Hoy no, Satán Capítulo VIII
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Capítulo VIII

VIII

Tal y como sospechaba, es un álbum de fotos.

La primera imagen me deja boquiabierta. Por un instante, estoy convencida de estar mirándome en un espejo.

Cuando se sacó esa fotografía, mi madre no debía de ser mucho mayor que yo ahora mismo.

Y es exactamente igual que yo, incluso tenemos las mismas curvas, la misma cabellera larga y los mismos labios de un tono rojo oscuro natural.

La única diferencia entre las dos reside en sus ojos.

El corazón está a punto de salírseme del pecho cuando me encuentro con su mirada por primera vez en mi vida.

Mientras que mis ojos son violetas, los de mi madre se ven tan dorados que casi resplandecen a la luz.

En la imagen aparece riéndose, con la boca abierta relajada y las mejillas sonrojadas.

La fecha que consta es de hace dieciocho años. Y al lado hay otra palabra que enseguida identifico con un lugar en la Tierra del que hace poco da la casualidad que he conocido a alguien: Los Ángeles, California.

Me muerdo el labio y frunzo el entrecejo al ver la foto. Mi padre la debió de sacar en uno de sus muchos viajes a la Tierra. Fijo que se la llevó con él. Qué afortunada, porque a mí jamás me ha llevado.

La joven de la imagen parece feliz y libre, no se la ve encadenada a este lugar como lo estoy yo. Me cuesta creer que traicionara tanto a mi padre como para merecerse una muerte así. Antes de ello debió de amarlo con locura.

Hasta que dejó de hacerlo.

Me trago el nudo que tengo en la garganta y me sumerjo aún más en el libro.

Mi madre envejece un poco en cada página, pero el sitio en el que está es siempre el mismo.

No cambia. Se la ve foto tras foto en el mismo parque, en el mismo banco, rodeada por los mismos setos verdes cuidadosamente podados.

A medida que las fechas se van acercando al día de hoy, las imágenes giran a la misma velocidad a la que yo hago el cálculo en mi cabeza.

La mayoría de las fotografías se tomaron después de que yo naciera. Y después de que supuestamente ella muriera. El temblor de mis manos se va haciendo extensible al resto de mi cuerpo, y casi se me cae el libro.

—¿Qué se supone entonces que…? —pregunto a la habitación vacía en la que estoy.

Me voy a la última página y el aire me empieza a salir a chorro de los pulmones.

Mi madre aparenta unos treinta y algo. Se observan unas diminutas arrugas en torno a sus ojos y su boca, apenas visibles bajo la sombra del árbol.

Luce una media melena que roza los hombros de su jersey de color marfil.

Yo siempre he dado por sentado que mi madre fue un demonio como yo.

Pero la gran particularidad de los demonios es que nosotros no envejecemos como los humanos.

En nuestro caso, una vez que llegamos a la adultez, adquirimos la forma permanente que tendremos durante toda la eternidad.

Así, la edad exacta de un demonio solo puede saberse cuando lo conoces personalmente o por el número de cicatrices que acumule en el cuerpo por batallar junto a mi padre durante todos esos años.

Puede ser que ella hubiera preferido adoptar esta forma humana con la que va dejándose ver cada vez más mayor, pero, por mucho que me esfuerzo en mirar, no logro distinguir al demonio que esconde debajo, lo cual sí soy capaz de descubrir en el resto de los demonios que ocultan su verdadera forma a los demás.

Vuelvo a tragar la bilis que me sube por la garganta. Solo hay una explicación para ello, y al darme cuenta me entra una arcada.

Es humana.

Lo que significa que… Dejo caer el libro y observo mi cuerpo.

Un cuerpo que solo se parece al de los otros demonios cuando ellos adoptan su forma humana.

Mis piernas, mi tronco y mi rostro, los cuales yo nunca he escogido para mí, a diferencia de todo el mundo que conozco.

Me muevo, alterada, y hago un esfuerzo por no vomitar sobre el edredón de mi padre.

O sea que yo soy mitad humana.

—¡Lo que me faltaba!

Agarro el álbum y me lo acerco a la cara. Quiero asegurarme de haber mirado bien. Intentar descubrir la forma de demonio de mi madre una vez más. Pero la imagen no vacila ni un segundo.

Entonces es la fecha la que se adueña de mis ojos y me cuesta respirar.

Es de hace una semana.

Del día de mi cumpleaños, para ser exactos.

Mi padre mencionó que subiría a la Tierra después de su lamentable excusa para marcharse de mi fiesta, pero supuse que se trataría de otro de sus viajes de negocios.

Sin embargo, está claro que esa no era la razón.

Y es posible que tampoco fuera nunca la verdadera causa de sus escapadas a la superficie.

Se iba a visitar a mi madre. Una humana.

Y se ha pasado toda mi vida mintiéndome sobre ello.

La habitación se difumina y comienza a dar vueltas a mi alrededor. Mi visión amenaza con volverse más negra que las paredes. Cierro los ojos y trato de controlar mi respiración como el señor B me enseñó. Cojo aire contando hasta diez, y lo suelto contando hasta diez otra vez.

Cuando ya tengo la certeza de que no voy a caerme redonda, analizo otra vez la imagen, desesperada por encontrar alguna pista que pueda darle sentido a todo esto.

Mi madre está leyendo una novela en un banco que ahora ya me resulta familiar. No mira a la cámara.

Es más, vuelvo para atrás y ojeo de nuevo la segunda parte del álbum, y me doy cuenta de que en ninguna de las fotos aparece mirando al objetivo. Solo lo hace en unas cuantas del principio. Es como si esas fotos se las hubieran hecho sin que ella lo supiera.

Me masajeo la frente.

No solo mi madre lleva viva todos estos años, sino que además está en la Tierra.

¿Había alguien más que supiera la verdad aquí abajo, o todo el mundo era víctima de las mentiras de mi padre? ¿Y por qué me dice que está muerta? ¿Será porque no quiere que vaya a buscarla? ¿Porque está seguro de que iría a buscarla?

Tal vez por eso me enseñó que el ser humano es lo peor en lo que podría convertirme. Esperaba mantenerme alejada de ella, lejos de lo humano. Sin embargo, formaba parte de mi ADN. Y lo único que había hecho era enseñarme a odiarme a mí misma.

Agarro el libro con tanta fuerza que el papel me corta la punta de los dedos, pero en este momento hasta agradezco el dolor de la herida.

Puede que mi madre hubiera escogido abandonarme aquí. O que le hubiera rogado a mi padre para llevarme con ella lejos de este sitio. A lo mejor con solo mirarme una vez se dio cuenta de que yo pertenecía al Infierno.

Mis nudillos se tornan blanquecinos al agarrar con más ímpetu aún el álbum.

¿Mi padre me alejó despiadadamente de mi madre o es que trataba de protegerme de ella?

Fuera cual fuera la respuesta, debería habérmelo contado.

No tiene ningún derecho a ocultármelo. A eliminarla de mi vida como si fuera un sucio secreto.

Tendría que haberme dado la oportunidad de decidir.

Se me escapa un grito gutural que me araña la garganta y rebota en las paredes.

Menos mal que la habitación de mi padre está insonorizada porque, si no, todo el batallón de soldados habría llegado corriendo.

Siento un calor horrible y las lágrimas cubren mis pestañas, pero grito hasta que me duele el pecho y me quedo afónica.

Nada de lo que pensaba de mi vida es cierto. ¿Cómo ha podido hacerme esto?

El olor a papel ardiendo me tapona la nariz y me obliga a dejar de gritar.

Bajo la mirada y maldigo mi suerte. El señor Bellum ya me advirtió respecto de mi temperamento en el pasado, y me avisó muy mucho de que mis emociones van directamente unidas a mi habilidad para controlar el fuego.

Y me insistió en que el enfado era la emoción más fuerte de todas.

Y en este momento mi furia está devorando a mi madre.

Respiro hondo una vez tras otra, y obligo a mi cuerpo a calmarse hasta que las llamas desaparecen de las palmas de mis manos.

Tiro el álbum al suelo y lo pisoteo, pero ya es demasiado tarde.

Toda la cubierta se ha fundido. Las letras del nombre de mi madre han dado lugar a una masa de oro ilegible, y las páginas ahora están negras del todo.

Algunas incluso se han destruido de tal manera que cuesta reconocer lo que había en ellas.

Mi padre me matará.

«¿Y si no se da cuenta?».

«Puede ser. Un demonio con cero sentimentalismo no se dará cuenta de que el único libro que guarda bajo su maldita almohada está reducido a cenizas».

Recojo lo que queda del álbum con manos temblorosas, tratando de hallar la manera de salvarlo. Lo único intacto es la última página. La fotografía más reciente de mi madre tiene los bordes un poco teñidos de marrón, pero ella sigue viéndose con claridad.

Arranco la fotografía de la página y me la meto en el mismo bolsillo en el que guardo la imagen de Nathan Reynolds.

El estómago casi se me vuelve a salir por la boca cuando me miro los dedos negruzcos y mi vestido pintado con ceniza.

Puedo enfadarme con mi padre todo lo que quiera, pero eso nunca podrá borrar todo lo que yo he hecho, y su ira ha puesto en evidencia la mía.

Mi padre ni olvida ni perdona. No hay nada más cierto sobre él.

Las paredes tiemblan cuando la puerta se abre de golpe y se oyen unas fuertes pisadas acercándose por el pasillo. Mi corazón casi se detiene de golpe. Conozco esos andares. Nadie anda como mi padre.

No tengo adónde ir. En esta habitación no hay ni un triste armario. Mi progenitor guarda su ropa en un aparador inmenso que hay en el pasillo de abajo. Se me entrecorta la respiración y mi corazón se bate en duelo con las zancadas de mi padre para ver quién se apodera de mis oídos.

No puede verme aquí. No hasta que se me ocurra cómo arreglarlo.

Me tiro al suelo y me escondo bajo su cama con un gruñido, arrastrando conmigo todas las cenizas que puedo.

Las bisagras de la puerta chirrían cuando entra en la habitación.

Avanza tambaleándose con unos pasos tan fuertes que el suelo tiembla a su paso.

Contengo la respiración. La cama se lamenta y se curva hacia mí cuando él se tumba, por lo que me estiro y me pego a la alfombra todo lo posible para evitar ser pillada in fraganti .

Me muerdo los labios cuando las costillas me aplastan las tetas.

«Por favor te lo pido, no busques el álbum, no busques el álbum, no se te ocurra buscar el dichoso álbum».

Si se da cuenta de que no está antes de que yo logre salir de aquí, adiós.

Hará trizas su dormitorio para tratar de encontrarlo, y, en vez del álbum, me encontrará a mí.

A esa hija a la que se ha pasado la vida mintiendo.

Esa hija que lo traicionó a él quemando las únicas pruebas que existen.

Esa hija que es la mitad de lo que él más odia.

Sin embargo, debe de estar demasiado cansado como para acordarse de nada, puesto que en cuestión de segundos sus ronquidos inundan la habitación.

La cama se agita sobre mí y hace vibrar todo mi cuerpo.

Espero unos minutos más, y después salgo arrastrándome y muy despacio de mi escondite, haciendo muecas porque la alfombra me está quemando las rodillas y los antebrazos.

De pie, respiro hondo varias veces hasta que la habitación por fin se vuelve nítida para mí.

Dormido, mi padre bufa y se gira en la cama, y a mí casi me da un infarto. Los restos del álbum continúan bajo la cama, pero no seré yo la que vuelva a por ellos.

Salgo apresurada de la habitación, y me detengo solo para cerrar la puerta. A continuación, echo a correr.

Recorro casi volando el camino hasta mi dormitorio, y nunca mejor dicho, porque a punto he estado de caerme y bajar la colina rodando. Hago oídos sordos cuando los soldados me preguntan a voces si estoy bien. No pienso parar hasta llegar a mi habitación.

Ya de pie frente al espejo, uso el bajo de mi vestido para limpiarme un poco la porquería que tengo en la cara y en las manos antes de dejarme caer en la cama.

Cierro los ojos y respiro despacio hasta que por fin mi corazón deja de amenazarme con escapar de mi pecho.

Las dos fotos continúan en mi bolsillo, así que las saco y las coloco una al lado de la otra sobre la cama.

Aún me cuesta creer lo muchísimo que mi madre se parece a mí.

Noto que los músculos se me contraen mientras examino la fotografía en busca de cualquier otra pista sobre ella. Sin embargo, la imagen continúa congelada en el tiempo sobre esa hoja de papel.

Y encima, ahora que he quemado todo rastro de ella, mi padre no accederá a hablar conmigo nunca más.

No voy a acercarme a él y decirle como si nada: «Eh, papito.

¿Te acuerdas de ese libro lleno de fotos de mi madre humana?

Pues, verás, en un momento de cabreo, lo calciné entero.

Mil perdones por el desastre. Para olvidarlo, ¿nos vamos a tomar un superhelado de limón por ahí los dos juntos? ».

La única forma que tengo de averiguar algo de mi madre, y, en consecuencia, de mí misma, es hablando directamente con ella.

Quiero saber de dónde vengo en realidad. Pero, para eso, lo primero que necesito es encontrarla.

Mi mirada se posa sobre la segunda fotografía y entorno los ojos.

Esta foto de mi madre está tomada en Los Ángeles, el mismo sitio del que procede Nathan Reynolds.

Es probable que él sea capaz de reconocer el parque.

El fotógrafo debía de estar lejos, pero, bueno, Nathan seguro que se sabe la Tierra de memoria.

Podría ayudarme a encontrarla. O, al menos, podría enseñarme las tradiciones de los humanos para que pueda pasar desapercibida entre ellos.

Me mordisqueo el labio superior. Lo convenceré de que voy a ayudarlo a escapar porque creo que es inocente.

Y una vez que haya localizado a mi madre, lo enviaré aquí de vuelta para que se las vea con mi padre.

Me tiemblan las manos al colocar las fotos al borde de la mesa.

Lo haré esta noche, cuando todo el mundo duerma. Me escabulliré de mi cuarto y me adentraré en las ciudades del pecado.

Y sacaré a Nathan Reynolds del Infierno.