, inquisitiva.

—¿Has dicho que mi sangre es bonita ?

Evita mirarme a los ojos y se concentra en volver a anudarme el corsé, aunque esta vez sus manos manipulan las cuerdas con manifiesta torpeza.

—Cuando vi tu sangre, me pareció algo… mágico, poderoso. Fue una cosa extraña. Por primera vez en todo este tiempo sentí que de verdad nos sacarías de aquí y que todo iría bien para los dos.

No se me ocurre qué responderle. Tiene más fe él en mí que la que yo pueda tener después de la que armé en la anterior parcela. Llegados a este punto, podemos darnos con un canto en los dientes si no nos pillan o nos matan.

En cuanto termina con mi corsé, me da una palmadita en el hombro y se da la vuelta otra vez para apoyar la espalda en la pared.

Me veo reflejada en él, y cierro los ojos nuevamente.

Mi corazón recupera el ritmo normal de sus latidos cuando el recuerdo de su piel acariciando la mía sube por mi espalda.

Permanecemos sentados en silencio tratando de recuperar el aliento.

—¿Devica? —me pregunta, y su voz rebota en las paredes.

—¿Sí? Dime.

Nate se gira para mirarme.

—No me contestes si no quieres, pero ¿qué viste en esos espejos?

Me muerdo el labio inferior y jugueteo con mi manga. Si pudiera borrar aquellas imágenes de mi cabeza, lo haría. Sin embargo, los ojos de Nate son sinceros y, pese a todas las advertencias que me han bombardeado la cabeza, estoy decidida a confiar en él.

Inspiro.

—Me vi… a mí misma. A la persona, o la cosa, en que me estoy convirtiendo.

Cuernos negros, alas rojas. Estaba horrible y furiosa.

Lo único que quería era castigar duramente a todo el que se lo mereciera, tú incluido.

—Bajo los ojos al suelo que nos separa a ambos—.

Ya sabes que esos espejos te muestran las peores partes de ti mismo, y lo único que yo vi es que soy el retrato de mi padre.

—No me lo creo. —Nate se echa hacia delante de tal manera que nuestras piernas se tocan—. Tú no eres así.

Me seco las palmas de las manos en la falda y lo miro con el ceño fruncido.

—Apenas me conoces. Soy la sucesora de mi padre.

—Me da igual que seas su sucesora o no, pero has demostrado que tú no eres así.

Suelto un bufido.

—Pero si casi te ensarto como a un pincho moruno.

—Es igual. Lo que cuenta es que no lo hiciste. —Me aparta el flequillo de la frente y sus dedos vuelven a dejar en mí un hormigueo intenso a su paso—. Y tampoco tienes cuernos. Ni siquiera minicuernitos.

—Ya tengo alas. —Es muy amable por su parte lo de intentar demostrar que no tengo razón, pero sé de sobra a qué voy abocada si no logro salir de aquí—. Y los cuernos probablemente serán lo siguiente.

Alza las cejas, pensativo.

—¿Y de qué color me dijiste que eran tus alas cuando las viste en el espejo?

—Rojas. Del mismo color que las de mi padre.

Nate se inclina hacia mí, tanto que su rostro queda a solo unos milímetros del mío.

—Devica, ¿has visto tus verdaderas alas?

Pongo cara de no querer reconocerle que no.

—A decir verdad, la última vez que me vi en un espejo normal, no eran más que algo parecido a unos muñones.

—Pues te han crecido desde entonces. Ahora mismo de esos muñones te salen unas cuantas plumas.

Y puedo asegurarte que no son rojas—. Nate se saca algo del bolsillo delantero de su chaleco—.

Aquí tienes una. Se te ha caído cuando te estaba sacando el cristal.

Y la he recogido del suelo porque no sabía si la necesitarías.

Me pone la pluma en la palma de la mano y la observo con detenimiento a la luz del fuego. Siento calma al verla bien. En efecto, las plumas de mi padre no son así. De hecho, no se parecen en nada. La pongo a la luz con dedos temerosos.

—¿Es…? ¿Son… son negras?

—Y doradas. —Se apoya en mi hombro y levanta la vista para ver bien la pluma—. Son muy muy bonitas, Devica.

El estómago se me vuelve a poner del revés cuando le oigo pronunciar esa palabra de nuevo. Pero no miente. Son impresionantes. Negras como las de un cuervo y con oro entretejido… como si fueran una obra de arte recién salida de unas manos expertas.

—No puede ser —bisbiseo. Toda la cueva me da vueltas ahora mismo, se centra y se descentra ante mis ojos. Mi corazón se desboca de nuevo y aprieto la mano en torno a la pluma.

Ya he visto un diseño como este antes. No en persona, sino en las imágenes que calciné en los aposentos de mi padre.

—¿Qué te pasa? —quiere saber—. Ni que hubieras visto un fantasma.

Justo cuando voy a abrir la boca para responder, una voz llega desde el otro extremo de la cueva.

—Por aquí.

Me quedo pálida. Había deseado con todas mis fuerzas no volver a escuchar esa voz nunca más. Y mucho menos tan pronto. Aún no me he recuperado del todo.

—He oído algo por aquí. —La voz se acerca cada vez más. Es exactamente la misma voz que siempre me ha susurrado en la oreja en Dominus. El frío se adueña de todo mi cuerpo.

Ferus .