Capítulo XIII
XIII
Unas puertas altas y plateadas nos devuelven nuestra imagen a medida que nos aproximamos, primero pequeña, y se va haciendo más grande cuanto más cerca estamos.
El cristal magnifica el terror en nuestros ojos, y me giro y miro a todos los lados a mi alrededor.
Me suenan las tripas, más bien me rugen.
—¿Por qué no hay nadie por aquí? —pregunta Nathan Reynolds—. ¿Es normal?
—No lo sé, la verdad. Tal vez todos los soldados me estén buscando por los aposentos reales.
—Cuando me cercioro de que no hay ninguna emboscada aguardándonos, agarro la manija de la puerta—.
Supongo que este es el último lugar en el que esperarían encontrarme, puesto que de este sitio es absolutamente imposible salir.
—Espera. —Coloca su mano en mi antebrazo—. Si es imposible salir, ¿por qué estás tan segura de que nosotros sí lo lograremos?
—No, no lo estoy. —Con la manija entre los dedos, pego un tirón y la puerta se abre con lentitud. Me contraigo de dolor cuando las chirriantes bisagras se clavan en mis tímpanos—. Pero, una de dos: o nos la jugamos aquí o nos arriesgamos a que nos capturen los soldados en los acantilados.
—Menuda respuesta más elocuente. Decir eso es como no decir nada.
Nos colamos por el hueco y saltamos a la vez en el preciso instante en que la puerta va a cerrarse detrás de nosotros. Agarro con fuerza la empuñadura de la espada y estiro los hombros. Como me acobarde de este modo delante de cada puerta de este lugar, estamos destinados al fracaso.
—¡Guau! —exclama Nathan, y su voz se escucha con eco.
Estamos rodeados por espejos en suspensión. Lámparas circulares metálicas se balancean sobre nuestras cabezas, y sus bombillas centellean como las chispas de un fuego imposible de sofocar.
La parcela 13 estaba abarrotada de pecadores que proferían gritos ensordecedores, pero aquí estamos solos. A mis oídos solo llega el zumbido de las luces y el latido de mi corazón, que está fuera de sí. Noto los pelos de punta.
Prefiero los gritos, la verdad. Al menos sabía lo que esperaba de ellos.
—Este sitio se parece a las ferias a las que iba de niño —recuerda Nathan Reynolds al tiempo que toquetea uno de los cristales—. La sala de los espejos. Ya sabes, esa en la que unas veces te ves altísimo y delgado, y otras bajito y rechoncho.
Observo todo a mi alrededor, y percibo un creciente desasosiego en mi interior.
—Sí, se parece en todo menos en que… aquí diversión hay poca.
—Pues claro que la hay. —Suspira y se aparta del espejo—. Pero ¿qué pasa? ¿Es que ahora vamos a sufrir el ataque de un payaso terrorífico? ¿O acaso los demonios van a ponerse a salir de los espejos? Espera, espera. Ya sé. Payasos demoníacos. Sí, ese sería el infierno de mis sueños.
Repaso con el dedo índice la imagen que me devuelve el espejo y siento el frío del cristal bajo mi piel. Por fuera no es distinto al espejo de mi habitación.
—Aquí los espejos son el castigo. Es donde vienen los orgullosos, todas esas personas que en vida estaban obsesionadas con la imagen que proyectaban en los demás.
Ahora en este sitio están condenadas a deambular por un laberinto de espejos que lo único que les muestran son las cosas que más odian de ellas mismas.
Por eso aquí no hacen falta demonios, porque sus propias verdades son más que suficientes para torturarlas de por vida.
Se le escapa un silbido que rebota a nuestro alrededor.
—He de admitir que, aunque no querría vérmelas con ese hombre, tu padre hace unas cosas impresionantes. —Se mete las manos entre el pelo para apartárselo de la frente—. Por suerte, lo de aquí a mí no me afecta.
Intento con todas mis fuerzas reprimir las ganas de poner los ojos en blanco ante su apabullante reflexión. Nuevamente ese ego suyo del que ya he sido testigo.
—Te sorprendería. Eso que ves ahora es nuestro reflejo. Y te aseguro que las cosas se irán poniendo más feas según nos vayamos adentrando. Así que pégate bien a mí.
De la entrada pasamos a un vestíbulo forrado de espejos.
Algunos se deslizan cuando les place, y otros se mueven cuando los tocamos.
Se fusionan, y luego se separan unos de otros sin un patrón aparente.
Los espejos cubren toda la superficie: están por arriba de nuestras cabezas, a ambos lados de nosotros y por debajo de nuestros pies.
No puedo escapar a mi propia imagen.
Estoy más pálida que de costumbre, y tengo el bajo de la falda sucísimo por la pelea con Diripo. Se me ha bajado la capucha y me aliso el pelo con las manos.
Por detrás de mí aparece Nathan Reynolds. Menuda planta tiene enfundado en su uniforme con el casco de lado. Sobresalen sus mejillas sonrosadas por el sobreesfuerzo y, bajo esta luz, sus ojos se ven aún más azules.
Me guiña un ojo, y aparto enseguida la mirada. Estoy roja porque sé que me ha pillado.
—¿Te gusta lo que ves?
—Eres un caso perdido. —Gesticulo ante el espejo—. No entiendo que tengas ganas de hacer bromas de ese tipo en un sitio como este, en el que se castiga a la gente por ser tan presumida y vanidosa.
Abre la boca para protestar y decir algo en su defensa, pero enseguida la cierra para seguir mis pasos.
Caminamos en silencio durante un buen rato y esta vez soy yo la que lo pilla mirándome. Clavo los ojos en él.
—¿Qué pasa?
Se mete las manos en los bolsillos y sube tanto los hombros que casi llega a tocarse las orejas.
—Me he fijado en que los otros demonios unas veces tienen una apariencia humana como la tuya, pero otras se dejan ver en su forma de demonio. Sin embargo, nunca he visto tu forma demoníaca. Y confieso que me gustaría saber cómo es.
Trago y miro al suelo, y mi reflejo sigue observándome con cautela.
Algo resplandece en mis pies, pero desaparece en un parpadeo.
Estúpidas luces, están todo el rato jugándome malas pasadas.
—No tengo ninguna. Al menos aún. No sé si será algo que iré adquiriendo o qué pasará, pero, por ahora… Soy así. —Levanto la mirada y me encuentro con sus ojos en el espejo. Me obsequia con una de sus sonrisas.
Como siempre que me mira, me pongo colorada, así que me alejo, pero hago una pausa al llegar a una bifurcación en los espejos que desvela tres pasillos distintos pero igual de infinitos.
—Así que… —dice Nathan Reynolds—, ¿vamos para la izquierda o para la derecha? ¿O seguimos recto? Tenemos tres opciones de respuesta en el peor programa televisivo del mundo.
Frunzo el ceño. Los espejos cambian incesantemente sus patrones de giros y rutas infinitas, con el único fin de atrapar a los caminantes oscuros para toda la eternidad. No existe ni un solo mapa, ya que es imposible capturar su recorrido.
—Hemos girado a la izquierda al entrar —afirmo fingiendo más confianza de la que siento—. Así que ahora vamos a la derecha.
Nuestros reflejos nos escudriñan mientras continuamos por el laberinto. Nos guío basándome en mi instinto y me concentro en mis pies todo lo que puedo. El runrún de la electricidad crepita en mis oídos y me pongo la capucha intentando impedirlo.
No sé cuánto llevamos andando. En esta parcela el tiempo corre deprisa para desorientar a los caminantes oscuros, y los espejos cambiantes se unen a semejante confusión.
Aunque trato de mantener la vista apartada de los espejos, de tanto en tanto veo una sombra con el rabillo del ojo y, cada vez que me giro para echarle mano, resulta que detrás de mí solo está Nathan Reynolds, con la ceja levantada en actitud pensativa.
Marco con tiza las sombras hasta hartarme y me encojo de hombros.
Llevamos horas moviéndonos de un lado para otro, pero parecen días cuando él se pone a hablar de nuevo.
—¿Acaso lo ves demasiado fácil para ti?
Me detengo y ladeo la cabeza.
—¿A qué te refieres?
Gesticula ante los espejos, y sus muchos dobles imitan todos y cada uno de sus movimientos.
—Nuestros reflejos son normales. Al margen del laberinto en el que estamos inmersos, aquí no hay nada más que resulte amenazador para nosotros. Y tampoco hay nadie. ¿Dónde está toda la gente que está recibiendo su castigo?
—Aquí todos los caminantes oscuros van de un lado a otro en soledad para que nadie pueda decirles los cumplidos que tanto persiguieron en vida.
—Me coloco bien la correa de la bandolera en el hombro y lo miro por encima de la nariz—: ¿Me estás queriendo decir que te gustaría que esto fuera más difícil?
Levanta las manos con las palmas hacia arriba, y veo que encima de la muñeca, donde antes tenía la quemadura, ahora ya no hay más que una cicatriz rosada.
—Yo no he dicho eso. Lo que digo es que este lugar está diseñado para la tortura, ¿no es así? Entonces ¿cómo vamos a poder caminar por aquí sin que nos castiguen?
La inquietud me revuelve el estómago. Yo me he estado haciendo esas mismas preguntas, pero no hacía falta que él se enterara. Como tampoco hace ninguna falta que sepa de la existencia de esa sombra que no estoy muy segura de si nos está siguiendo. Se lo diré una vez que hayamos salido de aquí.
Si es que algún día conseguimos salir.
—Tal vez con nosotros las cosas no funcionen así —le sugiero—. Tú recibiste tu castigo en la parcela 13. Y ahí te espera aún. Y yo soy la hija del tipo que creó este sitio. Puede que todo esto solo afecte a los pecadores que hayan cometido este pecado en concreto.
—Supongo que será por eso. —Pone una mueca—. Pero tampoco me cuadra. Somos como toda esa gente de las películas de terror que dice: «En esta casa no sucede nada raro» y que luego se da cuenta de que hay un fantasma asesino escondido en el cuarto de baño.
Me aparto la capucha y lo miro perpleja.
—Creo que no me molarán nada de nada vuestras películas de la Tierra.
Tuerce el gesto, pero no dice nada, y continuamos por el laberinto, rodeados por nuestros reflejos frustrados y ese humo negro que parece perseguirme solo a mí. Me muerdo el labio para evitar admitir que sí, que estamos perdidos. Del todo.
Las sombras dan lugar a una forma alrededor de mis pies, y me quedo petrificada con la mano sobre la espada.
—Nathan Reynolds, ¿estás viendo esto?
—Por favor, deja de llamarme por mi nombre completo. Se me hace raro. Llámame Nate. —Entorna los ojos—. No, no veo nada.
Gira y avanza por el pasillo, pero yo me acerco al espejo. El objeto se mueve conmigo. Se distingue cada vez con más claridad, y me llevo la mano a la boca.
—Nathan Reynolds —le espeto. Él no se detiene. Me giro, con la esperanza de que lo que veo en el espejo desaparezca, pero gira también conmigo y se mueve cuando yo aminoro la marcha. Unos puntos negros me nublan la vista, pero parpadeo para espantarlos—. Nathan. Nate.
Se da media vuelta.
—¿Qué es eso?
—Yo… tengo… una… —La palabra me rasga la garganta y lucha por encontrar la salida entre mi lengua.
—¿Una qué?
—Me ha salido una cola.