Hoy no, Satán Capítulo III
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Capítulo III

III

Aparte de atender la larga fila de entradas, mi padre insiste en que debo recibir clases para aprender a utilizar los poderes que están emergiendo en mí. Son sus poderes; imagino que los he heredado porque llevo su sangre.

No obstante, he de decir que, hasta ahora, solo he sido capaz de hacer saltar chispas de los dedos cuando me enfado.

Esta manipulación del fuego es precisamente uno de los dones de mi padre.

Él creó todos los castigos que infligimos aquí abajo valiéndose solo del poder de su mente.

Arriba en la Tierra, mi padre lograba que los humanos se quedaran petrificados de miedo al presentarse ante ellos en su verdadera forma.

Además, es todo un experto a la hora de convencerlos para que hagan cosas que, de otro modo, evitarían.

Por el momento, yo aún no he conseguido adoptar ninguna otra forma más allá de la que suele devolverme el espejo. Por mucho que intente acobardar a los humanos que esperan su turno en la cola de registro, ninguno se acojona ante mi presencia como sí les ocurre con Ferus. Decepcionante como poco.

Puesto que soy su primer y único retoño, no tengo ningún precedente que pueda seguir. Y tampoco estoy segura de los poderes que crecerán en mí ni de lo fuertes que llegarán a ser.

De todos modos, la obsesión de mi padre es que adquiera su poder más importante: la habilidad de juzgar pecadores. Y sé que lo necesito para desempeñar su puesto, pero, por más que lo intento, no me sale de manera natural.

Y las clases tampoco me están ayudando mucho que digamos.

Disimulo un bostezo mientras miro con atención la foto de un hombre pegada a la pizarra que preside la clase.

Según mi profesor, el señor Bellum, debería ser capaz de averiguar los pecados de una persona con solo observar su fotografía.

Es lo que mi padre llama mi «buena vista», y es en eso y solo en eso en lo que se basa para juzgar.

Al parecer, y por lo que el señor B me enseñó, nadie recuerda el momento de su enjuiciamiento.

Todo empieza en ese lugar intermedio en el que unos observadores imparciales revisan la vida de quien tienen enfrente y lo envían arriba o abajo.

A continuación, reciben la sentencia final de mi padre o de los ángeles del Paraíso, con la cual se corrobora que están en el lugar adecuado, y se les asigna una parcela.

Antes, mi padre emitía su juicio en persona, pero ahora los pecadores son tantísimos que le resulta imposible dedicarles ese tiempo. Y siempre insiste en que con una fotografía es más rápido e igual de fácil juzgar a alguien.

Personalmente, tengo mis dudas, puesto que la imagen que tengo delante está más vacía de contenido que la pizarra blanca en la que está pegada.

—¿Se trata de un asesino? —cuestiono.

—Para nada. —El señor Bellum se quita las gafas, echa el aliento sobre los cristales y los limpia con la manga—. El asesinato no puede ser tu pecado por defecto, Devica.

—¿Por qué no? ¿Es que toda esta gente no está aquí por eso?

—Huelga decirte que no. —Vuelve a ponerse las gafas mientras hace una mueca—. Además, ese no es el objetivo de esta clase. Tu padre está obsesionado con que aprendas a dominar tu vista, así que, venga, mira esta imagen otra vez y concéntrate en ella. ¿Cuál crees que es el pecado de este hombre?

Me llevo los dedos a la frente, presiono y dibujo círculos sobre mi piel sin apartar la mirada de la fotografía de un hombre coreano con sonrisa forzada. Pero no saco nada en claro más allá de un ligero dolor de cabeza, resultado de la interminable hora que me he pasado dándole vueltas a lo mismo.

—¿Engañó a su mujer?

—No.

—Entonces, defraudó a Hacienda. ¿Es eso?

—No, no. —El señor Bellum aprieta los dientes—. Venga, Devica, esfuérzate más.

—No lo sé, no tengo ni idea —me quejo—. Puede que él… ¿tuviera un número desorbitado de gatos?

—¡Devica! Pero si eso ni siquiera es un pecado.

Arrugo la nariz.

—¿Está seguro? ¿Acaso no eran gatos los demonios peludos que mi padre envió a la Tierra para castigar a los vivos?

El señor Bellum rezonga con desesperación.

Había sido profesor durante su vida humana y mi padre lo sacó de su parcela solo para que me enseñara.

A priori eso suena como si el hombre hubiera subido de categoría aquí abajo, pero, por cómo me mira, no me cabe duda de que prefiere su castigo original y vivir para la eternidad colgado bocabajo y agarrado al techo por las uñas de los dedos de los pies.

—Vamos, inténtalo una vez más —ordena—. Tómatelo en serio e intenta conectar a través de sus ojos.

Sigo las instrucciones del señor Bellum, y casi llego a hacer agujeros en la pizarra, pero, más allá de los puntitos blancos que nadan por mi visión, la foto permanece idéntica.

—Nada. Nada de nada. —Lanzo el boli a la mesa y me cruzo de brazos—. Tal vez yo no valga para esto.

El señor Bellum me dedica una de sus escasas sonrisas.

—Por una vez has acertado, Devica. No deberías ver nada en este hombre. No ha cometido ningún pecado y lo enviarán al Paraíso. —Suspira y levanta los ojos al techo, sin duda preguntándose cómo habría sido su vida de haber corrido una suerte similar.

—Pero eso es imposible. Todo el mundo peca. Quizá no toda la gente termina aquí abajo, pero los humanos pecan constantemente. —Vuelvo a agarrar mi boli y lo señalo con él—. Incluso usted. Por eso está aquí.

Carraspea. El señor Bellum nunca habla de lo que lo condujo hasta aquí, y tampoco tiene que hacerlo.

Una vez, durante mis horas de trabajo, cotilleé su expediente.

Sé que robó dinero de la recaudación de fondos de una escuela para saldar las deudas que tenía por su adicción al juego.

Sin embargo, los billetes llegaron muy tarde.

Su corredor de apuestas ya había enviado a alguien para que pusiera «punto final al problema» y saldara cuentas.

El pobre señor B ni lo vio venir. Murió sosteniendo con fuerza los billetes de diez dólares que sus estudiantes habían conseguido a base de chocolatinas puerta por puerta. Supongo que el viaje de la banda de música tendría que esperar aquel año.

El señor Bellum fija la mirada en el suelo.

—En efecto, todo el mundo peca. Incluso aquellos que tienen la mejor intención.

Pero hay pecados lo suficientemente pequeños como para perdonarlos y enviar a la persona al Paraíso.

Nunca podrás ver los pecados de la gente que alberga buenos sentimientos en su interior.

Pero a aquellos que son condenados (ya sabes, los que están destinados) a estar aquí, les verás el alma con claridad, con la misma claridad que observas en esta fotografía.

Analizo la imagen de nuevo.

—Si este muchacho era tan maravilloso, ¿por qué no puedo ver ni una gota de esa bondad? ¿Es que sí veo sus pecados, pero no sus buenas intenciones? Eso no suena nada justo.

—Eso es por quien eres —explica el señor Bellum—. La vista de tu padre alcanza únicamente el pecado. Las buenas intenciones solo son visibles para los ángeles que toman las decisiones en el Paraíso. No tiene sentido que tú puedas verlas.

Paso el dedo por la quemadura que hay en la madera de roble de mi mesa. La hice yo hace unos días, en un arrebato de ira por fallar todas las preguntas que me hacía el señor B para poner a prueba mis poderes. Aún desprende un ligero olor a azufre.

—O sea, que o veo algo o no veo nada. ¿Eso no convierte esta clase en una pérdida de tiempo?

El señor Bellum se masajea las sienes.

—Ojalá tu padre me hubiera hecho caso cuando intenté decírselo. Tus poderes se irán volviendo más fuertes a medida que los vayas utilizando. —Me mira por encima de la montura de sus gafas—. Y siempre y cuando aprendas a controlar tus emociones.

Reprimo otro bostezo y estudio el aula que mi padre construyó para mi educación.

El señor B, acostumbrado a enseñar a niños pequeños en la Tierra, la ha decorado de una manera excesivamente infantil.

De ahí los conejitos dibujados retozando a lo largo de cada una de las letras del alfabeto que da vida a las paredes.

En la esquina hay una caja en la que ya no caben más juguetes.

A mi espalda, una hilera de perchas vacías pegadas a la pared, y, en el centro de la clase, una alfombra rosa de esas que parecen tan esponjosas que dan ganas de tumbarse.

En definitiva, no se asemeja en nada a las aulas que compartí con otros niños demonios en mi infancia. Las anteriores siempre fueron oscuras y lúgubres, con paredes de acero de las que colgaban armas e instrumentos de tortura.

Yo jamás había pensado en esto de graduarme en El Arte de Torturar a Humanos antes de que mi padre se empeñara en cambiar mis planes de la noche a la mañana.

Hace seis meses, por unanimidad, mi queridísimo decidió desapuntarme de mis clases y meterme aquí con calzador.

Según él, quería que descubriera si tenía habilidades para esto y que las potenciara.

Suelto el boli.

—Llevo ya unos cuantos meses haciendo esto, y no he ganado mucha destreza, como puede comprobar. Sé que mi padre empezó tocando a los humanos para visualizar sus pecados. ¿Por qué no probamos eso mismo nosotros?

—Tienes toda la razón. El tacto amplifica tu visión.

Es cierto que el contacto directo con el pecador te mete en su alma.

Con ello, verías los pecados tal y como se cometieron.

Pero tú aún no estás preparada para ello, Devica.

El tocar a alguien te conecta íntimamente con sus pecados.

Y te aseguro que puede llegar a ser abrumador.

Y tú de por sí tiendes a… —mientras lo dice, observa el cúmulo de cenizas de lo que en su día había sido un contenedor hasta que yo, en nuestra única clase, fuera de mí por la frustración que sentía, lo calciné— prender fuego a todo lo que te rodea cuando algo te sobrepasa.

Sé que me estoy poniendo roja como un tomate, así que aprieto la mandíbula antes de contestar.

No se equivoca. De hecho, basta con mirar a nuestro alrededor para comprobarlo: hay conejitos chamuscados por las paredes y pilas y pilas de cenizas donde, en principio, tendría que haber pupitres.

Aun así, no pienso darle la razón. Va contra mis principios.

El señor B despega la fotografía de la pizarra y la deja sobre su mesa.

—Además, hace tiempo que tu padre dejó de recurrir al tacto para juzgar. Esta técnica es igual de precisa.

En ese momento viene a mi mente la cara del muchacho al que mandé a la parcela 13. Lo insistente que fue con lo de que lo había enviado al lugar equivocado. Me apuesto el pellejo a que a ese chaval le encantaría tener unas palabritas con mi padre respecto de la precisión de su nuevo método.

—Pues quizá fuera buena idea volver a lo de antes —replico.

El señor Bellum se dispone a pegar otra fotografía en la pizarra, pero, al oírme, se da media vuelta. Me doy cuenta de que se tensa.

—¿Cómo dices?

—Nada. —Hago girar el boli entre los dedos y me encojo de hombros—. Pues que puede que mi padre también se equivoque alguna vez. Si el mirar una fotografía no arroja un juicio tan claro como el tocar a quien peca, pues puede que mi padre esté pasando por alto cosas.

Los ojos del señor Bellum se clavan como dardos en la puerta.

—Devica, tu padre lleva toda la vida haciendo esto.

Te aseguro que no se equivoca. Es imposible.

Venga, volvamos a nuestras clases. Para ti tampoco es posible ponerte a hacer eso ahora.

—Señala con el dedo la foto pegada a la pizarra.

En esta ocasión se trata de una mujer de mediana edad—. A ver, ¿cuál es su pecado?

Sé bien cuándo tengo que tirar la toalla. Si algo caracteriza al señor B, es su cabezonería en lo referente a las clases. Suspiro con desidia.

Cierro los ojos y trato de dejar la mente en blanco para concentrarme única y exclusivamente en la sala en la que estamos.

Cuando vuelvo a abrirlos, los entorno para enfocar la imagen, hago una mueca al sentir que se me desenfoca, y consigo mantener la atención en la mujer mayor que me mira desde el papel fotográfico.

Se me escapa otro suspiro cuando el señor Bellum me mete prisa para que responda.

—Los gatos —suelto, convencida—. Fijo que esta mujer tenía demasiados mininos.