Capítulo VI
VI
Nos quedamos inmóviles, con los ojos clavados en la puerta.
—¡Alteza! —La voz de Attero llega a nosotros amortiguada por la madera—. ¿Puedes abrirme la puerta? Estamos buscando a un caminante oscuro que se ha escapado, y pensamos que se dirigía hacia aquí.
Suelto el aire despacio. Por suerte, solo es Atty.
Nathan me agarra las manos, suplicándome con los ojos.
—Por favor, Devica. Por favor. No permitas que vuelvan a llevarme allí.
Dudo. Attero es mi salvación. Él no me hará preguntas. También puedo entregar a Nathan Reynolds, decir que me amenazó, y mi padre se asegurará de que no vuelva a verlo jamás.
Pero repaso el tiempo que he estado en su mente, los minutos en que he observado su fotografía con atención.
Recuerdo lo conectada a él que me he sentido cuando lo he tocado.
Y me fijo en lo fuerte que se está agarrando a mis manos ahora mismo, como si no le importara lo más mínimo quién es mi padre.
La puerta se abre de golpe.
Nathan Reynolds sale volando, yo me caigo en la cama y mi almohada se va al suelo sin remedio. El muchacho se cae sobre mí. El calor se apodera de mi cuerpo cuando sus piernas se entrelazan con las mías. Ambos jadeamos, y su respiración me da directamente en la cara.
—¡Alteza!
Attero no da crédito a lo que tiene delante.
Y tampoco lo culpo. A ver, uno no ve todos los días a la hija del diablo medio desnuda con un caminante oscuro encima.
De hecho, es la primera vez que alguien puede verme así.
Atty parpadea, agarra a Nathan Reynolds para quitármelo de encima y le pone una espada en el pecho.
—¿Todo bien, alteza?
Me levanto de la cama y bajo el brazo armado de mi amigo con la mano.
—Estoy bien, Atty. Este caminante oscuro solo quería hablar un momento. Nos hemos caído cuando has abierto así la puerta.
Attero entorna los ojos mientras arrastra a un suplicante Nathan Reynolds hacia la puerta.
—Siento mucho que te molestara. No te preocupes, será castigado seriamente por ello.
Me muerdo el labio inferior. Si Atty lo lleva ante mi padre, Nathan Reynolds no saldrá vivo. Y ya está todo magullado y sangrando.
—Espera, por favor. —Las palabras salen a borbotones de mi boca antes de que pueda detenerlas—. Te lo ruego, no le digas nada de esto a mi padre. Este humano cometió un error, pero no me ha hecho ningún daño. Y ya está en la parcela 13. Ese ya es castigo suficiente, ¿no crees?
—Alteza…
—Devica.
Attero esposa a Nathan Reynolds antes de escrutar mi cara.
—¿Estás segura?
—Del todo. —Me llevo la mano a la cintura, y me prometo a mí misma que de ahí en adelante me acostaré con algo más que un camisón medio transparente.
O colocaré un buen cerrojo en mi puerta—.
Ya pagará por lo que hizo en la Tierra durante toda la eternidad.
No hace falta añadirle una pena mayor a eso.
Attero resopla.
—De acuerdo. No le contaré nada. Lo excusaré diciendo que sufrió una conmoción cerebral y que se puso a deambular y se salió de su parcela por accidente.
Trato de relajarme y recobrar la compostura apoyada en la pared.
—Gracias, Atty. Te lo agradezco mucho.
—Gracias. —Nathan Reynolds también se muestra agradecido.
Attero le suelta un bufido.
—No estaba hablando contigo. —Empuja al caminante oscuro hacia la puerta y luego se dirige de nuevo a mí—: Voy a llevarlo para allá. En un rato vuelvo para ver cómo estás.
La calidez resurge en mi pecho y le dedico la primera sonrisa sincera que he esbozado en meses. Puede que Atty solo haya venido a mi habitación pensando que estaba en peligro, pero, sea como sea, me las ingeniaré para recuperar a mi amigo.
Nathan Reynolds se contrae de dolor mientras Atty lo arrastra fuera de mi habitación.
Pronuncia un «Devica, por favor» antes de doblar la esquina y desaparecer, y la sonrisa muere en mi garganta.
Me pongo una bata y me la cierro bien ceñida alrededor del cuerpo. Devuelvo la almohada a la cama, me siento sobre ella y trazo líneas imaginarias por encima del edredón mientras aguardo el regreso de Attero.
No tenía más opción que volver a enviar a Nathan Reynolds a su parcela. Lo sé, tenía que ser así. Se merece estar allí, por mucho que yo no logre verlo.
Además, al menos lo he librado de que mi padre le infligiera una tortura mayor. He hecho lo correcto.
Unos veinte minutos después, cuando vuelve a llamar a mi puerta, Attero lleva una bandeja con un par de bebidas.
—Aquí tienes. —Y me tiende un vaso transparente lleno de vino de sangre, un famoso refresco de fresa muy demandado aquí abajo—. Me sentía horriblemente mal por lo de la otra noche. Es lo menos que puedo hacer por ti.
Se me dibuja una sonrisa de oreja a oreja. Este es el Atty que yo conozco.
—Muchas gracias.
En mi dormitorio no hay sillas, por lo que me siento con las piernas cruzadas sobre la cama y me muevo para hacerle hueco. Bebo un sorbo de la bebida dulzona, y las burbujas me hacen cosquillas en la lengua.
Los dos disfrutamos de nuestro refrigerio en silencio.
Bueno, para ser exactos, en el silencio que nos permite mi habitación, pues los gritos y gemidos, por lejanos que estén, traspasan las paredes.
Entre todo el griterío, percibo el gimoteo de Nathan Reynolds.
La suma de tantos llantos da lugar a un coro, sin duda, el peor de todo el universo, y soy incapaz de distinguir las súplicas de ese muchacho de entre las de la muchedumbre.
Levanto la cabeza y examino a mi mejor amigo. Atty siempre ha tenido mi confianza. Es esa persona que ha demostrado estar a mi lado pase lo que pase. Y aunque las cosas hayan cambiado tanto entre nosotros, nuestra amistad jamás cambiará.
Respiro hondo.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Claro. Todo lo que quieras. —Se coloca en la cama para mirarme a la cara, y deja un pie bajo la rodilla.
Recorro con el dedo el borde del vaso. Miles de burbujas escarlatas flotan en la superficie de mi bebida y, al romperse, impregnan el aire de su dulce olor a fresa.
—¿Tú crees que mi padre se equivoca alguna vez? Quiero decir al juzgar. ¿Crees que puede juzgar a alguien de manera equivocada?
Parece crisparse.
—Tu padre lleva haciendo esto mismo, literalmente, desde siempre. ¡Hasta podría juzgar dormido!
—Por eso mismo lo digo —insisto—. Lleva tantísimo tiempo haciendo lo mismo que podría estar aburrido. Date cuenta de que incluso está a punto de jubilarse. A lo mejor ahora ya no se esfuerza tanto porque en el fondo ya le da igual. ¿No crees que la desidia podría estar turbando sus sentencias?
Attero se muestra indiferente.
—¿En serio lo crees? Yo no lo sé, pero, si tienes dudas, deberías hablarlo con él.
Apuro la bebida, apoyo con fuerza el vaso vacío sobre la mesa y arrugo la nariz.
—¿Acaso crees que me escucharía?
—En mi opinión, si le explicas que no lo estás cuestionando a él, sino que simplemente quieres saberlo para poder desempeñar bien su trabajo en un futuro cercano… apuesto a que estaría encantado de conversar. Incluso podría celebrar un par de juicios contigo delante para que veas bien cómo se hace.
—Reconozco que no lo había pensado así. —Siento que se me relajan los hombros por primera vez desde que Nathan Reynolds ha entrado por sorpresa en mi habitación.
Si mi padre accede a enseñarme cómo juzga, quizá puedo volver a colarle la fotografía de Nathan Reynolds para que le eche un segundo vistazo.
Así por fin podré quitarme de la cabeza al atractivo don Bromas.
Bueno, atractivo no. Eso es, ni atractivo ni nada—.
Tienes razón. Hablaré con él mañana. Gracias, Atty. Eres un amigo increíble.
Me inclino hacia él para abrazarlo, y esta vez por fin me devuelve el gesto.
La almohada sobre la que he estado sentada se me escurre, pero no quiero romper el contacto con él solo para colocarla de nuevo.
Lo he echado tanto de menos. Cierro los ojos, pero el cuerpo de Attero enseguida se torna rígido.
Se pone de pie a toda prisa y yo salgo disparada y me golpeo la cabeza con la pared.
—Debo marcharme. Ya sabes, tengo cosas de soldados que atender. Tú me entiendes.
—Oh, sí, sí, claro. —Frunzo el ceño mientras me froto el chichón que me empieza a salir en la parte de atrás de la cabeza.
El brusco cambio en su actitud también ha hecho que Atty perdiera su apariencia humana.
Mi amigo lleva su disfraz tan a menudo que casi he llegado a olvidar al demonio que existe bajo su piel.
Su piel escamada de color azul bebé, delineada por un ribete índigo.
Esos ojos negros que te adentran en un vacío infinito.
Sus afiladísimos dientes, capaces de partirme en dos.
Y su cola dentada, la cual golpea con semejante violencia el suelo que hasta los botes de pinta úñas que tengo guardados en mi vestidor empiezan a vibrar.
Respiro, agitada.
—¿Va todo bien?
Attero me mira, y su forma humana se hace visible de nuevo.
—Sip. Solo que tengo que marcharme. —Se pasa la lengua por los dientes—. Buenas noches, alteza.
—¿Atty? —Alargo la mano hacia él, pero evita el contacto. Y mi mirada.
Me doy golpecitos con los dedos en el muslo.
¿Cómo hemos podido pasar de un abrazo a esto?
Attero ni tan siquiera se lleva la bandeja con nuestros vasos vacíos. Hace un amago de reverencia antes de salir escopetado de mi habitación con un trozo de papel en la mano.
En cuanto me doy cuenta de lo que lleva, la sangre se me va de los pies a la cabeza.
«No puede ser».
—¡No, no, no!
Tiro la almohada al suelo, hago un gurruño con el edredón que cubre la cama.
Rebusco entre las sábanas, miro entre los muelles del colchón y pego un vistazo al suelo.
Desarmo todo mi dormitorio con la esperanza de estar equivocada.
Rezo a quien sea y pido que todo sea un error. Pero no, no cabe duda.
La fotografía de Nathan Reynolds ha desaparecido.