Hoy no, Satán Capítulo V
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Capítulo V

V

La segunda sirena llega en mitad de la noche.

Me cubro con fuerza las orejas con la almohada y me doy media vuelta en la cama. Pero algo se me clava entre las escápulas y hago una mueca.

Contorneando el tronco, hago fuerza contra el colchón y el objeto penetra aún más en mi piel. Me giro otra vez y compruebo con detenimiento la cama, tratando de buscar algún muelle roto que sobresalga. Pero no, allí no hay nada.

—Jolín, ¿qué pasa?

Me levanto y voy medio adormilada hacia el espejo ovalado ubicado en un rincón de mi dormitorio.

Voy en camisón, así que me basta con ladearme un poco y apartarme el pelo que me cae sobre la espalda para vérmela bien.

Entonces me doy cuenta: de los hombros me salen una especie de triángulos puntiagudos. Se me corta la respiración.

Son alas.

O, como poco, el inicio de ellas.

Mi padre ya me advirtió de que podría heredar sus alas, pero tampoco quiso entrar mucho en detalles cuando me lo dijo.

Las suyas se dañaron considerablemente durante su descenso aquí, al parecer, un castigo adicional a su destierro a este lugar.

Y ahora las tiene colgadas de las paredes de sus aposentos, como si soñara con volver a verse con ellas algún día.

Mi padre llora su pérdida como los humanos derraman lágrimas por la de sus seres queridos.

Yo diría que esas alas son su mayor pesar.

Bueno, y también se arrepiente de haberse enamorado de mi madre, de quien nunca hablamos.

La puerta se abre y se cierra de un portazo.

Salgo de mi ensimismamiento frente al espejo, me doy la vuelta y pego un respingo ante el rostro familiar que tengo delante.

—¡¿Nathan Reynolds?!

Está pegado a mi puerta, con una bata roja sucia y desgastada que lleva abierta por el pecho y deja entrever un trozo de piel. Por el rostro le caen gotas de sangre procedentes de un buen tajo que tiene sobre el ojo izquierdo.

—Tú eres la chica que… la que me registró a mi llegada.

Asiento con la cabeza, y de repente me doy cuenta de que no llevo nada más que un ligero camisón. Me cubro el pecho con los brazos.

—Soy Devica. ¿Qué estás haciendo en mi habitación? No puedes estar aquí. —Avanzo dando zancadas hacia él, con el brazo extendido para empujarlo hacia el pasillo.

—Por favor, no me hagas regresar ahí. —Se pega aún más si cabe contra la puerta—. ¿Es que no sabes lo que nos hacen en ese sitio?

—Puedo hacerme una idea. —Me encojo de hombros—. Pero ese es el lugar de los asesinos. Supongo que, si lo cubriéramos de arcoíris y muñequitos, se perdería la finalidad del infierno.

Oímos unas fuertes pisadas que se acercan por el pasillo, y los dos miramos en la dirección de la que parecen venir.

Se limpia el reguero de sangre que le rodea la boca.

—Te juro que, cuando yo me desperté, Gabe ya estaba muerto. Al verlo, cogí el arma porque no sabía qué hacer, pero yo no lo maté. Lo juro. Tiene que haber algo que puedas hacer para ayudarme.

Analizo la puerta siguiendo con los ojos las oscuras aristas que recorren de arriba abajo la madera de cerezo.

Lo cierto es que nunca antes me he topado con un caminante oscuro tan insistente respecto de su inocencia.

La mayoría suelen negar su culpa al principio, pero no tardan en darse cuenta de que sus ruegos son inútiles.

Sin embargo, Nathan Reynolds se mantiene fiel a su historia.

Me muerdo la parte interior de la mejilla y en silencio me maldigo a mí misma por lo que estoy a punto de hacer.

—Si soy yo quien se adentra en ti y veo el crimen que cometiste, ¿me dejarás en paz?

—¿Cómo? —Me mira expectante—. ¿En serio podrías ha­cerlo?

—Sí. Bueno, digo yo. Aún estoy aprendiendo, pero podría intentarlo. —Le doy un pequeño empujón en el pecho, pero me hago daño en el dedo por lo musculoso que está.

Nathan Reynolds entrena (o entrenaba).

Bien, porque en eso es en lo que debería centrarme en este momento.

Se le relaja la cara.

—¿Y qué pasará cuando compruebes que soy inocente? ¿Me podré ir a mi casa?

—Me temo que eso no pasará. Los tipos como tú nunca son inocentes. Ven aquí, anda. —Extiendo la mano, pero él se estremece y a mí se me tensa la mandíbula—. Decídete: ¿quieres que lo intente o no?

—Sí, sí —contesta, inclinándose unos centímetros hacia delante—. Perdona.

—No hay duda de que eres el maestro de las disculpas —mascullo—. Ahora estate quieto. Necesito poder tocarte para que me salga bien.

—Okey. —Coge aire profundamente, relaja el cuerpo y nuestras miradas se encuentran—. Confío en ti.

Sus palabras me conmueven, pero procuro que no se me note. Nadie ha confiado en mí en mucho tiempo, y menos un caminante oscuro. Todas mis interacciones con ellos suelen concluir con Nefas arrastrándolos por el suelo mientras gritan.

Coloco una mano en su mejilla, y en esta ocasión ya no se aparta.

Está húmeda por la sangre, pero, por debajo de todo el hollín que la cubre, tiene la piel como besada por una ligera capa color bronce, presumiblemente pintada por el sol de California.

Noto su textura suave bajo mis dedos callosos y ásperos por culpa de todo el trabajo con espada que me toca hacer con el señor Bellum.

«Es evidente que no estás lista, Dev».

Me aclaro la garganta y presiono mi mano contra su piel.

—Tranquilo, esto no te dolerá. O tal vez sí. Honestamente, no tengo ni la más remota idea de lo que sentirás.

Se cae hacia atrás y se da con la puerta en la cabeza, y el golpe lo obliga a soltar un quejido.

—¿Esto es seguro? No me borrarás de un plumazo todos mis recuerdos o algo parecido, ¿no?

Hago un gesto de indiferencia.

—De ser así, no tendrás ni idea de por qué estás aquí abajo, así que te olvidarás de mí. Oye, suena bien, saldremos ganando los dos.

Se humedece los labios agrietados.

—Tú, en todo caso.

—Exacto. —Le agarro las sienes y le estiro la cabeza—. Ahora no te muevas.

Cierro los ojos, apretando con energía, para tratar de penetrar en él. Miro más allá del verde azulado de su iris y continúo profundizando más y más.

—Tus ojos —suelta de pronto Nathan Reynolds, y hace saltar por los aires mi concentración.

—¿Qué sucede? —pregunto apretando los dientes.

—Que son morados. Cuando nos conocimos, pensaba que eran de color azul oscuro. Pero ahora con esta luz me parecen violetas.

Su mirada me atraviesa y se me hace un nudo en el estómago. Es como si estuviera viendo mi alma con mucha más claridad que yo la suya.

Lo que pasa es que yo no tengo alma. Y da igual lo que ese muchacho vea en mí, porque estará fuera de mi vida más pronto que tarde.

Rompo el contacto visual y me centro en sus pies descalzos.

—¿Y?

—Que nunca he visto nada así. —Se contiene—. Y que son muy bonitos.

El rubor me sube por el cuello y se instala en mis mejillas. Se me seca la boca, y soy incapaz de responder.

Sucumbo a una tosecilla antes de volver a colocar los dedos a un lado de su cara para mantenerlo inmóvil.

Cojo aire de nuevo y hago el esfuerzo de permanecer en su mente.

Mi cuerpo recibe una sacudida más atenazadora que un rayo.

Me habría caído de no ser por lo fuerte que me estoy agarrando a su cráneo.

La habitación en la que estamos da vueltas y vueltas, y todo adquiere un color blanquecino.

Me conecto a su alma al instante. Es como si me lanzara una cuerda, invitándome a amarrarme a ella para ir más y más allá de su subconsciente. Me agarro y avanzo, y pongo todo mi empeño para que no me pase desapercibido ningún detalle. Pero tampoco parece haber nada.

En vez de las respuestas que el señor Bellum me prometió que hallaría, aquí solo veo un espacio vacío antes de ser expulsada de su mente.

Y retorno a mi habitación, rodeada por las familiares paredes azules y los muebles con ribetes dorados que me acompañan desde que tengo uso de razón.

Pues, a ver, esto nunca me había pasado antes.

Nathan Reynolds me mira fijamente, con la preocupación rondándole por la cabeza.

—¿Has visto algo?

—No estoy muy segura. —Hablo despacio, con el cuerpo aún temblando por la energía acumulada—. Me he metido en tu mente y he llegado hasta donde he podido, pero estaba vacía.

—Eso me resulta insultante —bufa—. Puede que no sea un cerebrito, pero tampoco creo que tenga la cabeza de adorno.

—No he querido decir eso. —Lo miro de reojo—. Yo he buscado en tu alma, no en tu cerebro. Aunque tampoco estoy muy segura de que el último te funcione, la verdad. Alguien con sentido común no se arriesgaría a intentar escaparse de su parcela en el Infierno.

Se ríe entre dientes, hace una mueca de dolor y se agarra las costillas.

—¿Y qué significa eso? Me refiero a lo de tener el alma vacía.

Doy pequeños pasos por mi dormitorio mientras me limpio la punta del pulgar.

—Para ser sincera, no tengo ni la más remota idea. Mi profesor me explicó una vez que, si no ves nada, es porque esa persona no ha cometido un pecado lo suficientemente grande como para que la envíen aquí. Pero soy novata en esto. Y puede que aún no controle bien el tema.

Se recuesta contra la puerta.

—Pero, aunque todavía estés aprendiendo, el hecho de que no puedas ver nada ya demuestra que soy inocente, ¿no?

Me detengo en seco y miro su reflejo en el espejo de mi dormitorio. Lo de que siga estando tan bueno debajo de toda esa sangre y esos golpetazos me confunde tanto como la tabula rasa que veo en su alma.

—Las cosas no son así de sencillas.

—¿Por qué no? Has sido tú la que has dicho que deberías ser capaz de ver algo. Y si no has visto nada, es porque yo no hice nada.

—Mira. —Cruzo la habitación y me paro frente a él.

Termino fijando la mirada sobre su hombro, y me pierdo en el patrón de vetas de madera de mi puerta—.

Por muchas dudas que pueda albergar respecto de tu estancia aquí, yo no soy nadie para opinar.

Es mi padre el que tiene la última palabra. Y yo no puedo contradecirlo.

—¿Es que no le puedes decir lo que has visto? —Gesticula con los brazos—. ¿O, en este caso, lo que no has visto?

Dejo escapar una risita ahogada.

—Sí, claro. Podría ir a donde está mi padre, ponerme delante y decirle: «Hola, papá, ¿qué tal? Verás… aunque lleves milenios dirigiendo este sitio, creo que te equivocaste con el humano que irrumpió en mi habitación anoche». Apuesto a que le encantaría oírlo.

—Alto ahí. —Va palideciendo por momentos—. O sea que… ¿es tu padre el que lleva este sitio? Eso significa que él es… Lo que a ti te convierte en…

Nuestras miradas se cruzan. Y puedo ver que, donde antes había confianza, ahora hay pavor. Mi corazón se hace añicos. Debería darme lo mismo lo que pensara de mí ese humano. No es más que un pecador destinado a pasar una eternidad pudriéndose con los otros.

Solo que, por un momento, no tenía miedo de mí, y no parecía que fuera a echar a correr como solían hacerlo todas las personas que entraban en mi vida. Solo me faltaba que se diera cuenta de quién era yo y reaccionara como el resto de los pecadores.

Abro la boca para contestar.

Y justo en ese instante alguien aporrea mi puerta.