Capítulo II
II
Me aclaro la garganta y trago el nudo que se me está formando.
—¿Todo bien, princesa?
Una voz grave me saca de mi ensimismamiento. Sin pensar, me meto la foto de Nathan Reynolds en el bolsillo de mi vestido negro, y así, ni me toca estrecharle la mano a nadie, ni tengo que volver a mirar esos ojos tan traicioneros como un océano que no se cansan de suplicarme.
Ferus me sonríe dándose aires de superioridad desde su mesa, que está a dos de la mía, y se me revuelve el estómago.
A diferencia de casi todos los demás demonios que se ocupan de la cola de registros, él prefiere no camuflarse bajo su forma humana.
Le fascina el miedo que su verdadera apariencia provoca en los pecadores.
Sus afilados dientes son tan blancos que no me extrañaría nada que resplandecieran en la oscuridad si nos pusiéramos a soplar y apagáramos todas las antorchas.
La intensidad de su brillo solo es comparable a la de su cabellera de color naranja neón, que parece que va a ponerse a soltar chispas de un momento a otro.
Su piel es del mismo rojo carmesí que la sangre y sus músculos están tan hiperdefinidos que las venas le sobresalen como líneas dentadas.
Con todo, no es su apariencia lo que me incomoda, sino lo que se esconde tras ella.
Ferus trabaja aquí solo para ganarse el beneplácito de mi padre (digamos que esto es un trampolín en su carrera), y va prosperando en su empleo.
Pero tiene un lado oscuro que me retuerce las entrañas.
Como todos los demonios mayores que viven aquí abajo, Ferus habitó en el Paraíso antes de ponerse de parte de mi padre en la guerra que los abocó al descenso.
Y a todos los que estaban en el bando de mi progenitor los desterraron aquí para siempre para cumplir su pena.
Lo que sucede es que, en el caso de Ferus, este lugar no es un castigo. Para él, es algo así como su sitio de recreo.
—Sí, estoy bien —respondo mientras cierro el expediente de Nathan Reynolds y lo coloco en el montón con los otros—. Ya sabes, otro caminante oscuro insistiendo sobre su inocencia.
Ferus deja escapar una risilla gutural que reverbera en las paredes de granito. El eco resuena con tanta fuerza que algunos de los humanos que aguardan en la fila estallan en gritos de terror.
—Típico de esos sacos de piel que no saben hacer nada más que pecar. Sigo sin comprender cómo aún existe el Paraíso. Debe de tener los días contados.
Hago oídos sordos y coloco sobre mi mesa el cartel de cerrado para la eternidad . ¡Por fin ha acabado mi turno!
Mi mejor amigo, Attero, acaba de registrar a un pecador que llora desconsolado. De pronto, alza la mirada desde la mesa que está justo detrás de la mía.
—Deberíamos salir a pillar una buena borrachera esta noche —propone.
Sorprendida por su invitación, estoy a punto de tirar al suelo mi montón de carpetas perfectamente alineadas.
Attero y yo somos amigos desde hace… ¡ni me acuerdo! Al contrario que Ferus, que es tan viejo como mi padre, Atty es de mi edad. Sus padres fueron ayudantes del mío, y él solía acompañarlos al trabajo.
Sin embargo, desde que mi padre anunció su inminente jubilación e hizo público su deseo de que yo lo sustituyera nada más cumplir los dieciocho, Attero me ignora.
Es como si no me conociera. Ni tan siquiera acudió a mi fiesta de cumpleaños la semana pasada.
De hecho, solo estuvimos mi padre, yo y algunos de los superinsoportables demonios a los que pagaron por estar allí y que desaparecieron en el mismísimo instante en que soplé las velas.
Papá tampoco se quedó mucho más.
Si acepto su invitación, puedo aprovechar para preguntarle a Attero qué le pasa conmigo. Por qué me evita de esa manera.
—Perfecto. —Jugueteo con las carpetas para que no vea la sonrisa que dibujan mis labios—. Suena divertido.
Los ojos verdes de Attero me miran sin poder abrirse más.
—Ay, lo siento, Dev. Estaba hablando con Ferus.
La presión me asciende por el pecho hasta las mejillas, y centro toda mi atención en los nombres que aparecen en cada uno de los archivos que estoy manipulando para que no vea el dolor reflejado en mi rostro.
Si ya es horrible perder a mi mejor amigo, perderlo y que encima te cambie por Ferus no tiene comparación.
Trato de que las palabras encuentren la salida sorteando el nudo que tengo en la garganta.
—Ah. Oh.
—Lo siento, princesa —me dice Ferus, pero no hay ni un ápice de arrepentimiento en su sonrisa socarrona—. Ya sabes. Esto es cosa de solo-demonios-trabajadores. Te aburrirías. Además, si te pasara algo por ahí fuera, tu padre acabaría con nosotros en un suspiro humano.
No me veo con fuerzas de mirar a ninguno de los dos, así que clavo la mirada en el anillo con un rubí que adorna el dedo anular de mi mano derecha. Un regalo de cumpleaños de mi padre.
—No lo haría.
—Sabes bien que sí —me replica—. Ya viste lo que le pasó a Quasso cuando accidentalmente te prendió fuego en el pelo. Y eso que solo pasó por tu lado. No es culpa suya que su cuerpo esté hecho de llamas. Y ahora el pobre vive en la Tierra transformado en chimenea.
—Soy consciente de que mi padre puede ser estricto. —Ferus y Attero farfullan y yo me limito a encogerme de hombros—. Bueno, vale. Puede llegar a ser demasiado estricto, pero Quasso solo tendrá que vivir como una chimenea durante los próximos cien años más o menos, luego ya podrá regresar a casa.
En realidad no sé por qué estoy defendiendo a mi padre. Si nunca atiende a razones.
Claro que yo le había suplicado que no expulsara a Quasso, pero hay una gran diferencia entre que yo muestre mi desacuerdo a mi padre en privado y que Ferus lo utilice para apartar a mis amigos de mí.
Ferus rechina los dientes.
—Bueno, sea como sea, lo siento, princesa. Nosotros preferimos no correr ese riesgo. Al margen de eso —sus ojos escanean mi cuerpo de arriba abajo—, tal vez deberías dejar el vino de sangre si de verdad quieres ser princesa.
Noto que me sonrojo. Y no son las palabras de Ferus las que me avergüenzan.
Sé de sobra que es un ser miserable que disfruta metiéndose conmigo, especialmente desde que se ha enterado de que seré yo quien ocupe el lugar de mi padre y no él.
Lo que más me abochorna es que todos los demonios y pecadores del Salón de la Justicia, sin excepción, han escuchado el insulto.
Y estén de acuerdo con él o no, ha llamado la atención de todos sobre algo que considera un defecto, y lo ha amplificado por toda la sala para que el personal lo analice a modo de pasatiempo.
Me pongo de pie sobre mis piernas temblorosas y coloco los brazos en jarras.
—Te he dicho mil veces que dejes de llamarme princesa. Además, me sorprende que sepas cómo debería ser una princesa, teniendo en cuenta que eres incapaz de ver más allá de tu propio reflejo. Más te vale que te fijes en tus imperfecciones, que son muchas, y que te olvides de mi genética.
Abre la boca y vuelve a cerrarla. Es la primera vez desde que lo conozco que parece no tener nada que decir.
La satisfacción me sube por el pecho al tiempo que le devuelvo la sonrisa chulesca suya de antes.
—¿Qué pasa, Ferus? ¿Te ha comido la lengua el demonio?
No se digna a contestar. En vez de ello, llama a la siguiente caminante oscura a la que le ha llegado el turno de registrarse. La mujer tiembla visiblemente mientras se aproxima a la mesa de Ferus, y el desdén regresa a los labios de este.
Me doy la vuelta y estudio a Attero, que se esconde detrás de su apariencia humana: piel oscura y melena azul a la altura de los hombros.
—¿Y tú eres de la misma opinión respecto a lo de quedar un día para salir juntos, Atty?
Evita mirarme a la cara.
—Lo lamento, Dev. Me resulta incómodo salir contigo ahora. Ya sabes, vas a ser nuestra jefa.
Sus palabras no hacen sino confirmar mis peores presagios.
Atty fue el único niño que no tenía miedo de pasar tiempo conmigo cuando éramos pequeños.
Pero ahora me ve exactamente igual que como en su día me veía todo el mundo en nuestra clase: como alguien a quien temer, alguien con quien guardar las distancias.
Se me tensa la mandíbula y me hundo en la silla mientras las piernas me amenazan con hacerse añicos.
Observo las paredes de granito. Llegan hasta tan arriba que resulta imposible ver lo más alto.
De vez en cuando, un pecador desconsolado y fuera de sí trata de escalarlas y, tras el esfuerzo, cae en la cuenta de que no tienen final y que lo único que ha conseguido es quedarse atrapado en ellas.
En ese instante tratan de resbalarse hacia abajo o de saltar, con la esperanza de hallar otra salida para poner fin a las cosas, pero de nuevo terminan en la misma cola de registros como si nada hubiera pasado.
Sobre mí, el cielo está cubierto del negro carbón propio de las noches cerradas. Un vacío inconmensurable en el que quiero gritar. A fin de cuentas, yo estoy tan atrapada como estos caminantes oscuros, y hasta Atty es consciente de ello.
Respiro hondo y vuelvo la vista a Attero.
—Por mucho que vaya a sustituir a mi padre, lo cual tú sabes bien que no quiero, las cosas seguirán siendo igual entre nosotros. Eres mi mejor amigo, Atty. Llevamos juntos desde niños.
—Ese es precisamente el problema. —Se aclara la garganta—. Ya no somos niños, Devica. Y debemos empezar a comportarnos como los adultos en que nos hemos convertido.
La frialdad de su tono de voz hace que un escalofrío me recorra la espalda de arriba abajo. Trato de apartar la cara para que no vea el temblor de mi labio inferior.
—Si de verdad eso es lo que sientes…
Atty sigue sin levantar la mirada de su mesa.
—Sí, lo es.
Cargo con mi pila de carpetas y, con manos nerviosas, las apretujo todas en el armario archivador que hay detrás de mí. Cierro el cajón de golpe. Attero balbucea mi nombre, pero no quiero seguir escuchándolo y me aparto de él.
Las puertas del Salón de la Justicia son demasiado pesadas para los humanos, pero yo las abro sin ningún esfuerzo. Se cierran detrás de mí, y el portazo reverbera en los muros de piedra que delimitan mi camino hacia mis aposentos.
Me quedo de pie en medio de mi habitación, respirando profundamente en un esfuerzo por aliviar el dolor que me empieza a consumir todo el cuerpo. Me tiro sobre la cama, me cubro la cara con la almohada y empiezo a gritar.
—¡Odio estar aquí! —vocifero a la tela del almohadón—. Y lo odio a él por tenerme aquí encerrada.
Ruedo para quedarme boca arriba y contemplar el cielo añil repleto de estrellas que Atty y yo pintamos en el techo de mi dormitorio hace tiempo. Me he pasado horas observándolo absorta, imaginando que estaba en cualquier otro sitio que no fuera esta habitación.
Algo me pincha en el muslo, y se me escapa una mueca.
Me llevo la mano al bolsillo del vestido.
Nathan Reynolds me sonríe desde la fotografía que todavía sigue ahí guardada.
Su expresión facial es casi tan reconfortante como las estrellas que tengo encima.
Es cálida y tentadora, le ilumina todo el rostro.
Se le veía segurísimo de su inocencia. Y yo estuve a un tris de creerlo.
Eso era algo que jamás me había sucedido.
No entiendo qué me está pasando con este caminante oscuro, por qué tiene ese poder sobre mí desde el mismo momento en que se presentó ante mi mesa.
Suspiro y escondo la foto bajo mi almohada.
Da igual, no importa. Él ahora mismo está ya en su parcela, y yo no volveré a verlo jamás.
Dejo de nuevo la mirada perdida en el cielo dibujado sobre mí y me empeño en sacar a Nathan Reynolds de mi mente con la misma fuerza con la que abrí el cajón del armario archivador.
No tardo en caer en un sueño agitado, en el que fantaseo con que las estrellas que están sobre mí son reales y con que he dejado de estar atrapada entre estas cuatro paredes de piedra.