Hoy no, Satán Capítulo X
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Capítulo X

X

Dominus conecta con Lapis a través de un largo puente que no queda lejos de los dormitorios de los demonios.

Sacudo la cabeza para deshacerme de la imagen de Ferus mirándome mientras me abro camino por el agua turbia, y luego me paro frente a la puerta. Debería estar nerviosa, pero la ansiedad que sentía al huir de mi habitación se ha convertido en determinación.

No sé qué me espera en la Tierra, pero, sea lo que sea, será mejor que lo que me rodea aquí abajo.

Dando golpecitos con los pies en el suelo, intimido con la mirada a los dos soldados apostados allí haciendo guardia y espero a ver si se apartan. Como no parecen dispuestos a hacerse a un lado, me pongo la capucha y me muerdo los labios.

—Dejadme pasar.

—¡Alteza! —El soldado de la izquierda inclina la cabeza al verme y el que está a su lado sigue el ejemplo—. ¿No debería estar en sus aposentos?

Cruzo los brazos sobre el pecho y levanto la mandíbula haciendo un esfuerzo por mostrarme impasible.

—Estoy aquí para interrogar a un caminante oscuro. A Nathan Reynolds. ¿Os acordáis de él? En un descuido de vuestros hombres salió de su parcela, entró a la fuerza en mi dormitorio y me atacó salvajemente. Tendré secuelas de por vida gracias a su incompetencia.

El primer soldado abre los ojos hasta no poder más.

—Lo lamento, alteza. No debería haber pasado. Me encargué yo mismo en persona de arrojar al río Ignis a esos guardias negligentes que estaban de servicio. Su ineptitud y torpeza la pusieron en peligro. Ya no es necesario que vuelva a ver al prisionero. Nos estamos ocupando de él.

La cara se me descompone al enterarme de que esos pobres demonios han muerto por mi culpa, pero enseguida trato de ocultar el bochorno para que no se den cuenta y arqueo las cejas.

—Perfecto, gracias por tu buen hacer. No obstante, muy pronto estaré al cargo de todo esto, y me gustaría conversar con Nathan Reynolds. Así que, o me dejas pasar de inmediato, o le diré a mi padre que has hecho caso omiso de las órdenes de tu futura reina. Dime, ¿qué prefieres?

Tartamudea y mira a su compañero, quien enseguida mueve afirmativamente la cabeza.

—P-p-por supuesto, adelante, alteza.

Bien, más fácil de lo que pensaba.

Los miro, asintiendo.

—Mejor así.

Se marchan, pero, justo cuando doy un paso entre ellos, el primer soldado me agarra con firmeza de la muñeca. El corazón me da un vuelco.

—¿Qué haces ahora?

—Preferiría escoltarla, alteza. —Me suelta el brazo y levanta la cabeza—. Me quedaré más tranquilo si uno de nosotros dos va con usted.

A duras penas reprimo las ganas de soltar un bufido. No soy una niña. Y estaría bien que todo el mundo parara de tratarme como si lo fuera.

Me subo la capa para dejar la espada al descubierto y lo miro con desprecio.

—Sé cuidarme solita. Así que limítate a hacer tu trabajo y a vigilar para que nadie se escape.

Retrocede antes de hacer otra reverencia.

—Sí, alteza. Mis disculpas de nuevo.

Hago lo posible por quedarme quieta mientras me abren las puertas y me ven entrar en la parcela. Me cuesta horrores no girarme para mirarlos.

Cuando las puertas de la parcela 13 se cierran tras de mí, siento que se me hiela la sangre.

«Con razón se oye tanto grito».

Y yo que pensaba que estaba preparada para esto. El Infierno ha sido mi hogar desde siempre. Pero, por oscura y triste que sea mi ciudad, no tiene nada que ver con el horror que me rodea ahora mismo.

La parcela 13 es inmensa. Y no solo en anchura y longitud, sino también en profundidad. Aunque no he bajado mucho durante mi viaje hasta aquí, ahora mismo estoy en una especie de hondonada. Arriba, el cielo es tan negro como el de Dominus, un vacío infinito de desesperanza.

A uno y otro lado no veo más que acantilados de piedra con paredes pintadas con la sangre de los caminantes oscuros.

A mis pies hay hoyos que están a rebosar de sangre, y noto que hasta me cuesta tragar.

La sangre salpica y mancha todas y cada una de las rocas, cada minúsculo grano de arena, y el pestazo a ácido y a óxido me tapona la nariz.

Los gritos hacen temblar hasta el aire como la traca final de unos fuegos artificiales.

Tengo todos los sentidos tan saturados que soy incapaz de distinguir uno del otro. Me rodeo a mí misma con los brazos para intentar amortiguar los escalofríos que me recorren el cuerpo.

En Dominus estoy sola todo el tiempo, aunque en realidad nunca lo estoy del todo.

Y es que, aunque no se dirijan a mí, los soldados de mi padre no me quitan la vista de encima.

Sin embargo, aquí, en este sitio oscuro y tétrico, por primera vez en mi vida me siento verdaderamente en soledad.

Y justo he tenido que escoger la parcela que alberga lo peor de la humanidad para disfrutar de esa independencia.

«Vaya ojo tienes, Devica».

Exploro lo que me rodea, inquieta por cómo me las ingeniaré para encontrar a un caminante oscuro entre toda la piel, los huesos y los dientes que hay por todas partes.

Me cubro otra vez la cara con la capa mientras un caminante oscuro encadenado a una roca deja escapar un sonido inhumano que me hace estremecer.

Toco la punta de la espada con la mano y cierro los dedos en torno a ella a medida que me voy adentrando en la parcela, forzándome a ver más allá de la agonía de los rostros que me rodean y centrándome solo en sus rasgos.

No logro analizarlos demasiado tiempo sin sentir su pánico, su culpa y su ingente dolor.

No sé por qué, pero este sitio hace que me duelan las entrañas. A mi padre y al resto de los demonios no les afecta en absoluto pisar este lugar, o al menos no permiten que les afecte. Tal vez sea por mi lado humano. Ahora entiendo por qué mi padre quiere acabar con él.

Teniendo en cuenta sus horrendos gritos, dudo muy mucho de que esta gente derroche simpatía.

Todos fueron lo peor de lo peor en la Tierra.

Asesinos, violadores, pedófilos. O sea que, si algún humano se merece estar aquí, es evidente que son ellos.

Pongo todo mi empeño en desoír sus llantos y sigo recorriendo la parcela.

Suspiro al verme las suelas de las botas manchadas de sangre. Estos caminantes oscuros se merecen esto y más, pero mis botas nuevas no.

Después de horas y horas (se me hacen eternas) buscando y escondiéndome de los soldados que patrullan la parcela, por fin consigo dar con Nathan Reynolds, que está maniatado a una pared. Por mucho que haya visto aquí, me rompo por dentro al toparme con él, y me tapo la boca para ahogar un grito.

Está sin camiseta, y no para de sangrar por las innumerables heridas abiertas que tiene en el torso y en las muñecas.

Las heridas tienen pinta de ir a cerrarse solas pronto, por lo que los demonios volverán y se las abrirán de nuevo.

Ese es precisamente su castigo: sentir la muerte muy muy cerca, sin alcanzar la paz que aporta el final.

La cabeza le cuelga sobre el pecho y tiene los ojos cerrados, pero sus quejidos indican que no ha perdido la consciencia. Vaya si está consciente. Mi padre no le concedería a nadie el lujo de descansar en paz aquí para siempre.

He observado tantísimo su fotografía que he llegado a olvidar que el Infierno encontraría la manera de borrar la sonrisa de medio lado de su rostro.

He pasado entre caminantes oscuros amputados y con las tripas por fuera, pero puedo asegurar que nada me ha impactado tanto como ver en este tétrico sitio, y casi partido por la mitad, al chico que me sonrió en su primer día aquí.

—Nathan Reynolds —digo con voz temblorosa.

Alza la cabeza y mira de soslayo la sangre que le brota del rasguño que tiene sobre el ojo.

—¿Devica?

Frunzo el ceño y me alejo para que no vea su dolor reflejado en mis ojos.

«Mantente firme, Dev». Este muchacho no tiene nada de especial. Es tan perverso como el resto.

Tenso la mandíbula y llevo mi dedo índice a sus labios agrietados.

—Voy a sacarte de aquí, pero necesito que no abras la boca. ¿Serás capaz?

Asiente, susurrando contra mi dedo como si estuviera besándolo.

Es más alto que yo, por lo que tengo que ponerme de puntillas y reclinarme sobre él para tratar de quitarle los grilletes.

Cada parte de mi cuerpo que lo roza es sacudida por un calambrazo, como si ese tipo tuviera carga eléctrica.

Lucho contra mí misma para centrarme en el candado en lugar de despistarme pensando en lo bien que encajamos el uno con el otro, como las piezas de esos puzles que mi padre una vez me trajo de la Tierra.

Apoya la cabeza en mi hombro y me susurra al oído:

—Gracias.

Un cosquilleo me recorre de arriba abajo y, sin querer, suelto el enganche que por fin había conseguido abrir y vuelve a estar atado. No me extraña que mi padre estuviera tan obsesionado con mantenerme alejada de los humanos. Su cercanía confunde. A su lado ni mi propio cuerpo me obedece.

—No me des las gracias todavía —suelto entre dientes, poniendo otra vez los dedos alrededor del candado—. Y por el amor de todos los demonios, deja de hablar de una vez.

Mi padre dejó de poner candados en los grilletes cuando a los soldados les dio por perder las llaves. De todas formas, la mayoría de los caminantes oscuros de esta parcela son demasiado débiles como para tratar de desencadenarse ellos solos.

Al fin consigo mover el pesado enganche y sacarlo del pestillo para soltar a Nathan Reynolds, quien se viene hacia delante y termina cayendo sobre mí, que, cómo no, también me voy al suelo. Nos damos tal golpetazo que me quedo sin respiración por un momento.

Desde encima de mí, me mira con ojos de sorpresa, y a mi cabeza regresa el momento en que los dos estuvimos en esta misma posición en mi dormitorio. ¿Por qué narices este humano siempre termina sobre mí?

—¡Quita! —Le pego un empujón y rueda sobre su espalda. Cuando recobro el aliento, me pongo de pie y me sacudo el vestido. Él sigue resollando en el suelo, pero me fijo en sus heridas y me doy cuenta de que están empezando a cerrarse—. ¿Crees que puedes andar?