Hoy no, Satán Capítulo XI
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Capítulo XI

XI

Todo a mi alrededor me da vueltas, y siento una fortísima presión en el pecho.

¿Cómo ha podido enterarse tan rápido? Si apenas habíamos salido de Dominus.

Sé que ya nunca seré bien recibida en mi casa. Aun cuando mi padre me dejara con vida, seré considerada una traidora. Ni siquiera Atty querrá volver a saber de mí.

—¿Estás bien? —me pregunta en susurros Nathan Reynolds—. No te irás a desmayar aquí, ¿no?

Su voz me saca de mis ensoñaciones. Parpadeo hasta que centro su imagen y el dolor del pecho desaparece.

Me mira, y veo una preocupación sincera en sus ojos.

Abro la boca para repetirle que estoy bien, pero no logro que me salgan las palabras.

Me mira de una forma extraña. Como si de verdad le importara mi bienestar.

Pero apenas me conoce.

Probablemente lo único que le importe es que le he prometido que lo sacaría de aquí.

Asiento y aparto la mano de su boca.

—Solo necesito un minuto.

Pegada a la pared, avanzo despacio. No alcanzo a ver lo que hay al doblar la esquina, pero, por las voces, debe de haber como mínimo tres soldados.

Aunque las heridas de mi acompañante están mejor, sigue débil. Y, por si eso fuera poco, es humano, lo que lo hace aún más inútil.

«Tres para uno. ¡Magnífico!».

—Espérame aquí —bisbiseo—. Y, por lo que más quieras, estate calladito.

Saco la espada de la vaina y la empuño con la mano sudorosa. En clase soy una luchadora decente, pero la mayoría de los soldados me sacan siglos de ventaja en entrenamiento. El metal que sostengo destella en la cueva y la inunda de estrellas danzantes mientras la blando a la luz del fuego.

Contengo la respiración y tomo posición en la esquina. Los soldados me dan la espalda. Están de pie al borde de un acantilado, con postura relajada.

Afortunadamente, cuento con el elemento sorpresa.

Usando ambas manos para mantener el arma firme, salgo de la cueva y asesto un golpe a la primera soldado. El filo la esquiva por unos milímetros, pero se asusta tanto que se va hacia atrás sin pensar y se cae acantilado abajo sin ni un simple grito.

Se me abren los ojos como platos.

«Ooops».

La caída no la matará. Si acaso, disfrutará de un par de días de vacaciones pagadas. Lo mismo hasta me da las gracias.

El segundo soldado comienza a vociferar. Me soplo el flequillo para apartármelo de la cara y me doy la vuelta.

Con la espada en alto, lo rodeo, con la capucha puesta para que no se me vea la cara. Se va hacia la izquierda y copio su movimiento. Mueve la porra en la mano y de pronto le veo la placa que luce en el hombro, exactamente la misma que tiene Attero. La de soldado en prácticas.

Eso me facilita un poco las cosas. De entrada todo apunta a que yo he recibido más clases de lucha que este pobre. Casi hasta me da pena.

Me voy hacia atrás para empujarlo cuando algo me da en la cabeza y siento un fuerte dolor que me recorre desde la nuca hasta los ojos.

Me había olvidado del tercer soldado.

El suelo se precipita hacia mí y me caigo con un gruñido; el aire se me escapa de los pulmones y las piedras se me clavan en las palmas de las manos. Mi espada repiquetea y termina posándose en el límite del acantilado. Lo miro horrorizada.

—¿Quién eres tú? —El soldado me levanta por la fuerza agarrándome del codo y me aparta la capucha de la cara. Pone los hombros rígidos—. ¿Alteza?

Me baja el brazo y mi cuerpo se hunde cuando leo el nombre que figura en su uniforme.

«Diripo».

Es uno de los soldados más veteranos de mi padre, y me cuidó infinidad de veces de niña. Siempre tuvo predilección por mí.

Le hago el mismo puchero que solía hacerle cuando era pequeña y quería conseguir algo.

—Por favor, suéltame. Déjame marchar. Ha sido un error.

Pero no me suelta.

—Lo siento, alteza, pero hemos recibido órdenes de mandarla de vuelta a sus aposentos. Corre el rumor de que ha liberado a un caminante oscuro.

Noto palpitaciones en la cabeza, y me froto el chichón con un quejido.

—Lo único que estoy haciendo es dar un paseo por este sitio que muy pronto será mío. Como puedes ver, estoy sola. —Lo miro poniéndole ojitos de niña buena—. Lo último que haría es liberar a un caminante oscuro. Todos son unos malvados.

Hago un mohín y pongo la misma cara compungida que los caminantes oscuros que claman su inocencia ante mí semana tras semana.

No soy capaz de verle los ojos a través del visor, pero siento que relaja los dedos y me agarra menos fuerte. Carraspea y ladea la cabeza.

—Supongo que podríamos…

Un chillido atraviesa el aire y Nathan Reynolds sale volando de la cueva, con media pierna izquierda extendida. Me quedo pálida. Y lo insto a parar, pero es demasiado tarde.

Su pie golpea la frente del soldado en prácticas que está a mi lado, quien, mala suerte, justo se acababa de quitar el casco para sacarle brillo al visor con la manga. Se golpea la cabeza con uno de los salientes del muro de piedra y se desploma en el suelo, inconsciente.

Apenas tenemos tiempo para pensar. Diripo ya me ha soltado el brazo para dirigirse hacia el disturbio. Me lanzo en picado para recuperar la espada y doy una voltereta para atrás. Él echa a correr tras de mí y yo blando el arma. Se para justo cuando el afilado borde roza el dobladillo de su chaleco.

—No me obligues a hacerlo. —Se me quiebra la voz—. Sé que esto no te matará, pero te dolerá una barbaridad, y no quiero hacerte daño.

—Alteza. —Diripo se aparta el casco y deja ver su cara en forma humana, en la que destacan sus prominentes pómulos, sus ojos rebosantes de cariño y la larga cicatriz que se dibuja entre ellos.

Es el mismo rostro que de niña me calmaba de noche cuando tenía pesadillas y mi padre nunca estaba.

Casi suelto la espada. No puedo herir a alguien que me ha cuidado tanto cuando nadie más lo hacía.

—Piense en lo que está haciendo —me insiste—.

Lo está arriesgando todo por un caminante oscuro.

Y un asesino ante todo. Déjeme que la devuelva a su padre.

Le diré que el pecador la secuestró y que la ayudé a escapar.

—Me tiende la mano, enfundada en un guante—.

Por favor, alteza. He sido el sirviente más leal de su padre durante años. Me creerá, se lo aseguro.

—Devica —me llama Nathan Reynolds—. No lo escuches. Te está engañando.

Los ojos de Diripo me muestran lo contrario. Son auténticos. Después de todo, yo prometí que no le haría daño. Y él ahora me está devolviendo el favor.

Me muerdo el interior de las mejillas. Mi padre me perdonará si Diripo habla con él. Podré pasar página. Obligarán a Nathan Reynolds a volver a su parcela y seguro que recibirá un castigo aún peor, pero al menos no tendré que volver a verlo.

Bajo la espada y permito que Diripo me ayude a levantarme.

—Lo siento mucho —digo.

—No pasa nada, alteza. —Diripo sonríe, con esa misma sonrisa con la que me arropaba en la cama hace años.

—Devica —me suplica Nathan Reynolds, pero ni lo miro.

—Lo siento —le pido perdón de nuevo, y siento el dolor clavándoseme en la garganta—. Por favor, discúlpame.

En ese momento, embisto a Diripo con la espada. Con un golpe certero, se la clavo en la cabeza. Al instante cae a mis pies, inconsciente. Me alejo de la sangre que le sale a chorro del cráneo.

Esa era la última cosa que quería hacer.

Nathan Reynolds se recuesta contra la pared. Respira con dificultad, y tiene las rodillas dobladas y los ojos cerrados.

—Casi me lo trago. Llegué a pensar que me entregarías.

La furia se apodera de mí y me nubla la vista. Lo pisoteo y le doy un golpe en el suelo.

—¿Por qué has sido tan poco cauteloso? Te he dicho que lo tenía todo bajo control. Pero nos has puesto en riesgo a los dos saliendo cuando te ha dado la gana.

—Bueno, pues lo siento. —Se restriega la huella rosa que he dejado en su piel—. Pensaba que necesitabas ayuda.

—Pues ya ves que no. —Enfundo la espada y me sacudo las manos en el vestido porque las tengo guarrísimas—. Y mucho menos de un caminante oscuro.

—Ya veo, ya. Me cuesta creer que despeñaras a uno de esos soldados por mí.

Entorno los ojos.

—Por mí querrás decir. Mi padre me matará si nos pilla. Además, esa soldado estará bien. Un poco magullada si acaso, pero sobrevivirá. La única forma de matar a un demonio es lanzándolo al río Ignis. Y ahora mismo no estamos muy cerca que digamos.

—Todavía. —Traga saliva—. Me muero de ganas de conocer ese lugar.

Como si no viera el charco de sangre que se ha formado junto al cuerpo de Diripo, lo arrastro junto al del novato y comparo el tamaño de ambos cuerpos con el de Nathan Reynolds.

Salta a la vista que el del novato es demasiado pequeño, así que suspiro y empiezo a quitarle el uniforme a Diripo.

No puedo evitar poner caras mientras desabrocho los botones y las cremalleras tratando de no ver lo que hay debajo.

Contemplarlo desnudo no es algo que quiera guardar en mi memoria para la eternidad.

—¿Qué es esto que hay aquí dentro? —Le quito una bota y la lanzo al suelo al lado de Nathan Reynolds—. Esta cosa para dar patadas y hacer gritar.

Mira las botas con cara de sorpresa.

—Esto se usaba en kung-fu.

—No tengo ni idea de qué es eso.

—¿Es que aquí no tenéis películas de kung-fu? Pero, si esto es el Infierno. ¡No puede ser!

Agarra la bota y, al sacudirla, caen unas cuantas piedras.

—Kung-fu. Ya sabes, Bruce Lee. ¿No lo conoces? ¿Y a Jackie Chan? ¿A Jet Li?

Lo miro arqueando las cejas.

—¿Me tendrían que sonar de algo esas palabras?

La segunda bota de Diripo sale con un ¡chof! Por el apestoso olor del calcetín, es evidente que los soldados sudan la gota gorda con el pie ahí metido todo el día. Aleteo las fosas nasales, aliviada de que sea Nathan Reynolds el que tenga que meter ahí el pinrel y no yo.

—No son palabras —espeta—. Son personas; auténticas leyendas mejor dicho. ¿Qué estás haciendo?

Le doy el uniforme y la segunda bota, y me quedo ahí, de pie. Me duelen todas las articulaciones por la subida hasta aquí, así que extiendo los brazos por encima de la cabeza y estiro el cuerpo todo lo que puedo.

—Necesitas una vestimenta adecuada. No puedes andar por ahí con ese medio mono. Esto te ayudará a pasar desapercibido.

—De acuerdo. —Lleva las manos a la cinturilla de su mono destrozado y, en ese momento, se detiene—. Um… eh… ¿No podría tener un poco de privacidad?

Me ruborizo y entrecierro los ojos antes de darle la espalda.

—Como si yo quisiera verte desnudo.

—Nadie podría culparte de que quisieras hacerlo.

El calor se apodera de mi rostro y desciende por el cuello. Sí, podríamos decir que es atractivo, pero, desde luego, lo que tiene es un ego del tamaño de mi padre. Está claro que tengo un don para elegir a mis compañeros de viaje.

—Si continúas diciendo cosas de este tipo, te mando de vuelta a tu parcela. Así allí podrás flirtear con los demonios mientras te clavan cuchillos.

—He de decirte que allí solo se usan espadas —masculla.

Su mono cae a mi vera y cojo aire antes de asegurarme de manera meticulosa de que mi espada continúa en su vaina y mi vestido no está todo desgastado.

Se aclara la garganta y me giro para verlo ya vestido. Me siento extrañamente aliviada y decepcionada al mismo tiempo.

—Deberíamos seguir —me insta mientras el cuerpo de Diripo se contrae involuntariamente entre nosotros—. El Dorito este de aquí me está poniendo nervioso.

Afirmo con la cabeza, y recopilo las armas y las esposas que cuelgan del cinturón del soldado en prácticas. Una vez que están todas en mi bandolera, le digo:

—Sígueme.

Le echo una última mirada a los soldados, que yacen inconscientes, antes de doblar la esquina.

El dolor me invade el pecho. En lo que llevo de huida, ya he traicionado a Attero y a Diripo, los únicos dos demonios de aquí abajo que de verdad alguna vez se han preocupado por mí.

Si el encontrar a mi madre no era razón suficiente para irme, ahora ya me he dado a mí misma un motivo para no volver jamás.