Capítulo XII
XII
Cuando estoy segura de haber puesto distancia suficiente entre los dos soldados y nosotros, me detengo y extiendo la mano con la palma hacia arriba.
—Dame tu mano. Necesito destruir el rastreador que llevas en el brazo.
—¿El qué?
—Venga, no tenemos mucho tiempo para esto.
—Le agarro el antebrazo, se lo giro para darle la vuelta a la mano y presiono los números en color rojo que tiene grabados bajo la muñeca—.
Todos los caminantes oscuros tienen un rastreador incrustado en su sello.
¿No ves cómo brilla bajo la piel? Eso significa que han activado el tuyo.
Por eso antes nos han encontrado tan rápido. Debemos librarnos de él. Y ahora mismo.
Su cuerpo se tensa.
—¿Y cómo vamos a hacerlo? ¿Es que piensas cortarme el brazo? Yo estoy dispuesto a todo por salir de aquí, pero, la verdad, me gustaría hacerlo con todos mis miembros en su sitio.
Frunzo el ceño mientras estudio con detenimiento la luz que parpadea por debajo de su piel bronceada.
—Creo que podríamos provocar un cortocircuito.
—Bueno, supongo que suena mejor que la idea de amputarme una extremidad.
Le rodeo la muñeca con mis cinco dedos, y lo miro desde debajo de mi capucha con las cejas levantadas.
—Te va a doler. Mucho. Muchísimo. Te lo aviso.
Mira por encima de mi hombro, y veo que la melancolía oscurece sus ojos.
—Después de todo lo que me han hecho estos últimos días, el dolor ya no me asusta. Lo soportaré.
Le aprieto el brazo ante la obvia angustia que reflejan sus palabras, como queriendo transmitirle calma instintivamente. Pone su mano sobre la mía y me devuelve el gesto. Parpadeo en cuanto me doy cuenta.
Pero ¿qué estoy haciendo?
No forma parte de mi trabajo lo de reconfortar a caminantes oscuros. De hecho, más bien al contrario. Alejo mis dedos de su piel y rebusco en mi bolso la porra que les he quitado a los soldados.
Se la doy.
—Prueba a metértela en la boca. Evitará que te pongas a gritar como un loco y nos descubran.
Le da la vuelta a la cachiporra, levanta los hombros y se la coloca entre los dientes.
Le sostengo la muñeca de nuevo y entrecierro los ojos para examinar el rastreador.
No vamos a engañarnos: las posibilidades de que mi idea funcione son mínimas.
Nunca antes he visto un chisme de estos desde tan cerca, y aún menos he tenido ocasión de desactivarlo.
Noto la boca seca cuando coloco la palma de mi mano en su piel.
Cierro los ojos y pongo toda mi atención en mis venas. En el calor que me recorre el cuerpo por dentro.
Invoco la imagen del fuego en mi mente.
Pero no pasa nada, y aprieto los dientes, cabreada.
Resulta que soy capaz de destruir el objeto más preciado de mi padre y de chamuscar mi ropa, pero no logro echar ni una chispa justo cuando más falta me hace.
—¿ Demca ? —me dice Nathan Reynolds con la porra en la boca—. ¿ Tás ben ?
—Chisss. Necesito concentrarme, por favor.
Cuanto más intensas son mis emociones, más fuertes resultan mis poderes. Sobre todo cuando se trata de las más negativas, como el miedo, el terror, el odio… Son las que más sacan el demonio que llevo dentro. Sí, las que me vuelven tan fornida como mi padre.
«Mi padre».
Me ha tenido apartada de mi madre toda mi vida. Me dijo que se había ido para siempre cuando él la sigue visitando en secreto en la Tierra. La enterró más hondo de lo que los humanos entierran a sus difuntos, y ni siquiera me dio una lápida ante la que poder llorar.
La furia me nace en el estómago y se apodera de mi pecho. Recorre mis brazos de principio a fin y se manifiesta a través de las palmas de mis manos. No siento dolor alguno cuando mi carne lo quema, más bien me alivia dejar salir de mí la cólera para transmitírsela a él.
Las manos de Nathan Reynolds se tensan en las mías, y ni siquiera la porra que tiene entre los dientes le impide soltar un berrido.
Trata de apartarse inconscientemente, pero lo agarro más fuerte.
Se le forman ampollas y la pestilencia a putrefacto se mezcla con el aire ya de por sí lleno de humo sucio y tóxico.
Por suerte la porra logra silenciar los demás gritos.
Su cuerpo es reemplazado por el de mi padre. Hago rechinar los dientes y lo sujeto cada vez más y más fuerte, transformando cada una de las cosas horribles que me ha dicho y hecho en un fuego capaz de abrasarlo vivo.
De repente se oye un estallido y el rastreador se cortocircuita bajo mi palma, pero sigo como si nada. Tengo la cara empapada en lágrimas y las mejillas me arden de la rabia contenida. Dejo salir todo el fuego que me invade, determinada a eliminarlo para dejar cabida a lo bueno.
—¡Devicaaa! —La voz de Nathan Reynolds perfora el aire desde lejos y me caigo hacia atrás contra la pared que está a mis espaldas.
Las imágenes de mi padre se hacen añicos en el momento en que me golpeo la espalda contra la piedra y de nuevo vuelve a mi cabeza el chico de la parcela 13.
Lo veo ahí, mirándome horrorizado y meciéndose el brazo con la porra a sus pies.
Me sigue saliendo humo de las palmas de las manos, pero las llamas han vuelto a encerrarse en lo más profundo de mi cuerpo. Estoy bañada en sudor y tengo el pelo completamente pegado a la nuca.
¿Qué ha sido eso?
Entre sonoros jadeos, aprieto las manos y, de nuevo, me cubro la cara con la capucha.
—Perdona, lo siento —me disculpo en un susurro—. No estoy muy segura de lo que ha pasado. Aún estoy aprendiendo a usar mis poderes.
Se sopla la carne del brazo, que la tiene calcinada.
—Tranquila, no pasa nada. Además, ha funcionado. Se han acabado por fin esas lucecitas parpadeantes.
No quiero ni mirar la muñeca que me muestra. Si veo lo que le he hecho, apuesto a que vomito.
Y no es que me preocupe el hecho de herir a un humano. Estoy asqueada e indignada conmigo misma, sencillamente eso. El hecho de que en mi cabeza aún retumben sus agónicos gritos de dolor no significa nada.
Me da un suave toque en el hombro.
—Venga, no te preocupes, está todo bien. Solo estoy un poco más dorado de lo que suelo estar, pero ya me ves, todo en orden.
Alzo la cabeza para dejar caer la capucha y encontrarme con sus ojos. Ni un ápice de resentimiento en ellos. Ni una gota de miedo. He estado a punto de convertirlo en una barbacoa, y ni aun así parece tenerme miedo. Junto las cejas.
Está herido, y bastante.
—Gracias —mascullo al tiempo que arrastro el pie contra la grava que hay bajo nosotros. Meto las manos en mi bolso bandolera y saco dos cuchillos que le he arrebatado al soldado—. Toma. Llévalos tú, te harán falta.
Mira los filos, contrariado.
—Pensaba que habías dicho que no podemos matarlos, ¿no?
—No, no podemos. Pero si los herimos, los obligaremos a aminorar la marcha. —Acepta los cuchillos y se los guarda en el cinturón mientras recoge del suelo la porra que ha escupido cuando le he achicharrado la piel.
Avanzamos por la cueva en silencio.
Lo voy mirando cada poco por los lados de mi capucha. Tiene la cara contraída, como si estuviera absorto en sus pensamientos. Qué repelús. Se hace superraro cuando un humano que no se calla de repente no abre la boca. Así es imposible llegar a conocerlo.
—¡Maldita sea! —Nathan Reynolds suelta todo el aire cuando al fin salimos al exterior por el otro extremo de la cueva—. ¡Esto es enorme!
Me entra taquicardia. Estamos más arriba que cuando entramos, pero hemos subido tan despacio que apenas nos hemos percatado de ello.
Lapis se extiende bajo nuestros pies, con salientes y puentes de piedra, y parcelas separadas por picos de granito que se elevan hasta el cielo. Charcos negros salpican las paredes como si fueran un cuadro, cuevas como la que acabamos de atravesar que zigzaguean entre las rocas.
Unas interminables escaleras entran por ellas y las rodean.
Aquí no parece haber orden ni concierto, nada sigue un patrón fijo.
Más bien todo es como un puzle diseñado para confundir a quien ose salir.
Tan desconcertante como los propios picos.
No hay nada que conecte un nivel con otro.
Por eso, para llegar a uno, hay que bajar del todo y subir de nuevo.
Cuando mi padre diseñó este sitio, lo hizo así para que nadie se atreviera a salir de él, pero, evidentemente, no pensó en mí. Porque yo no me rindo así como así ante un desafío.
Abajo, las demás parcelas de esta ciudad descansan sobre elevados acantilados, conectados unos con otros por puentes de madera.
La marea es más brava por aquí, y el agua azota las piedras y da lugar a un estallido blanco.
Por el mar y por la arena hay repartidas antorchas con llamas de un rojo carmesí que iluminan la oscuridad.
Incluso desde esta altura es imposible ver el final de la ciudad. Se pierde en el horizonte, en un mar de tonos grises y rojizos.
—¿Qué hay ahí, por debajo de este lugar? —Nathan Reynolds se aproxima al reborde y mira con curiosidad.
Me pongo de pie a su lado, le sigo la mirada y me envuelvo con la capa.
—Caminantes oscuros.
—Escuché pronunciar esa misma palabra antes allí —añade—. Pero ¿qué quiere decir?
—Pecadores. Como tú. —Señalo hacia un barco que hay amarrado en una de las parcelas de abajo.
Las almas rebosan de la embarcación como el agua lo hace de un vaso.
Se mueven todas a la vez como si fueran una, serpenteando por el puente hasta llegar a su parcela.
Aunque es imposible adivinar su expresión desde aquí, se ve que la derrota los hace andar encorvados y con la cabeza gacha.
La desesperación se palpa en el aire como una nube bien cargada.
Me aparto de la escena para no atragantarme al ver lo que veo—.
Ya no son humanos. Se les ha arrebatado el alma.
Ahora son solo una sombra de lo que un día fueron.
De ahí que los llamemos «caminantes oscuros».
—Imagino que es más fácil pensar en ellos como cualquier cosa menos seres humanos.
Sus palabras me perforan y un escalofrío se adueña de mi cuerpo. Yo no puedo adentrarme en su cabeza, pero él sí que puede ver a través de mí como si fuera un trozo de vidrio transparente. Me aprieto la capa y comienzo a bajar el terraplén.
—Exacto. Ahora, vamos. Debemos seguir adelante.
Respiro más tranquila a medida que descendemos hacia Lapis. Si somos capaces de mantener este ritmo, lograremos alejarnos lo suficiente de los soldados para que no puedan alcanzarnos.
—¿Hasta dónde debemos ir? —insiste en saber después de recorrer unos cuantos kilómetros en un maravilloso silencio.
Exhalo y rodeo una roca que está ahí apostada bloqueándonos el camino.
—Es un viaje largo. Hablamos de semanas como mínimo. O de meses, si prefieres contabilizar el tiempo a la manera de la Tierra. Aquí abajo el tiempo avanza a un ritmo distinto.
—Sí, de eso ya me he dado cuenta. Diría que he estado miles de años colgando de esa pared…
Como le estoy dando la espalda, no puedo ver la expresión de su rostro, pero no me cuesta distinguir el dolor que hay en su voz.
Me vienen flashes constantes, y mi cabeza me recuerda el instante en que lo vi maniatado con cadenas en la parcela 13 y sangrando profusamente de un sinfín de heridas.
Y por mucho que esas heridas sangrantes de aquel momento sean ahora cicatrices rosadas que adornan su piel, el dolor me invade sin piedad cuando pienso en cómo lo encontré.
—En las parcelas se juega con el tiempo porque lo que quieren es prolongar tu castigo —le explico—. Por ese y por otros motivos, preferiría evitar todas las parcelas, pero tampoco estoy segura de tener otra opción si lo que queremos es pasar desapercibidos.
Me paro y observo con detalle el lugar que se abre ante nosotros.
Ahora sí que estamos más cerca del agua, y eso significa que debemos tratar de permanecer fuera de la vista de los barcos.
La manera más fácil de bordear las parcelas está a nuestra izquierda, pasando a través de otra cueva y subiendo luego unas escaleras.
Echo un vistazo y reprimo un suspiro. La subida es considerable.
Se detiene a mi lado.
—Pareces perdida. Tienes claro hacia dónde vamos, ¿no? Supongo que ya habrás salido del Infierno antes.
Alzo la mandíbula antes de emprender la marcha hacia arriba.
—No estoy perdida. Y, para tu conocimiento, mi padre no me permite ir a la Tierra.
—Pero tú ocuparás su lugar algún día, ¿no? Eso es lo que te oí decirle a Dildo antes.
—¡A Diripo! —suelto a voces—. Y yo no quiero sustituir a mi padre. Lo que quiero es irme contigo.
Vuelve a pararse, y contengo un suspiro ante su extraña habilidad para enlentecer nuestro camino. A este paso y con un poco de suerte, creo que llegaré a conocer a mi madre por mi trigésimo cumpleaños.
—¿En serio quieres venir a California? No te veo en modo surfera ni acosando a famosos.
—No sé qué es nada de eso, pero te aseguro que yo tampoco me imagino como dices.
Dejo escapar una respiración ruidosa cuando compruebo que hemos llegado a lo más alto del terraplén y debemos tomar otra curva para adentrarnos en un nuevo túnel.
No le puedo hablar de mi madre. Si se llega a enterar de que tengo a alguien en la Tierra, se dará cuenta de que me estoy aprovechando de él. De que simplemente lo estoy usando y no tengo intención alguna de hacer que se quede allí.
Es mucho mejor que piense que quiero ayudarlo a él más que a mí misma.
Con el dorso de la mano, me limpio el sudor que se me acumula en las cejas.
—Sí, quiero conocer ese sitio mientras estoy allí echándote un cable para que recuperes tu libertad. Nunca he estado en California. Y, dicho esto, que sepas que mis planes a ti no te incumben.
—Bueno, bueno, está bien. —Acelera el paso para ponerse a mi altura y seguir caminando a mi lado—. Por el momento te dejo guardarte tus secretos. Pero te aseguro que llegará el día en que caerás rendida ante mis encantos.
Arrugo el ceño en la oscuridad.
—Lo dudo.
Dejamos atrás el túnel y me detengo tan de repente que Nathan casi vuelve a chocarse conmigo.
—¡Mierda!
El camino se bifurca en dos direcciones. La de la derecha conduce a otro terraplén en torno a las parcelas. Sin duda la ruta más asequible. Pero entonces un destello de metal revela la posición de los soldados. Cuento al menos diez.
Y antes ya nos ha costado esquivar a tres.
—¿Por dónde tiramos? —me pregunta.
—Si vamos por la izquierda, llegaremos a la parcela 11 —murmuro—.
Allí es donde alojamos a los caminantes oscuros que han cometido el pecado del orgullo.
Y si vamos a esa parcela, no nos quedará más remedio que someternos a su castigo.
—Me entra un escalofrío. Después de haber pisado la parcela 13, reconozco que lo de adentrarme en otra parcela no es lo que más me apetece—.
Si seguimos por el camino de la derecha, nos daremos de bruces con todos esos soldados, y a saber cuántos más habrá escondidos entre ellos.
Sigue mi mirada y deja escapar una gran bocanada de aire que aparta el mechón de pelo que le roza la frente.
—Entonces vamos mejor hacia la izquierda, ¿no?
Empuño la espada y me armo de valor.
—Lo has pillado.