Hoy no, Satán Capítulo XIV #2
29%

Capítulo XIV #2

—Vamos, muy bien. Así se hace. Fíjate en el talento que tienes, hija. Tú llevas este lugar dentro al igual que este lugar te lleva a ti.

El tridente me arde en las manos, y justamente ese escozor es lo único que calma mis pensamientos. Tiene razón. Nací para esto.

Bajo los peldaños del Salón del Trono y quedo de pie frente a Nate.

Será mejor no llamarlo Nate.

Es Nathan Reynolds.

Un caminante oscuro. Un pecador. Un asesino.

—¡Devica! —me suplica con la sangre y las lágrimas manándole del rostro—. No lo hagas, por favor.

La angustia de su voz me saca del trance. Agito los brazos mientras hago cuanto puedo por aplacar el deseo de clavarle esa horca en el corazón.

«Venga, Devica. Vales mucho más que para esto».

—¡Hazlo ya! —me urge mi padre—. Hazlo de una vez y todo esto habrá acabado. Ya no tendrás que volver a pelear nunca más.

El arma me pesa demasiado cuando la levanto por encima de mi cabeza. Intento dejarla caer, pero es como si alguien me estuviera manejando. Y yo carezco de poder alguno frente a su fuerza.

—Lo lamento, Nate —gimo, y las lágrimas difuminan su imagen de tal manera que se convierte en un collage de rojos y azules—. Estoy siendo quien debo ser.

Bajo la horca.

—¡Devicaaa!

El Salón del Trono se hace añicos, y pequeños fragmentos de cristal saltan por el aire llenándolo todo. Tengo la mano vacía porque la horca se ha desintegrado.

Estoy de regreso en la parcela 11, con miles de cristalillos cubriéndome la cabeza.

Intento protegerme, pero los trozos de vidrio me hacen cortes en los brazos y en el rostro, y explotan al caer. Me pongo de rodillas y me abrazo, y mi cuerpo tiembla sin tregua.

Nate sale corriendo hacia mí con la porra en la mano. Me sobresalto al sentir cómo me sacude cristales de los hombros y me acaricia la mejilla.

—¿Devica? Devica, ¿estás bien?

—Yo… —Parpadeo y echo un vistazo inquisitivo a los espejos que están a mi alrededor mientras trato de dar forma a lo que ha sucedido.

Todavía me duelen los brazos de enfrentarme con tanta fiereza a quien fuera que me estuviera controlando.

Me abrazo y me froto los músculos—. He estado a punto de herirte. Casi te mato con una horca.

—Todo eso solo ha sucedido en tu cabeza —asegura—.

Mira, ¿ves? Aquí no hay ninguna horca. —Me agarra las manos y recorre mis palmas con su pulgar.

Todos los escalofríos que había estado teniendo por culpa del miedo ahora son reemplazados por una extraña sensación que no reconozco. Aparto los brazos.

—¿Cuernos? —le cuestiono.

—¿Me estás preguntando que si alguna vez le has puesto los cuernos a alguien?

Porque me temo que a esa pregunta solo puedes responder tú.

Y si lo que quieres saber es si yo alguna vez le he puesto los cuernos a alguien…

, pues la verdad es que es un tema controvertido para un adolescente cachondo como yo.

Cierro los ojos y llevo la cabeza para atrás hasta apoyarla en el frío cristal. Estoy empapada en sudor y aún me tiemblan las piernas, pero al menos ahora ya se mueven cuando se lo ordeno.

—Te acabo de decir que he estado a punto de matarte con una horca. ¿De verdad crees que es momento de andar con este tipo de bromas?

—Bueno, lo siento. Para mí el humor es un mecanismo de defensa. Recurro a él cuando estoy muerto de miedo. Y hablando de miedo…, debemos marcharnos de aquí. —Me ofrece su ayuda, pero aparto su brazo de un manotazo y me levanto sola del suelo.

Cojo también la capa y me quito los trozos de cristal que quedan antes de envolverme con ella.

—¿Sabes hacia dónde vamos?

—Mmm… sí, creo que he dado con la manera de salir de aquí. Pero tenemos que permanecer juntos. Así que venga, dame la mano.

Dudo antes de suspirar y, sin querer, vacilo al agarrarme a la mano que me tiende. Tiene las manos suaves y yo soy muy consciente de que las mías están sudadísimas. ¡Qué vergüenza! Bueno, si se ha dado cuenta, ni se ha quejado.

Me guía con una confianza que yo aún no tengo en él. Virando entre todos los espejos, solo hace una pausa una vez para asegurarse de en qué dirección ir, y enseguida logra ubicar nuestra posición en el laberinto sin dejar entrever el más mínimo atisbo de duda.

Mi corazón se agita y me oigo jadear mientras trato de seguirle el ritmo.

—¿En serio me estás diciendo que los espejos no te hicieron nada? —le pregunto entre una respiración y otra—. ¿De verdad que en ningún momento te mostraron la peor parte de ti mismo?

—Digo yo que será porque peor de lo que soy ya no podré ser. —Nate se encoge de hombros—. Supongo que debería sentirme ofendido.

No puedo evitar reírme. ¿Cómo puede ser tan seguro de sí mismo y autocrítico al mismo tiempo? A lo mejor no tiene más que una coraza. Sé bien lo que es eso.

Bajo la cabeza y me centro en mis pies mientras Nate nos dirige con éxito hacia la salida y esboza una sonrisilla triunfante.

Intento devolverle la sonrisa, pero la mía muere en mis labios en cuanto veo mi reflejo otra vez justo antes de despedirnos de la parcela en la que estamos.

Los cuernos y la cola son solo una sombra ya, un humo negro que rodea mi figura, pero siguen allí, todavía están presentes.

Sigo a mi compañero de viaje hacia la puerta con la mirada fija en su nuca.

Este lugar me ha revelado a mí el monstruo que soy, sin embargo, no ha tenido ningún efecto en el chico enviado aquí por ser el monstruo que una vez fue.

De súbito ya no estoy segura de a quién de los dos debería tener más miedo.