Hoy no, Satán Capítulo IX #2
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Capítulo IX #2

—¿Que no? —Me mira con lascivia sobre su nariz afilada—.

¿Qué has hecho tú, aparte de entrometerte en mi camino?

Yo me gané mi sitio aquí abajo. He librado batallas junto a tu padre como el resto de sus soldados.

Me sacaron de mi casa, acabaron con mis alas y mi cuerpo está lleno de heridas de guerra.

Y tú, princesa, tú no has hecho nada para merecerte tu sitio aquí.

Finges luchar con una espadita de madera, pero nunca has vivido una batalla de verdad.

Dime en qué momento te has hecho merecedora del trono.

Gruñe las últimas palabras, y doy un respingo antes de erguir el cuerpo.

Ferus puede haber luchado mucho junto a mi padre, pero yo tengo las heridas y cicatrices de la batalla diaria. Por la distancia de mi padre, por su ira y por sus mentiras, que me han llevado a creer que estoy completamente sola.

Y si ni siquiera Ferus es capaz de verlo, es porque me aseguro de esconderlas para que nadie pueda encontrarlas. A poder ser, ni yo misma.

—No tengo que demostrarte nada, Ferus. —Doy un paso hacia él, y aprieto los puños mientras el calor que empiezo a sentir en la cara me recorre todo el cuerpo—.

Yo también trabajo duro, maldita sea. Cuando no estoy registrando la entrada de caminantes oscuros, estoy en clase.

Tengo cero libertad para hacer lo que yo quiero.

Solo hago lo que él quiere que haga. —Noto las venas a punto de estallar, y aprieto los puños tan fuerte que me clavo las uñas en la piel hasta que sangro.

—Bueno, princesa. Tú puedes engañarte como quieras. —Ferus se sienta en su mesa y pasa una pierna sobre la otra—. Controla esos fuegos artificiales. Sé que te pongo caliente, pero ese no es motivo para que prendas fuego a mis dominios.

Sigo su mirada hacia mis puños, que echan humo.

«Oh, no. Mierda».

Cierro los ojos y cuento hasta diez como el señor B me enseñó. El calor se disipa en las palmas de mis manos. Respiro hasta que se me despeja la cabeza y mi temperatura corporal vuelve a normalizarse.

—No pretendía enfadarte. —Ferus pega un empujón a su mesa y se aproxima hacia mí a tal velocidad que lo único que se distingue es un borrón rojo y naranja. Sus caderas me dejan aprisionada contra la puerta, y me estremezco cuando mi culo se golpea contra la madera.

Ferus suelta una risilla y me roza la mejilla con sus gélidos dedos.

—Yo lo único que quería era decirte que puedes contar conmigo para ese trono. Ya sabes, tú y yo hacemos un buen equipo. Tú aportas el linaje, y yo, la fuerza y mi buena presencia. Además, soy consciente de cómo me miras.

—Con asco, ¿no?

Se ríe entre dientes.

—Esa ironía es lo que más me pone de ti.

—Ferus recorre mi pelo con sus dedos y a mí me cuesta reprimir las ganas de vomitar.

Cada vez que una parte de su cuerpo me roza, solo quiero correr a la ducha y frotarme hasta arrancarme la piel—.

Nos gusta mantenernos alerta el uno al otro, ¿a que sí, princesita?

Le pego un manotazo para quitarme su brazo de encima, reniego y empuño la espada.

—Pero ¿qué estás diciendo?

—Te estoy diciendo que deberías casarte conmigo, Devica. —Me resulta repugnante su aliento cálido contra mi mejilla—. Cásate conmigo y hazme tu rey. Gobernaremos este lugar juntos.

—¿Quééé? —Llevo la cabeza hacia atrás, asombrada, y el dolor se apodera de mi cuando me golpeo contra la puerta. Mientras veo las estrellas, estudio su cara tratando de encontrar un mínimo retazo de humor. Pero en su desagradable rostro no hay cabida para la vis cómica.

—No me creo que estés hablando en serio. Primero, porque, literalmente, eres miles de años mayor que yo, y eso por sí solo ya es bastante. Y en segundo lugar, ¿por qué iba a querer casarme con alguien que se pasa el día insultándome?

Su sonrisa se amplía y saca a la luz aún más dientes igual de afilados. Me estremezco.

—Princesa, yo solo bromeo contigo. Ambos sabemos que eres increíble a pesar de tu tamaño. Serás una reina impresionante, y yo te haré sentir cosas que jamás pensaste poder llegar a sentir.

Abro la boca para llamarlo de todo, pero la cierro de golpe al verlo inclinarse para besarme.

«De eso ni hablar».

Ladeo la cabeza para esquivarlo y, en vez de con mis labios, su boca se encuentra con la puerta.

Profiere un grito, confundido, y aprovecho para clavarle la empuñadura de la espada en el estómago justo antes de rematarlo con un rodillazo en la entrepierna.

Lo tiene bien empleado. Me suelta y cae al suelo, gimoteando y agarrándose sus partes.

Lo miro y me enderezo mientras él se retuerce a mis pies.

—Para empezar, soy increíble, y punto. Y para seguir, preferiría nadar en el río Ignis antes que casarme contigo. Te auguro muchas más posibilidades con esa puerta que conmigo.

Me limpio las caderas con manos sudorosas, como si así pudiera eliminar por completo el rastro de sus manos sobre mí. Después, me doy media vuelta.

—Que te vaya bien, Ferus.

Abro la puerta y salgo al pasillo, con el corazón aún desbocado. Los soldados de antes se han ido hace rato.

—Me las pagarás, princesa. —Ferus sisea desde el suelo a modo de respuesta—. No te sentarás en ese trono tan fácilmente.

Me tapo la cara con la capa para que no vea cómo me tiemblan los labios, y, con voz grave, le digo, intentando mostrarme impasible:

—Apáñatelas con mi padre, estúpido.

Cierro de un portazo y me aventuro en la oscuridad.