Hoy no, Satán Capítulo I #2
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Capítulo I #2

—¡Ah, esa mujer! Estaba justo delante de mí en la cola. Me vio tan agobiado que me ofreció ocupar su lugar en la fila. Después me regaló un caramelo duro de esos de azúcar y mantequilla, y desapareció. —Saca el envoltorio dorado y se restriega la mejilla con él—. Tómalo si quieres.

Cierro la carpeta, dejo escapar un suspiro y abro mi rotulador negro para trazar una X gigante en la primera página del expediente. Una vez tachada, la apilo en el fajo de ascensiones de última hora.

Estas cosas suceden a veces. De tanto en tanto aparece alguien que está a las puertas del Paraíso y al final se gana su ascenso. En el tiempo que llevo aquí, ya lo he visto una o dos veces, aunque no es en absoluto lo más habitual, puesto que ya se sabe que los humanos son los humanos.

Acerco hacia mí el montón de carpetas pendientes y las hojeo a la velocidad del rayo.

—¿Cómo te llamas?

—Reynolds —contesta, asomándose para mirarme por encima de los papeles—. Nate Reynolds. Bueno, eeeh, llámame Nathan mejor.

—Señor Reynolds, quisiera ver el sello de la muñeca. ¿Puedo?

—¿Qué sello? Yo no tengo n… —Entonces echa un vistazo a la parte interna de su brazo y jadea al descubrir la marca que lleva grabada en la piel. Abre la boca para decirme algo, pero, por primera vez desde que se ha puesto en la fila, Nathan Reynolds parece haberse quedado sin palabras.

Extiendo la mano, pero él sigue como petrificado, con la mirada perdida, pero fija en su muñeca.

Esto también lo he visto antes. Caminantes oscuros tan sorprendidos por estar aquí que de repente se bloquean y dejan de funcionar. Me muerdo el interior de la mejilla. Me da que hoy ya me puedo ir despidiendo de salir pronto. A este paso, me tocará hacer horas extra.

Levanto el culo de la silla y le agarro la muñeca.

Se sobresalta con el roce de mi piel, y yo suelto un grito ahogado.

Ya se me había olvidado lo fría que es su carne en comparación con la mía.

Me resulta lisa como el marfil y suave como el terciopelo.

Me aclaro la garganta y garabateo los números en una hoja en blanco.

Aparta la mano en cuanto siente que aflojo el agarre.

Mi cara debe de haber delatado mi sorpresa, porque murmura un «lo siento» y vuelve a tenderme el brazo. Lo veo temblar bajo la tenue luz del Salón de la Justicia en el que estamos.

—¿Ya?

—Sí, un momento solo. Déjame ver si encuentro tu expediente.

—Me paso un buen rato rebuscando entre los papeles.

No me había equivocado: somos de la misma edad.

Nathan Reynolds tiene (tenía) diecisiete años.

Es un huérfano de Los Ángeles cuyos padres murieron en un accidente de coche cuando él solo tenía seis años.

Desde entonces se ha pasado casi toda la vida yendo de un hogar de acogida a otro.

Hasta hoy. El día en que ha acabado con la vida de su padre de acogida.

La policía lo ha encontrado sobre el cuerpo con el arma del crimen en la mano. Y como no ha hecho lo que le decían y se ha negado a soltar la pistola, los agentes le han pegado un tiro. Ha muerto antes de llegar al hospital.

Estudio a Nathan Reynolds desde detrás de la carpeta. Me cuesta creer que esos ojos que se le arrugan cuando sonríe escondan una mente asesina. Pero yo sé mejor que nadie que puede ser así.

Mi casa es la mejor prueba de que los humanos son capaces de hacer cosas horrendas. En especial aquellos de los que menos sospechas. Por eso mismo la cola que tengo delante nunca termina. Los humanos no saben ser buenos.

—¿Y bien? —pregunta, con la esperanza floreciendo en su rostro al igual que una rosa de fuego emerge entre toda la basura del jardín de mi padre.

—Pues eso, que este es tu sitio —le espeto, y tras mis palabras se aprecia un tono tan frío como un témpano de hielo—. Eres un asesino.

—Los hechos no han ido así. —Se inclina hacia mí y me obligo a mantenerle la mirada, aun cuando trato de apartarla por instinto—. Me han tendido una trampa.

—Mira —me esfuerzo en explicarle—. Yo no tengo nada que ver con esto.

Por mucho que me supliques, no puedo ayudarte.

Mi labor es simplemente registrar tu entrada aquí y tu salida hacia la parcela que te corresponde.

A ti ya te han juzgado y, por lo que veo, te han juzgado de manera correcta.

—Le dejo el mono en la mesa—. Aquí tienes la que será tu vestimenta a partir de ahora.

Irás a la parcela número 13, junto con el resto de los asesinos.

Me rodea la muñeca con los dedos, y pego un bote ante el contacto.

Claro que yo antes lo he agarrado del brazo, pero se supone que los caminantes oscuros a mí no pueden tocarme.

Y esa norma no suele plantear ningún problema, ya que la mayoría de ellos están demasiado asustados como para ni tan siquiera intentarlo.

—¡Suéltame! —gruño.

—¡Lo siento! —Me suelta la muñeca de golpe y chasquea los dedos—. Disculpa, no quería hacerlo. Espero no haberte hecho daño. Pero, por favor, necesito tu ayuda. Yo no pertenezco a este lugar.

—¿Algún problema?

Ninguno de los dos nos hemos percatado de la presencia de Nefas, y ambos nos sobresaltamos al verlo de repente junto a mi mesa.

Nathan Reynolds se queda pálido, y yo casi siento lástima por él. Casi.

—Ningún problema, Nefas. El señor Reynolds estaba aquí a punto de subir a tu barco rumbo a la parcela 13. Deberías echarle una mano para que no se pierda.

Veo a Nefas escoltar a Nathan Reynolds en dirección al río que sale de Dominus, la capital, y se adentra en las ciudades del pecado. El humano me lanza una última mirada suplicante por encima del hombro.

En ese momento, un fortísimo dolor me atraviesa el pecho.

La parcela 13 es un lugar horrendo. Uno de los peores. A don Bromas no le irá nada bien allí.

Pero a mí me da igual. Cada cual tiene lo que se merece.

Sin excepción.