Hoy no, Satán Capítulo XV
30%

Capítulo XV

XV

Cruzo el puente que parte de la parcela con piernas temblorosas. Nate me observa, y puedo ver la preocupación en su rostro. Me pongo otra vez la capucha y me esfuerzo en mirar al frente. Tampoco hace falta que vea lo mucho que esos espejos me han puesto de los nervios.

Atravesamos un segundo puente y poco a poco consigo relajarme al ver que nos acercamos a los muros de otra caverna.

No se ve a ningún soldado esperándonos y, además, las cuevas siempre nos brindan cobijo y nos ayudan a permanecer ocultos. Aún tenemos por delante otra subida, pero, una vez arriba, deberíamos estar ya casi del todo fuera de Lapis.

De pronto siento un fuerte dolor en la espalda y carraspeo.

«Devicaaa…».

El dolor me atenaza y la sangre me cae por el rostro. Esa voz. Es la misma que la del espejo.

—Nate —lo llamo, y me quito la capucha—. ¿Oyes eso?

Se para y trata de escuchar.

—¿Que si oigo el qué?

Espero un segundo, pero la voz se ha ido.

—Nada, nada. Déjalo. —Me rodeo a mí misma con los brazos. Nate me acaricia el pelo, pero rehúyo su roce y lo atravieso con la mirada—. No necesito ningún consuelo.

—No tenía intención de consolarte. —Deja caer las manos a un lado—. Tienes trozos de cristal en el pelo. No debiera haber roto el espejo estando tú tan cerca, pero me angustiaste y reaccioné como pude.

Noto calor en las mejillas.

Se suponía que tenía que ser yo la que lo salvara a él, no al revés.

Sacudo de nuevo la cabeza y una miríada de cristalillos caen al suelo y chocan con la piedra que hay a nuestros pies, atrapando la luz como un bonito mosaico.

—Hiciste lo que tenías que hacer. Además, yo me curo enseguida.

Rodeamos el muro y nos metemos en una cueva tan profunda que es imposible averiguar dónde termina. En algunos tramos hay antorchas colgando de las paredes, las cuales crean unas zonas anaranjadas en mitad de la oscuridad que engulle a Nate cuando se aparta de la luz.

«Devicaaa…». La voz rebota en las paredes y noto que se me tensan los hombros. Pero aquí no hay nadie más.

Aprieto la mandíbula y reanudo el paso al ritmo de Nate.

«Es un pecador. Ya sabes lo que tienes que hacer».

Me tapo las orejas con las manos.

—¡Déjame en paz!

—¿Devica? —me pregunta Nate—. ¿Con quién hablas?

Quito las manos, me paro y cojo aire mientras trato de escuchar algo que se salga de lo normal. Pero solo oigo el eco de unos pasos a mis espaldas. Mi dolor va en aumento, y, de pronto, desaparece.

—Con nadie. —Doy un paso tras Nate mientras el camino ante nosotros se estrecha—. Estaba pensando en voz alta.

Avanzamos por la cueva, y echo un vistazo por encima del hombro siempre que pasamos por una zona con luz. No nos sigue nada más que nuestras sombras, las cuales danzan a una sobre las paredes con cada crujido de las llamas.

«Hazlo, Devicaaaa… Hazlo…». —La voz me perfora el cerebro, suena aún más alta que en la parcela 11. El calor vuelve a recorrer toda mi columna y, de pronto, un nuevo grito me sobrecoge:

«Tiene que pagar por lo q…».

Mi mente se quiebra al tomar conciencia, como los nubarrones que se disipan tras el paso de la tormenta.

¿Qué estoy haciendo? Él es un pecador. Y yo soy un demonio. Mi trabajo consiste en castigarlo. Me engañó para que lo ayudara aquella noche en que entró en mi dormitorio.

Será retorcido y listo este caminante oscuro.

Nate va solo un paso por delante de mí. Saco la espada y la levanto por encima de mi cabeza procurando no hacer ruido. Está tarareando una canción que no consigo reconocer.

«Devicaaa… —trona de nuevo la voz—. Dale una lección. Acaba con él».

No verá venir el golpe. Puedo convertirme en la heroína que lo lleve de vuelta en lugar de en la villana que lo libere.

Me abrasa el cuerpo. Las lágrimas me nublan la visión y me muerdo la lengua con tanta fuerza que la sangre me llena la boca. Agito el brazo mientras resisto la necesidad de asestarle un golpe certero. No lo haré. No le haré daño.

La espada repiquetea en el suelo. El dolor me recorre el cuerpo como si fuera a arrancarme la piel que me cubre los huesos. Me tiro al suelo de rodillas y voy hacia atrás y hacia delante, apretando los dientes y plantando cara a mis ganas de empuñar la espada de nuevo.

—¿Devica? —Nate cae de rodillas ante mí y me agarra las manos—. ¿Estás bien?

Me apoyo en los talones y estudio con detenimiento mis brazos. Los trocitos de cristales me han arañado y me han dejado la piel roja, pero ninguno ha llegado a cortarme. El dolor me quema como el fuego entre las escápulas, y aprieto los dientes contra la cuerda.

—Creo que tengo un trozo de espejo dentro. Y que está intentando controlarme.

—¿Qué estás diciendo?

—En la espalda —susurro—. Creo que tengo un trozo clavado en la espalda.

Nate se coloca detrás de mí y me desabrocha la capa.

Todo mi cuerpo se estremece con violencia, y mis dientes chocan unos contra otros.

Nunca he sentido un dolor así. Si esto es lo que los humanos sienten en nuestras parcelas, ya entiendo por qué nos odian tanto.

A mí tampoco me gustaría pasar por ello.

Nate suspira cuando mi capa cae al suelo.

—¿V-v-ves algo malo? —tartamudeo, enfrentándome a la negrura que amenaza con apoderarse de mí.

—De momento no veo nada. Sí, bueno… Aquí tienes… Son unas… Tienes alas.

Me clavo las uñas en las costillas y suelto un gruñido.

—Sí, eso lo sé. Pero ahora encuentra el cristal, Nate. A menos que quieras ser amable conmigo y estés dispuesto a quitarte la cabeza de tu cuerpo para dármela a mí.

—Eh, no, eso mejor no. La necesito. Mi cara es de las cosas más bonitas que tengo. —Sus dedos rastrean la espalda de mi vestido rozando apenas mi carne ardiente—. Por aquí no veo nada —murmura—. Tendría que desabrocharte el vestido. ¿Quieres que lo haga?

En otras circunstancias, ante una propuesta así le habría dado un puntapié como hice con Ferus, pero ahora me limito a respirar hondo cuando otra punzada de dolor me abate.

—No me importa, Nate. Tienes mi consentimiento.

Me desata la parte de atrás del vestido y lo deja caer. Sus dedos recorren mi piel desnuda, con tanta suavidad como el humo de una llama, hasta que presiona un punto que me abrasa tanto que unos destellos blancos estallan detrás de mis ojos.

—Sí, sí. Aquí tienes algo. Lo tienes bajo la piel. Parece enfadado. Está negro y… ¿palpitante? No tiene buena pinta.

Los dientes me castañetean, y eso que el sudor recorre cada minúsculo rincón de mi cuerpo. No lo soportaré mucho tiempo más. Siento que voy a perder la consciencia por momentos.

—Tendrás que sacármelo como sea.

Las manos de Nate abandonan el contacto con mi espalda.

—Lo siento, no puedo hacerlo. Soy la persona más aprensiva del mundo. Si ni tan siquiera soy capaz de ver las series sobre hospitales. Me resultan muy gore.

Lo maldigo en silencio.

—¡Venga ya! No es más que piel y sangre, Nate. Si no, ese trozo nunca me saldrá por sí solo, y, si lo dejamos ahí, me matará a mí o nos matará a los dos.

Se muerde el labio superior y levanta la cabeza.

—Vale, vale. Pero ni se te ocurra dejarme aquí tirado si me caigo redondo.

—No prometo nada. —Me gustaría sonreírle, pero, cuando voy a hacerlo, otra punzada de dolor me destroza y me doblo sobre mis rodillas. Apoyo las palmas en el suelo y las piedrecillas de la grava se me clavan en la piel.

—Date prisa, te lo ruego.

—Vale, allá voy. Respira hondo. —Y en ese instante se saca un cuchillo del cinturón y empieza a hacerme cortes.