Capítulo IV
IV
Nada más terminar la clase, el sonido oscilante de una sirena me devuelve a mi realidad. Contengo un gemido. Ese pitido ensordecedor significa que alguien se ha escapado de su parcela.
Oootra vez.
Muy a mi pesar, es bastante habitual que, como poco una vez al día, a algún caminante oscuro se le ocurra la genial idea de tratar de huir de aquí.
Y claro, lo que no anticipan esas cabezas pensantes son las sirenas, el hecho de que podemos buscarlos ni tampoco la agonía que sigue a ese instante en que añadimos la palabra «fugitivo» a su castigo.
Uno de los soldados satánicos de mi padre avanza a toda velocidad salón abajo, por lo que me meto en la habitación más próxima que veo para despistarlo y librarme de él. Noto el cuerpo más relajado al darme cuenta de que estoy en el Salón del Trono.
Por fin mis labios se curvan en una sonrisa.
Sí, este es mi rincón favorito aquí en Dominus.
Las cuatro paredes son de un cristal resplandeciente, tan grueso que impide ver lo que hay al otro lado.
Los colores resbalan por el cristal como si estuvieran derritiéndose en él: rojos chispeantes, naranjas intensos y amarillos brillantes que infunden en los visitantes la ferocidad del fuego que reside en ellos, y amenazan con acabar con quien ose entrar en la sala.
Sigo la alfombra roja de felpa que se extiende entre las filas y filas de sillas negras y sube los cinco escalones que van a dar al trono, el cual se ubica justo al frente de la estancia.
Ese trono quita el hipo a cualquiera. Es impresionante.
Está elaborado en oro puro y duro, y parece a punto de fundirse en las llamas que rodean el espacio.
El oro cae desde la parte de atrás hasta el suelo, y, aunque parece líquido, en realidad es sólido.
Es como si alguien estuviera rociando la silla con un calor desmesurado antes de meterla como sea en un congelador.
Rodeo el trono y paso la palma de la mano por los reposabrazos, que tienen rubíes incrustados.
El dedo índice se me cuela en una pequeña hendidura en la que, se ve, falta una de las gemas.
Bajo la mirada y la detengo en mi anillo. Algo dentro de mí se rompe al darme cuenta de que el rubí mágico que luzco en el dedo encaja a la perfección en ese hueco. En cuanto cumpla los dieciocho y devuelva ese pedrusco a su lugar, el inframundo será todo mío.
Ese regalo fue cosa de mi padre: me regaló un pedazo de su trono para recordarme que dentro de un año sería mío. Como si pudiera olvidarlo. Digamos que estoy unida y predestinada a este sitio, que me toca pagar el precio de sus pecados en lugar de tener la oportunidad de labrarme mi futuro.
Me subo al escalón situado justo delante del trono y me impulso hacia el asiento, aún admirada por su tamaño, pese a que llevo viéndolo ahí mismo todo este tiempo. La silla es tan ancha que me podría tumbar en ella y no llegaría a tocar el extremo con los dedos de los pies.
Cuando mi padre está en su verdadera forma, el tapiz de terciopelo apenas es capaz de abarcarlo.
A mí nunca me ha dejado verlo en toda su magnitud, pero no le cuesta nada alardear de su tamaño colosal para guiar a los soldados desde esta sala o para condenar a los caminantes oscuros rebeldes.
De niña me parecía que era un buen truco.
Ahora, sin embargo, lo considero más una forma de intimidación, una de las muchas maneras que tiene mi padre de controlar las cosas.
La misma con la que está controlando mi futuro ahora mismo.
—Te queda bien.
Casi me caigo del gigantesco asiento al ver entrar a Attero.
Enseguida echo mano del reposabrazos y me agarro para incorporarme.
Noto que la mandíbula se me tensa en un gesto de enfado.
En mi piel aún palpita la herida que hace unos días me hicieron sus palabras, que soy incapaz de sacar de mi cabeza.
—¿Qué se supone que haces aquí? ¿Cómo es que no andas por ahí con tu nuevo mejor amigo?
—No quería dejar las cosas así entre nosotros. Me siento fatal por lo que te dije. —Lo veo estudiar la alfombra bajo nuestros pies—. Por favor, acepta mis disculpas, alteza. —Hace una reverencia, pero aún sin despegar los ojos del suelo.
—Devica. —Me bajo de la silla resbalándome y desciendo la escalera, dando un sonoro pisotón en cada escalón con mis pesadas botas—.
¿Es que ya no te acuerdas de todo el tiempo que pasamos en este lugar de niños, Atty?
¿Te has olvidado de todas las veces que correteábamos por aquí y jugábamos al escondite mientras mi padre daba órdenes a su ejército?
Sonríe mientras sigue mi mirada y los dos recorremos con los ojos las brillantes paredes.
—Siempre hacías trampas.
Aprieto los labios para no dejarle ver mi sonrisilla.
—No, ¿yo? ¡Jamás!
—Sí, tú. ¡Siempre! —repite—. Siempre te escondías detrás del trono, porque sabías que yo no me atrevía a acercarme cuando tu padre estaba allí sentado.
Ambos retrocedemos a la par sobresaltados por un grito agónico procedente del pasillo.
Acto seguido, la alarma va perdiendo intensidad.
Al igual que yo, Attero detesta a los caminantes oscuros gritones.
Sus berridos exceden todos los decibelios posibles.
Y aquí abajo, el griterío es constante. En nuestra infancia, Atty y yo solíamos quedarnos despiertos toda la noche en mi habitación, y nos tapábamos las orejas con almohadas para intentar bloquear el ruido.
—Si de verdad algún día llego a gobernar este sitio —le decía entonces—, lo primero que haré será regular las horas de gritos.
—¿Quééé? —me preguntaba Attero entonces, a todo volumen para hacerse oír.
La tristeza se apodera de mis hombros y los tensa. Las cosas eran tan fáciles por aquel tiempo.
Yo solía gastar bromas con lo de heredar el trono porque me parecía algo imposible.
Estaba convencida de que mi padre reinaría para siempre.
No olvidemos que este es su castigo, no el mío.
Y de niña confiaba en que algún día sería lo bastante mayor como para hacer lo que yo quisiera.
Incluso para visitar el mundo humano sin tener que volver en dos días, como mi padre.
Le doy un apretón en el hombro y le obsequio con una pequeña sonrisa.
Quién sabe, a lo mejor aquí abajo somos capaces de salvar algo.
Intuyo que no tengo que sentirme sola si tengo a alguien al lado con quien compartir lo que me pasa.
Attero observa mis dedos antes de bajar el brazo y pegarlo al cuerpo.
Se me cae el alma a los pies.
—Attero, ¿qué ha pasado?
—¿Qué quieres decir?
A estas alturas, aún no se ha atrevido a mirarme a los ojos. Aunque estoy muy tentada, resisto la necesidad de zarandearlo y gritarle a la cara.
—¿Qué ha pasado entre nosotros? De niños no sabíamos estar el uno sin el otro.
Pero luego, de repente, me echaste de tu vida.
Dejaste de hablarme, y solo te dirigías a mí cuando no tenías escapatoria.
Me esquivabas en las comidas. Y el otro día, de todos los demonios posibles, escogiste a Ferus en vez de a mí.
¿Qué te he hecho para que me odies tantísimo?
Alza la cabeza y su mirada por fin se encuentra con la mía. La sorpresa inunda todo su rostro.
—No te odio, Devica.
—¿Y entonces? —Levanto los brazos—. Eras mi mejor amigo.
Nos contábamos absolutamente todo. Eras la única persona a la que recurría cuando las cosas iban mal.
Y ni siquiera apareciste por mi fiesta de cumpleaños.
No estuviste a mi lado cuando mi padre me soltó el bombazo.
Y yo necesito tu amistad ahora más que nunca.
—Tú no has hecho nada. Yo quería ir a tu fiesta, te lo juro.
Pero llegué al salón de recepciones, vi allí a tu padre tan serio y tan…
tan… No sé. De pronto sentí que no debía estar allí, que no pintaba nada en ese sitio, así que me fui.
Lo lamento mucho. —Está dibujando círculos en la alfombra con el pie derecho—.
Y tenía pensado disculparme al día siguiente, pero fue justo cuando tu padre hizo público que en un año ocuparías su lugar, y… no me pareció adecuado…
—¿El qué? ¿Ser mi amigo? —balbuceo.
—Ser cualquier cosa tuya. —Respira hondo y su tono se ablanda—.
Mira, Dev, tienes ante ti un futuro increíble.
Y estoy superorgulloso de ti. No me cabe duda de que serás una gran gobernante.
Pero tienes que entender que eso también significa que los demonios se distancien de ti.
Ya sabes que en ese trono solo hay sitio para uno.
Observo la gigantesca silla, y a continuación le lanzo a él una mirada mordaz.
—Eso no es verdad. Ahí caben como poco veinte demonios.
Attero no hace ni ademán de sonreír.
—Sabes bien a lo que me refiero.
—Sí, claro que lo sé. —Trago saliva—. Pero aun así te echo de menos. ¿Es que no recuerdas todas las cosas que soñábamos con hacer juntos? ¿Todos esos sitios más allá de Dominus que íbamos a recorrer?
—¿Cómo no voy a acordarme? —Baja la voz hasta hablar casi en susurros y vuelve a fijar la vista en el suelo—. Pero todo eso no eran más que fantasías infantiles. Ahora todos tenemos responsabilidades, y tú más que nadie.
Responsabilidades que yo nunca he pedido, dicho sea de paso.
Lleva los hombros a las orejas y, de pronto, reparo en una placa con una S grande que tiene prendida en la pechera de su camisa de cuello negro. Abro los ojos todo lo que puedo.
—Un momento. ¿Te estás formando para ser soldado? Eso es genial, Atty. ¿Por qué no me lo contaste?
Se sonroja tanto que parece que le van a salir llamas.
—Tú tienes tus ambiciones, y yo tengo las mías.
Por eso llevo un tiempo saliendo con los otros demonios después del trabajo.
Sé que tú lo odias, pero tu padre confía ciegamente en Ferus, y él será el que se ponga al mando de todos los soldados ahora que Primice va a jubilarse.
Así que, ya sabes, necesito caerle bien, ser uno de los suyos.
—Dudo bastante que a Ferus le caiga bien alguien.
—Tú ya me entiendes. —Attero arrastra el pie izquierdo—. Te lo suplico, no me odies por esto.
Me muerdo la lengua. Decirle que no se junte con ese patán solo lo apartará más de mí, y sigue siendo mi único amigo. Por mucho que me repatee que ande por ahí con Ferus, sería todavía peor que dejara de hablarme de nuevo.
—Yo nunca podré odiarte —le confieso—. Me parece genial. Y, oye, eso significa que, cuando yo suba al trono, tú podrás trabajar a mi lado. Solo te pido una cosa: ten cuidado, ¿vale? Sobre todo con Ferus. Ándate con mil ojos. No me gusta un pelo.
—Lo haré. —Me hace otra reverencia—. Adiós, alteza.
—Devica.
—De acuerdo. Nos vemos. —Se marcha sin darme tiempo a reprenderlo por no decir mi nombre.
Tomo aire y lo suelto, y con él se va también la tristeza que sigue a su partida antes de mirar con desprecio el trono de mi padre y salir de la sala.
La fotografía de Nathan Reynolds me mira desde mi mesilla de noche. Aún no he tenido ocasión de devolverla a su expediente. La despego de la madera azul, me tumbo de lado en la cama y sostengo en la mano la imagen para que capte la luz de la lámpara de cristal que está junto a mí.
Estudio con detenimiento sus ojos, tan azules que podría navegar en ellos (si supiera nadar).
Ese mechón de pelo que se le escapa de detrás de la oreja y le cae picaronamente sobre la mejilla.
Es un tipo muy atractivo para ser un caminante oscuro.
Pero también es humano y un pecador. Y por adorable que sea su sonrisa, no puede ocultarlo.
Perfilo su cara con el dedo, y trato de poner en práctica todo lo que el señor Bellum me enseñó sobre mi visión para recrear el momento exacto en que asesinó a su padre de acogida.
Me concentro tanto en la foto que empiezo a sentir un dolor de cabeza horrible por detrás de los ojos.
El rostro sonriente de Nathan Reynolds no cambia.
Meto la foto bajo la almohada y me dejo caer encima, gruñendo con frustración. No consigo mejorar, y ya solo tengo hasta mi próximo cumpleaños para dominar la técnica. Para entonces dará igual que me sienta o no preparada.
Y ahora mismo, desde luego, no lo estoy.