Capítulo X #2
Dice que sí con la cabeza y me tiende la mano. Arqueo las cejas antes de comprender lo que me está pidiendo. Lo agarro y tiro de él rezongando. Se tambalea, así que paso su brazo por mi hombro.
Me da que voy a tener que andar yo por los dos.
Aunque no conozco esta parcela nada bien, lo que sí tengo claro es que la salida que necesitamos está en dirección contraria a por donde entré. Nos balanceamos a la par. Nathan Reynolds pesa como un saco bien lleno de carbón.
Conseguimos llegar al otro lado de la parcela 13 sin que nadie nos detenga. Nos viene de perlas que los demonios aquí estén tan entretenidos con todos los caminantes oscuros que hay. Tristemente esta es una de las parcelas más abarrotadas, lo cual ahora mismo juega a nuestro favor.
La salida se asemeja mucho a la entrada: una enorme puerta de acero que va desde el suelo hasta el techo y que es tan pesada que ningún humano sería capaz de abrirla.
No obstante, los demonios sí que podemos, lo que significa que nosotros podremos pasar por ella, a menos que se interpongan en nuestro camino los dos soldados que ahora mismo la custodian.
¡Mierda! Con todos estos guardias, ¿cómo se las arregló este humano de mierda para colarse en mi habitación?
Me muerdo el labio y lo empujo detrás de un peñasco, justo al lado de un caminante oscuro que está allí delante encadenado. Me agacho y le pregunto a Nathan:
—¿Cómo te las ingeniaste para escapar de aquí?
Sigue medio consciente y esboza una sonrisa ensangrentada.
—Soy un tipo malo como un demonio, ja, ja, ja.
Lo pillas, ¿no? —Lo fulmino con la mirada y la risilla se le hace añicos en la garganta.
Traga y la seriedad se instala en su rostro—.
Además, a los guardias les caía bien. Decían que mis chistes eran muy graciosos, así que de vez en cuando me soltaban para darme un descanso.
Justo ese día, vi que la puerta no estaba cerrada del todo.
Así que primero les hice reír un poco, luego se pusieron a discutir tratando de resolver uno de mis acertijos…
y yo aproveché lo distraídos que estaban protestando porque no se ponían de acuerdo en la respuesta y, sin que se dieran cuenta, me piré.
Parpadeo. Si de verdad se escapó así, yo diría que esos soldados se merecen un buen castigo. Es más, para mí, el simple hecho de que se rían de las bromitas pesadas de Nathan Reynolds es motivo más que suficiente para arrojarlos al río. Yo misma lo haría encantada.
—Pues creo que nos toca distraerlos de nuevo. Aunque ahora tendrás que cambiar de estrategia, porque imagino que te estarán vigilando con mil ojos en estos momentos.
¿Con qué podría distraerlos?
Mis ojos se fijan en los grilletes que mantienen atado al peñasco al tipo que tengo enfrente. Al igual que los de Nathan Reynolds, están unidos entre sí por una especie de enganche de metal que pasa por detrás de la piedra. Frunzo el ceño, pensativa.
La verdad es que no estoy segura de que mi idea vaya a funcionar. Y si no funciona, conseguiré lo contrario: que se fijen en nosotros y sellen mi destino. Pero no he recorrido todo este camino para rendirme ahora.
Echo mano al enganche.
—Pero ¿qué estás haciendo? —murmura Nathan Reynolds.
A la vez que lo mando callar, tiro del enganche hasta lograr sacarlo del pestillo.
—Ya ves.
Cojo aire y espero, y siento el sudor caer por mi cuello.
Cuando las cadenas se le aflojan y caen al suelo, él va dando tumbos hacia los soldados, los mismos demonios que lo torturan a diario. Suelta un grito gutural y carga contra ellos. Ambos desenfundan la porra y echan a correr tras él hasta saltar sobre su espalda y aplastarlo en el suelo.
—¡Ahora! —digo.
La adrenalina se me dispara mientras voy a toda prisa hacia las puertas medio arrastrando a Nathan por la cintura.
Tiro del pomo sin esfuerzo y nos colamos por el hueco de la puerta entreabierta antes de que se cierre del todo.
Y al instante lo hace sin dar tiempo a los guardias a levantar la vista.
Nathan Reynolds se detiene para coger aire, pero tiro de él para que continúe.
—Ahora no, debemos seguir adelante.
Yo tampoco me paro a pensar en lo que he hecho mientras cruzo el puente que lleva al otro lado y comienzo a subir los peldaños hacia los acantilados de Lapis.
De todos modos, ya es demasiado tarde. He dinamitado la norma más importante de mi padre y he liberado a un caminante oscuro. Estoy acabada.
Una vez en lo más alto de la escalera, nos adentramos en la boca de una cueva que hace una curva alrededor del muro. Estamos ya casi al final cuando una voz procedente del otro lado me obliga a pararme en seco. Pongo la mano en el pecho de Nathan Reynolds.
—¿Qué es eso? —pregunta, jadeante.
—Chis. —Mi mano pasa de su pecho a su boca, para que no la abra. El corazón me late fuera de control—. Soldados.
—Recibido —concluye una voz ronca femenina que dobla la esquina.
Se oye el crepitar de un walkie-talkie y otra voz que contesta. No entiendo lo que dice, pero conozco ese timbre como si fuera el mío. Es la voz que ha dirigido toda mi vida.
Siento un agujero en el estómago más profundo que la fosa de la parcela 13.
«¡Qué rapidez!».
Sigue una pausa y, acto seguido, el clic de un botón.
—Buscaremos a su hija, majestad. Y encontraremos también al caminante oscuro que se ha escapado con ella. No pueden estar muy lejos. Corto y cambio.
—¿Qué se supone que está pasando? —Nathan Reynolds balbucea contra mi mano. Lo aprieto para que se calle.
—Mi padre se ha enterado —confieso, y nuestras miradas se encuentran, y siento las manos tan frías como el hielo—. Somos oficialmente fugitivos.