Hoy no, Satán Capítulo VII
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Capítulo VII

VII

Attero no regresa a mi habitación.

Espero durante más de una hora sin dejar de preguntarme por su paradero, pero ninguno de los demás soldados me dirá adónde ha ido, y tampoco lo veo en su cuarto cuando voy a comprobar si está.

Hago lo posible por dormirme, pero todo mi cuerpo es un nudo gigante ahora mismo.

Cada vez que me tumbo y cierro los ojos, veo a Nathan Reynolds sobre mí, suplicándome una y otra vez que lo ayude.

Ruedo hacia un lado y hacia otro, me cubro la cabeza con la almohada, pero no hay nada que detenga ese monólogo interior que me bombardea recordándome que he perdido a mi mejor amigo y he cabreado a mi padre. ¡Y todo a la vez!

Suena la alarma, y yo me quedo mirando al techo, esperando a que la galaxia me trague.

Presiono el botón del despertador y gruño.

Se supone que mi clase de manipulación de fuego comienza en veinte minutos.

No obstante, se me hace imposible aguantar sentada mientras el señor Bellum divaga sobre lo importante que es que controle mis emociones, justo ahora que no puedo parar de pensar en Attero, en esa foto y en si se la habrá mostrado a mi padre.

Me enfundo en un vestido rojo de terciopelo arrugado, y me miro en el espejo.

Afortunadamente mi melena aún cubre lo suficiente mis alas incipientes, por lo que me libraré de que me pregunten por ellas. Saco pecho frente al cristal y cojo aire.

«Puedo hacerlo».

Los aposentos de mi padre están al otro lado del puente, a veinte minutos andando (colina arriba) de los míos. Su casa está rodeada por un jardín de rosas rojas con llamas titilantes en el centro, y se sitúa en el punto más alto del Infierno.

Subir la colina es agotador, y mis piernas y mis pulmones se resienten cuando llego arriba.

Por lo menos la caminata hace que me olvide de los nervios que desgarran mi garganta.

Llevo sin ver a mi padre desde el día de mi cumpleaños. Tiende a evitarme todo lo posible. La única razón por la que me organizó esa fiesta fue para decirme que iba a dejarme aquí sola por mi bien. Muy típico de él.

Las estancias de mi padre se ven más y más grandes a medida que me aproximo.

El cielo rojo ensombrece los picos de piedra que conforman su castillo retorcido.

Sus soldados están distribuidos en fila a uno y otro lado del camino, pero no me prestan ninguna atención cuando paso por delante de ellos.

Permanecen firmes e inmóviles como los pedruscos que nos rodean.

Estoy ya casi en la puerta, resollando y limpiándome el sudor de la nuca, cuando uno de los soldados da un paso al frente hacia mí.

—Él no está aquí ahora, alteza. Está fuera, trabajando. —El casco amplifica su voz, que me resulta familiar.

Me cuesta respirar.

—¿Attero?

Se sube el visor negro y frunce el ceño.

—¿Es que no tienes clase?

—¿Qué? —Cierro el puño—. Todo esto fue idea tuya, ¿ya no te acuerdas? Fuiste tú quien insistió en que hablara con mi padre.

Intento rodearlo, pero bloquea mi camino.

—Fue idea mía cuando pensaba que te estaba costando entender tu trabajo, Devica. Antes de enterarme de que estabas ayudando a un caminante oscuro.

Sus palabras se me clavan en el pecho con la fuerza de un puñal. Salta a la vista que sigue cabreado conmigo. Y que él solito ha llegado a la conclusión de lo que significa esa foto.

—Yo no estoy ayudando a nadie, Attero. Su foto terminó en mi bolsillo por accidente, y hasta me olvidé de que estaba allí. Luego, después de que entrara en mi habitación, recordé que la tenía. Iba a traérsela a mi padre para tener una segunda opinión. Eso es todo.

Attero me agarra del codo y me aleja de los demás soldados satánicos. Me habla en voz baja y sosegada. Nunca antes lo he oído hablar así.

—Devica, encontré al prisionero en tu dormitorio. Tú estabas tirada en la cama, y en camisón, un detalle importante en mi opinión. Y ese tipo estaba encima de ti.

Escapo de su agarre y aparto la mirada, para que no pueda ver cómo me sonrojo.

—Sé lo que parece, pero te juro que se cayó encima de mí. Yo simplemente trataba de demostrarle que es culpable para que así me dejara en paz de una vez por todas. No tengo nada que ver con él. Ni con él ni con cualquier otro caminante oscuro.

Attero suspira. Me estudia de pies a cabeza y luego mira por encima del hombro. Cuando se asegura de que ninguno de los demás soldados le está prestando atención, saca la foto de su bolsillo y la deja caer entre mis dedos.

—Iba a mostrársela a tu padre y a contarle lo que vi anoche, pero, cuando llegué, no estaba.

Y, para ser honesto, no estoy seguro de que hubiera sido capaz de presentarme ante él con eso.

Yo no soy Ferus, Devica. No quiero tener ningún poder sobre ti.

Solo quiero que estés a salvo. Y confío en ti. Sé que harás lo correcto.

Las rodillas me tiemblan de alivio.

Aún puedo arreglarlo.

—Gracias, Atty. —Me echo hacia delante para abrazarlo, pero me detengo al sentir la rigidez de su cuerpo.

Mira a los soldados que nos rodean, y que ahora sí que nos observan fijamente.

Me escondo la foto en el corpiño del vestido antes de llevar la mirada hacia mi amigo, asintiendo—.

Te lo agradezco. Y te prometo que ese caminante oscuro no volverá a acercarse a mí ni a merodear por mi habitación nunca más.

Voy a entrar y a esperar a mi padre ahí dentro.

Me da igual lo que tarde. Ya que he subido esa horrible colina… no quiero tener que subirla otra vez.

Attero agacha la cabeza.

—Buena suerte, Dev. Espero que tu padre te brinde su ayuda.

Mi amigo vuelve a la fila de soldados y yo subo los peldaños que me conducen a la puerta principal. El acero es pesado y parece protestar cuando abro la puerta.

Estoy en un pasillo desierto hecho de ónice. Una sola antorcha ilumina el centro de la estancia, rodeada por altos pilares que desaparecen por encima de mi cabeza. Mis pasos retumban en las paredes mientras desciendo hacia el vestíbulo que precede a la habitación de mi padre.

Su alcoba tiene cinco veces el tamaño de la mía. El olor a nogal americano de la madera carbonizada y de los escombros en llamas perfuma el aire cálido. Y eso que no hay llamas visibles en las proximidades. Solo el persistente aroma del ser que ocupa este espacio.

Me quedo de pie en mitad de la habitación con los brazos en jarras.

Si algo tengo claro, es que redecoraré ese espacio en cuanto asuma el mando.

Si es que llego a asumirlo. Las paredes son tan negras que da la sensación de que estoy presa en un agujero enorme.

Es difícil ver dónde terminan y empieza el suelo.

De niña, había correteado entre esos muros miles de veces. E incluso hice que mi padre colgara mis dibujos en ellos para dejar de magullarme la nariz. Y ahora todas esas obras de arte ya no están por ninguna parte.

Me duele ver lo rápido que mi progenitor se ha deshecho de mí, pero, a estas alturas, tampoco me sorprende. Intuyo que los miles de años que se ha pasado castigando a pecadores no lo han enseñado a ser muy amable y cariñoso por así decirlo.

Los únicos colores que parecen tener cabida en esa habitación son el dorado de los adornos del cabecero de la cama, las dañadas alas carmesí de mi padre que ahora cuelgan de la pared encima de su cama, y la mesa de madera que tiene en una de las esquinas.

Sin duda, yo prefiero los tonos azul mar de mis paredes.

No estoy segura de cuánto tendré que esperar hasta que mi padre regrese. Cuando no está en la Tierra o en algún juicio, está en su habitación.

Creo que su mente ya ha dejado el Infierno.

Le queda menos de un año por aquí, pero pienso que lo que de verdad le costará será dejar este lugar.

Una vez le pregunté a dónde tenía intención de ir cuando me legara el trono, pero no me quiso responder.

Recuerdo que me miró con cierta extrañeza y me dijo que eso no eran cosas de niños.

Vamos, que resulta que soy lo bastante mayor como para dirigir el inframundo, pero no lo suficiente como para conocer los planes que tiene mi padre para su jubilación.

Me siento en uno de los extremos del colchón y jugueteo con la borla dorada de su almohadón. Muevo la rodilla arriba y abajo, pego un salto y me levanto de la cama para ir hacia la puerta, aunque enseguida me doy la vuelta y me siento otra vez.

Si me marcho ahora, jamás averiguaré la verdad sobre Nathan Reynolds. Y necesito saberla. Porque, si por un casual mi padre se ha equivocado con él, ¿con quién más le podría haber pasado?

Me despatarro como una estrella de mar sobre la cama de mi padre y suspiro. He dormido muchas siestas aquí antaño, cuando mi padre siempre estaba fuera trabajando. Puedo asegurar que su colchón es el más cómodo del inframundo. Por supuesto, me quedaré con esta cama en cuanto herede el trono.

El no haber pegado ojo me pasa factura en los huesos, y me hundo todo lo posible en el colchón. Escondo la mano bajo el almohadón de seda, y me estremezo cuando noto algo deslizarse por mi piel.

—¡Ay! —Pego un brinco y me meto en la boca el dedo, que me sangra.

Con la mano que me queda libre, tiro para sacar lo que parece un libro de cuero en color negro. Tiene pinta de tratarse de un diario o de algún tipo de álbum de fotos.

Pero ¿qué…?

Le doy la vuelta y siento que me paralizo. En la cubierta aparece una única palabra en oro con relieve. Y no es una palabra cualquiera, sino un nombre. Un nombre que conozco demasiado bien:

DINA

Se me pone la piel de gallina, y eso que en la habitación se nota calor (manías de mi padre): cincuenta y cinco grados concretamente. Llevaba años sin oír ni ver el nombre de mi madre.

Mi padre siempre se niega a hablar de ella. Solo sé lo que me han contado otros demonios. Que, justo después de que yo naciera, la arrojó al río Ignis —que es el río de fuego en el que solía matar a los demonios que lo molestaban— por ser una traidora.

Nadie jamás ha sido capaz de contarme lo que ella le hizo; solo sé que lo traicionó de la peor manera posible y que se merecía morir.

Esa historia explica en gran parte por qué le he temido tanto durante toda mi vida.

Si no le costó nada deshacerse de la mujer a la que amaba, ¿qué podría llegar a hacer si una hija a la que ni tan siquiera aguanta lo contradijera?

«Pero ¿por qué extraña razón a día de hoy tiene debajo de su almohada un libro con el nombre de la persona que más lo hirió?».

Repaso una a una las letras que aparecen en la cubierta, apretando con fuerza para que su nombre quede marcado en mi piel. Me tiemblan las manos. Si lo abriera y lo mirara, estaría siendo desleal a mi padre.

Pero si ahí dentro están las respuestas de lo que le pasó a Dina, merezco saberlas. Al fin y al cabo, era mi madre. Por eso, con la respiración agitada, abro el libro.