Capítulo IX
IX
Me paso el resto del día trazando el inframundo en mi cabeza.
El Infierno se divide en las ciudades de Dominus, Lapis, Aquarum y Nix.
Y en ellas, a lo largo de una vasta área rectangular, hay un total de trece parcelas que están a rebosar de pecadores.
Dominus es la única sin parcelas. Está situada en el punto más septentrional, y acoge mi casa, la de mi padre y la de los demás demonios.
Desde Dominus se puede llegar al resto del Infierno por carruaje volador, barco o atravesando un puente.
El carruaje y el barco están descartadísimos. Aunque son los medios de transporte más rápidos, son los más y mejor custodiados. Así que no nos quedará otra que ir a pie.
Lapis, la ciudad de piedra, está puerta con puerta con Dominus.
Es la ciudad más grande con diferencia y consta de cinco parcelas que parten del pecado de la ira, para todos aquellos que ejercen la violencia contra sus semejantes, los ladrones, los orgullosos, los mentirosos y los fraudulentos.
Lapis está formada por granito oscuro y consta de toda una serie de acantilados infinitos y cuevas.
Si avanzamos por allí, nos tocará escalar demasiado, pero esa zona también nos permitirá ocultarnos mejor.
Una vez que haya conseguido sacar a Nathan Reynolds de su parcela, si es que llego a conseguirlo, Lapis debería resultarnos la zona más sencilla de atravesar.
Siempre y cuando seamos capaces de sortear las parcelas.
Esos lugares encierran un enorme peligro, incluso para mí.
Nathan Reynolds estará en la parcela más próxima y, en teoría, no debería costarme llegar a él, aunque imagino que los soldados estarán al acecho.
Tengo un nudo en el estómago desde que he tomado la decisión de pirarme de aquí. Llevo un rato dudando entre engullir lo que hay en la nevera o vomitar hasta mi primera papilla.
Miro el reloj, frotándome las manos y deseando con todas mis fuerzas que las agujas avancen rápido.
La espada con forma de media luna que cuelga de la pared parece que me guiña un ojo.
Al bajarla me pesa y centellea en tonos naranjas y rojizos a la luz de mi habitación.
Una mezcla de plata pura y sangre de demonio; de hecho, esta espada es una de las pocas armas que pueden herir a un demonio.
Es otro de los regalos de mi padre, en esta ocasión me lo otorgó al nacer.
Un recordatorio de que cualquiera que traspase la línea será castigado duramente.
Nunca la he usado, pero sí que he recibido clases de lucha con una versión en madera para aprender a asestar golpes letales.
Blandiendo la espada en el aire, practico las posturas que me han enseñado. Esta es más pesada que la de madera, pero tampoco es muy difícil de empuñar.
Ojalá no tenga que recurrir a ella (ninguna parte de mí quiere enfrentarse a la gente con la que he crecido), pero se me revuelve el estómago de nuevo al darme cuenta de que no podré evitarlo si mi padre descubre lo que me traigo entre manos.
Los demonios a los que en su día se les encomendó la labor de cuidarme de pronto pasarán a ser sicarios a mi caza y captura bajo sus órdenes.
Está claro que su lealtad es a mi padre, no a mí.
Sin apenas esfuerzo, engancho la vaina de la espada al cinturón de mi vestido y enfundo la espada. Cojo la capa con capucha que cuelga detrás de la puerta de mi habitación y me la coloco alrededor de los hombros con dedos temblorosos.
Cuando logre sacar a Nathan Reynolds de la parcela 13, tendremos que dirigirnos hacia las afueras de Lapis, un lugar que no he vuelto a pisar desde niña, cuando mi padre me llevó volando hasta allí en su carruaje.
Como el resto del Infierno, solo lo he visto desde arriba; tendré que confiar en mi memoria y apañarme con el croquis que conservo en mi mente para encontrar la salida.
El reloj marca las once en punto, y casi me caigo de la cama.
Me esfuerzo para que mi cuerpo deje de temblar antes de meterme la foto de mi madre en el corpiño del vestido y cubrirme la cabeza con la capucha.
Sé de sobra que no es el mejor disfraz del mundo, pero me vale con que me tape para que no se me vea huir de Dominus.
Echo mano de la bandolera que he llenado antes de comida y agua, y me deslizo hacia el pasillo, que a esas horas de la noche está vacío. El corazón me late tan fuerte que estoy segura de que me acabará delatando.
Mientras sigo todo recto a hurtadillas, aguzo el oído para escuchar cualquier mínimo ruido.
Llego a la altura de los dormitorios de los demonios y hago una pausa para coger aire.
Me tiemblan tanto las piernas que siento que me voy a ir de bruces contra el granito.
Me aproximo a la pared en busca de un punto de apoyo mientras, de puntillas, me adentro en los pasajes oscuros que se abren ante mí.
Aún hay alguna que otra antorcha iluminando el recorrido, pero la mayoría se han apagado ya.
Si hay algo que los demonios odian con todas sus fuerzas, es precisamente la luz.
Todas las habitaciones de los demonios son idénticas desde fuera, con una robusta puerta de madera y un pomo de plata.
Los ronquidos que llegan del interior retumban y hacen chirriar las bisagras.
Los ronquidos de los demonios son inigualables.
Nadie es capaz de roncar como ellos, y todos roncan.
De niña, me gustaba jugar a adivinar qué sonaba más alto, si el grito de los caminantes oscuros o los ronquidos de quienes los castigaban.
Con sigilo, dejo atrás las habitaciones cerradas a cal y canto, y no puedo evitar acordarme de que Nathan Reynolds también pasó por estos mismos pasillos antes de ir a parar a mi cuarto, y de que nadie lo detuvo.
Quizá deberíamos plantearnos reforzar la seguridad.
Mis pensamientos se ven interrumpidos de golpe por dos voces que irrumpen en la oscuridad. Me quedo petrificada, y el corazón me late a mil por hora.
—Te entiendo perfectamente —oigo decir a una voz masculina que enseguida identifico como la de un soldado—. Mi mujer no entiende para quién trabajo. Nunca puedo cogerme un día libre cuando me apetece.
—Exacto. —La otra voz se muestra de acuerdo. Suena más grave que la primera—. Le pedí descansar el día de nuestro aniversario, y te prometo que pensé que me tiraba al río Ignis. Al final tuve que fingir que le estaba gastando una broma.
Trato de encontrar un escondite, pero en esas habitaciones no hay ni un triste elemento decorativo. Es incuestionable que los demonios no tendrían ningún futuro como decoradores de interiores.
Las voces se oyen cada vez más cerca, así que me pego a la pared todo lo que puedo hasta que me clavo algo en la parte baja de la espalda. El pomo de una puerta. No llega ningún ronquido del otro lado de la pared, por lo que el demonio que vive dentro con toda seguridad estará patrullando.
Tomo aire para sosegarme. Me giro y agarro el pomo, y aprieto los dientes como queriendo disimular el chirrido del metal.
Entro en la habitación y cierro la puerta con cuidado justo en el instante en que los soldados pasan por donde yo estaba hace un momento.
Su conversación continúa mientras dejan atrás el pasillo.
Apoyo la frente contra la puerta y cierro los ojos, casi sin sentir las piernas.
—Bueno, bueno. Menuda sorpresa.
Se me revuelve el estómago nada más escuchar esa voz que, por desgracia, me resulta conocida.
—¿Ferus?
—¿Qué pasa, acaso esperabas encontrar a otra persona, princesa? Te recuerdo que este es mi dormitorio.
Me enfado conmigo misma.
«Mierda, con todas las puertas que hay, y he tenido que abrir esta».
La estancia de Ferus, como la de mi padre, es oscura como la noche, con paredes y muebles de color negro, y solo tiene una antorcha en una esquina.
El único color que se distingue es el rojo carmesí propio de su figura de demonio, que yace en la cama, con su cabellera de un color naranja brillante resaltando sobre la funda de la almohada satinada.
Esboza una sonrisa abierta y sus dientes relucen a la luz del fuego.
—Vaya —digo en una voz tan apagada que no parece ni mía—. Me he equivocado de habitación.
Ferus sale disparado de la cama y se desliza hacia mí.
—¿A quién estás buscando, princesa? A estas alturas pensé que te conocías bien este sitio.
Sus ojos me repasan de arriba abajo y yo instintivamente me doy contra la puerta.
Me estiro en un intento fallido de ponerme a su altura.
—Estos pasillos son demasiado oscuros. Pensaba que estaba en el dormitorio de Atty.
Se ríe entre dientes y el aroma a vino de sangre y ceniza inunda el aire.
—No te creo, princesa. Sabes mejor que yo que la habitación de Attero está en el otro extremo del pasillo.
Ferus me pone las manos sobre los hombros y me acorrala contra la puerta.
Ya podía haberme arriesgado a que me vieran los soldados.
Intento escapar, pero mi cuerpo se niega a colaborar, y fuerzo la cara para parecer indiferente. Si me ve débil, se aprovechará de ello.
—El modelito que llevas no es el más adecuado para irte a la cama. —Ferus juguetea con mi capucha con una mano antes de deslizarla por debajo de la capa y recorrer mi cuerpo hasta llegar a la cadera. Apoya los dedos en la empuñadura de mi espada—. ¿Siempre te acuestas armada, princesa?
Aparto su mano.
—No tendría que darte explicaciones, pero, como te veo tan interesado, te diré que vengo de entrenar.
—Oooh, ya, seguro. —Ferus coge aire, se yergue y quita la mano que tenía apoyada junto a mi cabeza—.
Claro, vienes de entrenar para robarle el trono a tu papaíto.
Menuda pérdida de tiempo. ¿De verdad crees que serás capaz de desempeñar la labor de tu padre?
Nadie escuchará a la niñata mimada y consentida que llegó al poder sin hacer nada por merecérselo.
La ira empieza a bullir en mi interior, me pongo roja y bajo la mirada al suelo.
—Yo no soy ninguna niñata mimada y consentida.