Hoy no, Satán Capítulo XIV
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Capítulo XIV

XIV

— Lo siento, pero… ¿qué estás diciendo? — Ha ce una mueca , como si estuviera peleando consigo mismo para no soltar una carcajada.

—Mira. —Me doy la vuelta para que vea mi ofensivo apéndice. Se mueve arriba y abajo y le roza la pantorrilla.

Lleva mi capa a un lado y se dobla para ver bien la parte baja de mi espalda.

—Devica, aquí no hay nada.

Parpadeo rápido con el deseo de que desaparezca. Pero sigue ahí, en el espejo. Es negra, con pinchos rojos, y se desliza como una serpiente por el suelo.

—Pero ¿en serio no la ves? —insisto—. Si está ahí, justo ahí.

—No hay nada, Devica. Lo ves solo tú. —Me hace girar y darle la espalda al cristal, sostiene mi barbilla y lleva mi rostro hacia el suyo—. Este es uno de esos trucos de los que hablabas antes. Mírame. Concéntrate en mis ojos.

No había vuelto a fijar mi mirada en esos ojos desde la noche en que entró por sorpresa en mi habitación.

Ese color índigo que una vez me puso de los nervios ahora es lo único que poco a poco baja la desenfrenada frecuencia de mi corazón.

De todos los ojos humanos que he tenido delante, estos son, con diferencia, los más atractivos.

Aunque, todo hay que decirlo, la mayoría de los humanos con que me he topado no se mueren de ganas de entrecruzar su mirada con la mía. Porque están muertos.

—Vale, de acuerdo.

Me suelta el mentón. La decepción se adueña de mí cuando sus ojos se apartan de los míos.

—Ahora mírate por detrás. No en el espejo, contorsiónate y mírate a ti misma.

Sigo sus instrucciones y relajo la mandíbula al constatar que, en efecto, no me asoma nada por debajo de la falda.

—Muchas gracias, Nate.

—No hay mejor agradecimiento que el que por fin me hayas llamado Nate. —Recorre con ojos curiosos toda la sala—. Lo que es evidente es que me he pasado de listo y he hablado demasiado pronto. Los espejos pueden afectarnos también a nosotros.

Me froto los ojos.

—Yo diría que es por este juego de la luz. Con tanto destello tengo un dolor de cabeza horrible.

—Sí, por eso odio tanto las jaquecas que me dan. Porque hacen que me crezcan colas. —Se peina el pelo con los dedos y un mechón se le escapa y se le pone sobre el ojo—. Lo bueno es que creo que he encontrado la manera de salir de aquí. Ven, sígueme.

Nate atraviesa el hueco entre los dos espejos que hay a la izquierda antes de que pueda impedírselo.

—¡Espera, espera! —Intento alcanzarlo, pero llevo la mano hacia atrás cuando los cristales entre los que se ha abierto paso se fusionan y me devuelven una única imagen mía.

Mis dedos se deslizan por el espejo mientras intento volver a separarlo en dos con un gruñido.

Pero no ceden, así que acabo dejando caer las manos y tragando saliva.

—¿Nate? —Mi reflejo confuso me observa mientras su nombre retumba a mi alrededor.

Estoy completamente sola aquí. Y aunque mi padre estará buscándome, a nadie se le ocurrirá mirar en esta parcela.

Además, y en caso de que lo hicieran, las posibilidades de encontrarme en mitad de este laberinto son irrisorias.

Hasta Nate podría haber desaparecido para siempre.

—¿Nate? —Lo llamo una y otra vez, con la voz quebrada—. Nathan Reynolds, ¿me estás escuchando? Venga, sal ya. Esto no tiene ninguna gracia.

«Devicaaa…», me responde una voz. Un escalofrío me recorre la espalda. Ese no es Nate. Esa es mi voz.

Me tiemblan las piernas, pero soy incapaz de moverme. Me llevo las manos a las orejas y me las tapo, y cierro los ojos. La voz se irá si la ignoro.

«Devicaaa…». Mis manos no logran amortiguar el sonido. Es como si esa voz saliera de lo más profundo de mi cabeza.

Se me ponen los pelos de punta y mis rodillas amenazan con dejar de sostenerme. Muevo el cuello y grito:

—¡No te estoy escuchando!

«Devicaaa… Mírame. Mírate a ti misma. Fíjate bien en lo que nos estamos convirtiendo».

—¡No y no! —respondo con los dientes apretados—. Sé lo que estás intentando. Y no pienso caer en tu trampa.

Tengo que encontrar a Nate como sea. La cola desapareció cuando estaba a mi lado. Hará que esto desaparezca también.

«Venga, Devica. Avanza, sigue adelante».

Gotas de sudor me caen por la nuca, aprieto los dientes y levanto el pie contra la fuerza que sea que me esté reteniendo clavada al suelo.

Un solo paso consume toda mi energía. Logro dar otro más con gran esfuerzo.

¡Hurra! Con los brazos extendidos, avanzo despacio hacia delante y grito cuando mis palmas chocan contra el espejo.

Recorro el frío cristal con los dedos hasta encontrar el borde del espejo. Maniobrando en la oscuridad, logro bajar a otro pasillo sin chocar con nada más y suelto el aire que he estado reteniendo todo el camino. Venga, puedo hacerlo. La voz ya no es más que un recuerdo.

«Devicaaa… Abre bien los ojos. Mira quiénes somos real­mente».

—¡Lárgate! —le chillo—. ¡Te he dicho que no te estoy escu­chando!

Me tapo otra vez las orejas y me golpeo la frente con el espejo. Me voy hacia atrás tambaleándome y termino cayéndome de culo con un ruido sordo.

—¡Oh, mierda! —Me toco la cabeza con la palma de la mano y abro los ojos para ver si tengo sangre. Nada. Dentro de todo, he tenido suerte. Aun así, miro mi reflejo para asegurarme. Sí que tengo algo en la frente, pero no es sangre. Noto las venas heladas.

—Pero ¿qué coñ…? —Me arrastro hasta el espejo y tomo aire.

Cuernos .

Brillantes y negros, esos objetos puntiagudos me salen de la frente y forman una especie de U sobre mi cuero cabelludo. Menos mal que no he comido mucho hoy, porque, si no, lo echaría todo.

No, ahí no hay nada. Pasa lo mismo que con la cola. Es cosa de esos espejos.

Me estiro para alcanzarlos y casi me quedo sin aire cuando mis dedos se encuentran con una superficie tan lisa y suave como el mármol.

Paso el dedo por uno de ellos y presiono la yema contra la punta, y no puedo evitar un gesto de fastidio cuando el dolor atraviesa mi piel.

No, en esta ocasión no es como cuando la cola. Ahora sí que es real.

No, no y no. En absoluto. Me niego. No pienso tener cuernos. Al menos todavía no. Bueno, nunca. No quiero tenerlos nunca. Mi padre una vez me prometió que, como no había nacido con ellos, ya nunca los tendría.

Bajo la mano y la llevo hacia atrás para posarla en mis glúteos.

La cola de antes ahora se enrosca alrededor de mi pierna y me acaricia la parte alta del pie.

En este momento es tan tangible como los cuernos.

O sea, que nunca fue un truco. El truco estuvo en hacerla desaparecer cuando Nate la buscaba.

Se me acelera la respiración, y el corazón hace lo propio para seguirle el ritmo.

«Esto no puede ser posible. Yo no tengo cola. Yo no tengo cuernos».

Todo eso les está reservado a los demonios que cayeron hasta aquí abajo con mi padre. Esto es para los irredimibles. Pero no para mí.

Jadeando, me despego del suelo y miro hacia abajo en busca de mi reflejo, ansiosa por ver a mis nuevos accesorios batirse en retirada.

—¡Largaos! ¡Fuera de mí! Yo no soy mi padre.

«Sí lo eres —se mofa la voz—. ¿Es que no te reconoces a ti misma? Mírate más de cerca».

Una fuerza invisible me empuja hacia el espejo.

Ante el cristal, unos dedos que ya han dejado de ser míos me desabrochan todas las cuerdas de la capa y la dejan resbalar por completo de mis hombros.

Unas alas se despliegan tras de mí. Son de un rojo carmesí, idénticas a las alas destrozadas de mi padre que cuelgan sobre su cama, y tan grandes que podría envolverme dos veces con ellas.

Algo oscuro tira de los labios de mi reflejo. Algo siniestro.

«No puedo moverme».

Sea lo que sea lo que me esté agarrando, me ha dejado como convertida en piedra donde estoy. Trato de rebelarme y soltarme, pero mi cuerpo no responde. No consigo cerrar los ojos por mucho que los fuerce.

«Ya entenderás por qué no tienes madre —me dice la voz—. Vio quién eras en realidad y no quiso saber nada de ti».

Esas palabras, que no hacen sino confirmar mi mayor temor, me cortan tan profundamente como el cristal de los espejos. Una lágrima me recorre la mejilla, y se duplica sobre mi propio reflejo en su descenso hacia mi barbilla.

—Esa que se ve no soy yo.

«Mírate bien de nuevo».

Los cristales desaparecen y de repente estoy de pie en el Salón del Trono delante de una multitud de soldados. Tengo una horca en la mano. Y frunzo el ceño.

Ni tan siquiera mi padre hace ya uso de esa herramienta. Según él, no es más que un estereotipo.

—Esto no es real, esto no es real.

Intento cerrar los ojos de nuevo, pero nada. Imposible.

Muy al contrario, lo único que consigo es ver a un caminante oscuro que marcha hacia mí cubierto de arriba abajo en sangre. Me cuesta distinguir sus rasgos bajo tantísimo rojo. Pero, cuando le veo los ojos, descubro quién es. He pasado ya mucho tiempo mirando esos ojos.

«Nate» .

Batallo contra mis ataduras invisibles, pero no me sirve de nada. Ya no estoy en la parcela 11. Ahora estoy de vuelta en Dominus, en el Salón del Trono, y soy incapaz de controlar mi propio cuerpo.

Los soldados que tengo delante gritan palabras como «asesino» y «traidor». Miro a mi alrededor, pero sigo sin conseguir nada. No entiendo lo que se supone que tengo que hacer aquí.

Mi padre ocupa el trono, que está detrás de mí. Lleva el cuerpo hacia delante, tanto que su inmensa sombra bloquea casi toda la luz que entra en la sala.

—Hazlo, Devica. Hazlo. Que todo el mundo se entere de quién eres.

—No —me opongo en un susurro, y una segunda lágrima cae por mi mejilla. Me sabe salada a su paso por mis labios—. No lo haré. Yo no soy tú.

—Pero llevas mi sangre. —Su voz sacude el suelo y me retumba en el pecho—. Este es tu destino, Devica. Puedes hacerlo. Venga, acaba con él.

Entonces resulta que mi padre por fin cree en mí. Así que es mi oportunidad para demostrarle que no se equivoca.

Agarro la horca todavía con más fuerza. El calor se instala entre mis dedos y las púas de metal del arma se iluminan como velas.

Mi padre sonríe.